Científicos ante la emergencia climática, ¿activistas o neutrales? - EL ÁGORA DIARIO

Científicos ante la emergencia climática, ¿activistas o neutrales?

Ante la imparable crisis climática, los estudiantes y otros colectivos han protestado en las calles por la pasividad de los gobiernos. ¿Y qué ocurre con los científicos? Un artículo publicado en la revista Nature Ecology & Evolution les llama a la desobediencia civil. Analizamos con nueve de ellos las implicaciones de ser activistas del clima

Laura Chaparro | Especial para El Ágora
Madrid | 30 septiembre, 2019

Tiempo de lectura: 9 min



Con motivo de la multitudinaria marcha para exigir acciones contra la emergencia climática que se celebró el pasado 20 de septiembre en Nueva York (EEUU) y que lideró la joven activista Greta Thunberg, miles de estudiantes faltaron a clase. Las autoridades de la ciudad anunciaron que los niños y jóvenes tenían permiso para no ir a sus respectivos centros educativos. ¿Y qué hay de los profesores? ¿O de los científicos? ¿Faltaron a sus puestos de trabajo para secundar la protesta?

“Aunque muchos científicos se han apresurado a apoyar a los niños que realizan desobediencia civil, pocos se han involucrado en movimientos de este tipo. ¡No creemos que debamos dejar esto a los niños!”, se queja a El Ágora Claire Wordley, investigadora del departamento de Zoología de la Universidad de Cambridge (Reino Unido).

Hace unas semanas, la científica y Charlie Gardner, investigador del Instituto Durrell de Conservación y Ecología de la Universidad de Kent (Reino Unido), publicaron un artículo en la revista Nature Ecology & Evolution que llamaba a la desobediencia civil de los científicos para luchar contra esta crisis climática sin precedentes. Sus palabras han corrido como la pólvora y el texto se ha leído ya más de 24.000 veces y ha sido compartido en Twitter alrededor de 2.100.

Greta Thunberg, en una protesta del movimiento Fridays For Future frente a la sede de la ONU el pasado 30 de agosto. |UN Photo/Manuel Elias

Como ejemplos de este activismo climático, los autores describen el del físico James Hansen, referente mundial en climatología que dirigió el Instituto Goddard para Estudios Espaciales de la NASA y que actualmente trabaja en la Universidad de Columbia (EEUU). Lejos de tener un comportamiento neutral o pasivo frente al aumento de la temperatura del planeta, Hansen ha sido arrestado en varias ocasiones por protestar por la construcción de un oleoducto o por cortar el tráfico al oponerse a una extracción minera.

“Sería genial si más científicos se involucraran en acciones directas de este tipo, porque envían una señal potente por parte de la comunidad científica de que estas industrias son perjudiciales, pero también entendemos que esto no todo el mundo se lo puede permitir”, admite Wordley.

Evidencias cada vez más graves

¿Hay motivos para ser detenido en defensa del clima? Coincidiendo con la Cumbre de Acción Climática de la ONU que se celebró el pasado 23 de septiembre, el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC por sus siglas en inglés) publicaba dos días después un nuevo informe con datos preocupantes.

Si nos fijamos en el nivel del mar, está aumentando a 3,6 milímetros anuales, una velocidad muy por encima de los 15 centímetros que ascendió durante todo el siglo XX. Y los pronósticos no son nada halagüeños: de aquí a 2100, aunque se lograra una reducción drástica de las emisiones de gases de efecto invernadero y el calentamiento global estuviera muy por debajo de los 2ºC, el nivel del aumentaría entre 30 y 60 cm. Si las emisiones siguen aumentando con fuerza, el nivel de las aguas podría ascender hasta 110 cm.

Las islas de Tuvalu, en el océano Pacífico, están especialmente expuestas al aumento del nivel del mar causado por el cambio climático. |PNUD/Tuvalu/Aurélia Rusek.

En cuanto a los océanos, en el informe se constata que el calentamiento y los cambios en su química ya ocasionan alteraciones en especies de todos los niveles, lo que repercute en los ecosistemas marinos y en las personas que dependen de ellos. Hasta la fecha, los océanos han absorbido más del 90% del exceso de calor del sistema climático. De aquí a 2100, absorberán entre dos y cuatro veces más calor que en el período comprendido entre 1970 y hoy, siempre que el calentamiento global se limite a 2°C. Pero si las emisiones son más elevadas, la absorción será entre cinco y siete veces mayor.

“Dado el punto en el que parece que nos encontramos, por supuesto que un científico debe ser un activista climático”, asegura a El Ágora Francisco Ortega, paleontólogo del grupo de Biología Evolutiva de la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED). “Si la conclusión es que toda la estructura de la Tierra está en riesgo, no se puede ser cómplice por inacción”, añade.

Esta idea la comparten varios de los científicos y científicas consultados por este medio. Uno de ellos es Fernando Valladares, profesor de investigación en el CSIC y en la Universidad Rey Juan Carlos, quien pone de manifiesto la libertad para manifestarse que hay en Europa respecto a los riesgos que corren los ciudadanos de países como China.

“En Europa tenemos unas condiciones casi perfectas para desobedecer sin ir inmediatamente a la cárcel, de provocar sin perder automáticamente nuestros empleos, y de empujar a la sociedad sin comprometer profundamente nuestras vidas personales y profesionales. Así que no tenemos excusas para no hacerlo”, subraya a El Ágora.

La divulgación como arma

El cambio climático es, en buena medida, responsable de la pérdida de la biodiversidad mundial. Uno de los mayores expertos en conservación de especies de nuestro país, Miguel Delibes de Castro, reflexiona sobre la división entre los científicos y el resto de personas y en cómo eso afecta a su activismo por el clima. “Tan activista puede (o debe) ser un científico como un ingeniero o un actor de teatro”, indica a El Ágora el biólogo, que investiga en la Estación Biológica de Doñana (CSIC).

La diferencia, a su juicio, estaría en que el científico, si se dedica a investigar el medioambiente, estará mejor informado, lo que provoca que su punto de vista sea más relevante. “En ese caso, me parece que lo más importante que puede hacer es transmitir sus conocimientos e inquietudes a la sociedad y combatir las falsas creencias”, propone.

Clausura de la Cumbre de Acción Climática de la ONU celebrada el 23 de septiembre en Nueva York (EEUU). | UN Photo/Cia Pak.

Por tanto, otra forma de ser parte de la acción frente a la emergencia climática sería que los científicos divulgaran sus conocimientos, tanto en medios de comunicación como en centros educativos o en organizaciones de la sociedad civil. Antonio Ruiz de Elvira, catedrático de Física Aplicada de la Universidad de Alcalá, publicó recientemente en The Conversation un artículo titulado “Nosotros también podemos actuar contra el cambio climático”.

El científico no comparte que los movimientos de desobediencia civil sean efectivos y considera que lo que funcionan son las acciones de cada uno, como cambiar de coche, aislar las casas o ahorrar energía. “Y los votos. Si la gente quiere de verdad hacer algo contra el cambio climático, que echen a Trump de América, por ejemplo, y a Bolsonaro de Brasil”, comenta a El Ágora. Además, se pregunta cómo podría secundar la desobediencia civil: “¿Dejando de dar clases? ¿Dejando de escribir?”

Si un científico apuesta por la divulgación para luchar contra la crisis climática, tampoco lo va a tener muy fácil, al menos en el sistema académico español. “En un mundo ideal, la divulgación formaría parte del trabajo de los científicos, pero la realidad es que normalmente todo esto se hace en horas extras y, en ocasiones, en detrimento del número de publicaciones”, cuenta a El Ágora Anna Cabré, investigadora en el Instituto de Ciencias del Mar (Barcelona) y en la Universidad de Pensilvania (EEUU).

La científica compara la situación entre España y Estados Unidos, donde la inversión en ciencia es muchísimo más alta, “aunque está un poco parada ahora”. A pesar de este parón, “hay más oportunidades de crear colaboraciones de todo tipo y de avanzar”, reconoce.

La responsabilidad de los medios

Aunque, como hemos visto los medios pueden ayudar a los científicos en su lucha contra el cambio climático convirtiéndose en un potente altavoz, también pueden conseguir lo contrario. Hace unas semanas, Valladares se revolvió en su silla al leer un artículo de opinión publicado en la edición impresa del diario Expansión titulado Huracanes y otras mentiras del ecologismo (y del periodismo). El autor era Fernando del Pino Calvo-Sotelo.

Valladares ha escrito, junto a 35 coautores, un artículo de respuesta que ha publicado el mismo periódico este 28 de septiembre. Lo que les motivó para escribir la réplica fue “la bofetada al conocimiento que supone lo que allí se escribe pero, sobre todo, nos movió a hacer réplicas y a activar una campaña de tolerancia cero frente a falsedades y dudas infundadas sobre el cambio climático”, sostiene el científico.

Como describen en su artículo, la Constitución española indica el reconocimiento “a comunicar o recibir libremente información veraz por cualquier medio de difusión”. Además, los autores apelan a la responsabilidad de los medios de comunicación para que rechacen escritos que cuestionen de forma arbitraria el cambio climático. Como herramienta de ayuda para los periodistas citan el Decálogo de recomendaciones para informar sobre el cambio climático al que ya se han adherido 53 medios españoles.

“Los políticos y los medios de comunicación deberían contar con un comité científico asesor que respaldase sus decisiones y la información que se transmite a la población”, plantea a El Ágora Cristina Linares, investigadora del departamento de Epidemiología y Bioestadística de la Escuela Nacional de Sanidad del Instituto de Salud Carlos III.

La experta pone como ejemplo la manipulación política que se hace del trabajo científico, especialmente, con la contaminación atmosférica. “Los datos son objetivos, observables y medibles y no se pueden sacar conclusiones precipitadas por parte de personas no expertas”, recalca.

La huella de carbono de los congresos

Más allá de divulgar o de unirse a movimientos de desobediencia civil, los científicos también pueden reflexionar sobre el impacto que tiene en el clima una práctica muy relacionada con su profesión: viajar a congresos, especialmente, internacionales. De media, asistir a una conferencia genera un impacto estimado de 800 kilogramos de dióxido de carbono, según un estudio publicado en la revista Plos One.

Congreso Nacional de la Unión Geofísica Americana en San Francisco.

“Me parece importante que el sector científico vaya tomando medidas para reducir su huella de carbono, especialmente la de las conferencias internaciones masivas. Estas conferencias son importantes, por supuesto, pero tienen un coste ecológico altísimo y es nuestra obligación limitarlo”, señala a El Ágora Héctor Tejero, bioinformático en el Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas, actualmente diputado regional por Más Madrid y coautor del libro ¿Qué hacer en caso de incendio? Manifiesto por el Green New Deal.

Conscientes de esta huella climática, un equipo de científicos publicó en Nature siete propuestas para hacer este tipo de viajes más sostenibles. Entre las medidas plantean concentrar en las mismas fechas y regiones los congresos de una misma temática, utilizar más videoconferencias, viajar en tren en lugar de avión cuando se pueda o que las conferencias sean lo más sostenibles posible, limitando el uso del plástico.

Como señalan los autores “viajar no debe ser un elemento esencial del éxito académico; en cambio, la evidencia de un viaje sostenible sí debería valorarse en la carrera de un investigador”.

¿Está en juego la credibilidad de los científicos?

Muchos de estos expertos en cambio climático son profesores universitarios, lo que les permite que sus mensajes lleguen a los más jóvenes. De hecho, Valladares debatió con sus estudiantes de la facultad el artículo de Nature que anima a la desobediencia civil y como él, muchos otros docentes de diferentes partes del mundo, según nos cuenta su coautora.

No obstante, según Clara Casado, profesora del departamento de Ingenierías Química y Molecular de la Universidad de Cantabria, se podría ir un paso más allá. “Los científicos también podrían ayudar a introducir de forma coherente y común el cambio climático en los currículos escolares y universitarios”, propone a El Ágora.

La profesora recuerda que, hasta hace unos años, los docentes no se ponían de acuerdo y, en el caso de Estados Unidos, los estudiantes recibían información a veces contradictoria sobre estos conceptos climáticos, como mostró un estudio publicado en Science.

Marcha por la Ciencia celebrada en Estados Unidos en 2017.

Otro interrogante tiene que ver con la credibilidad de los científicos y si esta se ve minada al convertirse en activistas. Aunque faltan estudios que lo analicen, la Marcha por la Ciencia que se celebró en 2017 en Estados Unidos no influyó en la cantidad de personas que confiaban en la investigación científica –solo hubo un pequeño aumento en el sentimiento positivo de los liberales hacia los científicos y una pequeña caída en el caso de los conservadores–, según concluyó una investigación.

“En ningún caso creo que esto afecte a nuestra actividad como científicos”, defiende Tejero. “A veces se confunde la búsqueda de un conocimiento científico verdadero y objetivo, el resultado último de la ciencia como actividad social, con que cada científico individual pueda ser objetivo, como si no tuviese sesgos de clase, raza o género o por nuestros valores políticos”, añade.

El hecho de que no exista ningún científico que lidere este movimiento, de forma pacífica pero con gestos de desobediencia civil como en su día hicieron iconos como Martin Luther King, Rosa Parks o Mahatma Gandhi, ¿le resta fuerza? “Personas comprometidas hasta el fin con ideales nobles (la paz, el fin de la pobreza, la salud de la biosfera…) siempre son positivas per se y por su capacidad de movilizar a toda la sociedad”, afirma Delibes de Castro.

Aunque le parecería positivo que surgiera un Gandhi de la ciencia, para Valladares el tiempo apremia. “En ciencia y en política necesitamos personas brillantes, con carisma y convicción. De momento no las tenemos, pero tampoco podemos esperar a que lleguen”, recuerda. Porque en esta crisis climática, cada segundo cuenta.


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