Chernóbil, 30 años después, desde la perspectiva de esta pandemia

Chernóbil desde la perspectiva del coronavirus

Chernóbil desde la perspectiva del coronavirus

La profesora del MIT Kate Brown es la autora de Manual de supervivencia. Chernóbil, una guía para el futuro, un libro que recopila las investigaciones sobre la mayor catástrofe nuclear de nuestra historia, y que recientemente se ha publicado en España.


Manual de supervivencia. Chernóbil, una guía para el futuro

Manual de supervivencia. Chernóbil, una guía para el futuro

Autor/es: Kate Brown

Ciudad/Año de publicación: Madrid, 2019

Páginas: 496

Precio: 25 euros


Chernóbil  no es el pasado. Este es el mensaje que en cada línea transmite Kate Brown (1965), profesora de Ciencia, Tecnología y Sociedad en el Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT), en su libro divulgativo Manual de supervivencia. Chernóbil, una guía para el futuro, que ha aparecido recientemente en España, publicado por Capitán Swing.

Son 500 páginas de un relato en tono de thriller que compilan una década de  investigación en archivos y entrevistas en Ucrania, Rusia y Bielorrusia, acerca de la mayor catástrofe nuclear ocurrida en la historia y de la que en estos días se cumple un nuevo aniversario.

El 26 de abril de 1986 estalló el reactor 4 de la central nuclear de Chernóbil, lo que provocó otra serie de explosiones y la muerte directa de una cincuentena de trabajadores, además del desalojo de la ciudad de Prípiat y el establecimiento de una zona de exclusión de 30 kilómetros en torno al recinto atómico.

Según explica la autora, las autoridades rehusaron una evacuación total del área, por los elevados costes que hubiera supuesto, aunque “los informes clasificados demuestran que de la central siguieron emanando gases radiactivos otra semana más, alcanzando el pico de emisión el 11 de mayo”.  La radiación había llegado repentinamente a los 30 μSv/h (microSieverts por hora), para el momento en que se celebraba el 1 de mayo, en Kiev, la capital ucraniana, ubicada a unos 100kilómetros de la central.

Los filtros de aquellas partículas radiactivas (una radiación 100veces por encima de los niveles anteriores al accidente) fueron los órganos de las personas, que empezaron a desarrollar cáncer de tiroides, y los árboles: “Las hojas que cayeron durante el siguiente otoño deberían haber sido tratadas como desechos radiactivos”, escribe Brown.

Lo cierto es que la exposición a la radiación podría haber causado entre 35.000 y 150.000 muertes solo en Ucrania, aunque ningún estudio internacional midió el daño con exactitud y las cifras siguieron (y siguen) oscilando en varias decenas de miles de seres humanos, según nos atengamos a lo que sostiene Greenpeace o a los números oficiales difundidos por Naciones Unidas.

Una década más tarde, la controversia continuaba en torno a las aves que morían por las mutaciones, mientras algunos medios informaban de que lobos y renos estaban repoblando los terrenos aledaños, con suelos fuertemente contaminados. En realidad, los recuentos no terminan nunca, asegura Brown: “La única conclusión es que el número total de víctimas nunca podrá conocerse”.

“Hoy nos vemos obligados a pensar y a actuar como lo hicieron las personas de las áreas contaminadas de Chernóbil después de 1986. Debido a la pandemia, somos conscientes de lo que tocamos, lo que respiramos, lo que está pasando en nuestros cuerpos”

La narración pone por momentos la piel de gallina. Contenemos el aliento porque nos parece que al respirar aspiramos el vaho infecto de ese bosque, en el que no había que recoger frutos ni setas, según la primera guía del gobierno ucraniano –de agosto de 1986–,  que decía una cosa y la contraria en pocas páginas de distancia.

Hubo devastación y encubrimiento, y todavía hay opacidad en cuanto a la cantidad de material radiactivo allí almacenado y la ubicación de los depósitos de basura nuclear.  Y la exposición de miles de personas a los isótopos radiactivos es un problema del presente, aunque entre Chernóbil y nuestros días se haya vivido otro accidente de similar magnitud, que arroja casi las mismas lecciones por aprender. De ahí la contundencia de Brown: “Sin una mejor comprensión de las consecuencias de Chernóbil, los humanos estamos atrapados en un eterno circuito cerrado, reproduciendo una y otra vez la misma imagen. Tras el accidente de Fukushima en el 2011, los científicos informaron a la sociedad de que carecían de datos precisos acerca de los efectos sobre el ser humano de la exposición a la radiación en pequeñas dosis. Pidieron paciencia a la ciudadanía: 10 años, 20  años, mientras estudiaban la nueva catástrofe, como si fuera la primera. Advirtieron del peligro de caer en ansiedades injustificadas. Lanzaron conjeturas y se prepararon para resistir, fingiendo desconocer que el guion que seguían era el mismo que habían empleado los funcionarios soviéticos 25 años atrás”.

Sobre la actualidad de sus hipótesis, Kate Brown respondió a las preguntas de El Ágora:

PREGUNTA: ¿Dispone usted de una respuesta a una de sus primeras preguntas: por qué las sociedades se comportan igual que antes del desastre de Chernóbil?

RESPUESTA: Lo podemos constatar también hoy con respecto al coronavirus: las sociedades son lentas para reaccionar a las catástrofes que claramente podían verse venir. En Chernóbil, hubo cientos de accidentes más pequeños en la planta de energía nuclear antes de 1986 (¡e incluso algunos grandes accidentes, después!). Sin embargo, los ingenieros, diseñadores, gerentes de planta y líderes del Partido Comunista no hicieron nada por cambiar lo que sabían que podía ser fatal en una planta de energía nuclear defectuosa. Solo actuaron después de dos explosiones y un incendio colosal en el núcleo del reactor que liberó 200 millones de curios de radiactividad y que mató a miles, probablemente cientos de miles, de personas.

P: A la luz de lo que vivimos en el presente, ¿qué agregaría en el libro? ¿Es posible actualizar alguna información

R: Diría que, hoy, en todo el mundo nos vemos obligados a pensar y a actuar como lo hicieron las personas que vivían en las áreas contaminadas de Chernóbil después de 1986. Ahora, debido a la pandemia, somos conscientes de lo que tocamos, lo que respiramos, lo que está pasando en nuestros cuerpos, que son muy porosos. Estamos pensando visceralmente sobre lo que las toxinas y los virus invisibles y microscópicos harán a nuestra salud y, al igual que los supervivientes de Chernóbil, estamos preocupados. Nos sentimos alejados del mundo en que vivimos. Es un sentimiento horrible pero del que debemos aprender.

P: En estos días, además, en los alrededores de la planta de Chernóbil se sufre la amenaza añadida de los incendios forestales en la zona de exclusión

R: Las llamas que están haciendo arder ese territorio de Chernóbil son una amenaza para las personas no solo en Ucrania y Bielorrusia, sino también para europeos, asiáticos y estadounidenses. Los vientos con humo unidos a contaminantes de la planta, de arbustos quemados, hojas y árboles, fluyen hacia el este y el oeste, hacia el norte y hacia el sur. Solo se necesita una pequeña partícula de plutonio alojado en el pulmón de una persona para iniciar el lento proceso de crecimiento tumoral.

“Los territorios destruidos y contaminados requieren curación, cuidado y mucha, mucha paciencia para la restauración”

P:    ¿Cree que es compatible la existencia humana con esta cantidad creciente de toxinas y polución?

R: Es posible coexistir con toxinas (y virus patógenos), pero significa que tenemos que estar más atentos a nuestro entorno. Quienes dicen que la naturaleza está prosperando en la zona de Chernóbil envían el mensaje de que podemos alejarnos de los territorios contaminados por las acciones humanas y que la naturaleza se hará cargo de la limpieza. Este no es el caso: los incendios lo demuestran. Los territorios destruidos y contaminados requieren curación, cuidado y mucha, mucha paciencia para la restauración. Ese es nuestro trabajo, no alejarnos, sino estar cada vez más atentos.

P: ¿Hay razones para ser optimistas?

R: Sí, hay razones para ser optimistas. Estamos aprendiendo a través de estas experiencias, ya sea episodios de evacuación masiva, como en Chernóbil, o una cuarentena mundial, como con la pandemia, que se trata de vidas y que nuestros cuerpos están estrechamente ligados con la salud planetaria. Hemos esparcido toxinas aquí y allá; criamos animales en granjas de engorde en los que arrecian enfermedades. Estas acciones se nos vuelven en contra.

Yo soy optimista en la medida en que disminuyamos la velocidad y miremos a nuestro alrededor; entonces, saldremos de esta emergencia más sabios y listos para abrazar una lenta recuperación.


Analía Iglesias | Especial para El Ágora
Madrid | 30 abril, 2020

Tiempo de lectura: 5 min




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