Pekín: la ciudad del agua que se muere de sed

El agua en Pekín ha pasado de ser el combustible que alimentaba el desarrollo a convertirse en todo un cuello de botella debido a los excesos que han limitado la oferta del preciado recurso. La situación ha obligado al país a levantar incluso la mayor obra hídrica del planeta para que la ciudad pueda dar de beber a sus más de 20 millones de habitantes


Entre los azares del destino nunca se manifestó la necesidad de constituir Pekín como una ciudad ordinaria dentro de la geografía asiática y, por ese mismo motivo, hace 3.000 años, se le otorgó un don que muchas otras codiciaban desde su nacimiento: el agua.

Prueba es su situación estratégica, bañada por cinco grandes ríos y armada por un aparente sinfín de acuíferos que en el pasado fortificaron un bastión inexpugnable. Allí, los profundos fosos y arrozales casi rivalizaban con la Gran Muralla, dejando entrever que más que sobre la roca, Pekín se levantó sobre el agua.

Sin embargo, aquel regalo que una vez dio forma a este gigante asiático ahora embarra los pies del coloso, poniendo en entredicho el legado de la capital china. Un giro repentino de los acontecimientos que solo se puede explicar atendiendo al camino elegido por el país oriental para canalizar su desarrollo.

Como era habitual a mediados del siglo pasado, el carbón, junto al petróleo, era el combustible predilecto para iniciar el camino de la industrialización, sobre todo en aquellos países que, como China, se balanceaban en una cuerda floja. Por eso mismo, esta potencia asiática realizó fuerte apuesta por ellos, alentando a sus habitantes a trasladarse a los núcleos urbanos en los que se localizaban estas industrias.

En el seno de este desarrollo, Pekín cuadriplicó su población en apenas 50 años, pasando de 4,9 millones de habitantes a mediados del siglo XX a los más de 20 millones que censó durante los primeros años del XXI. Esta estrategia, si bien aumentó la prosperidad de la ciudad, también incrementó la presión sobre la demanda de los recursos ecosistémicos que la rodeaban, como los hídricos, que pronto empezaron a escasear.

La tradición de Pekín ha estado vinculada al agua

“La población que se trasladó a las ciudades generó una enorme riqueza para China, pero a un elevadísimo coste ambiental. Se podría decir que entre todos los problemas que se originaron, como la contaminación atmosférica, el que presentó mayores complicaciones fue la sed que se empezaron a vivir sus gentes y sus fábricas”, señala un estudio sobre los desafíos del agua en China.

En este sentido, se entiende que sería completamente injusto culpar a la población de la escasez en la oferta del agua ya que fue la industria la que realmente reclamó una mayor parte del pastel y la que, además, la inutilizó al contaminarla por completo. De hecho, tal fue el impacto del segundo que en la actualidad el 40% del agua de la región de Pekín, sobre todo a nivel superficial, no es apta para el consumo humano, según un informe de Greenpeace Asia.

El desajuste entre la demanda y la oferta llevó al gobierno local a explotar los numerosos acuíferos situados bajo la ciudad con la esperanza de revertir la situación, aunque con un resultado totalmente contradictorio, tal y como exponen diversos estudios sobre la materia. En ellos, por ejemplo, se relata que el nivel del nivel freático cayó desde 11,7 m por debajo de la superficie del suelo en 1999 a 24,3 m a finales de 2012, disminuyendo más de un metro por año.

Este bombeo, lejos de resolver la escasez de agua, propició el nacimiento de una crisis sin precedentes, del mismo modo que ocurrió en otras ciudades similares, ya que aquellos agujeros vacíos del subsuelo comenzaron a ceder ante el peso de la ciudad que ahora se hunde a un ritmo de 11 centímetros por año.

Por si la situación no fuese suficientemente delicada para la ciudad, cabe destacar que Pekín se sitúa dentro de una región semiárida que depende en gran medida de los monzones para asegurar su disponibilidad del agua, tanto en la superficie como en los depósitos subterráneos. De media, la ciudad recibe una precipitación anual que oscila los 585mm, insuficientes para asegurar el suministro dado la nueva demanda.

“La precipitación anual ronda los 9,83 mil millones de metros cúbicos, dando lugar a la renovación de unos cuatro mil millones de recursos hídricos. Si toda esa agua se reparte entre las aproximadamente 21 millones de personas que viven en Pekín en estos momentos, obtenemos que el agua per cápita es inferior a 200 metros cúbicos, ubicando así a la ciudad como unas de las más secas del mundo”, aclara un estudio publicado en IOP Science.

No obstante, se tratan de datos que han empezado a distanciarse de la realidad a raíz de las constantes esquías que ha ido encadenando el país desde 1999 y que, en algunos años, han reducido a la mitad la cantidad de agua recibida.

De hecho, este mismo fenómeno es el que provocó que la reserva superficial más grande de Asía, el embalse de Miyun, que abastece a Pekín, se situase en el 2014 en 992 millones de metros cúbicos de agua, pese a que su capacidad total es de 4.375 millones de metros cúbicos. Un grave problema teniendo en cuenta que, además, ese embalse es la principal fuente de agua limpia de la ciudad.

La luz al final del túnel

China, con el 7% del agua dulce mundial, tiene la misión de dar de beber al 20% de todos los humanos de este planeta. Una tarea faraónica que se vuelve aún más colosal sabiendo que este recurso no está repartido de forma equitativa por el país, dejando un norte seco y un sur húmedo, donde se aglutina el 80% del agua del país.

Pekín, en teoría, es un oasis de agua porque en la práctica se sitúa al norte del país. Irónicamente es en esa misma región donde se aglutina el 45% del PIB del país por lo que China no puede permitirse el lujo de a ese grupo de ciudades le falte un recurso tan importante como lo es el agua.

Canal central del trasvase, que desvía el agua desde Danjiangkou hasta Pekín | Foto: Eaumega

Por ese mismo motivo, el gigante rojo puso en marcha un proyecto colosal con la finalidad de crear un trasvase que desviase para mediados de este siglo 4,5 kilómetros cúbicos de agua a través de tres canales, convirtiéndose así en la mayor obra hídrica jamás construida.

De esas tres vías, el canal central es el más importante al tener la misión de desviar el agua de los ríos del sur, como el Yangtsé – el río más largo del país, hasta el norte, que empezó a recibir agua por esta vía desde el 2008. No obstante, sus obras se han casi completado recientemente, otorgando así un suministro anual de 1km3.

Para muchos, este se ha considerado como el primer paso hacia la recuperación. Los primeros estudios señalan que las reservas de agua subterránea han empezado a recuperarse y que podrán llegar a unos niveles estables aproximadamente a partir de principios de la década del 2030, siempre y cuando se logre mantener un trasvase de un km3 anual. Además, todo el excedente de agua está sirviendo para llenar de nuevo las reservas de agua superficiales.

Sin embargo, la consolidación de este logro requiere que el país avance en materia de gestión de agua para no repetir los errores del pasado, empezado por reducir la demanda del recurso estabilizando su población en 20 millones y estableciendo normativas para industria.

“Incluso recibiendo un flujo constante de 1km3 anual, Pekín puede seguir presentando déficit de disponibilidad debido a la alta demanda de los sectores doméstico e industrial y por el contexto del cambio climático que estamos viviendo”, señala un informe de la plataforma Eaumega.

El agua regenerada se utiliza también en jardinería

En parte, China lleva trabajando desde el principio de siglo en la reutilización del agua como medida para reducir la presión en sus reservas. En este sentido, las políticas que vieron la luz en el 2003 permitieron a la ciudad a la ciudad aglutinar 50 plantas de tratamiento de aguas residuales de tamaño medio y grande para el año 2014, sin contar con aquellas que muchos edificios debían tener por ley.

Entre todas ellas totalizaron 1,39 kilómetros cúbicos de agua tratada en el 2014, permitiendo utilizar directamente casi el 0,9 km3 de ellas. Sin embargo, para el Eaumega, las capacidades de esta estrategia son aun limitadas -aunque han ido mejorando progresivamente- ya que todavía no se consiguen los suficientes estándares de calidad como para que el agua pueda ser devuelta a los ríos y manantiales de forma segura, poniendo en peligro las poblaciones que no se encentran en la órbita de las ciudades.

Asimismo, el Plan de Uso Sostenible de los Recursos Hídricos para la Capital inició un camino marcado por la subida progresiva de las tarifas del agua para ajustarla a las necedades de los proyectos -sobre todo aquellos de agua regenerada- y aumentar la eficiencia del consumo. De hecho, gracias a las pequeñas subidas, se ha podido impulsar de manera notoria la producción de aguas regeneradas, cada vez más populares en actividades agrarias e industriales.

Con todo esto, la luz al final del túnel parece estar cada vez más cerca, tan solo nublada por los desafíos que este gigante con pies de barro debe sortear para convertirse en el coloso de agua que un día fue y que aspira alcanzar en un futuro.



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