La naturaleza no es una máquina ni un espíritu milagroso

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La naturaleza no es una máquina ni un espíritu milagroso

Destruir el hábitat es perder la morada. Esto está claro, pero Luis Sáez Rueda le da una vuelta de tuerca a la frase para desentrañar por qué sacralizamos la naturaleza, a la vez que pretendemos dominarla, en su reciente obra ‘Tierra y destino’


Tierra y destino

Tierra y destino

Autor/es: Luis Sáez Rueda

Editorial: Herder

Ciudad/Año de publicación: Barcelona, 2021

Páginas: 320

Precio: 22 €


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El libro Tierra y destino de Luis Sáenz Rueda  (Editorial Herder) ofrece otra lectura de la actual crisis ecológica. Parte del pensamiento filosófico pero es ampliamente comprensible porque abarca aspectos éticos ya recorridos en el devenir del hombre como morador de este planeta. La vida en la naturaleza no es un cuento de hadas, viene a decir Sáenz Rueda, que aborda lo problemático, lo tensional que, paradójicamente, sostiene los fenómenos físicos y todo lo vivo que hay en la Tierra.

“Lo humano desarrolla en la Tierra ambas caras: la vida biológica y la vida como experiencia existencial”, afirma el filósofo. Esto significa que los espacios de naturaleza son, a la vez, dos realidades para las personas: un medio ambiente o hábitat y, por otro lado, moradas en las que habitar y refugiarse. De hecho, la palabra ecología procede de los términos griegos oikos (casa) y logos (razón, estudio).

¿Cómo entender, dentro de esta paradoja, la relación del hombre con su medio? La respuesta es que este vínculo no consiste únicamente en la  adaptación sino, incluso, de una sutil inadaptación: “Esto se ve más claro si se repara en que la dimensión creativa de la conducta del ser vivo implica que no cualquier autoorganización que adopte” es capaz de sostener una distancia que lo independice del entorno.

Entonces, “la necesidad de adaptación al medio, que es la condición darwinista, se mantiene, pero ya no puede ser realizada más que a través de un camino indirecto que asegure la autonomía distante del ser vivo (…) para obtener un tipo de autoorganización que resista a la posibilidad de la muerte, que consiste para el ser viviente el ser absorbido por el orden rígido que lo rodea”, leemos.

La gesta humana

Sáez Rueda habla en Tierra y destino de una hazaña heroica en la que participa el hombre, no siempre por propia voluntad: el ser viviente se mantiene en esa gesta de la vida que evoluciona “eludiendo constantemente la reducción de su relación con el medio a puras reglas mecánicas” y “el no-ajustarse a ellas se convierte, curiosamente, en regla de vida”. El autor considera que el ser viviente es “un ser errante que ha de agenciárselas, en su devenir impredecible, frente a los riesgos de ser atrapado por las redes del puro mecanicismo” que nos impondría el medio silvestre.

Tierra y destino
Buitres negros en la Sierra de la Demanda, Castilla y León. | Foto: EP / JCYL

También aquí el filósofo se detiene para oponerse a ideas como la de Gaia, o una tierra con consciencia (o alma) propia, y tamizar el concepto de la mera maquinaria de surtir cosas al hombre: “La naturaleza no es ni un complejo mecanismo ni un espíritu encerrado en una máquina (…) En este contexto, afirmar que lo viviente es una gesta equivale a reconocer en él una creatividad que escapa a los límites de lo maquínico y que, sin embargo, no implica creer en lo salvaje como si fuese la obra oculta de un alma milagrosa”.

Continúa: “Esta creatividad se pone de manifiesto en que la vida (y, en el fondo, toda la naturaleza) tiende a un orden autoorganizado en lucha, precisamente, contra el gobierno férreo de las leyes. Todo lo que está ordenado puede caer en el caos. Pero comprobamos ahora que este no es exactamente la completa ausencia de orden, sino que consiste en el exceso de orden”.

Un caos demasiado ordenado

Si pensamos en sucesos naturales como la normal erupción de los volcanes y en cómo la lava y sus estallidos afectan a las personas y sus modos de organización, comprenderemos las sentencias sobre el caos de Sáez Rueda. En realidad, el caos para un ser vivo es “el ordenamiento supremo de las leyes físico químicas” y “ajustarse rígidamente a ellas equivale para el viviente la disipación”, concluye.

La noción de los humanos como seres errantes se corresponde también con la idea de muchas moradas y no una única. En este sentido, Sáez Rueda defiende en Tierra y destino que la naturaleza no es solamente un lugar físico (que se cuantifica en kilómetros) sino un hábitat ubicuo, que no se mide en cantidades ni se puede cartografiar: “El trazado de la Tierra material incorporal es realizado por los afectos”.

Volcán del Cumbre Vieja visto desde la localidad de El Paso, el pasado octubre. | Foto: EFE, Miguel Calero

“Lo ubicuo está en todos y cada uno de los seres singulares” que en este momento del mundo sienten una “contradicción entre el deseo de habitar la tierra y el desarraigo”, según las reflexiones del autor. Ese individuo lidia cada día con la melancolía de esta época de crisis climática, en “sociedades del estrés”, ya que las patologías psíquicas y subjetivas ligadas a la melancolía de la Tierra afectan al psiquismo colectivo. Su contestación es la “posible recuperación de la experiencia de la morada”, que restituya “el tiempo y el espacio cualitativos que están siendo colapsados”.

Sin embargo, la Tierra es mucho más que el planeta que lleva su nombre, a juicio del autor. Es, dice, un mundo “espacial y cualitativo”, que “afecta y que se aprehende”, cuyo centro está en todos y cada uno de los espacios tangibles, aunque los desborda. “Tierra no es ninguna de sus materializaciones: siempre está siendo, aconteciendo, siempre “en estado naciente”, asegura.

Por fin, en su exhaustivo análisis de nuestra relación con la naturaleza, a lo largo de más de 300 páginas, Sáez Rueda le hace un hueco a la esperanza en la hazaña, ya que, aunque “nuestra existencia civilizacional esté enferma”, “la vida humana es siempre gestante” y “el destino está esperando a sus héroes y sus gestas”.


Analía Iglesias
Madrid | 17 diciembre, 2021

Tiempo de lectura: 4 min



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