Goethe entre las flores

Goethe entre las flores

Goethe entre las flores

La editorial Atalanta publica ‘La metamorfosis de las plantas’, obra alumbrada por Goethe en 1790 que manifiesta la vocación científica del gran autor de las letras germanas. Con ilustraciones originales y fotos de alta resolución tomadas por Gordon L. Miller, el libro es una pequeña joya bibliográfica que revela el espíritu renacentista del sabio del Romanticismo


David Benedicte | Especial para El Ágora
Madrid | 31 julio, 2020

Tiempo de lectura: 6 min



Es como lo de creer o no en las meigas. Que haberlas, haylas. Pues también hay gente que hace del pluriempleo un estilo de vida de lo más boyante. Tal es el caso de Johann Wolfgang von Goethe (Fráncfort, 1749-Weimar, 1832), que ejerció a tiempo completo de poeta, novelista y dramaturgo. Es más, a menudo se olvida que sacó tiempo para dedicárselo a la ciencia y al estudio de la naturaleza. A ratos -imagina uno que robados al sueño-, fue además óptico, meteorólogo, anatomista, zoólogo, mineralogista, fisiólogo y paleontólogo. ¿Alguien más para bingo? Se entiende así el milagro alemán, la verdad.

Flor de ‘Magnolia acuminata’  'Elizabeth', con el estilo en el centro y estambres alrededor). | Foto: Gordon L. Miller
Flor de ‘Magnolia acuminata’  ‘Elizabeth’, con el estilo en el centro y estambres alrededor). | Foto: Gordon L. Miller

Goethe ejerció de genio romántico pero tuvo ínfulas de hombre del Renacimiento. Hiperactivo de su tiempo que refleja en sus escritos el mundo en que vivió, testimonio en el que literatura, poesía, filosofía y ciencia coinciden juntas pero no revueltas. En España se desconoce casi todo sobre su pasión por la botánica, solapada por ese espíritu de intelectual-orquesta que poseía al escritor francfortés. Sin embargo, cuentan que el propio Goethe afirmaba, ya en edad madura, haber experimentado los ratos más felices de su atareada existencia mientras recorría floristerías, campiñas y jardines varios.

“Goethe ejerció a tiempo completo de poeta, novelista y dramaturgo, pero sacó tiempo para ser también óptico, meteorólogo, anatomista, zoólogo, mineralogista, fisiólogo y paleontólogo”

Momentos gratificantes y de lo más fructíferos que fueron acumulándose, sobre todo, durante su viaje a Italia entre 1786 y 1788, época en la que ya era famoso como juntaletras tanto en Alemania natal como en el extranjero y en la que tuvo que huir de su país de origen por culpa de un enredo sentimental con su amante, Charlotte von Stein. Aunque el propio Johann Wolfgang lo cuenta mucho mejor que yo. De modo que cedámosle la palabra: «Entregado a la desesperación, sentí más vivamente el valor y a dignidad del elemento-naturaleza. En él busqué salud y consuelo».

Agujas de pino negro austríaco (‘Pinus nigra’). | Foto: Gordon L. Miller
Agujas de pino negro austríaco (‘Pinus nigra’). | Foto: Gordon L. Miller

Conforme avanzaba en sus correrías italianas, Goethe se sintió impresionado por la manera en que la vegetación se adaptaba de forma progresiva al cambio de clima. De regreso a Weimar inició la redacción de La metamorfosis de las plantas, estudio profusamente ilustrado que acaba de rescatar la editorial Atalanta en una cuidada versión traducida por Isabel Hernández y en el que el autor de Fausto defiende, de modo apasionado, que todas las plantas provienen de las sucesivas transformaciones de una planta primordial (Urpflanze) y esos cambios fundamentales son aplicables a otras criaturas vivientes. El libro aparece bajo el cuidado de Gordon L. Miller, quien también ha fotografiado las plantas de las que habla Goethe en su monografía.

“Cuentan que el propio Goethe afirmaba, ya en edad madura, haber experimentado los ratos más felices de su atareada existencia mientras recorría floristerías, campiñas y jardines varios”

Al principio imaginó que sería posible encontrar esa Urpflanze haciendo la fotosíntesis en algún prado mediterráneo o agarrada a alguna ladera rocosa, y se encomendó a su búsqueda como si fuera el Indiana Jones del Romantik. Sin embargo, fue mientras paseaba por los jardines sicilianos de Palermo, donde Goethe sintió el pálpito que lo llevaría a redefinir el concepto de «metamorfosis» para arrancar con su libro: «De pronto reparé en que el auténtico Proteo capaz de ocultarse o revelarse a sí mismo en todas las formas vegetales se halla en el órgano de la planta que estamos acostumbrados a denominar hoja. De principio a fin, la planta no es otra cosa que hoja, tan inseparable del futuro germen que no es posible concebir uno sin la otra».

‘Bougainvillea’ del tipo "delicia imperial" con brácteas en forma de hoja agrupadas alrededor de las hojas tubulares. | Foto: Gordon L. Miller
‘Bougainvillea’ del tipo “delicia imperial” con brácteas en forma de hoja agrupadas alrededor de las hojas tubulares. | Foto: Gordon L. Miller

El proceso por el que esta dinámica hoja va adquiriendo progresivamente la forma de los cotiledones, pecíolos, sépalos, pétalos, pistilo, estambres, etcétera, es lo que Goethe denominó «metamorfosis de las plantas». Así se lo aclarará a su amante, Charlotte von Stein, en una carta fechada en 1786: «No puedo decirte lo legible que se está volviendo para mí el libro de la naturaleza; mis largos esfuerzos por descifrarlo, letra a letra, me han sido de gran ayuda; ahora, de repente, todo está dando resultados y mi serena alegría es inexpresable».

‘Crysanthemum monifolium’ mostrando la metamorfosis regular. | Foto: Gordon L. Miller
‘Crysanthemum monifolium’ mostrando la metamorfosis regular. | Foto: Gordon L. Miller

Lo que sí logró expresar el escritor alemán, ¡y de qué manera!, fue una versión divulgativa de su teoría en un extenso poema titulado, como no podía ser de otro modo, La metamorfosis de las plantas también recogido en el libro. Ahí van los primeros versos, que invitan a alguien ajeno a la ciencia a maravillarse con su sencillez milagrosa:

«Te confunde, amada mía, la mezcla infinita / del sinfín de flores que este jardín puebla; / muchos nombres escuchas y el uno, con bárbaros tonos, / dentro de tu oído resuena más que el otro. / Similares sus formas, ninguna a otra asemeja, / aludiendo todas en coro a una ley secreta, / a un enigma sagrado. ¡Oh, mi querida amada, / si dichoso ahora mismo darte a clave pudiera! / Mira cómo crece, cómo lentamente la planta / guiada paso a paso da sus flores y frutos».
Manuscrito original de Goethe dedicado al árbol ‘Gingko biloba’ y adornado con flores de este.

El poema tuvo una acogida magnífica y, a partir de ese momento, Goethe decidió servirse de la poesía para difundir sus ideas científicas. Sus versos se convirtieron en el vehículo perfecto para acercar la ciencia al gran público. El poeta nos lo cuenta así: «Nadie quería comprender la unión íntima de la poesía y de la ciencia; se olvidaban que la poesía es la fuente de la ciencia y no se imaginaban que con el tiempo pueden formar una alianza estrecha y fecunda en las más altas regiones del espíritu humano».

Portada original de ‘La metamorfosis de las plantas’, publicado por goethe en 1790

Y, a medio camino entre lo científico y lo poético, lo que nos queda es La metamorfosis de las plantas, este breve tratado de 123 párrafos que, a juicio del historiador Robert J. Richards, comenzó a transformar el estudio de las plantas en pleno siglo XIX: actualmente la biología molecular ha comprobado que ciertamente algunos órganos dentro de las flores sufren transformaciones, las cuales están mediadas por un grupo de genes denominados ABC.

Portada del libro 'La metamorfosis de las plantas', obra publicada por Goethe en 1790 que reedita la editoria Atalanta
Portada del libro ‘La metamorfosis de las plantas’, obra publicada por Goethe en 1790 que reedita la editoria Atalanta

Nos queda también el Museo de Historia Natural de Weimar, fundado por el escritor gracias a su colección de 19.000 piezas de minerales, rocas y fósiles.

Y el que se pudiese probar la existencia del hueso intermaxilar en los seres humanos gracias a su trabajo.

Y la goethita, un óxido de hierro monohidratado en homenaje a su afición por los minerales.

Y las críticas iniciales a sus esfuerzos científicos, consideradas un diletantismo sin sentido, una excentricidad propia del genio acuciado por el deseo de universalidad.

Pero todas esas son ya otras historias. Quedémonos, para finalizar, con que su visión de la naturaleza ha empezado a estudiarse desde nuevas perspectivas.


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