¿Qué nos enseña el arte de pandemias pasadas?

¿Qué nos enseña el arte de pandemias pasadas?

¿Qué nos enseña el arte de pandemias pasadas?

Jugando al corro con la muerte en danzas macabras, o bailando con ella en los cuentos de Edgar Allan Poe. Viviendo la mortal agonía de una epidemia con Tiziano, Rembrandt, Munch o Schiele. Desafiando a la plaga a través de una vacuna de tinta en los escritos de T.S. Eliot, Virginia Woolf o Susan Sontag. Las cicatrices de la enfermedad a lo largo de la historia siguen aún latentes


Mikel González | Especial para El Ágora
Madrid | 30 abril, 2020

Tiempo de lectura: 7 min



Hace pocos días, concretamente el miércoles 15 de abril de 2020, se celebró el Día Mundial del Arte, coincidiendo con la fecha del nacimiento de Leonardo da Vinci. Personalmente, he estado muy atento a cómo han vivido esta conmemoración muchos museos, sus directores, conservadores, asociaciones de amigos, galeristas, fundaciones, comisarios de exposiciones, coleccionistas y artistas con los que mantengo una comunicación fluida. Y he detectado algo que llama a la reflexión: ¿por qué no se está apreciando todavía en el mundo del arte una corriente de creatividad alrededor de la pandemia?

Arte y pandemia

En casa, hace unas semanas, al inicio del confinamiento, vi unos dibujos realizados por mi pareja que me hicieron reflexionar sobre este tema. Los concibió como estampados para un trabajo de máster, y cuando le sugerí que los utilizase como diseño para una colección de pañuelos de seda que podría perfectamente comercializar, me miró con sorpresa. Como si la idea de convertir en negocio el núcleo, el origen mismo de la epidemia, la imagen del virus y sus mutaciones –que por otra parte saturan todos los platós de televisión- fuese algo punible, una especie de pecado.

Ilustración inspirada en el coronavirus. | Crédito: © Lukas Osorio 2020

Y sin embargo, no es así. La historia del arte, la literatura y el pensamiento está llena de ejemplos de cómo una pandemia alimentó el genio creativo. Y se hablaba –en textos, en archivos sonoros, en pintura, en escultura, en películas- sobre la enfermedad, y se mostraban cuerpos. Cuerpos devorados por la plaga, expresión que Susan Sontag denostaba por sugerir una especie de castigo bíblico sobre la sociedad.

“Una metáfora ayuda a visualizar lo abstracto, y para quienes no somos científicos, un virus es abstracción pura”

Hoy por hoy, no tenemos una potente imagen, ni una gran novela, a la que aferrarnos como símbolo de esta hecatombe que vivimos en primera persona. Quizás las fotografías de ciudades vaciadas sean ya icónicas, pero no tenemos cuerpos. Vemos hospitales, morgues, ataúdes. Pero no cuerpos, como no estén desdibujados bajo tejidos quirúrgicos y respiradores artificiales, en angustiosa y solitaria agonía, como en la obra Figure, Charité, Berlin 2012 de Tomas Struth.

Fluidos y pandemia

El SIDA, la gran pandemia con que terminó el siglo XX, sí nos legó obras donde lo invisible –un virus- se volvía casi tangible. Como en los graffiti neoyorquinos de Keith Haring y Jean-Michel Basquiat, o en las fotografías de Therese Frare con que Benetton inundó nuestras ahora vacías ciudades. O las de Andrés Serrano mostrando fluidos corporales como sangre o líquido seminal. O los preservativos de Jenny Holzer blasonados con mensajes sobre sexo seguro, los retratos de Nan Goldin de sus amigos infectados, las bombillas y montañas de caramelos o papeles de Félix González-Torres como metáfora física del cuerpo consumiéndose por la enfermedad.

Campaña de publicidad lanzada por la firma Benetton y su creativo Oliverio Toscani sobre el sida. | Crédito: Benetton

Metáfora y pandemia

Y tuvimos magnífica literatura, como esa auto-secuela de La enfermedad y sus metáforas que es El sida y sus metáforas, de Susan Sontag. Una metáfora ayuda a visualizar lo abstracto, y para quienes no somos científicos, un virus es abstracción pura. Recitamos el poema Pandémica y celeste de Jaime Gil de Biedma. Leemos La Peste de Albert Camus, el Ensayo sobre la ceguera de José Saramago o Severance (Ruptura) de la sino-estadounidense Ling Ma, y comenzamos a comprender cómo lo verdaderamente contagioso, lo terriblemente infeccioso, es el pensamiento grupal represivo.

Podemos recorrer los barrios, calles y casas de Londres de la mano de Daniel Defoe con su Diario del año de la peste, que narra, como también lo hizo con sus recuentos Samuel Pepys, la gran plaga del año 1665. O reconstruir la atmósfera de un Milán asolado en 1630 por la epidemia en Los novios, de Manzoni. Nos reencontramos con Virginia Woolf en su ensayo De la enfermedad, o con la Mrs. Dalloway que sobrevive a la gripe española de 1918, y nos damos cuenta de que con metáforas vivimos mejor. El cuerpo enfermo de un artista es la antítesis de la energía creativa.

“Comenzamos a comprender cómo lo verdaderamente contagioso, lo terriblemente infeccioso, es el pensamiento grupal represivo”

Angustia y pandemia

Esa pandemia, la de 1918, sí fue motor de inspiración para los artistas. Los múltiples autorretratos de Edvard Munch padeciendo en aislada soledad, y ya restablecido, la gripe española. Los dibujos de la cabeza de Gustav Klimt muerto, devastado por la misma epidemia, realizados por Egon Schiele, que terminaría también falleciendo, como su mujer embarazada, por el contagio.

En La canción de amor de J. Alfred Prufrock, de 1915, T.S. Eliot eleva la idea misma de enfermedad a nuestro acervo poético, como una potente imagen: “(…) he presenciado al Lacayo Eterno, con mi abrigo en sus manos, reírse con desprecio, y al fin de cuentas, sentí miedo”. Y mucho más atrás en el tiempo, tan lejos como en el siglo XIV, Giovanni Bocaccio y su Decamerón nos presentan a un grupo de florentinos huyendo de la ciudad del Arno, devastada por la peste, y se cuentan historias para entretenerse. Pasolini lo transformó en 1971 en una de las películas más divertidas de su Trilogía de la Vida, convirtiendo una tragedia –escapar de la plaga- en pura comedia.

La danza de la muerte

Algo de chanza tiene también el concepto de Totentanz, la Danza de la Muerte, que he explicado tantas veces a mis viajeros en el bellísimo Spreuerbrücke, uno de los dos puentes sobre el río Reuss en Lucerna, con pinturas de Caspar Meglinger. Bailar al son de la guadaña es lo que hacen los personajes de La máscara de la muerte roja, un cuento de Edgar Allan Poe basado en una experiencia del poeta Heinrich Heine, que asistió en París a una glamurosa fiesta en medio de la peor epidemia de cólera que se recordaba. A medida que avanzaba la noche, las máscaras caían revelando rostros violáceos, y pronto las estancias del Hôtel-Dieu, el hospital más grande de la ciudad, se llenaron de moribundos vestidos de gala.

El puente Spreuer, en la localidad suiza de Lucerna, decorado en su interior con pinturas alegóricas a la muerte. | Foto: Boris Stroujko

El triunfo de la muerte

Hoy, vivimos lo que Pieter Brueghel el Viejo tan bien describió en su obra El Triunfo de la Muerte, propiedad del Museo del Prado. Un ejército de esqueletos asola una ciudad sin discriminar entre sus habitantes. En las columnas de la peste, o de la Santísima Trinidad, que tantas veces he explicado en las plazas de las ciudades centroeuropeas, la plaga es una serpiente que atenaza el orbe y cuya cabeza pisa la Inmaculada Concepción mientras eleva su mirada al uno y trino.

“Cabe preguntarse cuánto falta para que comencemos a sentir una gran ola de creación alrededor de la pandemia con que inauguramos el siglo XXI”

El pintor Salvator Rosa nos espeta en su Humana fragilitas que no somos nada. Durero graba y hace cabalgar a Los Cuatro Jinetes del Apocalipsis sobre representantes de todos los estamentos sociales, abriendo las fauces del monstruo que los devorará. Tiziano se autorretrata semidesnudo en una de sus últimas obras, la Pietà de 1575, junto a su hijo Orazio, rogando por el fin de la peste que asolaba Venecia y que terminaría en pocos meses con la vida de ambos.

“El triunfo de la muerte”, obra de Pieter Brueghel el Viejo propiedad del Museo del Prado.

Misericordia

Casi un siglo después, Antonio Zanchi pintará la monumental Virgen apareciéndose a los pestiferados en una de las escalinatas de la Escuela Grande de San Roque. Pocos años antes, en 1654, Rembrandt había pintado su tremendo Retrato de Hendrickje Stoffels, su última compañera vital, demacrada por la peste que había traído a Ámsterdam un navío procedente de Argel.

Retrato de Hendrickje Stoffels pintado por Rembrandt y propiedad de la National Gallery de Londres

Y en mis viajes por Nápoles, nunca falto a la cita con Las siete obras de misericordia de Caravaggio, en la iglesia del Montepío: visitar y cuidar a los enfermos, enterrar a los muertos.

Nuestros antepasados sabían bien a quien rogar por el fin de las pandemias: a San Sebastián, a San Roque, a San Carlos Borromeo, a San Juan Nepomuceno. Santos que se convirtieron en motivo de inspiración para tantos artistas: el San Sebastián de Mantegna, el de Guido Reni o el del Greco; el San Roque de Ribera o la vida y milagros del santo por Tintoretto en Venecia; la colosal mole barroca de la iglesia de San Carlos Borromeo en Viena, obra de los Fischer von Erlach, o la también barroquísima tumba de plata de San Juan Nepomuceno en la catedral de San Vito en Praga.

Creación

Al hilo del reciente Día Mundial del Arte, cabe preguntarse cuánto falta para que comencemos a sentir una gran ola de creación alrededor de la pandemia con que inauguramos el siglo XXI. Y personalmente creo que más pronto que tarde, al igual que en los últimos años las reivindicaciones de género lo han inundado todo en la esfera artística, comenzaremos a ver cómo el virus y sus consecuencias se convierten en tendencia creativa a nivel global. Y es que, como comentaba hace algunos días un conocido poeta en una tertulia radiofónica, la gran novela, la gran obra maestra sobre este virus, aún está por escribir.


Mikel González diseña experiencias viajeras culturales alrededor del arte. Dirige la agencia especializada Mundo Amigo



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