Los problemas de agua se podrían solucionar invirtiendo un 1% del PIB mundial

Los problemas de agua se podrían solucionar invirtiendo un 1% del PIB mundial

Una investigación del World Resources Institute afirma que asegurar el suministro y saneamiento de agua para 2030 podría costar apenas un 1% del PIB mundial. Una inversión que podría evitar pérdidas de hasta el 10% de la riqueza global e incluso generar riqueza gracias al aprovechamiento de los recursos hídricos

Nicolás Pan-Montojo | Redactor
Madrid | 27 enero, 2020

Tiempo de lectura: 7 min



Sin agua no hay vida posible, pero muchas veces cuando se habla del cambio climático o transición ecológica se tiende a olvidar este precioso recurso, que muchos dan por supuesto. Pero en numerosas partes del mundo, como el norte de África o el este asiático, los problemas relacionados con la escasez o la falta de agua potable son retos mayúsculos que muchos países con un PIB reducido no pueden afrontar solos. Hay más de 3.000 millones de personas en el planeta que no tienen acceso a servicios sanitarios básicos, como lavabos para lavarse las manos o retretes. Un cuarto de la población mundial vive en países que sufren de alto estrés hídrico. Y la falta de tratamiento de aguas residuales es directamente responsable de la aparición de más de 500 zonas muertas en los océanos, áreas en las que la falta de oxígeno impiden la vida marina.

Sin embargo, las soluciones a las crisis globales del agua cuestan mucho menos de lo que se podría pensar. Una nueva investigación del World Resources Institute (WRI) apunta a que resolver estos problemas costaría apenas un 1% del PIB mundial, es decir, en torno a 29 centavos de dólar por persona y día hasta 2030. Una inversión que se recuperaría con creces: cada dólar que se destinara a mejorar el acceso al agua y su saneamiento supondría una media de 6,80 $ de retorno. Además, evitaría pérdidas de entre el 2 y el 10% del PIB global de aquí a 2050.

El estudio se centra en analizar qué inversiones y actuaciones sería necesarias para lograr cumplir con seis estrategias diferenciadas que, combinadas, supondrían lograr la seguridad hídrica. Una gestión del agua sostenible tiene, por tanto, seis caras, que van desde el acceso universal al agua potable hasta la puesta en marcha de legislaciones que permitan abordar y asegurar todas las políticas hídricas. Todos estos planes se derivan del Objetivo de Desarrollo Sostenible (ODS) número seis de la ONU, centrado en garantizar la disponibilidad de agua, su gestión sostenible y el saneamiento para todos.

Las seis claves de la gestión sostenible del agua

 

  • Proporcionar agua potable administrada de manera segura a todas las poblaciones sin acceso.
  • Brindar servicios de saneamiento e higiene gestionados de forma segura a todas las poblaciones sin acceso.
  • Tratamiento de todas las aguas residuales industriales a niveles de tratamiento terciario.
  • Reducción de la carga de nutrientes a concentraciones aceptables dentro de los cuerpos de agua.
  • Abordar la escasez de agua alineando las extracciones de agua con la demanda de agua y teniendo en cuenta las tasas de flujo ambiental.
  • Adoptar una gestión del agua que incluya regulaciones y legislación que acompañen las estrategias anteriores.

Según los autores, que han calculado las necesidades de inversión país por país siguiendo ese conjunto de polos de acción, 75 países -que suman la mitad de la población mundial- alcanzarían una gestión sostenible del agua invirtiendo menos de un 2% de su PIB anual en el sector. Otros 70 países requerirían un gasto de entre el 2 y el 8% para lograrlo y un grupo reducido de países con un alto estrés hídrico y una economía débil-entre los que se incluyen Bolivia, Chad, Malí, Etiopía o Madagasacar- tendrían que hacer esfuerzos de hasta un 20% de su PIB para poder asegurar el acceso al agua a toda su población.

Por su puesto, según su geografía y sus infraestructuras disponibles, cada país se enfrenta a diferentes tipos de retos relacionados con el agua, por lo que deberá priorizar diferentes acciones para lograr un gestión sostenible del agua. El tratamiento de aguas residuales, el suministro de agua potable, la adopción de políticas más sólidas de gestión del agua y la inversión en infraestructuras clave vital tendrán por tanto un coste relativo por país que varía considerablemente. Además, es importante resaltar que, en estos cálculos no incluyen el coste de reemplazar la infraestructura existente, como tuberías o depuradoras, que pueden haber llegado al final de su vida efectiva.

De EEUU a Malí

Para ilustrar esa variabilidad de las inversiones por país, el estudio ofrece algunos ejemplos concretos. Estados Unidos, que se sitúa en el grupo de 75 países que necesitarían una inversión de menos del 2% de su PIB para lograr la gestión sostenible del agua, es uno de ellos, ya que solo necesitaría destinar un 0,78% del PIB anual para resolver todos sus problemas hídricos. En EEUU, la mayor brecha de inversión está en la falta de alineamiento entre demanda y extracción para paliar la escasez de agua, que representaría el 67% de los gastos del país para lograr “agua para todos”.

Estos inversiones moderadas palidecen en comparación con los daños que sufrirá el país si continúa la escasez de agua y no se toman acciones para evitarlo. En California, por ejemplo, la sequía ha alimentado los incendios forestales que causaron daños por valor de 24 mil millones de dólares en 2018 y se prevé que afectará negativamente la calidad del agua potable en los próximos años. De hecho, un estudio realizado por el Servicio Forestal de EEUU revela que casi la mitad de las cuencas fluviales que suministran agua al país norteamericano pueden no ser capaces de satisfacer las demandas en un futuro próximo, lo que podría limitar las necesidades municipales, la producción agrícola y el crecimiento industrial.

También en Sudáfrica, donde estuvieron muy cerca de tener que cortar completamente el suministro de agua a Ciudad del Cabo en 2018 por la grave sequía que sufría la zona, haría falta una inversión de justo el 2% de su PIB para solucionar los problemas hídricos nacionales. Más de la mitad de los costes estarían asociados con el suministro de agua potable y saneamiento, mientras que abordar la escasez supone aproximadamente el 20% de los gastos totales.

 

En el extremo opuesto encontramos los 17 países que necesitarían invertir más del 8% -y, en algunos caso, más del 20%- en lograr una gestión sostenible del agua. Por supuesto, esto no se debe solo a que tengan una política de gestión limitada o a la falta de infraestructuras: muchos de estos países tienen una economía nacional muy pobre, por lo que las inversiones relativas a su PIB se disparan. Esto supone que estos estados necesitarían inversiones externas, ya sea de bancos de desarrollo o de otras organizaciones de financiación internacional como el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional, para lograr cumplir el ODS 6.

Por ejemplo, lograr una gestión sostenible del agua en Malí podría requerir más del 8% de su PIB anual, de aquí a 2030. Y, al igual que en muchos países del África subsahariana, incluidos Eritrea, Zimbabue y Sierra Leona, las inversiones deberían centrarse en garantizar servicios básicos de agua potable y saneamiento, que representan el 58% de los costes totales. Esto se debe a que las inversiones en agua potable y el saneamiento están estrechamente relacionadas: los países donde el agua potable limpia y accesible es escasa tienden a tener también lagunas en el acceso al saneamiento, y viceversa.

Un mundo interconectado

Aunque las mayores inversiones y necesidades aparecen en países con una economía muy débil, los países más desarrollados y que afrontan menos gastos no deberían olvidar ni dejar atrás a las naciones mas desfavorecidas y tendrían que prestar atención a la seguridad hídrica fuera de sus fronteras, apuntan los autores del estudio. Y es que las crisis relacionadas con el agua pueden generar una cascada de consecuencias que acaben afectando a regiones enteras.

Está ampliamente documentado que las sequías y el estrés hídrico pueden contribuir a conflictos violentos, a la migración y a la inestabilidad regional. Un claro ejemplo es de nuevo Malí, donde ya ha habido estallidos violentos entre agricultores y pastores, en permanente competición por unos recursos hídricos cada vez más escasos. Y también en países desarrollados esto puede suponer un problema, como prueba el conflicto aún latente entre Israel y los países árabes de su alrededor por controlar zonas clave para el abastecimiento de agua como los Altos del Golán, en los que todavía hay escaramuzas entre israelíes y sirios por un área en la que deben estar desplegadas permanentemente tropas de la ONU.

PIB
Colas para abastecerse de agua en Ciudad del Cabo, durante la sequía de 2018 que amenazó con dejar sin agua la ciudad.

Además, la escasez de agua puede dañar la agricultura, elevando los precios de los cultivos básicos en todo el mundo. Esto causa no solo una nutrición deficiente que daña sobre todo a los más pobres, sino que tiene repercusiones en la economía global y puede contribuir aún más al estallido de conflictos. Por ejemplo, las sequías en 2010 en Rusia, Ucrania, China y Argentina causaron precios máximos en los precios del trigo, que según los expertos fue una de las muchas fuerzas impulsoras de la conocida como Primavera Árabe.

Los investigadores precisan que para elaborar el estudio se han utilizado datos globales, por lo que no deben ser entendidos como costes totalmente precisos ni recomendaciones concretas de acciones sobre el terreno. El estudio recuerda que “la gestión eficaz de los recursos hídricos requiere una inmersión más profunda en las condiciones locales, teniendo en cuenta los desafíos hídricos nacionales, los datos microeconómicos y el panorama político”. Es decir, los cálculos sobre el PIB que se usan en el estudio deben usarse como un punto de partida para futuras investigaciones y, sobre todo, para empezar a distinguir qué países necesitan una mayor inversión.

Y es que, según el estudio, “las soluciones a los desafíos relacionados con el agua ya están estudiadas y pormenorizadas“. Por ejemplo, la reducción de nuestra sed colectiva a través de soluciones de gestión de la demanda, como el riego eficiente, no solo reduce la escasez de agua, sino que mantiene su productividad y viabilidad comercial. Además, las infraestructuras basadas en la naturaleza, que aprovecha ecosistemas como bosques y humedales y los combina con infraestructuras tradicionales como tuberías y bombas, tiene grandes beneficios tanto para la cantidad como para la calidad del agua.

Es decir, las soluciones a las crisis mundiales de agua están disponibles; lo que falta es el dinero (de los sectores público y privado) y la voluntad política necesaria para implementarlos. Los autores de la investigación son claros: “Es hora de que las soluciones de agua se vean no como una carga, sino como una oportunidad. Resolver los desafíos hídricos compartidos del mundo mejora las vidas y los medios de vida de miles de millones de personas, beneficia los ecosistemas que nos rodean y puede generar importantes retornos de la inversión.”



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