La gestión del agua en el mundo, casos de estudio: Dublín

La gestión del agua en el mundo, casos de estudio: Dublín

El economista y experto en la gestión del ciclo urbano del agua Lorenzo Dávila inicia una serie de artículos en los que examina la gestión del servicio en algunas de las principales ciudades del mundo. Este primer artículo repasa el fracaso del sistema público de Dublín, donde la falta de inversión en mantenimiento lleva a fugas constantes y, en ocasiones, a que el gestor avise a los ciudadanos de que deben hervir el agua porque no tiene calidad de boca necesaria para consumir directamente del grifo

Lorenzo Dávila Director General de OSUR y profesor de Economía en la Universidad Carlos III


Irlanda es uno de los países de Europa que mayores precipitaciones en forma de lluvia recoge a lo largo del año con más de 1.100 mm de precipitaciones al año, tal y como señala el Banco Mundial. Sin embargo, Dublín es el paradigma de que, a pesar de tener precipitaciones a lo largo del año suficientes para abastecer a una ciudad de más de medio millón de habitantes y un área metropolitana superior a 1.800.000, es necesario contar con una infraestructura de distribución y saneamiento de aguas en buen estado para garantizar la calidad y la distribución del agua.

Los problemas que han surgido en los últimos tiempos en Dublín y en Irlanda en general no son fruto de la casualidad. Una primera causa de lo que ocurre en la capital irlandesa es el estado de las tuberías que distribuyen el agua. La mayoría de estas tuberías, que conforman una red de distribución de más de 58.000 kilómetros, tiene una media de edad de entre 60 y 80 años.

Incluso podemos encontrar tuberías, como las victorianas principales de Dublín y otras áreas urbanas, que aumentan su antigüedad hasta los 150 años, tal y como manifestó Irish Water. Este organismo de carácter público que se encarga de la gestión del agua irlandesa, ha intentado, sin éxito, modernizar la red de distribución de Dublín, puesto que no ha acometido las reformas necesarias para resolver las incidencias que ha venido sufriendo Dublín a lo largo de los últimos años. Una peculiaridad del sistema de Dublín es que los usuarios no abonan ningún tipo de tarifa por el suministro de agua, habiendo fracasado en el empeño de mantener ese régimen.

“Dublín es el paradigma de que, a pesar de tener precipitaciones a lo largo del año suficientes, es necesario contar con una infraestructura de distribución y saneamiento de aguas en buen estado”

Esto ha traído consigo que, ya en 2015, se localizaran en Irlanda alrededor de 30.000 fugas, lo que suponía una pérdida diaria de unos 46 millones de litros de agua potable, equivalentes a 18 piscinas olímpicas. En 2017, esta cifra habría aumentado hasta los 77 millones de litros, teniendo en cuenta las palabras del director de Irish Water, Jerry Grant, encontrándose con gran dificultad para solventar las fugas de las unidades domésticas.

Un ciclista repone agua en una moderna fuente instalada en Dublín. | Foto: RG Wallace

En 2015, Irish Water admitió que llevaría 25 años arreglar todas las fugas de las tuberías, debiendo también los ciudadanos reparar o sustituir las tuberías de sus propios hogares, por lo que todavía queda lejos una solución definitiva al problema de las fugas.  Otro problema que han sufrido los dublineses ha sido la falta de calidad del agua por la presencia de elementos peligrosos para el consumo humano, siendo necesarias las denominadas Boil Notices, instrucciones del distribuidor del agua en el que se indica al ciudadano que es necesario hervir el agua previamente a su consumo, debido a la baja calidad de la misma. Pero esta situación, ¿por qué se dio? De nuevo, la falta de inversión en infraestructuras es la causa principal de los males que azotan al agua dublinés.

Pero la situación límite se vivió con la tormenta de nieve Emma de 2018. La tormenta provocó numerosas roturas de tuberías, producto de las bajas temperaturas, que trajeron consigo multitud de fugas a lo largo y ancho del país, lo que provocó un aumento de la demanda de agua, por lo que fue necesario cortar totalmente (en unos casos) o parcialmente (en la mayoría de los casos) el suministro.

Las restricciones de agua, afectaban el 6 de marzo de 2018 (unos días después de la tormenta) a 1,2 millones de personas (un 25% de la población) de diversas zonas de Irlanda, como Dublín, Cork, Kerry o Wexford.

En algunos casos, también fue necesario emitir Boild Water Notices para garantizar la calidad del agua consumida por los usuarios del sistema. Por entonces, existía un desfase de unos 60 millones de litros de sobredemanda. Varios días después del comienzo de los problemas (el 11 de marzo) con el suministro de agua, las restricciones totales seguían vigentes para 2.450 hogares, mientras que las restricciones parciales afectaban todavía a más de 30.000.

Esta situación caótica es consecuencia, como ya hemos señalado, de la falta de inversión que no realizó el ente público Irish Water. Resulta bastante chocante que, en un país con un alto nivel de precipitaciones y con un alto índice de desarrollo, no se cuente con las infraestructuras necesarias para asegurar una correcta distribución del agua.

“Irlanda, ante el fracaso que ha supuesto la gestión pública de su agua, debe reflexionar sobre su futuro modelo”

Es evidente que el organismo público no ha hecho una gestión correcta de sus activos, es más, podemos asegurar que incluso ha sido el principal culpable de esta situación. Es muy probable que otros modelos de gestión hubieran sido capaces de manejar muchísimo mejor la problemática situación que tiene Irlanda en general y Dublín en particular, no siendo ni si quiera excusa que el agua en el país tenga un carácter gratuito (siendo este uno de sus mayores problemas, dando lugar a situaciones dantescas como el que muchos ciudadanos dejan abierto el grifo todo el día en invierno para que no se congelen las cañerías).

Irlanda, ante el fracaso que ha supuesto la gestión pública de su agua, debe reflexionar sobre su futuro modelo: continuar con uno totalmente público como el actual o bien plantearse cambios, que pueden pasar por la participación del sector privado, que no necesariamente tiene que ser mediante una privatización total del servicio, pero sí que permita elementos de aporte de valor. Lo que resulta evidente es que se necesita actuar, ya que otra tormenta, seguro, volverá.



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