Una travesía por el paisaje español finisecular - EL ÁGORA DIARIO

Una travesía por el paisaje español finisecular

Una travesía por el paisaje español finisecular

El Museo de Bellas Artes de Bilbao ofrecía hasta la crisis del coronavirus la exposición Beruete, Regoyos y el paisaje en las colecciones de los ingenieros José Entrecanales y Santiago Corral, un repaso a los paisajes españoles de finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX que ahora recorremos virtualmente con Julián H. Miranda


Julián H. Miranda
Madrid | 24 abril, 2020

Tiempo de lectura: 6 min



El género del paisaje en la pintura española es un fenómeno no tan antiguo. Disfrutar del paisaje como un hecho estético tardó en llegar a la cultura española, no como en otras escuelas pictóricas de nuestro entorno como la francesa, la italiana, la flamenca o la inglesa. Durante varios siglos el paisaje en la escuela española se concebía como un tema secundario, salvo excepciones, y ocupaba un lugar secundario, una especie de decorado donde sucedía la acción. Probablemente los viajeros y pintores franceses e ingleses recogieron cómo nos veían en los siglos XVIII y XIX y eso ayudó a que el paisaje fuera interpretado como un género propio para los pintores españoles del siglo antepasado.

Darío de Regoyos. El viaducto de Ormáiztegui, 1896. Colección particular

Cuando estamos a punto de cumplir seis semanas de confinamiento quizá resulte interesante trascender lo que vemos cotidianamente desde nuestras ventanas y acercarnos a una travesía expositiva sobre el paisaje. Eso es lo que planteaba esta exposición del Museo de Bellas Artes de Bilbao -ahora cerrado por la COVID-19-, que solo pudo disfrutarse tres o cuatro días presencialmente: Beruete, Regoyos y el paisaje en las colecciones de los ingenieros José Entrecanales y Santiago Corral.

La muestra, comisariada por Javier Barón, Jefe del Área de Conservación de Pintura del siglo XIX en el Museo del Prado, recoge 70 obras maestras del paisaje español de finales del siglo XIX y principios del XX, la mayoría de dos colecciones atesoradas entre 1940 y 1970 por dos ingenieros de Caminos, Canales y Puertos: José Entrecanales Ibarra (Bilbao, 1899–Madrid, 1990) y Santiago Corral Pérez (Santander, 1907–Madrid, 1989).

Si bien Carlos de Haes (Bruselas, 1826-Madrid, 1898) fue la piedra angular para la renovación del paisaje en la pintura española durante la segunda mitad del siglo XIX, a través de la cátedra de Paisaje que dirigió desde 1857 en la Academia de San Fernando, fueron dos pintores impresionistas españoles: Aureliano de Beruete (Madrid, 1845–1912) y Darío de Regoyos (Ribadesella, Asturias, 1857–Barcelona, 1913), los que impulsaron la modernidad del género paisajístico, que tanta importancia tuvo en Francia y en otros países europeos desde el romanticismo al impresionismo.

Carlos de Haes. Un país. Recuerdos de Andalucía. Costa del Mediterráneo, junto a Torremolinos, 1860. Óleo sobre lienzo, 114 x 165 cm. No expuesto. ©Museo Nacional del Prado

Entre los pintores reunidos, cuyas obras están datadas en el período 1890-1920, además de los dos citados, hay ejemplos notables de Agustín Riancho, Francisco Gimeno, Santiago Rusiñol y Joaquín Sorolla. Y aunque no esté entre las adquiridas por los dos ingenieros en su momento, también merece la pena mencionar a otro gran pintor paisajista español de los últimos años del siglo XIX, bien representado en el Prado, Martín Rico y Ortega (El Escorial, 1833-Venecia, 1908).

El madrileño era un pintor elegante, viajero y de fina capacidad de observación, como demuestra en Desembocadura del Bidasoa, fechada en 1872, que pintó durante una estancia en Fuenterrabía. En esa obra destaca una gama cromática variada en esa serie de charcos de agua en la bajamar. En la parte derecha del cuadro delimitó las aguas de la costa francesa en Hendaya, con su playa y con la lengua de tierra que termina en la punta de Santa Ana y más tarde al adentrarse en el mar a través de las dos grandes peñas gemelas, Les Deux Jumeaux.

Martín Rico y Ortega. Desembocadura del Bidasoa, 1872. Óleo sobre lienzo, 29,3 x 72 cm. ©Museo Nacional del Prado

En la selección del comisario se constata cómo el paisaje se erigió en el cauce de la modernidad de la pintura, y en el caso de España supuso una nueva visión del país por artistas asociados al regeneracionismo, por lo que tenía de valor histórico y cultural en esos momentos. La muestra se puede visitar virtualmente en este video producido por el Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Aureliano de Beruete y Darío Regoyos mantuvieron una estrecha relación con las corrientes europeas de su época, aunque también hubo otros como el cántabro Agustín Riancho, los catalanes Francisco Gimeno y Santiago Rusiñol o el valenciano Joaquín Sorolla. Este último es, sin duda, el mayor talento de su generación, que aunque no cultivó el paisaje como un género tan específico  como los dos primeros también supo sacar partido de la variedad y riqueza de la geografía española.

De Aureliano de Beruete se han reunido 39 obras en esta muestra, que revelan su personalidad arrolladora y su gran cultura: fundador de la Institución Libre de Enseñanza, su faceta como historiador del arte y coleccionista o su gran afición por la música. Beruete supo plasmar una visión personal de ciudades como Toledo, Segovia, Ávila y Cuenca, pero también una mirada intencionada a otros lugares en Francia como Quimperlé y El Havre.

Y, sobre todo, su amor fue la montaña: desde la sierra de Guadarrama, con ecos velazqueños porque el autor de Las Meninas la representó en los fondos de algunos retratos; las orillas del Manzanares, siempre con una pincelada fluida que refleja de nuevo su admiración y conocimiento de Velázquez; y esos viajes continuados a los Alpes suizos, del que se exhibe Vista de la Jungfrau, 1907. A partir de 1903 su paleta se inclinó por tonos puros y una pincelada dividida como la de los impresionistas.

Aureliano de Beruete. Camino de Perogordo (Segovia), 1908.

Darío de Regoyos, del que se exhiben 18 pinturas, mantuvo contacto con las corrientes internacionales, desde su estancia en Bruselas y su amistad con los pintores belgas de finales del XIX, lo que conllevó un toque moderno y una gran facilidad para asimilar el impresionismo y el puntillismo, gracias a su amistad con Pissarro y Signac, respectivamente. Vivió gran parte de su vida en el País Vasco y en esos espacios logró algunos de sus mejores cuadros, al captar la transformación industrial de la ría de Bilbao, el paisaje húmedo de Vizcaya, y cómo no su modo de representar el paisaje de Barcelona en sus últimos años de vida.

Buenos ejemplos colgados en las paredes del Museo de Bilbao son El viaducto de Ormáiztegui, 1896, que plasma cómo el ferrocarril y la construcción de este tipo de infraestructuras eran un signo de la transformación de la sociedad española, mientras que Camino de los neveros; 1911, fue un prodigio de sobriedad; o La Ría de Bilbao, pintado un año antes, que en formato horizontal constituye un documento de la importancia que tenía la industria para la capital vizcaína.

Darío de Regoyos. La ría de Bilbao, c.1910. Museo de Bellas Artes de Bilbao. Donación de la familia Entrecanales en 1994.

Aunque a Joaquín Sorolla (Valencia, 1863–Cercedilla, Madrid, 1923) le interesó el paisaje y lo ejercitaba desde su años de formación en pequeñas notas, luego en Jávea en mayor formato en 1896, no fue un género tan específico en su producción. Su amistad con Beruete le llevó a plantear acercamientos a pintar del natural, acrecentado por sus numerosos viajes por la geografía española y también como ambientación de la serie Visión de España para The Hispanic Society of America.

En este grupo reunido en Bilbao pueden destacarse los jardines de los Álcázares de Sevilla, que luego le servirían para su casa-estudio en Madrid; algunas estancias en la capital guipuzcoana en las que aprovechó para elaborar una serie de interpretaciones del monte Urgull o el colorido sintético y moderno de San Sebastián. Paseo de Rompeolas, 1917; o un tema muy recurrente en su obra como la vuelta de la pesca.

Joaquín Sorolla. San Sebastián. Paseo del rompeolas, 1917. Colección particular

Y por último la fuerza de la naturaleza cántabra en los paisajes de Agustín Riancho (Entrambasmestas, Cantabria, 1841 – Alceda, Cantabria, 1929) en esa serie de ríos, árboles y cascadas; la intuición a la hora de abordar los interiores de bosques de Francisco Gimeno (Tortosa, 1858- Barcelona, 1927), a veces con un colorido variado y otras más árido; y el simbolismo modernista de Santiago Rusiñol (Barcelona,1861-Aranjuez, 1931), famoso por sus jardines y con versatilidad para captar matices de la luz, en composiciones casi siempre equilibradas. Todos estos paisajes son hoy más que nunca un soplo de aire fresco para estimular nuestra imaginación y viajar de nuevo por parajes naturales



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