A respirar también se aprende - EL ÁGORA DIARIO

A respirar también se aprende

A respirar también se aprende

El libro ‘Respira’ fue un éxito arrollador en Estados Unidos y, en español, ya lleva varias ediciones. Parece una obviedad pero no lo es: respirar bien es más importante para nuestra salud que lo que comemos o cuánto nos ejercitamos, según su autor, el divulgador James Nestor


Respira

Respira

Autor/es: James Nestor

Editorial: Planeta

Ciudad/Año de publicación: Barcelona, 2021

Páginas: 352

Precio: 18,90 €


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Cocinar y ablandar la comida condujo finalmente a la obstrucción de las vías respiratorias”. Esto está escrito con todas las letras en el libro Respira. La nueva ciencia de un arte olvidado (Ed. Planeta, 2021), de James Nestor. Serán pocos los que no se asombren frente a una frase tan taxativa que echa por tierra nuestras nociones de progreso y bienestar. Por eso, el autor se ha propuesto ayudarnos a entender cómo nuestro cuerpo produce energía a partir del aire y la alimentación, comprender que tanto el oxígeno como el dióxido de carbono son necesarios en esa dieta respiratoria y acompañarnos en este reaprendizaje, para bien respirar (antes que cualquier otra actividad con buena reputación) y sentirse infinitamente mejor.

El agua, infaltable, es una de las aliadas en algunos de estos procesos para mejorar la capacidad pulmonar. De hecho, Nestor –que ya escribió un libro llamado Deep sobre la práctica del submarinismo– se explaya, también aquí, en los beneficios del buceo a pulmón libre, recolectando historias de personas que le hablaron de las maneras de respirar como si de nutrientes diferentes se tratase, incluso de las perniciosas, las que matan neuronas.

El recorrido de Nestor es exhaustivo, por civilizaciones, épocas, investigaciones médicas y hasta prácticas espirituales. Por ejemplo, demuestra que rezar ciertas oraciones con un ritmo constante funciona como un metrónomo del aire que inspiramos y espiramos, o que las prácticas de respiración del yoga, la meditación del budismo o ciertos ejercicios tántricos, entre otros, ayudan a mantener equilibrios orgánicos difíciles de lograr a través de dietas o haciendo deporte. En el anexo, se detiene en unas recomendaciones eminentemente prácticas, con descripción específica de las técnicas de respiración más saludables para mejorar diferentes parámetros de salud y resistencia.

Masticar, el mejor ejercicio

En efecto, cocinar, ablandar… y masticar menos (o nada), todo esto ha ido llevando a que nuestras bocas y mandíbulas se hayan empequeñecido (aunque siguen albergando demasiados dientes, ahora apiñados). A su vez, con tan deficiente desarrollo óseo, las cavidades sinusales han ido cerrándose y soportando congestiones nasales crónicas.  Respiramos, sí, pero bastante mal; esto es lo que viene a decir este periodista y divulgador científico, finalista del premio PEN, que dio a luz a este libro gracias a su propia experiencia en la búsqueda de alivio para sus síntomas físicos y psicológicos.

“Un 40% de la población actual padece obstrucción nasal crónica y cerca de la mitad de nosotros respiramos habitualmente por la boca; mujeres y niños son quienes lo sufren más (…) Cuando la boca no crece hasta ser lo suficientemente ancha, el paladar tiende a aumentar hacia arriba (…), lo que impide el desarrollo de la cavidad nasal, lo que la hace encoger (…). Un espacio nasal reducido provoca obstrucción y dificulta el paso del aire. En conjunto, los humanos tienen la triste distinción de ser la especie más taponada de la Tierra”.

Masticar correctamente es básico para mantener una buena salud.

Nestor contrasta esta información con diversos especialistas en cada área, con lo cual, poco a poco, a lo largo de más de 300 páginas, nos ayuda a desandar el camino de los errores conceptuales que nos vienen acompañando, al menos, desde el siglo XIX. Esto es, donde algunos estudiosos antiguos de cráneos de homínidos prehistóricos vieron “razas inferiores y degradación” frente a “la raza blanca”, las investigaciones más avanzadas hallan “algo cercano a la perfección”.

Por ejemplo, la odontóloga de Stanford, Marianna Evans, le muestra al periodista unas mandíbulas de más de un millón de años, que son el doble de anchas  que las de hombres y mujeres de hoy, con grandes aperturas nasales conectadas con la parte posterior de la garganta, y mostrando unas proporciones equilibradas de la boca en relación con la cara, y de la nariz con respecto al paladar. Los cráneos modernos, en cambio, presentaban barbillas que habían retrocedido por detrás de la frente, senos encogidos y dientes torcidos debido a la mala oclusión. “Cuanto más cocinábamos y más comida blanda y rica en calorías consumíamos, más grandes eran nuestros cerebros y más estrechas se volvían nuestras vías respiratorias”, insiste Nelson, tras explicar todo el largo proceso evolutivo que nos ha convertido en estos individuos ansiosos que, como si fuera poco, hoy portan mascarillas.

Deportista corriendo con mascarilla. | FOTO: TuiPhotoEngineer
Deportista corriendo con mascarilla.

Esta explicación nos trae hasta las consecuencias actuales de tener la nariz taponada y respirar demasiado por la boca. En esto hay acuerdo y, de hecho, en los medios se habla bastante de los problemas que ocasionan el ronquido y la apnea nocturnos en términos de presión arterial, circulación, desequilibrios orgánicos varios (entre ellos, la diabetes) y fatiga permanente.

La novedad que aporta Nelson es un experimento al que se sometió voluntariamente: pasar diez días con la nariz tapada y respirar únicamente por la boca, a fin de someterse a analíticas constantes para ver su evolución (o la involución de su salud). Como él mismo lo explica, esperaba que todos los valores negativos se dispararan al cabo de un tiempo de respirar únicamente por la boca, pero lo que no esperaba era que su salud sufriera un deterioro tan marcado en apenas unas horas de dejar de respirar por la nariz (los detalles están narrados en un capítulo dedicado al ‘Experimento’).

Elogio de la nariz

La nariz no es solo el órgano adecuado para filtrar el aire y purificarlo, de manera de nutrir a nuestro cuerpo, sino que ha tenido una preponderancia cultural ancestral (se mencionan en el libro algunos papiros egipcios y un pasaje del Génesis bíblico, donde Dios sopla en la nariz del hombre para que empiece a vivir). Algo más cerca, en el seno de algunos pueblos originarios de América, tanto del norte como del sur, Nestor encuentra una reivindicación absolutamente fundada de las funciones de la nariz.

En esta empresa, el periodista cita los trabajos de investigación del intrépido artista decimonónico George Catlin, quien entró en contacto con los siux lakota  los pawnee, los Omaha, los cheyenes y los pies negros, en aquella lejana Norteamérica, los dibujó y se quedó asombrado de que las más de 50 tribus parecieran “compartir las mismas características físicas sobrehumanas”.

Eran altos, también las mujeres, y poseían una constitución de espaldas anchas y pechos musculosos: “Sin haber visto nunca ni a un médico ni a un dentista, los miembros de aquellas tribus tenían los dientes perfectamente rectos (…) Nadie parecía enfermar, y las deformidades u otros problemas de salud crónicos eran raros o inexistentes. Las tribus atribuían su vigorosa salud a una medicina, lo que Catlin llamó ‘el gran secreto de la vida’. El secreto era la respiración. Los nativos americanos le contaron a Catlin que el aire inhalado por la boca le quitaba fuerza al cuerpo, deformaba la cara y provocaba tensión y enfermedades”.

Muy interesantes resultan las anécdotas de cómo las madres de todas esas tribus practicaban con sus hijos e hijas ejercicios para que nunca respiraran por la boca, consistentes en cerrarles los labios después de cada bocado, desde que eran bebés. Por la noche, estaban atentas a la boca y cerrársela suavemente, para así garantizar un sueño reparador en sus niños. Había más métodos y todos parecían conducir a una apertura mayor del pecho y a una vigorosa vida natural.

Veinte años más tarde, el explorador Catlin decidió –según relata Nestor– comprobar si esas técnicas “medicinales” de respiración también estaban extendidas en otros territorios de nativos. Así fue como partió a una zona alejada de los núcleos urbanos, en Los Andes, y notó que, en todos los casos, se compartían los hábitos respiratorios: “No era ninguna coincidencia, reseñó el aventurero, que también compartieran la misma salud vigorosa, unos dientes perfectos y una estructura facial echada para adelante”. Aquellas experiencias están narradas en The breath of life (el aliento de la vida), de 1862. Catlin dejó testimonio, además, de que la respiración nasal le salvó la propia vida. Un aprendizaje que le llegó con casi cuarenta años.

Al parecer, todas y todos podemos ejercitarnos para ser pulmonautas, como denomina el autor a quienes procuran rescatar “el arte olvidado de la respiración”. Intentarlo no cuesta nada.


Analía Iglesias
Madrid | 26 noviembre, 2021

Tiempo de lectura: 6 min



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