Nadar, un camino hacia el bienestar - EL ÁGORA DIARIO

Nadar, un camino hacia el bienestar

Nadar, un camino hacia el bienestar

Braceando entre historias que nos llevan del Sáhara a Bagdad, pasando por Hawái, San Francisco y otros rincones del mundo, este ensayo hace las veces de biblia para nadadores. Sus páginas nos permiten descubrir por qué el agua nos seduce, nos cura y nos une


Por qué nadamos

Por qué nadamos

Autor/es: Bonnie Tsui

Editorial: GeoPlaneta

Páginas: 280

Precio: 19,95 €


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No hay que ser Michael Phelps, ni dárselas de deportista olímpico más condecorado de todos los tiempos (28 medallas), para comprender, desde la primera hojeada, que Por qué nadamos, recién publicado en España por Geoplaneta, nos permite tener agua, toda el agua de lagunas, piscinas y mares, entre las manos.

Agua corriente, blanda, dulce, salada, gris o bendita. Agua a la espera de que saltemos a ella una vez más, para fundirnos en ese singular abrazo que nos hace estar más cerca del animal que fuimos y todavía somos. Agua que nos llama a gritos desde su remanso. Agua a chorro para ese nadador que todos, sin excepción, llevamos dentro. Porque, como dice Bonnie Tsui, son muchos los que han sentido “la atracción del elemento líquido desde edad temprana: ese deslizarse hasta la gozosa inmersión, esa ingravidez creciente, ese acceso privilegiado a un mundo silente”.

Si eres de los que no pueden reprimir el deseo de lanzarse al mar entre ola y ola, acabas de toparte con un libro hecho a tu medida. ¡Sumerjámonos en él!

Juegos acuáticos

Bonnie Tsui, su autora, nos lo explica con claridad meridiana: “Este libro es una explicación sobre qué nos atrae hasta el agua, pese a sus peligros, y por qué regresamos a ella constantemente. Para mí queda claro que, una vez que aprendemos a nadar para sobrevivir, nadar puede ser mucho más”.

“El acto de nadar puede serlo de sanación y de salud, un camino hacia el bienestar”, prosigue Tsui. “Nadar juntos puede ser un modo de construir comunidad, a través de un equipo, un club o una masa de agua que se ama y se comparte. Nos basta con mirarnos en el agua para saber que en ella se crea un espacio para el juego”.

nadar
La escritora estadounidense Bonnie Tsui practicando surf.

 

Pero empecemos por el principio y repasemos un poco de prehistoria natacional. Remontémonos, rebobinando lo justo, hasta ese preciso momento en que nuestros antepasados decidieron decorar la Cueva de los Nadadores, en mitad del macizo montañoso de Gilf Kebir, en Egipto, con pinturas rupestres en las que aparecían personas nadando.

Datados en algo más de 10.000 años de antigüedad, estos increíbles dibujos de color rojo se encontraban en perfectas condiciones de conservación aquel día de 1933 en que fueron descubiertos por el explorador húngaro Lázsló Almásy, lo que les valió el apodo de “la Capilla Sixtina del Sáhara”.

Está de sobra añadir, sobre todo a los más cinéfilos, que el tal Almásy es el mismo Almásy que seis décadas después, en 1996, protagonizó el argumento de la película El paciente inglés, para cuyo rodaje se construyó una réplica perfecta de la cueva.

Un buceador nada entre montones de plástico en Bali, un paraíso tropical.

¿Pero qué pintaban unos nadadores que subían a braza por las paredes de una cueva perdida en pleno desierto? Bonnie Tsui nos da la respuesta. “Décadas después, los arqueólogos descubrieron no lejos de la cueva lechos de lagos secos de un tiempo en que el Sáhara era verde. Su explicación del enigma de los nadadores en el desierto quedaría posteriormente confirmada por la abundancia de pruebas geológicas que presentan un paisaje salpicado de lagos, así como el sorprendente descubrimiento de huesos de hipopótamo y restos de otros muchos animales acuáticos, como tortugas gigantes, peces y almejas. Ese período húmedo recibió el nombre de Sáhara Verde”.

Animales y humanos

Llegados a este punto, toca cambiar de brazada. La mayoría de los mamíferos terrestres poseen una habilidad natatoria instintiva desde que nacen, pero los humanos no. Es un hecho que todos, en nuestra infancia, hemos podido constatar. En palabras de Tsui: “Los elefantes, los perros, los gatos (a regañadientes) e incluso los murciélagos saben nadar (y bastante bien, además). A los humanos y otros grandes primates, como los chimpancés, hay que enseñarles”.

“Dentro de nosotros quedan curiosos vestigios de un pasado natatorio“, continúa desgranando su acertada teoría la periodista y escritora neoyorquina. “Y si encerramos en nuestros cuerpos los fantasmas de otros animales, se concluye que de ciertas funciones perviven trazas que reviven con la inmersión. Si ponemos a una criatura de dos meses bocabajo en el agua, contendrá la respiración durante varios segundos y su ritmo cardíaco se ralentizará, conservando oxígeno. Pero eso no quiere decir que se salve nadando si la lanzas a una piscina”, asegura.

Nadar en aguas abiertas
Un hombre nada en aguas abiertas.

Eso sí, conforme los niños se hacen mayores y se desarrollan sus sistemas neurológicos, “ese reflejo bradicárdico –parte de todo un conjunto de reflejos primitivos o residuales entre los que se incluye succionar y agarrar– empieza a despertar”, explica Tsui.

Por qué nadamos es uno de esos ensayos que no tienen desperdicio. Basta con abrir un ejemplar para constatarlo. No en vano figura en la lista Los 100 libros que hay que leer en 2020 que cada año lanza la revista Times y acaba de ser nominado en la lista de goodreads Choice Awards 2020, un premio concedido por los lectores.

En palabras de Carl Zimmer, autor de Un planeta de virus: “Bonnie Tsui combina un fascinante reportaje sobre algunos de los nadadores más inolvidables del mundo con deliciosas meditaciones acerca de lo que significa que nosotros, monos desnu-dos, nos lancemos al agua sin razón. No te arrepentirás de nadar en él”. Queda dicho. Es más, aquí puedes empezar a leer sus primeras páginas. ¡Buen chapuzón!


David Benedicte
Madrid | 7 mayo, 2021

Tiempo de lectura: 4 min



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