Siete años en el bosque, hablando sólo con los corzos

Siete años en el bosque, hablando sólo con los corzos

Siete años en el bosque, hablando sólo con los corzos

En ‘El hombre corzo’, un libro de reciente aparición, el fotógrafo francés Geoffrey Delorme narra su inmersión silvestre, con todo lo que padeció y lo que aprendió de sí mismo y de sus compañeros ungulados. El alivio de una lectura para días raros en la humanidad


Hombre corzo

Hombre corzo

Autor/es: Geoffroy Delorme

Editorial: Capitán Swing

Ciudad/Año de publicación: Madrid, 2022

Páginas: 192

Precio: 18,5 euros


Otros libros reseñados en El Ágora


Las expediciones que descubrieron el mundo

Javier Peláez

Las expediciones que descubrieron el mundo

La salud planetaria

Fernando Valladares / Xiomara Cantera / Adrián Escudero

La salud planetaria

El sueño de Ulises

José Enrique Ruiz-Domènec

El sueño de Ulises

De pajareo

Antonio Sandoval REy

De pajareo

Agua, una biografía

Giulio Bocaletti

Agua, una biografía

Una de los pasajes más conmovedores del libro El hombre corzo. Siete años viviendo en el bosque (Capitán Swing) es el del encuentro, en pie de igualdad, del ser humano con el animal. Pero lo que eriza la piel del lector no son los devaneos de la mente humana, sino imaginar lo que discurre por la mente de los corzos, entre el instinto de escapar y la curiosidad que lo hace quedarse cerca, olisquear, hacerle lugar a la confianza.

Desconfiados como somos, los humanos nos asombramos de que una posible presa nos permita intentar un acercamiento que no parezca amenazante. Esa entrega sincera (si en el mundo animal cabe el término) es la que fue ganándose, palmo a palmo del bosque, el fotógrafo francés Geoffroy Delorme, que vivió siete años al raso, en un área forestal de Normandía.

Sin tienda de campaña, ni mantas ni refrigeración, con apenas algo de comida enlatada, Delorme sobrevivió casi como un cérvido más. Porque estos animales son territoriales y viven vidas individuales, como los humanos. Y aunque pasen algunos periodos en familia, no se organizan ni se sustentan en manada, como sí lo hacen otros habitantes del bosque, según las observaciones del naturalista francés.

Retrato del fotógrafo y escritor francés Geoffroy Delorme, autor del libro 'Hombre corzo'
Retrato del fotógrafo y escritor francés Geoffroy Delorme, autor del libro ‘Hombre corzo’.

El libro nos descubre a los corzos como unos seres especiales, aunque seguramente ellos no lo saben y por eso mismo se distinguen del hombre vanidoso que va haciéndose con sus hábitats, con argumentos sorprendentes. Esa aura de estos esbeltos primos de los ciervos se adivina en los ágiles brincos que dan, con los que parecen querer alcanzar el cielo. Según cita Delorme, esa es, precisamente, la destreza que da pie a una antigua leyenda de los indios hurones-wendat, “que otorgaron al corzo el nombre divino de Dehenyanteh, que significa ‘aquel por quien el arco iris ha hecho un camino de colores’”.

Hay que matizar en este caso, que los hurones-wendat se refieren al pequeño ciervo propio de su territorio, ya que el corzo como tal (Capreolus capreolus) es una especie de cérvido exclusiva de Eurasia.

La vida en la jaula

Geoffroy Delorme (nacido en 1985) fue un niño angustiado por una existencia dentro de los límites de la escolarización formal, hasta que pudo desembarazarse de las convenciones sociales y hacer caso a su instinto, que consistía en seguir –con alivio y envidia– el canto del pájaro posado en una rama cualquiera, pero al aire libre, fuera del aula. Así, tras un episodio traumático con una maestra, y con el beneplácito de sus padres, el pequeño Geoffrey continuó educándose desde casa y, en cuanto pudo, salió a explorar el bosque circundante.

Sin duda, su trayectoria parece atender a la moraleja de la fábula de La Fontaine que él mismo cita en el libro y que alude a un lobo flaco y libre que se encuentra con un perro rubicundo y bien alimentado al que le pregunta cómo ha hecho para llegar a verse tan lustroso: el perro le contesta que cualquiera puede contar “con un bocado seguro”, sin hacer nada más que “atacar a los pordioseros y a los que llevan garrote, festejar a los de la casa y complacer al amo”. Imaginando las caricias de un hogar feliz, el lobo observa, sin embargo, una lastimadura larga en el cogote del perro y pregunta: “Será la marca de la cadena a la que estoy atado”, le responde el perro.

“Sobrevivir en el bosque no es ninguna hazaña insuperable”, afirma Geoffroy Delorme»

En efecto, cuando el fotógrafo decide que quiere “impregnarse del mundo salvaje”, porque esa es su manera de alcanzar la lucidez, sus allegados intentan convencerlo de que “la manada lo protege” y que solo no sobrevivirá mucho tiempo. Sin embargo, a los 19 años, él toma la decisión de marcharse, con fe en que el camino le irá enseñando a existir con lo que la naturaleza le obsequie.

Tras varios intentos fallidos, como esconder comida y que el escondite sea saqueado por jabalíes, o intentar refugiarse a la sombra de un árbol que es la casa de unas ardillas que le arrojan piñas y todos los objetos a su alcance hasta conseguir que se vaya, Delorme llega a la conclusión de que tiene que cambiar su táctica guiada por las especulaciones de la mente humana.

Dar un paso más, ‘asilvestrarse’

“Me consagro a la etología para convertirme, poco a poco, en un habitante más del bosque. Los jabalíes, los ciervos y los zorros con los que me cruzo me van aceptando en su territorio, pese a guardar las distancias. Al cabo de unos meses, tengo la impresión de haberme fundido en el paisaje más maravilloso que pueda existir, el del mundo silvestre. Justo entonces, conozco a una criatura enigmática y fascinante que me abrirá los ojos a la vida salvaje: el corzo”, leemos en uno de los primeros capítulos.

A continuación, Delorme describe no solo su fascinación por lo que aprende acerca de la indispensable (y nutritiva) flora o acerca de los hábitos de la fauna, sino también todos los inconvenientes prácticos con los que una persona topa, al intentar hacer lo cotidiano como un animal del bosque. Por ejemplo, los del primer tiempo, privado de un sueño reparador, que transcurren entre alucinaciones y debilidad. Poco a poco, este Robinson Crusoe contemporáneo, comprende con qué tejidos debe vestirse para que la humedad se evapore rápido de la ropa o en qué posición y en cuántos intervalos debe dormir durante el día y la noche para evitar morir de hipotermia o picado por los insectos.

«Desconfiados como somos, los humanos nos asombramos de que una posible presa nos permita intentar un acercamiento que no parezca amenazante»

Con lujo de detalles, el fotógrafo grafica la selección cuidadosa que debe hacer de los tallos, raíces y frutos con los que se alimenta (para no confundirlos y acabar comiendo hierbas venenosas) y lo sencillo que es, con hambre, acostumbrarse a sabores que se limitan a un rango entre lo amargo y lo agrio. Para un paladar acostumbrado a dulces y salados industriales, y en ausencia de comida procesada, un trébol carnoso es lo más parecido al paraíso. Asimismo, comprender las prioridades de la higiene personal con escasez de

Geoffroy Delorme, escritor y fotógrafo francés que pasó siete años en el bosque retratando a los corzos.
Geoffroy Delorme, escritor y fotógrafo francés que pasó siete años en el bosque retratando a los corzos.

fuentes de agua cercanas resulta valioso, tanto como entender el  profundo y nostálgico deseo de beber un vaso de agua potable.

El relato de las propias vicisitudes del autor está jalonado por las aventuras del otro, el animal, en un tono que excede al de naturalista que describe los modos en que los corzos van dejando su rastro olfativo para marcar su territorio o el concepto de memoria muscular que les permite alejarse con presteza de las batidas de caza. En Delorme, el estilo es como el de un diario confesional, con todas sus emociones expuestas, y pasadas a limpio: él ya es parte del reino animal, al menos hasta que constata los estragos de la deforestación, lo que lo lleva a reflexionar seriamente sobre las actividades productivas del hombre.

“Sobrevivir en el bosque no es ninguna hazaña insuperable”, afirma el fotógrafo. No obstante, llega un momento en que considera que su misión de portavoz será más útil entre humanos que dentro de su familia de ungulados. El resto es una agradable lectura para imaginar otras organizaciones vitales, en días aciagos.


Analía Iglesias
Madrid | 4 marzo, 2022

Tiempo de lectura: 5 min



Otros libros reseñados en El Ágora


Las expediciones que descubrieron el mundo

Javier Peláez

Las expediciones que descubrieron el mundo

La salud planetaria

Fernando Valladares / Xiomara Cantera / Adrián Escudero

La salud planetaria

El sueño de Ulises

José Enrique Ruiz-Domènec

El sueño de Ulises

De pajareo

Antonio Sandoval REy

De pajareo

Agua, una biografía

Giulio Bocaletti

Agua, una biografía

Se adhiere a los criterios de transparencia de

Archivado en:
Otras noticias destacadas