Todos los puentes, el puente - EL ÁGORA DIARIO

Todos los puentes, el puente

Todos los puentes, el puente

Nos permiten acercarnos a la otra orilla, pero también pueden causarnos temor. Hay una estructura física y una faceta simbólica: ¿podremos cruzar este puente? Más allá de los retos de cada momento histórico, sin embargo, los ingenieros nos dicen que sí es posible una dimensión social integradora en la obra civil, que incluya el respeto a los recursos naturales y la economía de las soluciones


Analía Iglesias | Especial para El Ágora
Madrid | 15 mayo, 2020

Tiempo de lectura: 6 min



“No te pre-ocupes, sigue en el camino: ya cuando llegues al puente sabrás atravesarlo”, es la frase de autoayuda que se repiten los que suelen tener angustias anticipatorias. Las múltiples incertidumbres de estas semanas han acrecentado la ansiedad, las ansiedades, en varios frentes. En una regla de tres inversa, a medida que se han ido despejando los mecanismos de contagio y de prevención de la enfermedad física, hemos ido abonando la inquietud por las secuelas que el parón dejará en terrenos psico-socio-económicos.

Paso a paso, nos consolamos con que iremos fase a fase, desconfinándonos comunitariamente y cruzando esos puentes simbólicos, que también iremos levantando poco a poco, y para los que deberemos ir descubriendo nuevos materiales de construcción. Porque habrán cambiado las preocupaciones y, por lo tanto, habrá nuevas preguntas por contestar. Es posible intuir, entonces, que tanto los puentes materiales como los simbólicos responderán a un renovado  orden de prioridades y salvarán cursos de agua menos vertiginosos. Algunos volverán a ser transitados y otros no hará falta volver a cruzarlos, pero les encontraremos nuevas funcionalidades. Entonces, habrá quien pregunte: “¿Para qué sirve un puente?” Y alguien que le responda: “Para dar sombra”.

¿Cuánto de lo que hemos construido era prescindible o fue resultado de la euforia del crecimiento incesante o de creernos invencibles, quizá inmortales? Esta es una cuestión en la que los ecólogos, los urbanistas, los sociólogos, los filósofos y los economistas ya trabajan con total convicción. Incluso los ingenieros, como es el caso de José Romo (de Fhecor Ingenieros), uno de los destacados Premios Nacionales de Diseño 2019  (otorgados por el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades de España), que entienden que la ética debe regir también las relaciones de la obra civil con el medio ambiente.  Hoy somos vulnerables y quizá esa condición nos haga comprender mejor nuestro entorno.

Puente de Brooklyn sobre el East River (Nueva York), obra de John Roebling

Es verdad que durante los últimos años ha habido una intención firme de persuadir a los invencibles, por parte de quienes se comprometieron en la lucha contra el cambio climático y de mitigación del negacionismo. Fue justamente en el marco de aquella última cita internacional sobre el acuciante calentamiento global, la COP25 de Madrid, de hace apenas cinco meses, cuando Romo aseguró: “Transformamos el paisaje y construimos puentes, pero nuestra actividad sirve también para conectar a la gente. Los ingenieros de puentes tomamos prestada una parte del medio ambiente y tenemos que devolverlo en cultura.

“Hay una serie de preguntas que nos hacemos siempre en cuanto a la elección de materiales, sobre si son locales o si podemos o no reutilizar parte de lo existente, o cómo atenuar el impacto con estructuras resilientes frente a la subida de los niveles de agua, a las tormentas, escribe José Romo”

Por supuesto, el tema ambiental forma parte fundamental del proceso. Hay una serie de preguntas que nos hacemos siempre en cuanto a la elección de materiales, sobre si son locales o si podemos o no reutilizar parte de lo existente, o cómo atenuar el impacto con estructuras resilientes frente a la subida de los niveles de agua, a las tormentas… Hay que intentar hacer un diseño que dure (…) La sensibilidad de los clientes no es la misma en la India o en Europa, pero nosotros tenemos que convencer”.

Conectar márgenes

Los puentes conectan, pero a veces conectan márgenes intangibles y desatan algo parecido a una fobia. Son otra metáfora, como en este magistral párrafo de John Cheever, escrito en la prosperidad de la posguerra y el American Dream: “La altura de los puentes me parecía un eslabón imposible en esa cadena de concesiones hipócritas. La verdad es que odio las autopistas y los Buffalo Burger. Me deprimen las palmeras expatriadas y los monótonos bloques de edificios de apartamentos (…) Detesto la destrucción de lugares que me son familiares, me preocupan las desgracias y la afición a la bebida que descubro en mis amigos, aborrezco los negocios sucios que se hacen a mi alrededor. Y fue precisamente al hallarme en el punto más elevado del arco de un puente cuando me di cuenta de pronto de la intensidad de la amargura de mis sentimientos hacia la vida moderna y de lo mucho que anhelo un mundo más vívido, simple y pacífico. Pero yo no podía reformar Sunset Boulevard, y hasta que lo consiguiera, era incapaz de cruzar en automóvil el puente San Francisco-Oakland Bay ¿Qué podía hacer?” El que habla es el protagonista del cuento El ángel del puente, que se publicó originalmente en The New Yorker, en 1961.

Habrá quien pregunte: “¿para qué sirve un puente?” Y alguien que le responda: “Para dar sombra”

Así como la estructura del puente ha sido la definición del hombre que sortea obstáculos y se desarrolla (porque con su obra tecnológica salva accidentes geográficos), sus variadas formas, su uso y los materiales a los que se fue echando mano son representativos de los ideales colectivos de cada era. En algunas épocas, el afán de poderío engrendró obras que expresaban claramente la victoria sobre la naturaleza. Pero hace décadas que el coraje consiste en desistir del pulso contra el paisaje: “A veces, lo mejor para el proyecto es no hacer el proyecto”, graficaba Romo, en aquella charla sobre los desafíos del diseño en tiempos de emergencia climática. Es probable que el siguiente puente nos conduzca a otra era del planeta. Posiblemente nos toque cruzar un valle poco fértil hacia un periodo menos omnipotente del Antropoceno, y más armonioso con los recursos naturales.

La historia que delimitan las estructuras

Hay un libro que discurre sobre puentes con un detalle técnico apabullante: La torre y el puente. El nuevo arte de la ingeniería estructural, de David P. Billington (Editorial Cinter, 2013). Ese libro de ingenieros, esencialmente para ingenieros y estudiantes de Ingeniería o Arquitectura, también habla de obras de autores en el contexto de su época; esto es, de las razones de quienes concibieron y firmaron estructuras antropológicamente insoslayables. En este sentido, el tratado que el ex profesor de Princeton escribió en 1983 (y que tradujo al español un equipo guiado por Ignacio Payá Zaforteza, profesor de la Universitat Politècnica de València), resulta atractivo para estos sujetos históricos que somos, sea cual sea nuestra disciplina, temamos o no al punto más central de los puentes.

“Evitar el despilfarro siempre fue una condición relevante –y nunca un desmedro­– al encarar una obra civil de envergadura, según el ingeniero David P. Billington”

Más allá de la disquisición sobre si existe un arte llamado “estructural” y cuál es su vínculo con la arquitectura, Billington traza un itinerario exhaustivo por las grandes obras arquitectónicas de los últimos 200 años, es decir, desde la producción industrializada de la fundición que legó la Revolución Industrial. Porque, tras siglos de diseño en madera y piedra, llegaban el hierro, luego, el acero y el  hormigón armado, y la flexibilidad y las dimensiones de las estructuras cambiaban al ritmo de las nuevas exigencias (y disfrutes) sociales.

Puente de Craigellachie sobre el río Spey (Escocia), obra de Thomas Telford

Los puentes emblemáticos por los que todavía atravesamos ríos y lagos, y salvamos la “luz” de altísimas montañas o las lenguas de mar que separan unas ciudades de otras llevan la firma de pioneros como Thomas Telford (Reino Unido, 1757-1854), Gustave Eiffel (Francia, 1832-1923), John Roebling (Alemania, 1806-Estados Unidos, 1869), Robert Maillart (Suiza, 1872-1940), Heinz Isler (Suiza, 1926-2009) y Othmar Ammann (EE.UU., 1879-1965), entre otros.

De ellos hablaba Billington (que murió en 2018, a los 90 años), de su relación con su tiempo, de los avances en los métodos de cálculo y de las virtudes que los llevaban a ganar grandes concursos, entre las que destaca, una y otra vez, la atención a los costes, o la economía de las soluciones. Por ejemplo, Eiffel ofertó el puente de Maria Pia (1877), sobre el río Duero, en Oporto (Portugal), un treinta por ciento más barato que el siguiente participante en el concurso internacional. Según el ex profesor de Princeton, evitar el despilfarro siempre fue una condición relevante –y nunca un desmedro­– al encarar un proyecto. De ahí que su traductor al español, Payá Zaforteza, afirme que “la abundancia económica no favorece el desarrollo del arte estructural sino todo lo contrario”, a la vez que destaca su dimensión social integradora. Un alivio en tiempos inciertos.


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