El mito afrodisiaco de la Fuente del Berro y el fin de los Austrias - EL ÁGORA DIARIO

El mito afrodisiaco de la Fuente del Berro y el fin de los Austrias

El mito afrodisiaco de la Fuente del Berro y el fin de los Austrias

El ayuntamiento de Madrid restaura el sistema de aguas subterráneas del parque de la Fuente del Berro que data del siglo XVI y que será visitable a partir de octubre


Óscar Calero
Madrid | 20 septiembre, 2019

Tiempo de lectura: 6 min



Parid, bella flor de lis,
en aflicción tan extraña,
si parís, parís a España,
si no parís, a París.

A finales del siglo XVII corría esta coplilla por el Madrid imperial de Carlos II. La reina consorte, María Luisa de Orleans, estaba en la picota. Las miradas cortesanas de la capital se cernían para que la francesita, nada aclamada en la corte española, diera descendencia de una vez al «hechizado». En pleno absolutismo y una obvia cultura patriarcal mayúscula nadie osaría poner el acento en la virilidad del monarca. Por lo menos de puertas para fuera. Sin embargo, en las intrigas palaciegas el murmullo era más evidente hacia el monarca.

El primogénito de Felipe IV arrastraba una débil salud desde el mismo día que nació. Mucho se ha escrito en la historiografía acerca del último Austria. Eminencias médicas como Gregorio Marañón estudiaron con curiosidad su caso y le diagnosticaron con el síndrome de Klinefelter. La dinastía Habsburgo era poco menos que una bomba genética que explotó en los cromosomas del pobre Don Carlos. Fue el resultado de tantas uniones familiares cercanas que consumaron en una alteración genética congénita. Una de las muchas consecuencias de esta enfermedad es la infertilidad y la apatía sexual.

“Plegue a Dios que el nuevo amor de la reina joven y bella hágale cambiar en todo y envíe con el diablo esta gentuza que antes tiende a estorbarle los pasos que a facilitarle el camino”. Así constataba la situación de Carlos II en la corte la dama de la reina en su diario personal publicado en 1919 por Diego San José con el título de La Dama duende. La bella María Luisa, acostumbrada a la luz de la corte francesa que regía su tío Luis XIV, vivía en la penumbra de una realidad palaciega encorsetada de normas, seria y aburrida. En su afán por, al menos, solucionar el envite histórico de la descendencia dinástica utilizó todos los medios a su alcance, con tal de evitar además los insalubres potingues que se inventaban los médicos de la corte para potenciar su fertilidad.

Años atrás, Felipe IV, adquirió para la corona la Quinta de Miraflores por 32.000 ducados. Una finca a las afueras de aquel Madrid que presumía de tener buenas huertas y una reserva de aguas en el subsuelo excepcional. Ciertas leyendas acerca de sus aguas hablaban de propiedades medicinales y afrodisíacas. Algo que llegó a oídos de la reina, que tomó la decisión de ordenar que toda el agua que se bebiera en el Alcázar fuera de allí. Dos aguadores y un burro recorrían el camino hacia la finca diariamente para complacer a la reina. Queda reflejado en algunos textos de la época como había fiestas en Palacio donde se consumía más agua de la fuente del Berro que vino.

Parque de la Fuente del Berro. | Ayuntamiento de Madrid

Fue durante el reinado de Felipe II y el traslado de la corte a Madrid cuando se hizo necesario crear un sistema de abastecimiento de aguas proporcional al desmedido crecimiento de la nueva Villa y Corte. Para ello se creó la Junta de Aguas, un organismo de expertos que determinó que el mejor sistema sería recuperar los antiguos proyectos acuíferos de origen árabe, basados en la captación del agua del subsuelo.

En el antiguo blasón de la ciudad, documentado por el cronista oficial de la Villa de Madrid durante el siglo XVI Juan López de Hoyos, rezaba el siguiente lema: “Fui sobre agua edificada, mis muros de fuego son, esta es mi insignia y blasón”. Nada queda en el escudo de la capital de esta consigna, salvo el recuerdo que le hizo en los años ochenta el artista Alberto Corazón en los muros de la castiza plaza de Puerta Cerrada, aquellos que fueran parte de la muralla medieval que rodeaba la ciudad. Sobre un fondo azul, que representa el agua, la frase adorna el mural recordando la olvidada génesis de la ciudad por la mayoría de madrileños.

Queda claro, por tanto, la relación natural de Madrid y su origen con el agua. Entre visigodos y musulmanes dieron nombre a la ciudad. Matrich, y después Mayrit, en árabe, significaban matriz de aguas o manantial. En los trabajos primarios el organismo se dedicó a localizar todo tipo de acuíferos y manantiales en los que se ayudó incluso de un famoso zahorí llamado Dorodeo Chiancardo. Esto permitió establecer un gran proyecto arquitectónico basaba en la excavación de minas verticales para la captación del agua acumulada en el nivel freático, y galerías de conducción y distribución, a través de los niveles arenosos del subsuelo.

Entre visigodos y musulmanes dieron nombre a la ciudad de Madrid. Matrich, y después Mayrit, en árabe, significaban matriz de aguas o manantial

Las zonas de captación de agua se localizaron en el sector norte y nordeste de Madrid, entre los caminos de Fuencarral y el de Alcalá, en las cercanías de los pueblos de Fuencarral, Chamartín, Canillas y Canillejas. Estas zonas se encuentran a una mayor altitud que la ciudad, permitiendo que el agua discurriera hasta el centro de la ciudad gracias a los desniveles propios de la topografía del terreno. Las galerías construidas, acabaron revistiéndose con muros y bóveda de cañón, construidos con ladrillo macizo y mortero de cal. Un sistema basado en los qanat ideados por la civilización persa y que se extendieron por el Mediterráneo hasta el norte de África, llegando a la península en época musulmana. Obviamente, en Andalucía se conservan vestigios de estás construcciones, sobre todo en Córdoba. En 2006, durante las obras de excavación de una obra civil en Fuentelapeña, Zamora, se descubrió uno de los qanat mejor conservados del país.

Desde el siglo XVI hasta mediados del silgo XIX, Madrid funcionó con este sistema que se fue ampliando sucesivamente hasta tener una red de más de medio centenar de viajes de agua completando entre todos ellos un total de 124 kilómetros de longitud. Ya en esta época la Junta de Aguas pertenece al ayuntamiento de la ciudad y en 1851 la reina Isabel II comunica la realización de un canal proveniente del río Lozoya que diera abastecimiento, ya no solo a las zonas comunes de la ciudad, sino que proporcionara agua en las viviendas de manera individual. Los qanat fueron quedando en desuso, solo utilizados como herramienta de usos artesanales y riegos de jardines.

Imbornal del Viaje Antiguo del Agua. | Ayuntamiento de Madrid

El ayuntamiento de Madrid en su anterior legislatura inició una serie de proyectos bajo el nombre de “Los viajes del agua” tratando de recuperar las estructuras arqueológicas que se esconden bajo el suelo castizo con el objetivo de mantener un patrimonio cultural basado en el aprovechamiento sostenible del agua que baña el subsuelo de la capital. En este caso, un trayecto de 1,3 kilómetros que discurre desde la Plaza de Toros de Las Ventas hasta el parque Roma en paralelo a la M-30.

La estructura hídrica se construyó sobre el cauce del arroyo Abroñigal, afluente del rio Manzanares, con varios tramos de galerías, en los que alguno como el que discurre por la Plaza de Toros de Las Ventas todavía conserva el ladrillo original del siglo XVII. En la mayoría de los casos, una restauración con técnicas eminentemente arqueológicas para limpiar cuidadosamente las galerías. Para ello, el consistorio madrileño va a invertir 320.778,85 euros en unas obras de rehabilitación que espera tener terminadas para el próximo mes de octubre.

El consistorio quiere además convertir estos proyectos en un elemento de divulgación cultural y partir del término de la rehabilitación pondrá a disposición de los interesados una visita guiada con explicaciones multimedia de esta maravilla arqueológica que duerme escondida bajo el asfalto madrileño. Recientemente, el Ayuntamiento de Madrid culminó la restauración del Viaje de Agua de Amaniel, el denominado «de Palacio», que puede visitarse con reserva previa en el Centro de Educación Ambiental Dehesa de la Villa.

Por aquellas galerías funcionalmente activas en la época corría, no solo el mejor agua de la capital, sino la esperanza de la bella María Luisa para que su infecundidad quedara en el olvido. Un resquicio de optimismo, ahora sabido, que pudo evitar el fin de la dinastía Austria española y la llegada de los Borbones a los mandos del Imperio. Nunca en la historia el agua tuvo un papel tan determinante para un rey, salvo que a Carlos V le hubiera dado por ella en vez de por el vino.



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