Cuando la ciencia y la ciudadanía se unen para salvar el mar - EL ÁGORA DIARIO

Cuando la ciencia y la ciudadanía se unen para salvar el mar

La escala planetaria del calentamiento global y otros problemas ambientales desbordan la capacidad de recoger datos de los científicos. Los ciudadanos y las nuevas tecnologías cobran un papel decisivo para el estudio y conservación de los ecosistemas marinos

Carlos Egio
Madrid | 16 agosto, 2019

Tiempo de lectura: 6 min



Menos conocida que Mediterráneo, a los años de escribir la mítica melodía Joan Manuel Serrat compuso Plany al mar, una canción en la que, alertado por los desastres ambientales, denunciaba el estado de las aguas que bañan nuestras costas. Tras pasar inadvertida entre la ingente producción del cantautor catalán, hace no mucho la rescató Silvia Pérez Cruz, quizá porque, desafortunadamente, vuelve a estar de actualidad.

“Dónde están los sabios y los poderosos” (“on son els savis i els poderosos”), se preguntaba Serrat en una de las estrofas. Sobre los “poderosos” la respuesta quizá no esté muy clara, pero cuando en otoño de 2016 empezaron a morir ejemplares de nacra (Pinna nobilis), un molusco bivalvo emblemático del Mediterráneo que puede superar el metro de largo, miles de fotografías y datos precisos recogidos por buceadores aficionados y pescadores en todo el litoral sirvieron para que los “sabios” (los equipos de investigación oceanográfica) rápidamente fueran conscientes de la magnitud del fenómeno y su alcance. La ciudadanía hizo su aparición y su respuesta permitió comprobar que en dos meses la mortalidad masiva provocada por un parásito había hecho desaparecer casi toda la población del Mare Nostrum.

Obtener una cantidad de información tan importante hubiera sido imposible si durante años investigadores del Instituto de Ciencias del Mar de Barcelona, dependiente del CSIC, y otros expertos de diferentes centros de investigación nacionales e internacionales no hubieran puesto en marcha Observadores del Mar, “una plataforma de ciencia ciudadana que conecta a personas comprometidas en la conservación marina con quienes investigan”, según explica María Vicioso, coordinadora técnica del proyecto.

Desde esta iniciativa consideran que los equipos científicos no pueden estar en todos los lugares en todo momento, por esto, tener a una comunidad de personas amplia atenta a la contaminación, la llegada de especies invasoras o los cambios de comportamiento de especies marinas comunes es muy importante para tener una visión global en el espacio y el tiempo sobre lo que ocurre en el mar.

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Manual Observadores del Mar

Si bien en el caso de la nacra ha sido un patógeno el que ha provocado la mortalidad, “es posible que el aumento de las temperaturas debido al cambio climático haya sometido a esta especie a un estrés fisiológico que la haya hecho más vulnerable”, según explica Amalia Cuadros, investigadora de Centinelas del Mar, un proyecto hermano centrado en el estudio del impacto del calentamiento global en las aguas. Incluido en la red de Observadores y  promovido por el Grupo de Ecología y Conservación Marina de la Universidad de Murcia, su ámbito de actuación se centra en las costas comprendidas entre Cabo de Palos y Cabo de Gata.

Tecnología al servicio de la ciencia

La escala planetaria del calentamiento global y otros problemas ambientales, además de lo rápido de la transformación de los ecosistemas que estos están provocando, desbordan la capacidad de recoger datos de los científicos. Ahí es donde la tecnología juega un papel importante. El aumento de la conectividad, gracias a Internet y al uso generalizado de los teléfonos inteligentes, ha supuesto un salto cualitativo y cuantitativo en las posibilidades de incluir la participación pública en la investigación científica. Cualquier persona en cualquier lugar puede mandar información útil para la ciencia en tiempo real.

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Pantallazo web inaturalist

Tanto es así que desde la Global Biodiversity Information Facility, una organización internacional que recopila datos sobre biodiversidad y los pone a disposición de la comunidad científica, afirman que, directa e indirectamente, han contribuido a la publicación de más de 2.500 artículos en revistas académicas con revisión por pares gracias a miles de millones de aportaciones desinteresadas, la mitad de personas que no forman parte de grupos de investigación. Una de las vías para colaborar con esta iniciativa es mediante iNaturalist, una aplicación móvil desarrollada por la Academia de Ciencias de California y la National Geographic Society que permite compartir observaciones fotografiadas con el móvil con una comunidad de casi medio millón de naturalistas de todo el mundo con los que es posible conectar y discutir sobre los hallazgos.

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‘Hipocampus guttulatus’. |Foto: Juan Antonio Torres Balaguer – Observadores del Mar

Por su parte la NOAA, la potente agencia de Medio Ambiente de Estados Unidos, reconocía en 2016 que las muestras tomadas por voluntarios en los santuarios marinos de este país equivalían a 137.000 horas de trabajo científico.

Incluso un proyecto veterano como Coastwatch, un programa europeo de vigilancia del litoral que en España coordina el Colectivo Ornitológico Cigüeña Negra, complementa las inspecciones de la costa con voluntarios que realiza cada otoño desde 1980, con la difusión de una aplicación móvil para estudiar la abundancia y tipología de microplásticos durante todo el año.

Algo similar sucede con los registros de plancton oceánico, los microorganismos que constituyen la base de la cadena trófica marina. Si bien desde los años 30 del pasado siglo es habitual que equipos de investigación encarguen a marineros aficionados y profesionales el uso de un kit para la medición de su abundancia a diferentes profundidades, actualmente se puede realizar en tiempo real mediante la adquisición de este por Internet y el envío de información con la ubicación precisa en tiempo real.

De la observación a la democratización de la ciencia

Pero la ciencia ciudadana puede ir más allá de la mera recopilación de información. Al menos eso es lo que se desprende del Libro Blanco de la Ciencia Ciudadana, una publicación de la Comisión Europea que pretende unificar criterios sobre la definición de esta práctica. Según sea la implicación de los participantes, en este texto se habla de tres tipos de proyectos: contributivos, cuando se aportan datos y puntualmente se ayuda a analizarlos y difundir los resultados; colaborativos, cuando además se ayuda al diseño del estudio, la interpretación y la elaboración de conclusiones, y co-creados, cuando se permite la colaboración en todas las etapas del proyecto, incluida la definición de preguntas, el desarrollo de hipótesis y la discusión del resultados.

Por su parte, desde la Oficina de la Ciencia Ciudadana que ha puesto en marcha el Ayuntamiento de Barcelona se añade que la investigación tiene que tener un impacto directo sobre el entorno inmediato del ciudadano para motivar acciones específicas.

A diferencia de lo que sucedía en el voluntariado clásico en el que la colaboración era dirigida y puntual, según explica José Antonio García Charton, investigador principal del Grupo de Ecología y Conservación Marina de la Universidad de Murcia, en los proyectos de ciencia ciudadana se aportan a los participantes herramientas útiles a los participantes como protocolos, vías de comunicación directa con los grupos de investigación e indicadores “para, en este caso, que los usuarios del mar sean científicos y se comprometan personalmente con la investigación y la conservación”.

El potencial de la implicación ciudadana es tan importante que la Comisión Europea ha dado prioridad de financiación en el programa Horizonte 2020 -uno de los programas de investigación e innovación más importantes del mundo- a aquellos proyectos que incluyan la implicación de la ciudadanía. No se trata de nada desdeñable cuando se han invertido 80.000 millones de euros en seis años.

Para Francisca Giménez Casalduero, profesora titular del Departamento de Ciencias del Mar y Biología Aplicada de la Universidad de Alicante, “hay que cambiar la idea de que los científicos no dialogan con la sociedad”. Con ese fin, desde el Centro de Investigación Marina (CIMAR) de esta universidad, en colaboración con la Dirección de Medio Ambiente y Mar Menor de la Región de Murcia, el Aquarium de la Universidad de Murcia y la Asociación Columbares han puesto en marcha un proyecto para concienciar y hacer seguimiento de la nacra en el Mar Menor.

Y es que, paradójicamente, a pesar de la crisis ambiental que atraviesa la laguna salada, debido a su aislamiento se ha convertido, junto al Delta del Ebro, en una reserva fundamental para proteger a este bivalvo al albergar una de las poblaciones sanas más importantes del Mediterráneo Occidental. “Estamos convencidos de que en el Mar Menor o se implica la ciudadanía o no hay manera de recuperar la especie”, añade Giménez Casalduero.

Por eso, a las habituales charlas se han sumado salidas para muestrear los fondos marinos con veraneantes y población local. La idea es que, a la vez que se facilita la investigación, los voluntarios adquieren nuevos conocimientos y habilidades que les acerquen a la comprensión del mundo mediante el método científico. “Lo ideal sería que a la larga, una vez formados por los investigadores, se crearan grupos de trabajo autónomos que enviaran información a un blog que ya hemos puesto en marcha”.

Lo que se desprende del Libro Blanco de la Ciencia Ciudadana es que, a la larga, la colaboración entre ciencia, sociedad y política democratiza tanto la práctica científica como la toma de decisiones políticas puesto que una ciudadanía que conozca el método científico presionará para que se tomen decisiones más acertadas.

Quizá así, con la colaboración de todos, no tengamos que enterrar al mar como cantaba Serrat en su segunda canción. Mejor seguir disfrutando de él y a la larga tener que usar el móvil, no para fotografiar plásticos, sino para mandar fotos de sus atardeceres rojos.

 



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