La odisea hídrica de los refugiados - EL ÁGORA DIARIO

La odisea hídrica de los refugiados

La odisea hídrica de los refugiados

En el mundo hay más de 26 millones de personas desplazadas que viven en campos de refugiados donde el acceso al agua y el saneamiento está, a menudo, muy por debajo de los estándares básicos, una lacra que la ONU pide combatir con más financiación


El Ágora
Madrid | 18 junio, 2021


La vida en Za’atari no es fácil. Este campo de refugiados en el norte de Jordania acoge a más de 85.000 sirios que se han visto obligados a huir de la guerra que asola su país, un flujo de desplazados que ha convertido lo que en principio era un puñado de tiendas en una ciudad semipermanente que compite en población con las urbes jordanas. Sin apenas trabajo y en ocasiones sin familia en la que apoyarse, los habitantes de Za’atari malviven a la espera de que sus solicitudes de acogida atraviesen el fango burocrático y les permitan soñar con un futuro mejor en otro lugar. Un futuro en el que necesidades básicas como el acceso al agua potable y el saneamiento seguro no sean lujos sino derechos.

Y es que no hay ni ríos, ni lagos ni arroyos cerca de Za’atari debido a su situación geográfica, en pleno desierto. Por lo tanto, para satisfacer las necesidades hídricas de decenas de miles de refugiados, el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) ha tenido que desarrollar una gran operación de infraestructura. Decenas de camiones cisterna surten cada día de agua el campamento y, desde su apertura en 2012, se han cavado tres pozos internos que proporcionan hasta 3.800 metros cúbicos de agua al día. Además, ACNUR ha construido varios centenares de puntos de lavado e incluso una pequeña planta de tratamiento de aguas residuales que permite tratar más de la mitad del agua que pasa por el campo.

“Al principio, toda el agua se transportaba en camiones, pero desde el principio tomamos la decisión de perforar pozos. Es un gran desafío técnico porque tuvimos que bajar 500 metros”, explica Amin Bhai, oficial de WASH del ACNUR en Za’atari, que detalla una tribuna el enorme reto que supone proporcionar un agua y un saneamiento adecuados a una población de miles de refugiados.

“Hay mucho en qué pensar: cómo llevar agua de los pozos a los baños y baños en el campamento, cómo mantenerlo limpio y cómo sacar los desechos de manera segura”, asegura. Y es que, cuando en algún lugar hay tanta gente como en Za’atari, el saneamiento es crucial no solo a un nivel de derechos humanos, sino que sirve para evitar que las enfermedades transmitidas por el agua conviertan el campamento en un auténtico problema. Como ejemplo, los brotes de cólera que están asolando a los más vulnerables en los campos de refugiados de Yemen, donde según los cálculos de la ONU hay ya más de 4 millones de personas desplazadas.

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Reparto de agua en el campo de refugiados de Za’atari, Jordania. | UNHCR/W.Page

“Incluso hoy, varios años después, todavía existen nuevos desafíos todos los días”, continúa Bhai. “Continuamente estamos tratando de mejorar el sistema para que todos aquí puedan tener agua para beber y lavarse sin demasiados problemas. Pronto cavaremos otro pozo y eso significará que todos tendrán acceso a un grifo a unos pocos metros de su casa”. Sin embargo, los progresos de Za’atari no habría sido posibles sin los esfuerzos de Naciones Unidas y la participación de miles de personas y empresas, que a través de su colaboración desinteresada o de aportaciones monetarias, hacen posible el trabajo de ACNUR, como reconoce la propia organización en su página web: más de un 10% de sus recursos tienen fuentes privadas.

De hecho, entre los más destacados colaboradores de ACNUR está la Fundación Bill y Melinda Gates, que tal y como destaca la organización ha participado en la causa de los refugiados desde 2006, brindando apoyo de respuesta de emergencia a varias crisis de refugiados y apoyando programas clave que aprovechan las fortalezas de ambos socios. En concreto, la fundación está comprometida con la provisión de ayuda de emergencia y tecnologías y enfoques innovadores sobre todo en materia de agua, saneamiento y salud para los refugiados, tres áreas interconectadas que como hemos visto son prioritarias para mejorar las condiciones de estas personas especialmente vulnerables.

Innovar para superar la pandemia

Si en los países desarrollados la pandemia de coronavirus y el constante lavado de manos nos han recordado la importancia de tener un servicio de agua integral y seguro, en el mal llamado Tercer Mundo ha servido para reforzar las desigualdades ya existentes de acceso al líquido elemento. El problema ha sido especialmente grave en los campos de refugiados, donde lavarse las manos con frecuencia y mantener la distancia social era misión imposible. En el campo de Moria, en Lesbos, donde la mayoría de los desplazados son también de origen sirio, Médicos Sin Fronteras denunciaba que, en el punto álgido de la pandemia, en algunas zonas del superpoblado campamento había solo una ducha por cada 240 personas y un retrete por cada 170, mientras que, en otras, donde viven unas 5.000 personas, no había ni tan siquiera estos mínimos. Una situación de falta crónica de saneamiento que se repite, según la propia ACNUR, con al menos un 30% de la población de los campos de todo el mundo.

La colaboración internacional, la innovación y la ayuda al desarrollo son, actualmente las tres soluciones prioritarias que reclama ACNUR para poder mejorar la vida de los refugiados, sobre todo en un contexto internacional muy complicado en el que los índices de acogida de muchos países están por los suelos. Por eso, con motivo del Día Internacional del Refugiado, que se celebra este domingo 20 de junio, la organización ha lanzado una campaña de concienciación con el lema “Juntos nos cuidamos, aprendemos y brillamos”. En España y en todo el mundo, la noche del 19 al 20 de junio, edificios y monumentos en decenas de ciudades se teñirán de azul para conmemorar la efeméride.

Campo de refugiados de Zaa’tari, en Jordania. | UNCHR/Sebastian Rich

Ese color azul debería también servir para recordarnos que, sin nuestra ayuda, el futuro hídrico de los refugiados será complicado. Especialmente para mujeres y niños, ya que la falta de suministros de agua fiable aumenta los niveles de pobreza al costarles un tiempo esencial que podrían emplear para educarse o ganar dinero. Sin embargo, una financiación adecuada y la colaboración entre diferentes actores puede transformar completamente el panorama, como demuestra el caso del campo de refugiados de Tongogara, en Zimbabue o el de Githiri, en Uganda.

En el primer caso, en 2016, ACNUR logró gracias a la colaboración con empresas locales introducir un sistema de agua entubada en elcampo que reemplazara la bomba manual, una infraestructura que ayudó a mejorar la calidad y cantidad del agua. El proyecto mejoraría aún más el año pasado, cuando la financiación del Banco de Desarrollo Africano condujo a la instalación de nuevos pozos de perforación de alta capacidad y un sistema de agua que funciona con energía solar y puede suministrar agua entubada a las 10 secciones del campamento.

En cuanto a Uganda, en 2017, con más de medio millón de refugiados sudaneses llegando a la región noroeste del país, la única forma en que el ACNUR podía entregarles agua era utilizando una flota de 630 camiones para suministrar agua a un coste prohibitivo. Para reducirlo, ingenieros de la organización encontraron una forma innovadora de monitorear las entregas de camiones cisterna con ayuda de la inteligencia artificial que reducía las pérdidas al mínimo y aseguraba que cada refugiado recibiese su parte justa. El proyecto se usa ya en otros cinco campos de ACNUR y en 2020 recibió un prestigioso premio de la Comisión Europea.

Un futuro sombrío

Aunque la situación hídrica actual no es nada halagüeña para las millones de personas que viven en campos de refugiados, los ingentes esfuerzos de ACNUR están logrando mejorar la situación de muchos. Sin embargo, todo este trabajo puede quedar en nada con el avance del cambio climático, que según los cálculos de diferentes organizaciones internacionales podría agravar drásticamente la situación de muchos países y causar desplazamientos masivos de lo que se califica como refugiados climáticos.

Solo el año pasado, el aumento de fenómenos meteorológicos extremos como las tormentas, las inundaciones, los incendios forestales y las sequías expulsaron a más de 30 millones de personas de sus hogares, según un informe publicado en mayo por el Centro de Monitoreo de Desplazamientos Internos (IDMC). Una consecuencia del cambio climático que además empeorará según vayan aumentando las temperaturas aunque, por el momento, la mayoría de los desplazamientos forzosos se está produciendo dentro de los países y no de manera internacional.

Por eso, los investigadores de las migraciones climáticas han pedido repetidas veces a los gobiernos que reduzcan sus emisiones de gases de efecto invernadero rápidamente, se adapten al clima cambiante y continúen apoyando a las comunidades desplazadas una vez que haya pasado el peligro inmediato. “Las cosas están empeorando a medida que el cambio climático agrava factores existentes como la pobreza, los conflictos y la inestabilidad política”, explica a Reuters Helen Brunt, coordinadora de migración y desplazamiento de Asia Pacífico de Cruz Roja. “El impacto agravado hace que la recuperación sea más larga y difícil: las personas apenas tienen tiempo para recuperarse y se ven afectadas por otro desastre”, lamenta.

Niños refugiados en Juba, Sudán del Sur, reciben la ración diaria de agua.

Eso sí, ante esta difícil perspectiva de futuro, las organizaciones internacionales y Gobiernos, con la colaboración de sociedad civil, academia y empresas, no deben olvidar mejorar las condiciones actuales de los refugiados, una cuestión que pasa en gran medida por el agua. Figuras clave como el Relator para el derecho humano al agua y el saneamiento deberían coordinarse con el Relator sobre los derechos humanos de los migrantes para explorar soluciones que creen un verdadero cambio y eviten situaciones como la vivida en Moria durante la pandemia, en vez de perderse en debates estériles y contrarios a la perspectiva de Naciones Unidas. Porque, como han demostrado en la República Democrática del Congo o en Uganda, con innovación y alianzas todo es posible, incluso el suministro de agua a los sitios más recónditos y vulnerables. Pero para ello es necesario trabajar todos juntos.

De hecho, según un informe elaborado por la Corporación de Financiación Internacional, una institución dependiente del Banco Mundial, solo en 2018 había más 170 iniciativas de ayuda al refugiado en el que el rol de líder lo ejerce del sector privado conduciendo. La mayoría las operaciones son además en países de ingresos bajos y medios, concentrados en África y Oriente Medio. Sin embargo, según sus proyecciones, el número de proyectos “podría explotar y crecer más de un 60% anual con los habilitadores adecuados”, como un financiamiento más flexible, mejores alianzas intersectoriales y una información más accesible.



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