El agua en el Paraíso - EL ÁGORA DIARIO

El agua en el Paraíso

El agua en el Paraíso

Todas las culturas han tenido un paraíso en forma de jardín donde la naturaleza y el agua se fundían en un remanso de paz. El botánico Bernabé Moya rememora estos jardines a partir de una delicada acuarela del pintor Fernando Fueyo para transportarnos a la tranquilidad de un espacio tan añorado en los tiempos que corren


Fernando Fueyo y Bernabé Moya
Madrid | 27 marzo, 2020

Tiempo de lectura: 6 min



“Dios todopoderoso primero plantó un jardín; y, en verdad, es el más puro de los placeres humanos. Es el mayor solaz para el espíritu del hombre; sin él, casas y palacios no son más que rudimentarios trabajos manuales; y así puede verse que los hombres, conforme la historia evoluciona hacia la civilización y la elegancia, construyen antes edificios monumentales que refinados jardines: como si el arte de los jardines fuese de una perfección mayor.”

Francis Bacon (1561-1626)

El Jardín de los jardines, un espacio ideal en el que poder gozar de una existencia completa, dichosa y sin preocupaciones, es uno de los anhelos de la humanidad. Un lugar soñado en el que depositar los deseos y esperanzas personales y colectivas, que ha sido recreado a lo largo de la historia por diferentes culturas y religiones. Se trate de los Campos de Yalu de los egipcios: una ribera eternamente fértil, provista de islas fluviales donde llevar a cabo la caza y la pesca. Hablemos de los Campos Elíseos: unas praderas floridas y siempreverdes bajo el cálido sol de la mitología griega. O pensemos en la Arcadia feliz: el país soñado por los poetas de la antigüedad – evocado hasta la obsesión por los artistas del Renacimiento y el Romanticismo-, un apacible bosque donde reinan la felicidad, la sencillez y la paz, que es el hogar de las dríadas, ninfas y otros espíritus protectores del arte y la naturaleza. Ciertamente, lugares de ensueño que no hemos sido capaces de crear aquí en la Tierra.

La necesidad de disponer de un espacio en el que disfrutar de la calma, la armonía y el orden instituido que reinan en un jardín tiene mucho que ver con nuestro origen. Nuestros antepasados vivían inmersos en una naturaleza de extensión ilimitada, desconocida y rodeados de fenómenos de todo punto impredecibles e inexplicables. Conmociones en las entrañas de la tierra que vomitaba ríos de lava ardiente; sacudidas repentinas que zarandeaban las cumbres más elevadas y derruían sus inexpugnables paredes rocosas; movimientos celestes capaces de apagar en un instante al astro rey; fugaces bólidos que inesperadamente iluminaban la oscuridad de la noche; atronadoras y refulgentes descargas que caían desde los cielos; lluvias torrenciales que desbordaban ríos y barrancos arrasando con todo lo que se oponía a su paso; devastadoras sequías que de una estación a otra acababan con todas las plantas de las que se alimentaban… A lo que había que añadir el pequeño detalle de que para nada era un territorio que les estuviera reservado en exclusiva, ya que lo tenían que compartir con una gran variedad de animales y plantas capaces de causarles daños de consideración. Aquellos primeros humanos tampoco tenían explicación para el origen de las enfermedades ni para el fenómeno de la vida, la fertilidad, la fecundidad o la muerte.

El Jardín de Monforte pintado por Fernando Fueyo.

La naturaleza tal y como la van descubriendo es un medio hostil, inseguro y cargado de incertidumbres. Por ello, no debe extrañar que muchas culturas hayan considerado la necesidad de disponer de algún espacio, sea real o ideal, en el que sentirse un poco más tranquilos y seguros. Paraíso, jardín y Edén son términos prácticamente sinónimos en nuestra cultura, y vienen a designar un extenso y armonioso lugar donde el exigente orden natural es menos amenazante. En él, se puede disfrutar de la parte más amable y deliciosa de la vida en plena naturaleza. Un espacio bello y agradable en el que abundan las plantas, los árboles – en especial los frutales – los bosques y las praderas de flores perfumadas, y donde tampoco falta la fauna silvestre más dócil con la que deleitarse y poder alimentar.

En todo paraíso que se precie la presencia de agua dulce es esencial, sea en forma de ríos, lagos o fuentes. Y como no podía ser de otra manera, tan apacible y placentero jardín tiene necesariamente que estar protegido del caos que reina en el exterior, si lo que se quiere es tener la garantía de poder descansar, pensar y crear con la suficiente calma, orden, tranquilidad y sosiego. En definitiva, un espacio ideal para el florecimiento del arte, la ciencia y la cultura. Todas las grandes civilizaciones antiguas: mesopotámica, egipcia, oriental, mesoamericana… crearon bellos jardines.

Según el relato bíblico del libro del Génesis, Dios plantó un huerto en Edén, al oriente, que se regaba con cuatro ríos: el Tigris, el Éufrates, el Pisón y el Guijón, y en él plantó el Árbol de la vida y el Árbol del conocimiento del bien y del mal. Siguiendo el patrón, los jardines monacales reprodujeron simbólicamente esta disposición en los claustros. El pozo ocupa el espacio central, de él brota el agua vital y parten cuatro caminos, que encarnan a los cuatro ríos que riegan el paraíso. Estos dividen al jardín en cuatro parterres donde se cultivan las más diversas plantas y flores con las que engalanar y perfumar las celebraciones y festividades religiosas, y también las plantas medicinales con las que sanar el cuerpo.

El agua, como elemento simbólico y real, no puede faltar en ningún jardín que se precie. Y por ello, los jardines persas, los egipcios y los árabes, los jardines renacentistas y barrocos, y también los paisajistas y neoclásicos tienen al agua como una presencia obligada. Incluso en el estilo de jardín Zen japonés aparece representada en forma de delicadas olas de arena. Lo que en la actualidad llama la atención es la tendencia a prescindir del líquido elemento en algunos diseños posmodernos, aunque para estos casos tal vez sería mejor considerar si realmente se les puede llamar jardines o simplemente meros espacios urbanizados.

En España no abundan los jardines históricos, y no es porque hayan faltado a lo largo de la historia o porque el clima lo impida, como tantas veces se tiende a creer. Las condiciones ambientales son inmejorables para el desarrollo de la jardinería, y quienes nos precedieron lo demostraron con ejemplos soberbios. El pintor y paisajista sevillano Javier de Winthuysen se dedicó con gran pasión a restaurar algunos de ellos, y también a difundirlos y defenderlos, impartiendo conferencias y mediante artículos en la prensa, lo que le llevaría en el año 1930 ha publicar la obra Jardines Clásicos de España.

A Javier de Winthuysen se le conoce también como el jardinero de la “Generación del 27 – mantenía una estrecha relación de amistad con los escritores Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado o Rafael Alberti-, además de ser un gran admirador de pintores como Joaquín Sorolla y Santiago Rusiñol. No debe extrañar que a estos artistas e intelectuales les encantara reunirse en los primorosos y cuidados jardines con los que dotaban a sus residencias, convirtiéndolos en lugares sagrados donde compartir amistad, vivencias y proyectos.

Uno de los jardines históricos que Javier de Winthuysen restauró es el jardín de estilo neoclásico de Monforte, en la ciudad de Valencia. En sus textos, el pintor sevillano describe la emoción de entrar en este jardín histórico, y el estado en el que se encuentra: “Es tal la sorpresa que nos produce este viejo jardín…que al entrar en él, nos creemos trasladados a otro mundo…Masas talladas de verdores sobrios y profundos; graves formas extrañas, formas deformadas por la lucha entre el vegetal que busca la libertad de su crecimiento, y la mano del jardinero tosco, que lo sujeta, y que, con su tosquedad, ha llegado a borrar la corrección neoclásica a que se ajustaron estos bojes y cipreses.”  No le resultó sencillo restaurar el jardín, pues el equipo de gobierno municipal no estaba dispuesto: “Lejos de encontrar en este señor el interés que parecía natural que hubiese por aquella gala valenciana, me manifestó que era criterio del Ayuntamiento no gastar dinero en ella”.

Ahora, el pintor, encerrado en su estudio, rememora las deliciosas horas pasadas en el jardín de Monforte. Indaga entre los recuerdos, carga la paleta de colores, tiñe el pincel y con decisión lo dirige hacia el lienzo. Un remolino de emociones lo envuelven: le asalta la pureza de las flores de las calas recién amanecidas al pie de los esbeltos y oscuros cipreses; los lirios han estallado en vivos colores, y al admirarlos siente la presencia y la luz de Vincent Van Gogh en el jardín; la costilla de Adán, con sus gigantescas hojas, se asoma tímidamente entre las ramas de las magnolias; al fondo grandiosos pinos piñoneros y carrascos desperezan sus ramas tratando de alcanzar el cielo; el eco húmedo de las gotas de agua que rítmica y pausadamente repiquetean en las hojas de los helechos haciéndolas danzar en lo más recóndito de una discreta gruta, le acercan a la pastoral de Beethoven. Se siente feliz en compañía de filósofos, escritores y poetas. Le esperan en sus pedestales Sócrates, Mercurio y Flora, y algún amorcillo que llevado por sus enloquecidos juegos se refleja por un instante en el estanque. La melancolía de los papiros y las hojas flotantes de los nenúfares le reclaman su atención; un viejo ginkgo, el mismo que pintara Rusiñol, deja caer sus últimas hojas…

En este preciso momento acuden en su ayuda las palabras del escritor y pintor catalán Santiago Rusiñol. Quién de su ingente producción pictórica, que tiene como tema central los jardines clásicos, dedicó al menos cinco de ellos al de Monforte. “Los jardines son el paisaje puesto en verso, y los versos escritos con plantas van escaseando por todas partes… Si quieres verlas aún, ¡oh poeta! estas últimas flores y estos últimos jardines ¡no tardes, que pronto se habrán desvanecido! Los unos ya están deshojados, a otros los disfrazan con vestimenta moderna, y a muchos los arrancan de raíz, los más van volviéndose prosa plana como la llanura que los rodea.”



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