Lagos, el gigante africano que lucha por mantenerse a flote

Lagos, el gigante africano que lucha por mantenerse a flote

La erosión que sufre la costa y el aumento del nivel del mar causado por el calentamiento global está poniendo a Lagos, la ciudad más grande y poblada de Nigeria, en peligro constante de inundaciones, por lo que se están probando todo tipo de soluciones


Cada vez que llega la temporada de lluvias, los habitantes de Lagos viven pendientes del cielo. Una preocupación por la meteorología que no se debe, como en muchas otras urbes del mundo, a que necesiten saber qué tipo de ropa llevar o planificar con tiempo una escapada al campo. Es pura cuestión de supervivencia: cuando llueve con fuerza en la que con 21 millones de habitantes es la ciudad más poblada de África, todo puede colapsar por culpa de las inundaciones en cuestión de minutos. Un problema que, por culpa del cambio climático, se puede agravar en las próximas décadas hasta el punto de amenazar la existencia misma del que es el corazón económico de Nigeria.

Paradójicamente, la enorme expansión poblacional a la que se debe gran parte del éxito de Lagos es una de las razones de su aparente condena. La ciudad nigeriana tiene uno de los mayores ritmos de crecimiento demográfico del mundo, con más de 275.000 nuevos habitantes cada año que principalmente acuden a la metrópoli desde áreas rurales en busca de una vida mejor. Sin embargo, estas oleadas de gente resultan en una planificación urbana caótica, limitando los suelos naturales con capacidad de absorción de aguas y creando barreras artificiales a la filtración de lluvias.

El caos también alcanza al servicio de basuras y al de alcantarillado, incapaces de asumir unos volúmenes de población en constante crecimiento. Cada día se generan unos 6.000-10.000 toneladas de basura en la ciudad lo que, unido a unos servicios deficientes y necesitados de inversión, se traducen en todo tipo de residuos amontonados en las cunetas abiertas y dificultades para circular por las calles en cuanto cae un aguacero. Y, aunque en los últimos años se ha potenciado la gestión de residuos con diversas alianzas público-privadas, la tasa de reciclaje de Lagos sigue siendo casi nula.

Sin embargo, y por mucho que agrave su situación, la mayor amenaza para Lagos no es el crecimiento caótico de su población, sino una tendencia global de la que los africanos apenas tienen culpa: el cambio climático. Tal y como explica el profesor nigeriano Nelson Odume en una tribuna para The Conversation, aunque se espera que a nivel general Lagos experimente menos lluvias en las próximas décadas, “también es casi seguro que, al igual que ocurre en muchos puntos del planeta, la intensidad de las precipitaciones aumente, trayendo consigo un mayor riesgo de inundaciones.

Una previsión de lluvias más extremas a la que se añade la difícil situación geográfica de Lagos, que se extiende sobre varias islas pequeñas, bancos de arena y manglares, en torno a una laguna de la costa atlántica. Además, la mayoría de los barrios de la ciudad están gracias a la erosión situados prácticamente al nivel del mar, por lo que una subida de dos centímetros del nivel del mar, que es la previsión más conservadora que se maneja a nivel científico, podría tener “consecuencias catástroficas” en su población, según apunta un estudio de 2012 de la Universidad de Plymouth.

Una lucha contrarreloj

Por supuesto, las autoridades nigerianas no se están quedando de brazos cruzados mientras constatan el riesgo de que su principal urbe desaparezca bajo el mar, aunque las difíciles condiciones sociales, securitarias y económicas que atraviesa el país, especialmente tras la pandemia de coronavirus, hacen de esta lucha todo un reto. De hecho, el presidente de Nigeria, Muhammadu Buhari, ha reclamado en diversos foros internacionales la necesidad de que los países ricos “ayuden con la financiación de proyectos de adaptación y resiliencia” ante un cambio climático del que “los africanos no somos responsables”. Pero, a la espera de que de verdad se revitalice la Alianza mundial por el desarrollo sostenible, como quiere la ONU, ya están tomando medidas.

Por un lado, están las soluciones tradicionales de ingeniería. El Gobierno está actualmente construyendo la llamada “Gran Muralla de Lagos”, una barrera hecha de 100.000 bloques de hormigón de cinco toneladas cada uno que medirá 8,4 kilómetros de largo cuando esté terminada. Aunque, en teoría, el objetivo de esta defensa marítima de 18 metros de altura es proteger sobre todo un tramo de costa junto a un nuevo desarrollo urbanístico que se está construyendo en tierras recuperadas, la idea es que sirva de modelo y poder extenderla a otros tramos de Lagos. 

Lagos
‘Gran Muralla de Lagos’ en un tramo cerca de Eko Atlantic, el nuevo desarrollo urbanístico de la ciudad.

Por otro, está la mejora del servicio de previsión meteorológica y alerta a la población. Este mes de abril, el Gobierno local anunciaba que había concluido los preparativos para tener su propia red de estaciones meteorológicas para monitorear de cerca las lluvias en el estado y aumentar su preparación para resolver los problemas relacionados. Además, las autoridades federales lanzaron a finales del año pasado una aplicación móvil, Flood, que proporciona información de pronóstico de inundaciones en tiempo real sobre una ubicación específica, utilizando datos recopilados por la Agencia de Servicios Hidrológicos de Nigeria (NIHSA).

Sus desarrolladores confían en que la nueva aplicación móvil ayudará a las personas a monitorizar los riesgos de inundación diarios en cualquier lugar de Nigeria, aunque la penetración de dispositivos inteligentes sigue siendo relativamente baja a nivel demográfico exceptuando la población más joven en las ciudades. Por tanto, seguirá siendo necesario combinar las nuevas tecnologías con sistemas más anticuados de alerta, como los avisos por radio o televisión.

La innovación al rescate

Más allá de estas soluciones “tradicionales”, en Lagos también se están probando innovaciones para adaptarse al aumento de las inundaciones que podrían servir de ejemplo a otras ciudades amenazadas por el nivel del mar. De hecho, en la megaurbe nigeriana se ha experimentado con las estructuras flotantes para construir edificios, una solución que permitiría a los habitantes de Lagos convivir mejor con la subida de las aguas. En 2016, el estudio de arquitectura local NLÉ desarrolló la Escuela Flotante de Makoko, una estructura piramidal que descansa sobre barriles de plástico vacíos reciclados y está especialmente diseñada para resistir las fuertes lluvias.

Este enfoque, más basado en la adaptación al medio que en la mitigación de los efectos de cambio climático, también encuentra réplicas en el mundo del transporte. Y es que el agua no solo supone problemas sino que ofrece una vía de desplazamiento eficaz, sobre todo teniendo en cuenta que los atascos interminables se han convertido en una seña de identidad de Lagos. Actualmente, hay más de 42 rutas de ferry en las vías navegables de la ciudad, con 30 muelles comerciales y terminales que se extienden a lo largo de tres distritos. La mayoría son de responsabilidad pública, pero un número cada vez mayor de empresas está estableciendo también negocios de transporte acuático.

Un chico se desplaza en canoa por el barrio de Makoko, en Lagos.

El proyecto más ambicioso en este sentido es el de la multinacional Uber, que lleva desde 2019 operando un programa piloto llamado Uber Boat. A través de barcos de 35 plazas, la compañía asegura que este medio de transporte “proporciona a los viajeros una forma fácil y asequible de entrar y salir de los distritos comerciales de la ciudad”. Eso sí, por el momento, Uber todavía está evaluando si el barco podría convertirse en una solución a largo plazo para los viajeros de Lagos.

Sin embargo, todas estas soluciones no serán de mucha utilidad si no se lleva a cabo una verdadera planificación del uso de la tierra y una protección integral de los ecosistemas integral que incluya a todos los actores de la megaurbe. “El gobierno del estado de Lagos debe continuar fortaleciendo el cumplimiento y la aplicación de la planificación del uso del suelo, asegurando que los desarrollos estén prohibidos en áreas propensas a inundaciones y ecosistemas sensibles como los humedales”, asegura el profesor Odume. Y es que la amenaza de inundaciones en Lagos no es solo una condena, sino una oportunidad para “buscar soluciones basadas en la naturaleza, como la creación de espacios verdes y la protección de los suelos”.



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