Un año de soledad (a 50° bajo cero)

Un año de soledad (a 50° bajo cero)

Un año de soledad (a 50° bajo cero)

El escritor David Benedicte recuerda en este artículo la epopeya polar de Richard Evelyn Byrd, un aventurero estadounidense que en las primeras décadas del siglo XX se arriesgó a pasar un año a solas en la Antártida, a 50 grados bajo cero… y sobrevivió


Solo

Solo

Autor/es: Richard Evelyn Byrd

Editorial:

Ciudad/Año de publicación: Madrid, 2020

Páginas: 284 páginas

Precio: 21,50 euros


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El día de marzo de 1934 en que el contraalmirante estadounidense Richard Evelyn Byrd (1888-1957) partió para pasar un invierno solo en la Antártida, más al sur de lo que nadie había llegado jamás, aquel día, repito, aprendió más sobre el tan manoseado y recurrente ‘sueño americano’ que todo lo que le habían contado en su paso por el ejército.

Comprendió a la fuerza -y a punto estuvo de perder la vida varias veces en su empeño- que se trata de un concepto complicado de alcanzar, de algo casi quimérico, ya que está minado de las más negras pesadillas. Y eso que su aventura austral contaba con una excusa científica: adquirir un mayor conocimiento sobre la meteorología de la Antártida a través de la recopilación diaria de datos científicos, cosa que sin duda hizo.

Richard Evelyn Byrd equipado como aviador

Sin embargo, la verdadera lección que se trajo de aquella experiencia concierne solamente al ser humano y a su inquebrantable capacidad de resistencia. De hecho, Byrd narró aquella experiencia años más tarde en Solo libro basado en hechos tan reales como escabrosos que se lee (y relee) como si fuera la mejor novela de aventuras polares jamás escrita y que, afortunadamente, acaba de publicar, en soberbia traducción de Lidia Pelayo Alonso, la editorial Volcano.

¿Pero quién era, en realidad, el contraalmirante Richard E. Byrd? ¿Un loco sin su debido tratamiento? ¿O el correcaminos suicida de turno? ¿U otro de esos quijotes que abundan en las secciones de sucesos de todo el mundo? Pues digamos, para empezar, que el tipo ya era famoso entre los suyos y sus compatriotas lo consideraban un héroe, otro más en aquel último tramo de la Gran Depresión (con una tasa de desempleo del 25%), tras haber pilotado los primeros vuelos sobre los polos Norte y Sur.

El aventurero y explorador Richard E. Byrd cubierto de pieles para una expedición polar.

“Durante los años de la Gran Depresión surge una generación concreta de ‘aventureros’ ingleses y norteamericanos, que no eran realmente exploradores sino buscadores de desafíos»

A lo mejor otra cosa no abundaba en EEUU durante aquellos años, pero la nómina de salvapatrias (es decir, patrióticos héroes) llegó a ser tan larga que llegó a apabullar un poco. Aunque, por fortuna, Sara Maitland, la escritora británica, hace un buen repaso de todos ellos en el prólogo de Solo: «Una generación concreta de ‘aventureros’ ingleses y norteamericanos: hombres (prácticamente todos eran hombres) nacidos antes de la Primera Guerra Mundial, que no eran realmente exploradores -pues ya no quedaba mucho que explorar-, sino aventureros, ‘buscadores de desafíos’».

Richard E. Byrd en su refugio polar.

«No conquistamos las montañas, sino a nosotros mismos»: era, según Sara Maitland, su lema. Y acto seguido la autora de Viaje al silencio pasa a darnos la lista de los más conocidos, aunque advierte de que hubo muchos más. Ahí van: John Buchan, posteriormente Lord Tweedsmuir (1875-1940), aventurero y novelista de éxito; George Mallory (1886-1924), que fue visto por última vez «dirigiéndose a la cima» del Everest en su tercer intento de escalarlo; T. E. Lawrence o Lawrence de Arabia (1888-1935), viajero del desierto; Francis Chichester (1901-1972), aviador y aventurero que navegó solo alrededor del mundo en 1966; Charles Lindberg (1902-1974), aviador y activista medioambiental, entre otras muchas labores; y John Hunt (1910-1998), famoso por haber dirigido la famosa expedición al Everest en 1953.

“¿Quién describió el averno como un lugar donde solo hay fuego y calor extremo? Porque estaba muy equivocado”

Portada histórica de la epopeya de Richard E. Byrd
Portada histórica de la epopeya de Richard E. Byrd

En esa lista exclusiva se encontraba nuestro contraalmirante Byrd, dispuestísimo a encontrar su momento de gloria y preparado para poner un broche de oro a su segunda expedición a la Antártida. Pero las cosas empezaron a torcerse desde el principio. Confinado en su cabaña, en medio de la casi eterna noche antártica, soportando una temperatura media de 50° bajo cero y consciente de que no podría ser salvado hasta la primavera.

¿Quién describió el averno como un lugar donde solo hay fuego y calor extremo? Porque estaba muy equivocado. De hecho, Byrd tuvo claro desde que llegó a aquel lugar que la pesadilla americana se sirve on the rocks y que algunos abismos son tan gélidos que, por no haber, no hay ni demonios cerca de ellos.

«No puedo seguir así; animado un minuto por la esperanza y al siguiente derrumbado por el fracaso», digamos que el 6 de agosto de 1934 no fue el mejor día en la vida del contraalmirante Byrd. «Mi capacidad de recuperación es cada día menor y muchas veces culpo a la radio de ello. Ponerla en funcionamiento constantemente se ha convertido en un infierno. Cuando termino de usarla, me limito a tambalearme en un estado que se aproxima a la impotencia. Solo es posible encontrar tanta desgracia durante un tiempo, pero luego algo tiene que ceder. Me hundo de nuevo en la miseria».

«Ahora debería ir a dormir, reconfortado por la idea de que mañana por la noche estarán aquí», prosigue relatando sus cuitas el aventurero. «Algo me dice que no es posible, no después del informe desalentador de Charlie. Lo peor de todo es que el frío aumenta: ahora está llegando a los 60° bajo cero».

Pocas veces un héroe se ha mostrado tan frágil como en este libro desolador, cercano y esperanzado.


David Benedicte | Especial para El Ágora
Madrid | 17 julio, 2020

Tiempo de lectura: 4 min



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