Música de las esferas: los discos de las ‘Voyager’

La Sinfónica de Tenerife emula a las sondas ‘Voyager’ y graba para el cosmos la ‘Heroica’ de Beethoven

La Sinfónica de Tenerife emula a las sondas ‘Voyager’ y graba para el cosmos la ‘Heroica’ de Beethoven

La reciente grabación de la ‘Tercera Sinfonía’ en el Gran Telescopio de Canarias, como un mensaje simbólico al cosmos, sirve al experto en música P. Unamuno para recordar los famosos discos de oro embarcados en las naves de la NASA. En ellos viaja una selección de apenas 90 minutos de toda la música creada en la Tierra por si seres extraterrestres los encuentran en algún confín del universo


P. Unamuno | Especial para El Ágora
Madrid | 23 octubre, 2020

Tiempo de lectura: 7 min



La semana pasada, la Sinfónica de Tenerife grabó, en audio y vídeo, la sinfonía número 3 de Beethoven, conocida como Heroica, en el observatorio astronómico del Roque de los Muchachos, uno de los más importantes del mundo, situado en la cumbre de la isla de La Palma. En principio, la noticia no tenía mucho más recorrido, salvo por lo insólito del escenario y de que la orquesta, por motivo de la pandemia, presentaba una configuración reducida a 35 intérpretes, lo que la asemejaba mucho, por cierto, a la utilizada en el estreno de la obra en 1805. Lo realmente curioso de la grabación era su destino e intención: interpretarla como un mensaje lanzado al cosmos desde el mayor ojo que lo escruta cada noche, el Gran Telescopio Canarias, del Instituto de Astrofísica de Canarias.

El director honorario de la Sinfónica de Canarias, Víctor Pablo Pérez, que volvía a ponerse al frente de la formación que encabezó durante casi dos décadas, ha justificado la elección de la Heroica por ser “la sinfonía más rupturista que se ha escrito jamás”. El maestro burgalés sostiene que Beethoven “tomó esta melodía prestada del universo, como si hubiera estado ahí flotando y nosotros la hubiéramos recogido y vuelto a lanzar de nuevo”.

La Orquesta Sinfónica de Tenerife durante su interpretación de la Tercera sinfonía de Beethoven en las instalaciones del Gran Telescopio de Canarias, en la isla de La Palma, en el año 2020. | Foto: IAC
La Orquesta Sinfónica de Tenerife durante su interpretación de la sinfonía número 3 de Beethoven en las instalaciones del Gran Telescopio de Canarias, en la isla de La Palma. | Foto: IAC

Este proyecto singular remite sin duda al encomendado en 1977 a Carl Sagan y un grupo de colaboradores para embarcar en las naves Voyager una selección de la música y los sonidos más representativos de la Tierra. Aquella tarjeta de presentación interestelar ante hipotéticos extraterrestres que se toparan con alguna de las dos sondas operaba también a modo de cápsula del tiempo para terrícolas del futuro.

En el caso de la interpretación de la sinfonía de Beethoven llevada a cabo en Canarias hace unos días, nos encontramos ante un gesto simbólico. El Gran Telescopio de Canarias es un aparato óptico de observación, y no un instrumento de emisión, así que sus instalaciones han servido para interpretar música como una especie de mensaje universal, algo alegórico. El proyecto de las Voyager de 1977 fue material, pues lanzó al espacio un objeto físico, un objeto con grabaciones de sonidos.

“El director de la Sinfónica afirma que Beethoven “tomó la melodía prestada del universo, como si hubiera estado ahí flotando y nosotros la hubiéramos recogido y lanzado de nuevo”

Las sondas gemelas Voyager 1 y 2 comenzaron viaje para explorar inicialmente Júpiter y Saturno, luego Urano y Neptuno y después adentrarse más allá de los límites del Sistema Solar, donde se supone que están a día de hoy. Los cálculos de la NASA apuntaban a que tendrían combustible hasta 2020, momento en que quedarían vagando por el espacio como embajadoras de la Tierra y de la raza humana.

Con ese fin se acoplaron al costado de cada nave sendos discos de 30 centímetros fabricados en cobre y bañados en oro, aunque popularmente se los conoce como los discos de oro de las Voyager. Como se trata de artefactos sumamente compactos (pesan poco más de 700 kilos, la mitad que un coche), era crucial que los discos fueran ligeros; de ahí que, con la tecnología disponible en los 70, el objeto enviado a las estrellas compendiara varios milenios de música en solo 87 minutos y medio, lo que dura la lista de reproducción de Spotify que uno pueda confeccionar durante una mañana.

 

Además de música, se incluyeron 115 fotografías de nuestro planeta, saludos en 55 idiomas e incluso el registro de las ondas cerebrales de una mujer enamorada, por si tal cosa tuviera algún significado para mentes no humanas, pero así era el equipo encabezado por Sagan e integrado por el astrónomo Frank Drake, el artista Jon Lomberg, el etnomusicólogo Alan Lomax y la entonces esposa de Sagan, Linda Salzman Sagan. Jimmy Iovine fue el ingeniero de sonido y Timothy Ferris, que dejó por escrito todos los entresijos de la grabación, ocupó la silla del productor.

Junto a ellos estaba la divulgadora científica Ann Druyan, que se casaría posteriormente con el astrónomo y elaboró con él el guión de la famosa serie Cosmos. Hace pocas semanas, El Ágora publicaba precisamente una entrevista con Druyan en la que señalaba al cambio climático y los movimientos anticientíficos actuales como las principales preocupaciones que la han animado a lanzar una versión actualizada de Cosmos, con el popular astrofísico Neil deGrasse Tyson en el antiguo papel de Sagan.

Ilustración que representa el paso de la sonda Voyager 1 por Júpiter. | Crédito: Dotted Yeti
Ilustración que representa el paso de la sonda Voyager 1 por Júpiter. | Crédito: Dotted Yeti

Música para alienígenas

El equipo buscaba ofrecer a un eventual alienígena toda la variedad musical de la Tierra como muestra de la gran diversidad de sus pueblos. Por eso tuvo buen cuidado en que la mitad del disco dedicado a la música contuviera melodías de culturas no occidentales, desde el gamelán javanés Tipos de flores o el cántico de iniciación de las niñas pigmeas, que ya se entonaba tal vez en el siglo XXV antes de Cristo, hasta las flautas melanesias, el mariachi mexicano o las percusiones de Senegal que acompañan al trabajo en los campos.

“Como las ‘Voyager’ son muy compactas (pesan 700 kilos, la mitad que un coche), era crucial que los discos fueran ligeros; de ahí que solo cupieran 87 minutos y medio de música”

Algunas piezas se integraron sin discusión. Dos musicólogos recomendaron independientemente la interpretación de Kesarbai Kerkar de la raga india, con acompañamiento de tambor en ritmo de 14/4. También hubo consenso con la composición La corriente de los arroyos, un ejemplo de la endiablada música qin en la que se conciben más de 100 maneras de retener las cuerdas del instrumento con la mano izquierda, y cuya notación propone sutilezas como que un determinado acorde con tres dedos seguidos de una floritura se parezca al “sonido de un pez saltando fuera del agua”. Esta obra evoca la visión de un río, como La Mer de Debussy sugiere el mar, pero su sentido reside en un territorio más allá de lo representativo, “algo cuya naturaleza apenas podemos discernir”, escribió el productor de los discos de oro, Timothy Ferris.

Carl Sagan posando junto a una representación de la nave Voyager. | Foto: NASA
Carl Sagan posando junto a una representación de la nave Voyager. | Foto: NASA

En su delicioso repaso de los avatares de la grabación, Ferris anota que “los extraterrestres que estudien el disco” (no duda de que lo encontrarán) “quizá noten entre otros raros encantos” que algunas selecciones son monofónicas y otras estereofónico, suponiendo también que nuestra música -como las ondas cerebrales de aquella mujer- signifique algo para ellos. “Esto puede interpretarse correctamente: que la grabación del sonido es una novedad reciente en la Tierra, pero también se presta a interpretaciones incorrectas; por ejemplo, que algunas de las piezas fueron compuestas por una especie que tenía una sola oreja”, bromea el productor.

“Carl Sagan y su equipo tuvieron buen cuidado de dedicar la mitad de la grabación a obras no occidentales, del gamelán javanés al cántico de iniciación de las niñas pigmeas”

No poder incluir, por una cuestión de derechos, el tema de los Beatles Here comes the Sun fue un chasco tanto para Sagan, que veía algo poético en una alusión al sol lanzada desde un artefacto que se disponía a emprender un viaje extrasolar, como para la propia banda, encantada de figurar en el disco. Otros grupos, como Jefferson Airplane, se mostraron ansiosos por aparecer en él y ofrecieron sus canciones gratis, Ann Druyan insistió en que se grabara Johnny B. Goode de Chuck Berry, y el raro disco de raga de Kesarbai Kerkar lo encontraron tras mil averiguaciones en una ferretería de Lexington Avenue, en Manhattan.

Hora y media de música variada

En la hora y media escasa de música de las Voyager suenan instrumentos como la flauta de pan, quizá el más representado al estar presente de forma independiente en los pueblos ancestrales de ambas orillas del Pacífico; la gaita que se escucha en el solo azerbaiano Ugam y en las canciones de los pastores búlgaros, y por supuesto la voz humana, ya sea la de los indios navajos acompañados por sonajeros de calabaza o la del coro georgiano Tchakrulo, que da verosimilitud a la hipótesis de que toda la polifonía occidental podría provenir de este pueblo euroasiático.

Los dos discos de oro con dibujos y música que porta la nave Voyager 1. | Foto: NASA
Los dos discos de oro con dibujos y música que porta la nave Voyager 1. | Foto: NASA

De manera inadvertida, el subconsciente de los autores de la selección creyó oportuno que buena parte de la música que navegara por las oscuridades interestelares tuviera como tema la noche; concretamente, cuatro obras: Dark was the Night, de Willie Nelson El ciego -para Ferris, “una de las piezas más profundamente emotivas que se han grabado jamás”-, el Canto navajo a la noche, la canción aborigen del lucero del alba y el aria Reina de la noche de La flauta mágica de Mozart.

“Se eligieron sobre todo composiciones de Bach y Beethoven, bellas y ordenadas como ecuaciones, para facilitar su descodificación por parte de inteligencias no terrestres”

Aparte del genio de Salzburgo, en el repertorio clásico del disco están representados compositores del siglo XX como Stravinski, cuya Consagración de la primavera arranca con una melodía folclórica enraizada en una canción de pastor de los Cárpatos, de antigüedad desconocida, y está estrechamente ligada a las músicas ancestrales, donde el ritmo arrastra en su remolino a todos los elementos melódicos y armónicos que, en general, son la divisa que distingue al elevado arte occidental del bárbaro de los pueblos primitivos.

Detalle de uno de los dibujos grabados en los discos de oro de las sondas Voyager

La selección se centra después en las dos grandes bes alemanas, Bach y Beethoven, esperando que sus composiciones -bellas y ordenadas como ecuaciones- faciliten su descodificación por parte de inteligencias no terrestres. A oídos humanos, son obras que parecen encajar en la armonía de las esferas, teoría de origen pitagórico según la cual el movimiento de los cuerpos celestes se rige por proporciones musicales. Aparte de extractos de El clave bien temperado, el disco incluye -y de hecho comienza con- el segundo de los Conciertos de Brandeburgo, que son “puro Bach en palabras de Ferris: “La diversidad dentro del orden, el ingenio dentro de la disciplina, la música pasando como una caravana de bailarines acróbatas que recitan poesía”.

De Beethoven se escogió, entre otras piezas, el célebre primer movimiento de la Quinta Sinfonía, perfecto para la Voyager por su brevedad y concisión, según Berlioz una obra que se colocaba “más allá y por encima de todo lo que se había producido en música instrumental”. “Su partitura es tan simétrica que basta mirarla para encontrarla bella”, añade Timothy Ferris sobre esta sinfonía que, sumada a la rompedora Heroica grabada ahora por la Sinfónica de Tenerife, convierte a Beethoven en el heraldo por antonomasia de nuestro planeta ante los seres posibles de otros mundos.



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