¿Y si en lugar de mascarillas faltara el alimento? - EL ÁGORA DIARIO

¿Y si en lugar de mascarillas faltara el alimento?

¿Y si en lugar de mascarillas faltara el alimento?

La pandemia del COVID19, que mantiene a un tercio de la población mundial confinada, ha evidenciado cuáles son los sectores imprescindibles para la sociedad cuando vienen mal dadas. ¿Se imaginan que además de las mascarillas nos faltara el alimento?


María Santos
Madrid | 27 marzo, 2020


No hizo fata que el Gobierno declarase el Estado de Emergencia para detener el avance de los contagios por coronavirus COVID-19, para que el sector agropecuario español entendiera que debían aparcar sus demandas en las calles para ponerse a abastecer a una sociedad que se asomaba asustada a un futuro próximo sombrío.

En apenas una semana, todos los eslabones que forman parte de la cadena alimentaria recuperaron la confianza de una sociedad que pasó de hacer “compras bunker”, movida por el miedo al desabastecimiento, a entender que agricultores, ganaderos, pescadores, mayoristas, minoristas, distribuidores y transportistas saldrían a hacer su trabajo, pese al riesgo de contagio, para garantizar algo esencial como es la soberanía alimentaria.

En los últimos días hemos visto cómo la deslocalización de las producciones de material sanitario, clara consecuencia de la globalización ha llevado al límite de la resistencia a los héroes de esta “guerra” que se han enfrentado cuerpo a cuerpo con el virus sin la debida protección.

En un mercado libre y global no manda la necesidad sino la implacable ley de la oferta y la demanda y, cuando esta se desequilibra, la oferta es para el demandante que más capacidad de compra tenga.

En el contexto sanitario si algo nos ha enseñado el coronavirus es que uno debe tener cubiertas las necesidad básicas y esenciales para no verse a torso descubierto.

Algo tan sencillo de entender en estos días nos lo llevaban explicando varios meses agricultores y ganaderos desde sus tractores por las calles de media España. Y es que las políticas comerciales y medioambientales comunitarias invitan a deslocalizar la producción de alimentos mermando la soberanía alimentaria y favoreciendo la dependencia de terceros países.

En los últimos días hemos comprobado cómo los Estados salían al mercado internacional a pelear en una “lucha encarnizada” por partidas de material sanitario, mascarillas, respiradores, cloroquina, azitromicina, equipos de protección, todo aquello imprescindible para combatir la pandemia. Elementos que dejamos de producir por su escasa rentabilidad.

¿Se imaginan que en lugar de salir a comprar al mercado internacional mascarillas tuviésemos que salir a comprar alimentos y por el acaparamiento de los países más potentes nos viésemos privados de esa variedad de productos que hoy crecen en nuestros campos?

No hace falta imaginar mucho, algunos estados ya han prohibido la exportación de algunas materias primas para poder garantizar el abastecimiento de alimentos básicos a su población durante la pandemia de coronavirus.

Producción nacional

Según la agencia Bloomberg,  Kazajstán, uno de los mayores consumidores de harina de trigo del mundo, prohibió las exportaciones de ese producto junto con las zanahorias, el azúcar o las patatas. Vietnam suspendió temporalmente nuevos contratos de exportación de arroz. Serbia ha detenido el flujo de su aceite de girasol y otros bienes, mientras que Rusia deja la puerta abierta a futuras prohibiciones de ventas al exterior y evalúa la situación semanalmente.

De momento no han sido movimientos comerciales muy significativos pero los expertos apuntan cierta tensión a la espera de ver cómo evolucionan los principales agentes del mercado, especialmente en lo que se refiere a materias primas, como granos, trigo, maíz, oleaginosas, azúcar, arroz, que podrían indicar una ola de nacionalismo alimentario o, cuanto menos revisar la dependencia alimentaria de terceros países como ocurre en la Unión Europea.

Una UE que tiende a sacrificar a su sector primario en aras a una mayor industrialización o al desarrollo del sector servicios frente un grupo de países agrarios, como España, Italia o Francia que, por lo general, tienen dificultades para poner en valor lo que la agricultura aporta al conjunto de la Unión.

Y es que la rentabilidad, no solo se puede medir en términos económicos.

Y de esa otra rentabilidad, la social, la medioambiental, la territorial, sabe mucho el sector agrario. Un sector a punto de tirar la toalla hace apenas tres semanas viendo que no podía competir con las importaciones de terceros países y que los apoyos europeos y la propia sociedad no estaban dispuestos a reconocer su labor ni vía precio ni vía Política Agrícola Común.

Una PAC para que se llegaba a hablar de un recorte del 14% en su presupuesto.

Ha sido necesario creer por un momento que nos quedábamos sin alimentos para entender de repente que allí, a pie de campo, también hay héroes que no se quedan en casa para que, pese al virus y al confinamiento, los supermercados se rellenen cada día para alimentar a la población.

Fue la resaca de la II Guerra Mundial la que vio en la agricultura un sector esencial para el despegue de la sociedad europea. Quizá sea la resaca del coronavirus la que devuelva el prestigio a un sector que hoy en día se deja la piel para alimentar a una sociedad confinada por la pandemia.


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