La huella personal y humanista de Sáenz de Oíza en el Museo ICO

La huella personal y humanista de Sáenz de Oíza en el Museo ICO

La huella personal y humanista de Sáenz de Oíza en el Museo ICO

Nuestro colaborador Julián Hernández esboza una crónica en torno a uno de los arquitectos españoles más relevantes de la segunda mitad del siglo XX. Interesado por la tecnología nunca dejó de lado el lado más humano de la arquitectura y le influyeron otras disciplinas como la pintura o la escultura pero también la literatura y la música porque para Sáenz de Oíza nada le era ajeno


Julián H. Miranda
Madrid | 10 julio, 2020

Tiempo de lectura: 7 min



Si hace dos años se celebró una retrospectiva de Francisco Javier Sáenz de Oíza (Caneda,1918-Madrid,2000) en las salas del Colegio Oficial de Arquitectos de Madrid, con motivo del centenario de su nacimiento, ahora el Museo ICO/Fundación ICO ha organizado la exposición Sáenz de Oíza. Artes y oficios, comisariada por tres de sus hijos arquitectos, Marisa, Javier y Vicente Sáénz Guerra.

Esta vez es una aproximación más personal, más de un 70% de lo expuesto es inédito para el público, ya que muchas de esas obras forman parte de la colección familiar. El arquitecto navarro ha sido una figura decisiva en la arquitectura española de la mitad del siglo XX. Y esta muestra en el Museo ICO, que tuvo que cerrar por la pandemia, corrobora su actualidad para que los visitantes puedan acercarse a su universo y verla hasta el próximo 23 de agosto.

Vista de sala con maqueta de Torres Blancas y a la derecha óleo de Antonio López, “Vista de Madrid desde Capitán Haya”, 1987-1996. | Foto: César González

A través de las 400 piezas seleccionadas en las dos plantas del museo, entre dibujos, pinturas, esculturas, planos, fotografías, libros y cuadernos del arquitecto, podemos recorrer una aventura apasionante de la mano de un hombre curioso, interesado por casi todo, y hacer una travesía por el paisaje urbano de algunas ciudades españolas y La ruta también nos muestra el entorno ambiental de algunas de sus construcciones para habitar, y nos permite como descubrir el contacto estrecho que tuvo con algunos de los grandes artistas españoles desde los años cincuenta hasta finales del siglo pasado. Y no conviene olvidar su pasión por la docencia hasta su jubilación forzada como Catedrático de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid, que le llevó a afirmar: “El que enseña siempre está aprendiendo” porque para él su contacto con las nuevas generaciones de arquitectos le hacía estar en análisis permanente, según comentan los comisarios.

Sáenz de Oíza fue autor de una obra ecléctica, atento a la tecnología. pero siempre tamizado por su lado más humano. Se mantuvo alejado de lo que hoy se conoce como arquitectos estrella. Y entre sus influencias no sólo figuran arquitectos como Le Corbusier o Lloyd Wright, sino creadores tan potentes como Jorge Oteiza, gran amigo y al que llamaba ‘el padre de todos’, además de pintores, escultores, músicos o literatos, lo que dota a su obra de cierta complejidad hasta conferir una dimensión poética a su arquitectura.

 Esculturas de los apóstoles de Jorge Oteiza en la fachada de Aránzazu. | Foto: Jesús Herrero Marcos
Esculturas de los apóstoles de Jorge Oteiza en la fachada de Aránzazu. | Foto: Jesús Herrero Marcos

La exposición se divide en cinco espacios duales -que no es un recorrido cronológico sino más bien temático en un cierto desorden ordenado-, pero en la antesala que sirve de introducción hay toda una declaración de intenciones: una fotografía en gran formato del arquitecto en la década de los años 70, cuando tenía algo más de 50 años, con detalles de la Torre BB, que fue el poster elegido con motivo de una muestra de 2005 que conmemoraba el 25 aniversario de la construcción de ese rascacielos en AZCA, y en esa sala tan personal la reproducción en yeso de la cabeza de caballo de Fidias en el frontón del Partenón, algunas maquetas, planos y muchos elementos de su estudio en la calle General Arrando de Madrid.

De izquierda a derecha: Vicente, Marisa y Javier Sáenz Guerra, arquitectos, hijos de Francisco Javier Sáenz de Oíza, y comisarios de la exposición. | Foto: Cortesía de la Fundación ICO
De izquierda a derecha: Vicente, Marisa y Javier Sáenz Guerra, arquitectos, hijos de Francisco Javier Sáenz de Oíza, y comisarios de la exposición. | Foto: Cortesía de la Fundación ICO

La primera parte se dedica a El oficio de aprender/El arte de enseñar, que contiene, entre otros objetos, algunas piezas de sus orígenes en su pueblo navarro, algunos dibujos de su padre arquitecto con detalles de templos y capiteles, retratos de juventud de Sáenz de Oíza, cuadros de Lucio Muñoz y de Néstor Basterrechea, una magnífica acuarela de Le Corbusier– su gran referente-, de 1947, cedida por la Fundación Miró de Mallorca, y el posterior homenaje que Sáenz de Oíza le dedicó al arquitecto suizo en un par de dibujos que representan los tres niveles de Villa Savoye, a base de lápiz y ceras realizados en 1987.

Otros objetos nos ilustran de su facilidad manual y también de la influencia que tuvo para él su estancia en Estados Unidos a finales de los años 40, país del que vino cargado con libros y donde conoció directamente la huella de Sullivan, Mies Van der Rohe, Walter Gropius y Lloyd Wright, junto a la innovación tecnológica de la arquitectura en ese país. Sin embargo, en las vitrinas también se exhiben algunos ejemplares de escritores que le atraían como Pavese, Lorca, Pound o Borges. Y cómo no, su relación de amistad con creadores como Lucio Muñoz, del que cuelga una foto en gran formato del retablo que este hizo en la Basílica de Aránzazu.

Francisco Javier Sáenz de Oíza, Torre Banco de Bilbao, Castellana 81. Fotocopia de fotografía de maqueta. Papel de amoniaco fondo azulado
Francisco Javier Sáenz de Oíza, Torre Banco de Bilbao, Castellana 81. Fotocopia de fotografía de maqueta. Papel de amoniaco fondo azulado

En El oficio de habitar/El arte de construir, la casa es el centro y el lugar donde cada ser humano potencia su mundo interior. Aquí encontramos referencias a algunas de las casas que proyectó y construyó por encargo, bien la de Lucas Prieto en Talavera de la Reina (1960), otra en la Florida de Madrid para Antonio Echevarría en 1972 o 15 años después cuando ideó Villa Fabriciano en Torrelodones, siempre teniendo en cuenta las necesidades de sus propietarios. Hay varios dibujos de gran valor plástico y alguna foto de Alberto Schommer de la Casa Durana.

El tercer espacio es El oficio del alma, El arte de evocar, y está consagrado quizá a la faceta más espiritual de Sáenz de Oíza. La Basílica de Aránzazu fue un proyecto de ampliación que planteó numerosos problemas por la renovación del lenguaje religioso en la España de los años 50, marcados por la restricción de libertades y de conciencia, a pesar de ser estimulada desde la comunidad franciscana.

Antonio López, Madrid desde Capitán Haya, 1987-1996. Archivo fotográfico Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, Madrid. © Antonio López, VEGAP, Madrid, 2020

Varios artistas de numerosas disciplinas como Chillida y Oteiza (escultores), Lucio Muñoz, Villaseñor, Pascual de Lara o Basterrechea (pintores) fueron creando una nueva iconografía para un nuevo espacio sagrado, desde el muro, el retablo, la Puerta del Cielo, los apóstoles o el coro, entre otros espacios. Esa ebullición colectiva conformó una obra coral para que esa basílica se convirtiera en un centro de peregrinación del pueblo vasco. En esa sala cuelgan muchas de las obras que simbolizan la ambición e innovación desarrollada.

  Francisco Javier Sáenz de Oíza, Torres Blancas, vista exterior. | Foto: Ana Amado
Francisco Javier Sáenz de Oíza, Torres Blancas, vista exterior. | Foto: Ana Amado

El mecenazgo y la amistad ocupan un lugar relevante en el devenir vital de Sáenz de Oíza. Y en el cuarto y espacioso espacio titulado El oficio de creer. El arte del mecenazgo, se recogen ejemplos de un período muy fecundo, los años 60 y 70, en los que proyectó algunos de sus proyectos más conocidos, desde Torres Blancas a la Torre BB que, en buena medida, definen la evolución urbana de Madrid con esos dos hitos arquitectónicos. El primero de ellos fue impulsado por la generosidad de Juan Huarte, que además también apoyó a pintores como Palazuelo, Sistiaga, Ruiz Balerdi o a Oteiza. Entre ellos se creó un sentimiento de profunda amistad. También la familia Huarte le encargó al arquitecto navarro el proyecto de Ciudad Blanca de Alcudia en Mallorca, el diseño de la imagen familiar H Muebles y le animó a que participara en los Encuentros de Arquitectura y Arte que fueron muy importantes para el devenir cultural de esos años en España.

Vista con varias esculturas de Jorge Oteiza, un óleo de Pablo Palazuelo y dos pinturas de José Antonio Sistiaga, entre otros. Foto: César González

En esa área sobre una amplia mesa cuadrada de madera, sin jerarquía, se ha reunido un conjunto de esculturas de Oteiza y a su alrededor algunas pinturas de Palazuelo, óleos de José María Sistiaga, de Ruiz Balerdi, y ligeramente a la derecha una maqueta de madera de Torres Blancas junto al óleo que pintó Antonio López entre 1987 y 1996: Vista desde Capitán Haya, planos de Torres Blancas y una serie de cabezas de apóstoles también de Oteiza.

En un altillo de esa planta nos encontramos con la última parte: El oficio de competir/El arte de representar. Sáenz de Oíza participaba en concursos de ideas y de nuevos proyectos arquitectónicos. Y en ese rincón observamos material documental, maquetas y dibujos del Centro Atlántico de Arte Moderno de Las Palmas (CAAM), del Palacio de Festivales de Santander y cómo no la Torre Banco de Bilbao en Madrid, donde llama la atención los dibujos de detalles y de cómo se imaginaba a los trabajadores bancarios en el interior de ese edificio. Un rascacielos que muchos arquitectos han considerado como uno de los más innovadores en la segunda mitad del siglo XX.

Nuevamente cuando finalizas el recorrido te queda la impresión de estar ante un creador polifacético: arquitecto, pintor y escultor. Su curiosidad por varias disciplinas humanísticas, su afán de superación y sus deseos de transmitir sus conocimientos a las nuevas generaciones fueron tres de sus señas de identidad en sus más de 80 años de su paso por la tierra. 

Francisco Javier Sáenz de Oíza, Palacio de festivales de Santander. Sección longitudinal por el eje, croquis de entrada. Tinta y color sobre papel vegetal


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