Las deudas de nuestra civilización con el río Éufrates - EL ÁGORA DIARIO

Las deudas de nuestra civilización con el río Éufrates

Las deudas de nuestra civilización con el río Éufrates

El río que discurre entre Turquía, Irak y Siria dividía imperios: las caballerías pesadas de los ejércitos romano y persa se enfrentaban a orillas del Éufrates. Un libro imprescindible para conocer esa época es ‘El mundo de la Antigüedad tardía’, de Peter Brown, que se ha reeditado recientemente en español


Analía Iglesias | Especial para El Ágora
Madrid | 25 junio, 2021


Hay ríos y ríos. Hay ríos con saltos entre rocas y tramos de ríos sobre desiertos, que fluyen largamente, sin cañones que los aceleren, con cauces planos y anchos; son esos que bañan sin esfuerzo los regadíos a su vera, como el Éufrates, que significa, justamente fertilizar o fructificar (si tomamos la etimología griega). Éufrates suena a pasado, a cuna de la civilización, a Mesopotamia (la tierra que delimita en su confluencia con el Tigris).

En la biblia es el río, por excelencia, el único. Es el que atraviesa Babilonia y uno de los cuatro del paraíso. Pero, también suena a historia reciente, a la ciudad de Raqqa, la desdicha en sus orillas, y a otros bombardeos sobre Irak, los que narran películas como Homeland. Irak Año Cero (2016), el excelente documental de Abbas Fadel, aunque Bagdad esté bañada por el Tigris.

El Éufrates, que nace en Turquía, discurre por montañas, y luego atraviesa Siria e Irak, a lo largo de 2.780 kilómetros, hasta unir sus aguas a las del mítico Tigris para formar, en Basora, un breve río que marca la frontera entre Irak e Irán antes de desembocar en el Golfo Pérsico.

Éufrates
El río Éufrates a su paso por la ciudad de Hasankeyf, en Turquía.

En esencia, mirar hacia el Éufrates es mirar hacia Oriente e intentar superar el eurocentrismo que encuentra en la tradición clásica de Grecia y Roma el origen único de  nuestra civilización, según los postulados del historiador de Princeton, Peter Brown, que escribió el monumental El mundo de la Antigüedad tardía. De Marco Aurelio a Mahoma (Editorial Taurus), en 1971. Afortunadamente, el libro de Brown se ha reeditado este año en español, por su valor ineludible para conocer nuestra historia cultural mediterránea, más allá de lo que, desde el presente, creamos que nos conviene.

El mundo clásico no es solo Grecia

Brown es quien acuña el concepto de Antigüedad tardía para auscultar el corazón de Europa, entre los años 200 d.C. y 700 d.C., lo que significa arrancar por la “redefinición de los límites del mundo clásico”, en el siglo III, y llegar hasta la aparición de Mahoma y el nacimiento del Islam, en el siglo VII.  El río Éufrates es protagonista indiscutible de esa redefinición de las fuentes de nuestra cultura, porque el Imperio romano se fundó sobre territorios que se extendieron mucho más lejos que el Nilo o Atenas, y se nutrió de saberes, dioses y prácticas que llegaban a las puertas de Kabul.

El Éufrates fue, a partir del siglo III, el tope de ese imperio de modales de linajes griegos, porque desde Persia, la dinastía sasánida puso límites tajantes a las ambiciones romanas. Era la época de los imbatibles catafractos persas, soldados a caballo totalmente cubiertos por pesadas armaduras metálicas. El más temerario de los sasánidas fue Sapor I, quien venció al emperador Valeriano muy cerca del Éufrates, en territorio sirio, en el año 259.

“El agua fue lo que el ferrocarril supuso en la época moderna: la única arteria indispensable para el cargamento pesado”, escribe el historiador Peter Brown.

Valeriano había querido fortalecer su imperio oriental, movilizando personalmente sus tropas, pero cayó en manos de Sapor I, rey de reyes persas, quien lo retuvo y lanzó una campaña propagandística con ilustraciones en las que se veía al romano de rodillas frente al ejército sasánida. Valeriano fue el primer emperador en caer prisionero y de quien nunca más se volvió a saber: las leyendas cuentan que Sapor lo obligó a beber oro líquido y que con su piel se hicieron amuletos para los templos de lo que hoy es suelo iraní.

En la misma época, una valiente reina siria llamada Zenobia retó a los emperadores romanos, de quien era súbdita, por salvar la dignidad de Palmira, su reino. Lo cierto es que Zenobia, esposa de Septimio Odenato, era una líder guerrera de una nación multicultural, respetuosa con ciudadanos de muy diferentes etnias, que había defendido las fronteras del Imperio romano de Oriente de las invasiones sasánidas, pero las afiladas envidias de Roma la acorralaron hasta que unos centuriones la capturaron, al este de su ciudad, Palmira, cuando ella se dirigía hacia el Éufrates, para cruzarlo.

Confluencia de los ríos Tigris y Éufrates, en Iraq.

La faz más terrible y brutal del Imperio romano aparece en los esfuerzos incesantes para mantenerse unido”, asegura Peter Brown.

Un muro de Roma en Persia

“Para todos los primitivos sistemas de transporte, el agua fue lo que el ferrocarril supuso en la época moderna: la única arteria indispensable para el cargamento pesado”, escribe el historiador, dando cuenta de la agilidad del transporte en barco frente al terrestre y la razón por la que las ciudades costeras se encontraban tan cerca unas de otras.

En el siglo III, “en Dura Europos, en las riberas del Éufrates, una guarnición militar tenía el mismo calendario de festividades públicas que Roma”, se lee en El mundo de la Antigüedad tardía. “Uno de los problemas principales del periodo entre los años 200 y 700 era cómo mantener a través de un vasto imperio un estilo de vida y una cultura basados originalmente en los hábitos de una delgada franja tachonada de ciudades-Estado de la época clásica”, se explica, para ahondar en las riberas de ese Mare Nostrum, por el que se transportaba desde Alejandría el imprescindible trigo para elaborar el pan, al norte  (hacia el siglo IV, Constantinopla importaba 175.200 toneladas de trigo por año de Egipto).”La comida era el bien más precioso en el antiguo Mediterráneo”, se subraya.

Éufrates
Vestigios arqueológicos de la ciudad de Dura Europos, en Siria.

Brown nos ayuda a remontar nuestra propia historia para encontrarnos con aquellos tiempos sobre los que se ha repetido hasta el hartazgo que fueron los del declive de Roma, cuando el imperio aún perseguía a los cristianos y los castigaba muy duramente. Nadie creyó ni defendió a aquellos primeros patriarcas que practicaban la fe monoteísta. Por entonces, las divinidades eran múltiples, como los idiomas que se hablaban en las rutas de comercio hacia el Lejano Oriente, entre los cuales el latín era apenas uno más y el griego, por supuesto, el de la oligarquía, así como la lengua del saber y la transmisión del conocimiento más elevado en ciencias y filosofía.

“No siempre las fechas convencionales son las más decisivas”, apunta el historiador, que reniega de retratar aquella época como sombría, aunque el Mediterráneo occidental perdiese terreno. Entonces, se inclinaba “el péndulo de los intereses imperiales, alejando al Imperio romano del Rin y acercándolo cada vez más al Éufrates”. Y, según Brown, lo que es más importante, “la confrontación con la Persia sasánida abrió una brecha en las barreras del mundo clásico en Oriente Próximo: dio la preeminencia a Mesopotamia, y expuso así al mundo romano a la constante influencia de esa región que albergaba una creatividad inmensa y exótica en el arte y la religión”. Alrededor del Mediterráneo, las barreras interiores “se derrumbaban”.


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