‘La gran ola’ de Hokusai o la infinita brevedad del arte japonés

‘La gran ola’ de Hokusai o la infinita brevedad del arte japonés

‘La gran ola’ de Hokusai o la infinita brevedad del arte japonés

 La obra icónica de Hokusai le sigue hablando a los jóvenes, dos siglos después de su creación. Fragmentos de un diálogo con el pintor asturiano Fernando Fueyo, quien visitó y expuso sus cuadros en Sendai y Fukushima


Analía Iglesias | Especial para El Ágora
Madrid | 5 febrero, 2021

Tiempo de lectura: 5 min



Quién diría que la conocida marca australiana de accesorios deportivos, tablas y ropa de surf se habría inspirado en un viejo cuadro japonés de inicios del siglo XIX para diseñar un logo que es universalmente reconocible según pasan las décadas. Quién diría que el manga y los tatuajes tendrían su origen en los mismos trazos de un pintor japonés nacido en el siglo XVIII. Quién diría que Cezanne o Van Gogh no serían Cezanne ni Van Gogh si no hubieran conocido el arte del periodo del ‘mundo flotante’ de Edo y, en especial, a Katsushika Hokusai (Edo, actual Tokio, 1760-1849), autor del célebre cuadro La gran ola.

La gran ola de Kanagawa (Kanagawa oki nami ura), por su nombre completo, es una obra icónica para el arte mundial, a la vez que un elemento altamente simbólico en la sociedad  japonesa. La vida de ese pequeño y majestuoso país está atravesada por grandes olas que fueron tragedias imborrables (como la más reciente, la del tsunami de 2011) y, al mismo tiempo, “sus tradiciones están ligadas a la naturaleza”, en palabras del pintor Fernando Fueyo, colaborador de El Ágora, que ya en los años 80, expuso en Sendai y Fukushima, y que se reconoce deudor de esta cultura del silencio y las sombras.

“El único idioma universal del hombre, el primero, es el dibujo”, comenta Fueyo, que imagina que Hokusai sería del mismo parecer.

“Los pintores japoneses salían a la naturaleza, vivían en ella 25 años y luego se encerraban en sus estudios y la devolvían en pocos trazos, porque la habían interiorizado”

La ola de Hokusai en un sello postal japonés de 1963-
La ola de Hokusai en un sello postal japonés de 1963.

La ola puede ser también una metáfora de la existencia individual humana, constituyente del amplio mar de la interacción colectiva, según el budismo zen. Si bien nuestra consciencia individual abarca desde nuestra fecha de nacimiento hasta la fecha de nuestra muerte, esto es apenas una ola hecha del agua de todos los seres vivos que han ido naciendo y muriendo. Esta enseñanza zen alivia el dolor de la muerte, nuestro miedo frente a ella, incluso la abole como idea.

Frente al grabado en tres colores de La gran ola, que forma parte de la serie de estampas de las 36 vistas del Monte Fuji  –integrada por 46 xilografías creadas entre 1830 y 1836–, nuestra sensibilidad puede disparar asociaciones en tantas direcciones como las de las gotas que salpican las olas de ese océano que de pacífico solo tiene el nombre.

Una naturaleza que se venera

Con un pie en la tierra, en una de las varias religiones que pueden profesarse simultáneamente en Japón, el sintoísmo, se venera a los kamis o dioses de la naturaleza, a los que hay que despertar con palmas, cuando uno visita un templo, según comenta Fueyo. Esto sucede cuando lo divino natural se funde con lo cotidiano familiar en unos espíritus que duermen la siesta mientras no haya nadie a quien atender.

Esa fusión de la propia existencia con los elementos del paisaje enmarcan el arte japonés, y no solo en el haiku, según lo ilustra Fueyo: “Los pintores japoneses y chinos salían a la naturaleza, vivían en ella 25 años y luego se encerraban en sus estudios y no volvían a salir. La habían interiorizado y la devolvían en pocos trazos”.

Versión pop de la ola Hokusai. | CRÉDITO: Local Doctor
Versión pop de la ola Hokusai. | CRÉDITO: Local Doctor

Abrirse al arte japonés, en el siglo XIX, “fue importante para renovar el olor a alcanfor de los museos europeos”, ironiza Fueyo.

De Japón viene, por ejemplo, el modo en que el pintor asturiano aprendió a comunicarse con su entorno: “Hablo con los árboles, los miro a la distancia, no les causo daño. Hasta que el árbol no me invita a dibujarlo no tomo la libreta. No me acerco a abrazarlos, porque pisaría las raíces y compactaría la tierra tiene que ser esponjosa para que respiren”.

“El monte Fuji le da equilibrio a la composición de La gran ola”

Ser pintor a partir de los 73 años

Hokusai decía que, aunque pintaba desde los seis años, “recién a los 73 comprendió la pintura y no fue hasta los 80 años cuando empezó a disfrutarla”, en los relatos de Fernando Fueyo, quien bromea con que tiene 125 años y aún le pican las ganas de “volar”.

La estampa La gran ola pertenece, justamente, a la setentena del artista japonés que honró el género Ukiyo-e, que menciona lo “flotante” (o efímero y transitorio) que es el mundo, para concebir sus grabados. Se trata de estampas a partir de la talla de planchas de la más dura de las maderas del cerezo, con las que solían grabarse unas decenas de copias sobre papel antes de destruir cada plancha.

Reinterpretación de la ola de Hokusai. | CRÉDITO: Kimasa
Reinterpretación de la ola de Hokusai. | CRÉDITO: Kimasa

“Él iba reduciendo trazos y llegaba a comprender lo que no vemos: la enorme belleza del silencio, por ejemplo. Poder expresar esto con un gesto, con un trazo, requiere tiempo”, apunta Fueyo. Y agrega: Cuando uno imagina a los hombres que van en estas barcazas piensa en la incertidumbre y el miedo de esos hombres frente a una tormenta en alta mar. Es la infinita brevedad”.

Historia de un cuadro mítico

Habitualmente se ha definido a la gran ola pintada por Hokusai como la representación de un tsunami, sin embargo, la mayoría de estudiosos consideran que esto es un error de atribución. El artista nipón Katsushika Hokusai representó simplemente una escena de oleaje grande o marejada, lo que en japonés sería okinami, literalmente grandes olas en alta mar.

La conocida imagen muestra una enorme ola que amenaza a tres barcos frente a la costa en la bahía de Sagami (prefectura de Kanagawa) mientras el monte Fuji se eleva al fondo.

La obra es una tabla de reducido tamaño, que mide 25,7 por 37,8 centímetros.

Versión moderna del cuadro de Hokusai. | CRÉDITO: Syquallo
Versión moderna del cuadro de Hokusai. | CRÉDITO: Syquallo

Lo inmenso y lo pequeño en el paisaje

Como en el caso de Las meninas de Velázquez, en que la realeza –fuera de cuadro–  se asoma como una imagen vagamente reflejada en un espejo, esta otra obra emblemática del arte oriental relega al monte Fuji –que titula la serie– al fondo, como un elemento geométrico recortado por una barca, y mucho más pequeño que la inmensa ola hambrienta.

“El monte Fuji le da equilibrio a la composición”, reseña el pintor asturiano. Es decir que hasta lo más sagrado puede jugar un rol secundario en la vida de los hombres y en la naturaleza. Una montaña puede ser el sólido pilar de otra cosa infinitamente más pequeña. Todo depende de la perspectiva.

“En Oriente, el concepto del mejor no existe. Ser el mejor en algo no significa nada, porque apenas eres un ser humano que intenta mejorar cada día”, según Fernando Fueyo, que da así una idea gráfica del tránsito de todo lo que es “flotante”. Y quizá sea ese guiño a la fugacidad donde radique la vigencia de Hokusai.



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