La paz del hielo - EL ÁGORA DIARIO

La paz del hielo

La paz del hielo

El documental Antártida, un mensaje de otro planeta de Mario Cuesta es una expedición que va en busca de otro mundo posible, aquel en el que los países y sus poderes puedan alcanzar acuerdos duraderos para conservar los ecosistemas naturales, en beneficio del ser humano y la salud de la Tierra. El filme rinde homenaje a la labor científica como respuesta a una convivencia pacífica y prolífica entre ciudadanos


Analía Iglesias | Especial para El Ágora
Madrid | 20 diciembre, 2019

Tiempo de lectura: 5 min



Tras vivir en Siria, intentando imaginar otro horizonte para el paisaje de la guerra, Mario Cuesta recordó que había una fórmula de ordenamiento multilateral que se había probado exitosa para la convivencia, porque conservaba la paz entre países, sin usar arma disuasoria alguna. Ni el pulso entre rivales, ni el acoso de los poderosos o los cambios de correlación de fuerzas entre unas regiones y otras del mundo habían podido desestructurar el Tratado Antártico, que desde hacía décadas preservaba de la mezquindad un vasto territorio del tamaño de una vez y media los Estados Unidos.

Porque, en la Antártida, desde hace exactamente 60 años, nadie puede ejercer su poderío bélico ni su potencia minera o industrial, y toda reclamación de soberanía está congelada. Cambian los gobiernos y hasta el nombre de los países, pero los doce firmantes originales y los adherentes al Tratado (hoy son 54 los Estados que lo han ratificado) respetan a rajatabla las prohibiciones y ni se les ocurre dar un tiro, ni intentar extraer diamantes o petróleo, ni cazar ballenas o pescar con fines de lucro (o, en todo caso, acatan las decisiones judiciales pertinentes).

El pacto del 1 de diciembre de 1959 parecía la solución a este mundo de los desequilibrios, al menos para el sexto continente de la Tierra, el que concentra el 75% del agua dulce del mundo en forma de manto de hielo sobre una superficie de unos 14 millones de kilómetros cuadrados y donde se mantienen intactos los ecosistemas más antiguos del planeta.

Cartel del documental. | Alberto Saiz-Into the Wild Productions

Y si aquel era un paraíso de paz y una reserva de naturaleza virgen, había que conocer más acerca de sus condiciones de vida, de sus riquezas sin lucro y de aquellas relaciones tan estables y beneficiosas que allí se promovían. Esta fue la génesis del documental Antártida, un mensaje de otro planeta, que resultó finalista de la edición 2019 del Artic Film Festival y que se proyectó, el último día de la COP 25, en la Escuela de Ingenieros Industriales de la Universidad Politécnica de Madrid.

La localidad chilena de Talca, que iba a albergar esta proyección mientras la Conferencia para la lucha contra el cambio climático se celebrara en Chile, tuvo que mudarse por una tarde al edificio contiguo al Museo de Ciencias Naturales de Madrid, en un homenaje a la ciencia y a los científicos que ejercen la custodia de los recursos naturales.

En busca de  respuestas

Mario Cuesta, el director, ha trabajado como periodista y como guionista de televisión, y llegó a la Antártida buscando respuestas a la pregunta más grande de todas: cómo conservar la paz. Así, en febrero de 2017, se unieron con su director de fotografía, Alberto Saiz, a la tripulación del buque español de investigación oceanográfica Hespérides. La primera emoción fue surcar los mil kilómetros que separan la primera línea de costa antártica del último punto del continente sudamericano, en Tierra del Fuego, por el mítico Mar de Hoces (o Paso Drake), que lleva el nombre del navegante español Francisco de Hoces, quien registró la travesía pionera por allí, en 1526.

Equipo de rodaje del documental. | Alberto Saiz-Into the Wild Productions

Divisar el desierto helado debajo del paralelo 60 de latitud sur les dio a los realizadores una bofetada de realidad óptica: los colores no eran los blancos azulados de los caros filtros de las imágenes de la BBC o de National Geographic, sino unos blanquecinos amarronados, porque el territorio es un inmenso altiplano, que se eleva por una capa de hielo de unos cuatro kilómetros de espesor; y el cielo son nubarrones, y el mar es un bloque negro, que “parece hierro fundido”, según el propio Cuesta. Así, la narración con la voz en off del director, que también ha sido guionista de humor, transita entre la épica que se supone conlleva una expedición semejante, con música original de Javier Weyler (ex Stereophonics) alzándose como los témpanos a la deriva, y los anticlímax de silencios abruptos, cuando las situaciones más mundanas hacen una grieta a la epopeya.

El tono del relato es divulgativo, ágil, el de una película para todos los públicos. Se trata de un primer acercamiento a los inaccesibles misterios helados de un territorio que acumula el 90% del hielo del mundo y en el que se han encontrado trazas de vegetación de lo que fue el continente de Gondwana (cuando Sudamérica estaba unida a Sudáfrica, la India y Australia). La Antártida es la distancia irremediable con ese pasado prehistórico y también la cercanía del presente, en los fríos cotidianos en la costa gallega, por ejemplo, porque esos hielos son el motor de las corrientes marinas que circulan hacia el Norte.

Lejos, solos y juntos

Los tres grandes océanos de la Tierra (el Índico, el Atlántico y el Pacífico) confluyen en el polo sur, mucho más inaccesible y frío que el polo norte, y, sin embargo, el hábitat perfecto de una fauna con buena piel de abrigo. Las carantoñas entre pingüinos y las danzas de ballenas son un espectáculo coreográfico que no requiere ensayo. Entre témpano y témpano, el itinerario de la película nos lleva a visitar algunas de las bases allí instaladas, entre ellas, las españolas Juan Carlos I y Gabriel de Castilla, y a escuchar con atención los relatos de los científicos y sus centinelas militares, sobre su misión y acerca de la convivencia intramuros y con los vecinos de los otros países, algunos enconados rivales que han aparcado sus diferencias en aguas internacionales, fuera de la delimitación del Tratado.

Los conceptos de pertenencia a una bandera, las lealtades, las jerarquías y las obediencias no se han borrado dentro de la zona Antártica, pero cada uno de los trabajadores que llega hasta allí sabe que conviene no echar mano de orgullos nacionales contra el vecino, del que pueden separarlo apenas 200 metros, porque, a su vez, ambos están demasiado lejos de todo el resto del mundo, solos y juntos. Algo de esto transmite el filme. También la urgencia de seguir preservando, cueste lo que cueste,  ese ecosistema invalorable que ha posibilitado el agua de lluvias y nieves cuajadas por milenos.

Fotograma del documental ‘Mensaje de otro planeta’. | Alberto Saiz-Into the Wild Productions

Los guías españoles de la travesía son, especialmente, Antonio Quesada, del Comité Polar Español, y Javier Benayas, profesor de Ecología de la Universidad Autónoma de Madrid, pero se oyen también las voces de otros geólogos y glaciólogas, y biólogas y ecólogos, que nos avisan que lo del turismo antártico puede estar yéndose de nuestras manos, porque de los 46 mil turistas que visitaban esas tierras inhóspitas hace un par de años, hemos pasado ya a los 80 mil. Esto significa que por cada investigador hay diez turistas dando vueltas entre el hielo, lo que mueve unos 400 millones de euros al año, aunque todavía ningún beneficio se asiente allí, para la investigación, porque no se ha establecido nada parecido a un precio de entrada, como sí hay en otros parques naturales de excepcional riqueza biológica en el mundo.

”Cada barco que llega agita sedimentos y pueden hacer colapsar organismos”, advierte una investigadora que pide que se tome en serio el asunto del turismo. A esto se agrega la basura que llega sin cesar, arrastrada hasta allí por los océanos. De ahí que otro científico vaya más allá y aluda a la sobrepoblación de la Tierra, para argumentar que es probable que el equilibrio del planeta en los próximos siglos nos tenga representados a los humanos en otra proporción, porque la actual resulta insostenible. Y sonríe cuando sugiere que quizá esa proporción sea una persona por kilómetro cuadrado, como la que hoy se presenta allí, en la mayor reserva de agua dulce del mundo.

¿Será la Antártida la memoria del futuro?

La Antártida de cerca

Para contribuir a que el continente helado no se llene de turistas, podemos acercarnos a su belleza a través de otras obras recientes o a punto de ser publicadas, en España. De hecho, este experimento de Hilo Moreno –guía de montaña en la base Juan Carlos I– y el fotógrafo Paco Gómez llamado Volverás a la Antártida es un libro que recopila las ingeniosas conversaciones vía Whatsapp y los ejercicios fotográficos que Gómez le proponía a Hilo, a distancia, en los primeros meses tras la instalación de la red Wi-fi antártica, en 2016. “Vamos a hacer una seriación de icebergs. Tienes que encuadrarlos individualmente. No te comas la cabeza y apunta al centro”, le indicaba Gómez al enviado a la “Primera Expedición Virtual Transatlántica”, como ellos dieron en llamar a esta aventura en la que revisitan la historia de las míticas expediciones polares.

Por su parte, Santuario (2019), de Álvaro Longoria, es el documental que resultó de la expedición de los hermanos Carlos y Javier Bardem a la Antártida, en el rompehielos Artic Sunrise  de Greenpeace, para dar visibilidad a la campaña de la organización ecologista por crear el mayor santurario marino de la Tierra.

Finalmente, en curso de edición está El continente de los prodigios, un libro infantil de no ficción que el propio Mario Cuesta (director de Antártida, un mensaje de otro planeta) y la ilustradora Raquel Montón preparan para el año que viene y que publicará Mosquito Books.



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