¿Es posible un entierro ecológico? - EL ÁGORA DIARIO

¿Es posible un entierro ecológico?

¿Es posible un entierro ecológico?

La incineración y el entierro son las únicas formas de gestión de cadáveres que existen en España, pero ambas tienen un alto impacto ambiental. Nuevas técnicas en desarrollo como la promesión y la resomación pueden convertirse en una alternativa verde


El Ágora
Madrid | 31 octubre, 2019

Tiempo de lectura: 3 min



Las ceremonias mortuorias son uno de los ritos humanos más antiguos. En nuestro país tenemos testimonios que indican que ya se llevaban a cabo prácticas de este tipo hace 400.000 años en Atapuerca. Los ritos han variado enormemente según las culturas y la época histórica, pero su función social central se ha mantenido en el tiempo y los entierros son en la sociedad actual tan ineludibles como la propia muerte. Una realidad que está especialmente presente en días como este 1 de noviembre, cuando se celebra el Día de Todos los Santos, festivo en el que muchas familias aprovechan para hacer una visita al camposanto y rendir homenaje a sus difuntos.

En España existen dos formas de dar sepultura a los muertos: la incineración y el entierro. Su principal problema: el alto coste ecológico de ambas opciones. No solo generan emisiones y compuestos contaminantes, sino que suponen un gran gasto energético. Pero nuevas investigaciones apuntan que la resomación (disolución en agua) y la promesión (congelamiento para convertir en polvo) pueden ser opciones de futuro mucho más ecológicas.

La incineración y el CO2

La incineración es la forma de gestión de cadáveres más popular a nivel global hoy en día, aunque en España solo tenga un uso del 35%. Tiene ventajas económicas para la familia del fallecido, además de suponer un ahorro de espacio a nivel de suelo utilizable, y puede evitar problemas sanitarios derivados de la putrefacción de los cadáveres. Pero eso no la hace ecológica.

Para quemar cadáveres es necesario usar hornos crematorios que alcanzan temperaturas de hasta 800 grados y donde se usa aceite para la combustión. Además, según el CSIC, un cuerpo humano emite unos 27 kilos de dióxido de carbono a la atmósfera cuando es quemado. Mucha contaminación si se tiene en cuenta que mueren más de 150.000 personas en el mundo cada día y más de la mitad optan por la cremación (en países asiáticos como Japón o Taiwan este porcentaje llega casi al 100%).

El entierro y los materiales contaminantes

Enterrar, la forma tradicional en Europa de dar sepultura a los cadáveres, es aún menos verde. Dejando de lado los evidentes problemas de suelo disponible, el gran problema está en los materiales contaminantes que se usan para acompañar al cuerpo y proteger el terreno circundante de las filtraciones tóxicas del cuerpo. Tanto la mortaja como el ataúd tienen fibras plásticas y zinc, que pueden acabar filtrándose al suelo.

Además, para fabricar el ataúd se utiliza una gran cantidad de madera (solo el 20% de los entierros emplea ataúdes ecológicos en Estados Unidos, único país que tiene estadísticas al respecto) que se acompaña de lacados y barnizados para hacerlo resistente al agua. Todo acaba, por supuesto, en la tierra.

Resomación y promesión: ¿el agua como solución?

La bióloga sueca Susana Wiigh-Mäsak ha desarrollado la técnica de la promesión, una forma ecológica de enterrar el cadáver convirtiéndolo en compost en unos seis meses. Para lograrlo, se congela el cuerpo a -18º C (0º F) y luego se sumerge en nitrógeno líquido. Luego, mediante ultrasonidos, se transforman en un polvo blanco orgánico, que es enviado a través de una cámara de vacío que evapora el agua, disminuyendo la masa del cadáver. El polvo puede luego ser desinfectado e incluso, si la persona tenía implantes, un separador de metales se encargará de retirar las partes no compostables.

El resultado es un polvo higiénico e inodoro, que no se descompone y se mantiene seco. Si se entierra a poca profundidad, en apenas medio año se habrá disuelto con la tierra, quedando solo los nutrientes necesarios.

La resomación utiliza un proceso conocido como hidrólisis alcalina. Desarrollado por el escocés Sandy Sullivan, esta técnica usa una mezcla de agua a alta presión y temperatura junto a una sustancia con base alcalina. Esto reduce químicamente el cuerpo a una ceniza desinfectada y blanca, que se devuelve a los familiares igual que tras la incineración.

Según Sullivan, este proceso aún experimental utiliza la octava parte de la energía que se emplea para la cremación y reduce las emisiones de carbono en un 35%. La resomación permite además recuperar amalgamas dentales y reciclar implantes.



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