El agua, orgullo de los neoyorquinos - EL ÁGORA DIARIO

El agua, orgullo de los neoyorquinos

La Gran Manzana tiene uno de los sistemas de gestión del agua más grandes y complejos del mundo, un motivo para que los neoyorquinos presuman de él y defiendan incluso que proporciona una calidad única a sus pizzas y bagels


Uno jamás deja de maravillarse por el hecho de que Nueva York siga en pie. Pararse en una esquina a mirar la ciudad, con tantos rascacielos apiñados, escaparates siempre llenos de todas las cosas imaginables, cordilleras de basura en las aceras y una actividad humana impredecible y desbordante, es como observar a un malabarista lanzando al aire miles de bolos sin que ninguno se le caiga al suelo. Un homenaje a la improvisación y al orden caótico; el testimonio de la rapidez con que una ciudad se puede inventar y reinventar a diario, en un eterno ciclo delirante.

Y por debajo de esta loca actividad, el agua. Es el agua la que permite densidades de población comparables, en algunos barrios, a las de Mumbai, Nairobi o la Franja de Gaza. Es el agua la que mantiene frescas las lechugas de sus más de 1.000 supermercados, la que da a sus famosos bagels un sabor distintivo y la que, en definitiva, sacia, baña, cura y permite cocinar a casi 10 millones de habitantes.

Nueva York tiene uno de los sistemas municipales de gestión del agua más grandes y complejos del mundo. Su red, alimentada por los acueductos de Croton, Catskill y Delaware, se extiende más de 200 kilómetros: desde las bucólicas montañas de Catskill, inmortalizadas por toda una generación de pintores del siglo XIX, hasta las bañeras de los bloques de apartamentos más remotos de Brooklyn y Queens, pasando por 19 reservas, 10 lagos controlados y unos 11.000 kilómetros de vías acuáticas. Un sistema que se beneficia de la geografía: el curso de los ríos y la inclinación de las montañas hace que el 95% del agua neoyorquina fluya de manera natural hacia los hogares, ahorrado fuertes cantidades de dinero a los contribuyentes. Y también de la lejanía: ir a buscar el agua a parajes agrestes y poco poblados suele ser una garantía de que llegará relativamente limpia.

Pese a que el sistema se encuentra oculto o muy lejos de la mirada de los neoyorquinos, y que aprovecha regalos circunstanciales como la mera fuerza de gravedad, su conformación ha sido posible gracias a las decisiones conscientes de los gestores. Decisiones que se han demostrado sólidas con el paso de los años.

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Embalse de New Croton en Westchester, Nueva York, parte del sistema de abastecimiento de agua de la ciudad.

Al principio de la historia de Nueva York, el único suministro de agua consistía en un estanque situado en el actual Chinatown, al sur de Manhattan: suficiente para abastecer a lo que entonces, en estándares actuales, no era más que un villorrio. Pero la actividad y la población fueron creciendo. Se abrieron otros pozos y estanques, y poderosas máquinas de vapor sacaban miles de galones al día. El Acueducto del Viejo Croton, inaugurado en 1842 y ampliado medio siglo más tarde, no ha dejado de funcionar desde su creación, como tampoco lo han hecho el de Catskill y el de Delaware, inaugurado en 1945 y mejorado sucesivas veces hasta 1964. Por necesidad y gracias, también, a la famosa vanidad de los neoyorquinos.

“Mucho de esto tiene que ver con la imagen de sí misma”, declaró a Gotham Gazette el historiador David Soll, profesor de la Universidad de Wisconsin-Eau Claire y autor del libro Empire of Water: An Environmental and Political History of the New York City Water Supply. “Hasta el día de hoy, uno de los motivos de orgullo de la ciudad es su excelente suministro de agua. Es parte del ethos y de la auto-identidad de la ciudad”.

Según Soll, tras la Segunda Guerra Mundial los neoyorquinos comprendieron que su ciudad se había convertido en la metrópoli de referencia, en el centro del mundo, y no podían permitirse tener un pésimo suministro de agua. No querían, en otras palabras, abastecerse del agua que tenían más a mano. “¿La idea de que íbamos a recibir el agua cutre del Hudson? Ni de broma”, dijo Soll.

Otro de los aciertos de la ciudad ha sido evitar la construcción de una gran planta de filtrado; un proyecto cuyo precio habría rondado los 10.000 millones de dólares. En su lugar, el Departamento de Protección Medioambiental de la ciudad ha ido comprando las tierras adyacentes a las reservas acuíferas: una manera de proteger su pureza de las actividades humanas e industriales. Desde 1997 la ciudad ha adquirido, o preservado por ley, 53.000 hectáreas cercanas a la red de suministro.  El resultado es que, de los casi cuatro millones de litros de agua que fluyen cada día por las cañerías urbanas, apenas una pequeña parte, el 10%, son filtrados.

No parece hacer falta. La calidad del agua neoyorquina es de las más vigiladas: se analiza unas 600.000 veces al año. Los científicos de distintas instituciones buscan hasta 250 componentes que dañarían el suministro, como los dispositivos incontables que monitorizan las reservas, los lagos y los acueductos. En los últimos 30 años la ciudad se ha gastado 1.700 millones de dólares en garantizar que el H2O siga siendo inmaculado, y ese 10% que necesita filtración pasa por una planta inaugurada en 2015, en el Bronx.

Tapa de alcantarillado en Nueva York.

“El sistema acuífero de la ciudad bien podría ser su activo de capital más importante; o al menos a la par que el sistema de metro”, dijo a The New York Times Eric A. Goldstein, abogado del grupo medioambiental National Resources Defense Council. “Imagínate vivir sin agua limpia corriente en la ciudad de Nueva York un solo día. La vida tal y como la conocemos se pararía”.

Los neoyorquinos presumen de su agua como de tantas otras cosas, incluso para loar la calidad de sus bagels, el rosco de pan en el que suelen servirse aquí los sándwiches, o de las propias pizzas: es en el agua donde estaría el secreto de la deliciosa masa. Hay quien ha llegado a decir que de los grifos neoyorquinos emana “el champán del agua potable”.

Otra cosa es cuando se mira la cuestión desde fuera de la Gran Manzana, para cuyos habitantes el universo ha dejado de existir una vez se cruza el Hudson. En opinión de David Andrews, científico del think tank de Washington Environmental Working Group, el agua de Nueva York “está en la lado bueno de las fuentes de agua potable”. Es decir, bien situada, pero no en el podio de las 10 mejores de Estados Unidos.

El think tank para el que trabaja Andrews ha hecho una lista de calidad de los suministros de agua en las ciudades americanas en base a la presencia de sustancias químicas. Nueva York ostenta el puesto número 13 de un total de 100. Sigue siendo agua de calidad, pero no tan prístina como la que beben en Boston, San Luis, Austin, Providence o Charleston.

A este razonable baño de realidad se suma el hecho de que el agua neoyorquina no es precisamente la mejor para hornear bollos o masas de pizza. El apodado “Doctor Masa”, Tom Leham, exdirigente del American Baking Institute y profesional del uso de la química en la panadería, dijo a la web Thrillist que el mejor agua para hornear es aquella que se considera “dura”: aquella que contiene una presencia de minerales, sobre todo calcio y magnesio, relativamente alta. El calcio, por ejemplo, refuerza el gluten y da a la masa mayor consistencia. Pero este no es el caso de Nueva York. Aquí el agua es “blanda”, lo cual hace que las masas tiendan a ser más viscosas.

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Los neoyorquinos afirman que sus bagels son mejores por la calidad del agua local.

El segundo factor, según Lehman, es que el agua neoyorquina no es lo suficientemente ácida y por tanto ralentiza el crecimiento de la levadura. Una circunstancia que los panaderos y pizzeros compensan añadiendo más levadura y rebajando el agua. Observaciones que jamás harán mella en la elevada autopercepción de los neoyorquinos.

Ahora que la ciudad celebrará elecciones a la alcaldía, el próximo 2 de noviembre, una de las candidatas saca músculo en la prensa recordando sus años de experiencia en el Gobierno local. Se llama Kathryn Garcia y ha supervisado, como directora del Departamento de Protección Medioambiental, las respectivas oficinas de Suministro de Agua, de Operaciones de Agua y Alcantarillado y de Tratamiento de Aguas Residuales. Un rol que en ocasiones la tenía levantada, según recuerdan sus colaboradores, para supervisar ella misma cualquier incidente relacionado con el abastecimiento: por ejemplo grandes roturas de cañerías o escapes de cloro.

Garcia solo es una de los 24 políticos que han anunciado candidatura para reemplazar al alcalde actual, Bill de Blasio. Su perfil público entre los neoyorquinos no es muy abultado, aunque al menos está entre los ocho que aparecen en las encuestas, y su recaudación hasta el momento apenas ha superado el medio millón de dólares. Pero García, bajo cuya dirección se creó un sistema de medición de la calidad del agua y se redujo la espera de las llamadas de emergencia, hará del H2O una de sus cartas de presentación de campaña: el oro azul que tanto valoran los neoyorquinos.



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