Las legendarias misiones de hace tres siglos para observar el encuentro entre Venus y el Sol - EL ÁGORA DIARIO

Las legendarias misiones de hace tres siglos para observar el encuentro entre Venus y el Sol

Las legendarias misiones de hace tres siglos para observar el encuentro entre Venus y el Sol

En el siglo XVIII el planeta Venus tuvo un protagonismo especial al ser objetivo de los telescopios de todo el mundo ya que podía explicar, con sus tránsitos, el tamaño de nuestro sistema solar. Fue el primer proyecto en implicar a toda la comunidad científica del momento en el arte de medir el cielo


En busca de Venus

En busca de Venus

Autor/es: Andrea Wulf

Editorial: Editorial Taurus

Ciudad/Año de publicación: Madrid, 2020

Páginas: 400

Precio: 22,90


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En los últimos meses, de este extraño año 2020, un acontecimiento despertó el interés de especialistas y profanos, levantando todo un revuelo mediático. Fue el anuncio del hallazgo de trazas químicas en Venus que podrían sustentar la idea de que hubiera vida orgánica en él, una revelación en entredicho, alegando algunos científicos que falta por contrastar todos los datos obtenidos del planeta.

Venus saltó a la actualidad por el encuentro de una molécula considerada como biomarcador o “huella de la vida”, el gas fosfano. La noticia se ha ido desinflando con el paso del tiempo, pero sigue habiendo un enorme interés en averiguar si la concentración de este compuesto es variable a lo largo del año de Venus, o si es diferente en diversas regiones del planeta.

En el terreno de la química atmosférica los interrogantes se multiplicaron. Aunque el fosfano se halla presente en Júpiter y Saturno, los gigantes gaseosos son capaces de generarlo gracias a dos ingredientes de los que Venus carece: una enorme cantidad de hidrógeno (prácticamente la totalidad de sus atmósferas) y una presión atmosférica descomunal debido a su también gigantesca masa.

Imagen tratada sobre fondo blanco del planeta Venus basada en materiales de la NASA. | FOTO: Artsiom Petrushenka

La observación del planeta con diferentes técnicas se vuelve clave para arrojar luz en estas cuestiones, especialmente el uso de instrumentación robótica in situ y grandes telescopios que analicen las capas altas de la atmósfera del planeta y su superficie.

El avance de la ciencia, aunque conlleve sobresaltos y retrocesos, es continuo e imparable, dicen los científicos. Estas premisas se cumplen en lo que nos cuenta la periodista e historiadora Andrea Wulf (Nueva Delhi, 1972) en su libro En busca de Venus. El arte de medir el cielo, editado por Taurus.

Wulf ha cimentado su fama por escribir sobre algunos de los acontecimientos que generaron la ciencia actual. Su biografía de Alexander Von Humboldt La invención de la naturaleza fue todo un best seller internacional. Para Wulf, Humboldt fue el primer científico que comprendió que los ecosistemas funcionan como un todo, teoría que está ahora más vigente que nunca, por el calentamiento global.

“Fue el primer proyecto en implicar a toda la comunidad científica del momento”

Venus, diosa del amor, la fertilidad y la belleza. Venus, la estrella matutina o lucero del alba, ha fascinado desde tiempos inmemoriales. Pero además, Venus escondía otra historia fascinante y esta es la que desvela Wulf en su libro.

Como planeta en el siglo XVIII tuvo un protagonismo especial, al ser objetivo de los telescopios de todo el mundo ya que podía explicar el tamaño de nuestro sistema solar. “Fue el primer proyecto en implicar a toda la comunidad científica del momento”, opina Wulf. Esta iniciativa fue como la que podría estar pasando hoy en los laboratorios del mundo con la pandemia de la Covid-19, todos los especialistas se implicaron.

Ilustración histórica de las anotaciones realizadas sobre el tránsito de Venus. | Fuente: Editorial Taurus

Halley alumbró un proyecto internacional

El astrónomo inglés Edmond Halley, de 60 años, lanzó el reto de estudiar mediante su observación los dos tránsitos de Venus que ocurrirían en el intervalo de ocho años. El primero fue en 1761 y el segundo en 1769.

El tránsito es el momento en que el planeta atraviesa la cara del Sol y es visible como un punto negro. Halley creía que una medición exacta de la duración de aquel raro encuentro celeste proporcionaría los datos que los astrónomos necesitaban para calcular la distancia de la Tierra y el Sol.

 

 “Aquel raro encuentro celeste proporcionaría los datos que los astrónomos necesitaban para calcular la distancia de la Tierra y el Sol”.

Para Halley, Venus era la clave y se lamentaría hasta en su lecho de muerte de no vivir para orquestar esta cooperación. Según contaba Halley y recoge Wulf, “antes de su época solo se había observado semejante fenómeno una vez, en 1639. El testigo fue un astrónomo llamado Jeremiah Horrocks”.

Astrónomo observando el cielo, ilustración recogida en el libro “En busca de Venus” de Andrea Wulf de editorial Taurus.

Así que el famoso astrónomo lanzó lo que hoy se llamaría una gran convocatoria para que se unieran a ella todos los astrónomos de la época y conseguir un objetivo común a pesar de las rivalidades que existían tanto personales como políticas.

Para que tuviera éxito se necesitaba que el fenómeno no solo se observara desde Europa, sino que era necesario hacerlo en lugares remotos del hemisferio norte y sur para luego cruzar los datos. “El espíritu de la Ilustración hizo posible que cientos de astrónomos se sumaran al proyecto. La llamada de Halley halló respuesta en más de 200 investigadores que viajaron por todo el mundo”.

“Los astrónomos arriesgarían sus vidas por un acontecimiento celeste que apena duraría seis horas”

“Los arriesgados viajes a puestos remotos durarían muchos meses incluso años y arriesgarían sus vidas por un acontecimiento celeste que apenas duraría seis horas y sería visible solo si las condiciones meteorológicas lo permitían”, cuenta Wulf. “Pero el 6 de junio de 1761, y nuevamente el 3 de junio de 1769, varios cientos de astrónomos apuntaron sus telescopios al cielo para ver a Venus atravesando el Sol. Fue el primer proyecto científico global”. Así comienza esta fascinante historia y el libro recién editado por Taurus.

Los protagonistas

Fue el francés Joseph-Nicolas Delisle, un científico que había establecido una amplia red de contactos con otros científicos de Europa, el impulsor de la que sería esta primera colaboración internacional entre científicos para lograr un objetivo común y responder al reto de Halley.

Para ello involucró a la Royal Society inglesa, así como a algunos científicos rusos y también a otros suecos y alemanes. No vivió para ver el segundo tránsito. Wulf cuenta su historia junto con las vicisitudes y las peripecias que tuvieron otros de sus colegas, llenas de acción y con múltiples detalles de estos científicos que realizaron largos desplazamientos con muchas dificultades personales y económicas, así como de sus logros. Sus vidas dan cuerpo al libro.

Los franceses fueron los primeros en ponerse en marcha y mientras Guillaume Le Gentil y Alexandre Pingré cruzaban los océanos para ir a Sri Lanka y a la isla Rodrigues, los británicos ultimaban sus planes para llegar como Charles Mason y Jeremiah Dixon al Cabo de Buena Esperanza (Sudáfrica) y Nevil Maskelyne a Santa Elena.

Por su parte la Academia Imperial de Ciencias de San Petersburgo también se volcó en buscar sus observadores. El francés Jean-Baptiste Chappe cogería el guante de los rusos y viajó a Siberia, pero en Rusia hubo otro científico brillante Mijail Lomonosov que desde San Petersburgo no iba a perderse el tránsito y llegó a una conclusión sorprendente después de hacerlo: que Venus tenía una atmósfera. “Eso podría significar, concluyó, que tal vez existía vida en el planeta”, recoge Wulf. Otro científico alemán, Silberschlag, también llegó a la conclusión de que Venus tenía una atmósfera. De hecho publicó su teoría el 13 de junio de 1761.

“Carlos III mandó a Vicente de Doz y Salvador de Medina a la Baja California para participar en la observación del fenómeno”

La Real Sociedad de Suecia desplazó a astrónomos prestigiosos como Anders Planman a Finlandia quien esbozaría la frase más poética escribiendo que había “visto las nupcias de Venus de principio a fin”. Ellos son algunos de los protagonistas de esta historia. Pero por el libro de Wulf pasan muchos más.

Apuntes históricos del estudio del tránsito de Venus en el siglo XVIII. | Crédito: Ed. Taurus

La segunda oportunidad

Los datos de la primera observación no fueron los mejores. Los de la segunda fueron mucho más precisos. Los cálculos presentados por la Royal Society se acercaron mucho a los actuales, unos 150 millones de kilómetros nos separan del Sol.

En el segundo tránsito aparecen otros actores, entre ellos los españoles. Jean-Baptiste Chappe, después de mucha paciencia, consiguió los permisos del Rey de España y partió de Cádiz a la Baja California con dos observadores españoles impuestos por Carlos III, eran Vicente de Doz y Salvador de Medina. Al difundirse las buenas condiciones para ver el tránsito desde América del norte, alemanes, británicos y franceses emprendieron viajes hacia distintas posiciones del continente.

Sello postal de la nación de Tuvalu que recuerda el paso del capitán James Cook durante su expedición en el ‘Endeavour’ donde participó en la observación del tránsito de Venus

Hacia los mares del sur partió el Endeavour capitaneado por el famoso capitán James Cook. Al que califica Wulf de “experto cartógrafo y astrónomo, un reconocido topógrafo marino y matemático”. Además, con excusa del tránsito, Cook debía emprender otra misión, dar cuenta de un nuevo mundo La Terra Australis Incognita o tierra desconocida del sur, la actual Australia.

El 3 de junio de 1769 los astrónomos y aficionados estaban listos en los cuatro puntos cardinales para ver este segundo tránsito. Todos los que lo contemplaron sabían que a lo largo de su vida ya no lo harían más. Tendrán que pasar 105 años para que Venus vuelva a ser un punto negro en los cielos. Sería en 1874.

La vuelta del viaje

Después les quedó la gran tarea de recopilar y compartir los datos en un intento de reducir las diferentes cifras a un único número que todos buscaban: la distancia exacta entre la Tierra y el Sol.

No quiero hacer spoiler sino alentar a leer este libro, que puede hacerse como si fuera uno de aventuras. Chappe, después del tránsito de 1769, cayó enfermo de tifus, muriendo meses después.

Otros astrónomos y las tripulaciones de los barcos murieron de malaria o peste. “Le Gentil fue el último de los astrónomos del tránsito en volver a pisar suelo europeo. Más de 11 años después de haber partido en busca de Venus regresó a París para descubrir que sus herederos lo habían declarado muerto y la Academia francesa lo había borrado de su nómina”, nos ilustra Wulf.

“El 3 de junio de 1769 los astrónomos y aficionados estaban listos en los cuatro puntos cardinales para ver este segundo tránsito de Venus por el Sol”

Para esta historiadora no hay duda: “Las semillas de la aldea global en que hoy vivimos se sembraron en la década de los tránsitos, cuando intrépidos astrónomos de toda Europa se unieron para responder a la llamada de Edmond Halley”.

Estas misiones lograron sentar las bases de algo que hoy es esencial en el avance de la ciencia, la cooperación internacional, superando el enfrentamiento y la falta de medios. Pero sus deseos de conocimiento eran tan grandes que incluso no importaba morir en la misión.

En la actualidad algunas personas han podido observar el tránsito del 8 de junio de 2004 y el del 5 de junio de 2012, pero como les pasó a los astrónomos del siglo XVIII, el próximo solo lo observarán los que estén vivos el 11 de diciembre de 2117. Pero seguro que Venus puede darnos más sorpresas y tal vez fertilidad.

Modelo de sistema solar compuesto con imágenes de la NASA que muestra a Venus como planeta más cercano al Sol y a la Tierra en tercera posición. | FOTO: Withan Tor

Pura C. Roy
Madrid | 20 noviembre, 2020

Tiempo de lectura: 8 min



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