El cineasta Oliver Laxe se lanza a salvar su pueblo de los Ancares

El cineasta Oliver Laxe se lanza a salvar su pueblo de los Ancares

El cineasta Oliver Laxe se lanza a salvar su pueblo de los Ancares

Refundar una aldea abandonada de Lugo a través de la creación de un centro de desarrollo rural es el cometido del cineasta Oliver Laxe, director de ‘O que arde’, la premiada película sobre un incendiario que quizá se redima


Analía Iglesias
Madrid | 10 julio, 2020

Tiempo de lectura: 5 min



“Soy una cabra”, contesta la voz al otro lado de la línea con endeble cobertura. Es Oliver Laxe, el director de O que arde (Lo que arde). “Estoy desbrozando”, explica, cuando vamos por la tercera o cuarta intentona de dar con él por teléfono. Está en plena faena en la sierra de Os Ancares, Lugo, el lugar en el que filmó la película premiada en el último Festival de Cannes, que compitió por el Goya mayor. Una semana atrás, lo habíamos interrumpido en una sesión de doblaje de voces en un estudio de grabación. Porque, por ahora, su vida sigue dividida entre el fulgor estelar de las alfombras rojas y el paso equilibrado de la cabra de monte, casi sin término medio. Insistiremos, porque queremos que nos cuente acerca de la refundación de una aldea abandonada en torno al nacimiento de una obra fílmica y los primeros pasos de un centro de desarrollo rural: la Casa Quindós se inaugurará hacia finales de año, en uno de los rincones más olvidados de la geografía española, pasto de incendios o guarida del penúltimo incendiario.

El cineasta ya prepara la programación de este centro comunitario de cuidado del valle en el que se encuentra su finca familiar, con todo su legado. “Aquí, en Vilela, acaba la carretera”, nos informa Laxe cuando por fin podemos dar con él dentro de la única parcela con buena señal telefónica de los “míticos” Ancares. “En esta zona con cinco habitantes por kilómetro cuadrado es donde me apetece vivir y fomentar sinergias culturales y económicas que la resignifiquen para que se asiente población joven”.

Tiene 38 años, le dicen que está en el momento óptimo de su carrera para presentar guiones y que se le abran nuevas puertas en el cine (“o al menos que no me las cierren”) y él prefiere regresar a la deshabitada casa de sus abuelos, en la que transcurrieron los veranos de infancia en los que sus padres se escapaban por un rato de la vida en la portería en un barrio rico de París, donde nació, y adonde suele volver por trabajo, como hizo el año pasado, cuando encarnó a Cristo para la última obra de teatro de Angélica Lidell.

Salir de la ‘cultura del proyecto’

Laxe se explaya sobre este proyecto que, en realidad, busca “alejarse de la cultura del proyecto”: “Estoy escribiendo muy poco, no tengo prisa. Y siento que tengo que venir en mi momento más fértil a cuidar este valle del río Ser. Al principio, tuve la intención de montar un centro en el que celebrar talleres de arte y de cine, pero con el tiempo, el cuerpo me pide monte, por lo que toda la línea de programación primera tiene que ver con el uso agrario, ganadero y silvopastoril del espacio.

Habrá talleres técnicos de recuperación de los bosques de castaño (de uso de la motosierra, de podado en altura, de apicultura y apiterapia, jornadas sobre lo bovino); estoy yendo hacia la artesanía, a la recuperación de oficios tradicionales. Lleva el nombre original de la casa, porque esas casas familiares eran terapéuticas, pedagógicas y comunitarias. El espíritu de Casa Quindós es mirar al pasado para confrontarse al futuro, o tener un pie en la tradición. A mí la tradición me interesa mucho y tengo la suerte de estar muy enraizado en este sitio”.

 

Llegar pensando en enseñar y, al acercarse, querer aprender. “Lo que me parece clave es rendirnos a lo que la esencia nos pide. El problema sería engañarnos”, aduce.

Cabras vuelan sobre paredes verticales

Oliver Laxe sabe por propia experiencia que si pierde la senda en la montaña no puede seguir las huellas de las cabritas porque suelen desembocar en una pared vertical, como le sucedió cuando habitaba cerca de gran cordón del Atlas marroquí. En Marruecos vivió 12 años y filmó dos películas (también premiadas en Cannes), además de protagonizar otra del cineasta experimental Ben Rivers.

Para retomar este camino de enraizarse en Lugo hubo reflexión y trabajo meticuloso que culminó en su tercer largometraje –el primero en España–, que dio ese fruto poético llamado O que arde, que transmite el fracaso del pensamiento dualista, tanto en el juicio acerca de las personas (en este caso, un supuesto pirómano enamorado) como de nuestro entorno natural: “Este es  un sitio inhóspito orográfica y geográficamente, pero creo que los defectos de los lugares pueden ser al mismo tiempo sus virtudes, lo mismo que en las personas. Lo que en un plano del ser es un defecto, en el otro es una virtud. Este pueblo es de los primeros que ha muerto, pero así sucede con las cosas, cuando antes mueren, antes renacen, también”.

Uno de los símbolos de O que arde (puede verse en Filmin) es el eucalipto, un árbol odioso, invasor e inflamable. No obstante, Laxe encontró un particular modo artístico y espiritual de lidiar con él: “El eucalipto no tiene la culpa de nada. Está comprobado que el monocultivo no es saludable y lleva a la extinción. Esto, en general, en lo que refiere a las culturas, a la economía y a la naturaleza. En concreto, la fauna y la flora se vuelven menos ricas. Y esto liga con esta bendita pandemia en la que estamos, porque es provocada por un empobrecimiento de nuestra biodiversidad, que hace que no haya especies contrafuego y es cuando la naturaleza deja de funcionar.

 

Los animales viven en monocultivos, están más estresados, hay más carga vírica y no hay especies que paren el virus, con lo que este llega directamente a los humanos. El eucalipto, cuando le dejas crecer y está en su ambiente, es un árbol bello; cuando se veja la sierra para hacer dinero con ella (aunque sea lícito), se está empobreciendo la tierra. Es pan para hoy y hambre para mañana”.

La importancia del gallego

Otro tema presente en sus películas es la ambivalencia. En esta, junto con las heridas del monte, se transmite la doble valencia del fuego. “Cortafuegos son esas cicatrices de bulldozer que se hacen en la sierra para eliminar combustible y que no avancen los incendios. El contrafuego es una técnica con fuego: a través de la muerte salvar la vida. Sacrificar una parte de la vegetación hace que el fuego se pare, porque ya no tiene nada que quemar”, explica Laxe, que tuvo que formarse como bombero para poder filmar empotrado en una unidad de extinción de incendios forestales.

Otro asunto: queremos saber para qué mercado estaba doblando la película. La respuesta trae perplejidad: “Para Televisión Española; hay que doblarla al español”. ¿Cómo? “Es la política que el canal público deja clara en las cláusulas de la ayuda. Me parece una lástima doblar una película que casi no tiene diálogos, hablada en una lengua oficial… pero no se puede subtitular”.

Estoy radicalmente en contra del doblaje, sea la lengua que sea –arguye Laxe– , porque al doblar una película no escuchas la respiración del alma del actor. A mí me encantan las culturas y esta es una oportunidad de acercarse a una cultura dentro de España con un acento y una musicalidad diferente. El gallego forma parte del paisaje, de la misma manera que estoy trabajando con gente de la zona, o con animales que no son actores. Como autor, me da pena, pero en este caso es un doblaje artesanal, digno, que hacen los mismos actores y dirige el mismo director de la versión original”.



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