Palafitos: el arte de hacer casas que caminan sobre el agua

Palafitos: el arte de hacer casas que caminan sobre el agua

Palafitos: el arte de hacer casas que caminan sobre el agua

Los palafitos son un tipo de vivienda que existe desde tiempos prehistóricos en lagos y lagunas, pero también sobre tierra firme y con sus pilotes bañados por el mar. En el sur del Chile pueden desplazarse. En Alemania fueron el objeto de mitos y celebraciones en tiempos de Weimar.


Analía Iglesias
Madrid | 1 abril, 2022


«Es bueno saber que tu casa no está pegada a la tierra. Que sirve para la tierra y también para el mar. Es bueno que la casa tenga patas. Todas las casas deberían tener patas», leemos en Poeta chileno, la última novela del imprescindible Alejandro Zambra. El personaje que habla se refiere a los palafitos, esas viviendas que suelen elevarse sobre aguas en calma, como lagos y lagunas, aunque en Chile se instalan a la orilla del mar, en el Pacífico sur, más  precisamente en los canales de Chiloé. Son construcciones prehistóricas que aparecieron en diversas regiones del mundo y que, actualmente, siguen siendo habituales en zonas como el Delta del Paraná, en Argentina, también en Venezuela, en Birmania o en la península de Kamchatka (Rusia), entre otros sitios.

Los palafitos son casas con los pilares hundidos en el agua, que incluso pueden formar islas habitacionales. Se trata de soluciones del agua en una doble vertiente. Por un lado, como recursos arquitectónicos que permiten salvar el impedimento que significa un terreno anegado, a través de estacas que sobre-elevan la construcción, y, por otro, su funcionamiento remite a la fluidez del agua, al cambio de formas y de ubicación.

Casas flotantes cerca de Naipyidó, en Birmania.

La casa es una cosa; el terreno, otra

En la novela de Zambra, el personaje de la periodista norteamericana se muestra fascinado por la dimensión poética de los palafitos de Chiloé, porque allí también se levantan en tierra firme, quizá con la idea de poder trasladarlos, cuando la vida invite a tomar nuevos  atajos: «hundes los pilares a la tierra y así no te importa si el terreno es desparejo (…) Entonces, una cosa es la casa y otra, el terreno». Le explican que, si una pareja se separa, por ejemplo, “a lo mejor uno se va con la casa y el otro se queda con el terreno (…) Si quieres vivir cerca de tus hijos, te consigues un terreno y te llevas tu casa”.

Pero la periodista extranjera quiere saber cómo se mueve la casa: «La montan sobre unos troncos gruesos y la acarrean con bueyes. A esas mudanzas se las llama ‘tiradura de casa’. Y si hay que trasladar una casa de una isla a otra, se aseguran los troncos armando una balsa y la mueven con lanchas. Es bonito. La casa navegando entre las islas. Y, además, es práctico, ni siquiera hay que desocupar los cajones».

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Casas sobre pilotes (palafitos) en Castro, Isla de Chiloé, Patagonia, Chile.

La reportera, que en Poeta chileno está escribiendo un artículo sobre la profusión de poetas que hay en Chile o, más bien, sobre el prestigio histórico que contiene este oficio en la sociedad trasandina, le dice al poeta chileno del que se ha enamorado que «la poesía chilena le parece una familia inmensa, con tatarabuelos y primos en segundo grado, con gente que vive en un gigantesco palafito que a veces flota entre las islas de un archipiélago».

Así, la idea del palafito tiene un valor simbólico que se amplía con cada descripción de materiales, usos, tradiciones y formas de mover una casa. Casi como el agua misma.

Mitos para celebrar antes de hacer una guerra

Esta relación del palafito con formas lúdicas y plásticas de organizar la vida la refleja también una arquitecta, María Auxiliadora Gálvez, en un artículo publicado, en 2013, por la revista de arquitectura Constelaciones, de la Universidad San Pablo CEU. Gálvez nos pone sobre la pista cuando nos habla de sus indagaciones a propósito de Falkenberg, una de las primeras ciudades-jardín construida por Bruno Taut

Leemos en su artículo: “La ciudad-jardín de Falkenberg, situada cerca de Berlín, fue proyectada por Bruno Taut principalmente entre 1913 y 1914. Taut (…) encuentra en el desarrollo de Falkenberg un laboratorio para sus ideas relativas a la generación de una nueva sociedad. Si bien la principal característica visual de la ciudad es el uso del color (…), en Falkenberg, también se testan los dos estímulos principales que Taut consideraba esenciales para una nueva ciudad y su organización social: la diversión y el afán de comunidad”.

Los palafitos son habituales en zonas como el Delta del Paraná, en Argentina, también en Venezuela, en Birmania o en la península de Kamchatka, en Rusia.

Así, en aquellas ciudades-jardín de las primeras décadas del siglo XX, en los tiempos de Weimar, en Alemania, “la gente hacía fiestas e inventaba mitos y leyendas todos los años, con dioses y ancestros diversos y un carácter político y reivindicativo”, describe la arquitecta, que dirige la Plataforma de Somática Aplicada a la Arquitectura y el Paisaje. Los relatos y los nombres fundaban lugares y los estructuraban para todos los habitantes, “y pasaban a formar parte de la experiencia espacial de la ciudad”.

En una de aquellas fiestas estudiadas, llamada Das Chammerfest der Falkenberg Pfahlbauern (La fiesta de cámara de los paisanos del asentamiento sobre pilotis de Falkenberg, de 1924), se celebraba la vida en torno a un río, «y se hablaba en los relatos de viviendas en tipología de palafitos recuperando esta memoria». En efecto, la leyenda consistía en que “los antepasados del pueblo habían vivido sobre palafitos en la zona”, nos explica la arquitecta.

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Museo de los palafitos en Unteruhldingen, Alemania.

En resumen, en ese ambiente tan «reivindicativo de la creatividad y de la fiesta como crítica, la vivienda original era un palafito». La primera fiesta aconteció en 1914 y se realizaron posteriormente, cada año, desde 1919 hasta 1930, según escribe Gálvez en su documento: “en cada ocasión se creaban lemas y relatos distintos para las fiestas y, por lo general, estos suponían una huida de la vida ordinaria”.

Puede que en la mente de aquellos urbanistas en torno a Weimar, las danzas, cabalgatas, marchas y carreras tuviesen un paralelo constructivo que comportaba la misma plasticidad coreográfica que vio el novelista chileno en las tiraduras de las casas entre olas, en el archipiéago de Chiloé. La fluidez del agua es la otra inspiración.


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