El agua es sinónimo de vida, y la civilización que nació en la Antigua Roma hizo de esta certeza el imparable motor de un nuevo y revolucionario empuje para el progreso de la humanidad. Desde el pragmatismo como bandera, los romanos dominaron los recursos hídricos de manera global y transversal, incluyendo el agua por primera vez en la historia en la vida doméstica como último eslabón del ciclo acuático.
Curiosamente, las tribus primigenias romanas eligieron un asentamiento alejado del mar. Según los clásicos, el tránsito continuado de las rutas comerciales era un peligro constante para cualquier ciudad situada en la costa de la península itálica. Originariamente a estos pueblos latinos les bastaba con su dominio del pastoreo y la agricultura, aunque su situación estratégica les permitió estar lo suficientemente cerca de los recursos hídricos para su explotación. Utilizaron el legado y la experiencia de poblaciones cercanas para construir las primeras embarcaciones con las que iniciar su conquista del mare Nostrum. Aquellas embarcaciones, imitación de las cartaginesas, incluían una novedad, el corvus, un puente levadizo que permitía con más facilidad el abordaje de barcos rivales. Fue la primera demostración de ingenio y destreza para la ingeniería.
Siglos después, Roma era la capital del pueblo más evolucionado del mediterráneo. La región del Lacio respiraba progreso gracias a las impresionantes arterias a modo de acueductos que desembocaban en la esplendorosa capital del Imperio. Sin duda, la obra maestra más evidente de la civilización latina fueron los acueductos, que mostraba el impresionante poderío que había alcanzado la ingeniería hidráulica romana.
Roma llegó a tener once acueductos que distribuían el agua a la ciudad en un recorrido total de 507 kilómetros. Así, fue conocida como la ciudad del agua por el protagonismo de ésta para su funcionamiento y evolución. Fueron muestras de dominio y poder, desafiando a la propia naturaleza, y por ello, símbolo de grandeza ante el resto de pueblos. La memoria colectiva nos lleva irremediablemente a visualizar las arquerías monumentales del acueducto de Segovia u obras similares por todo el vasto imperio.


Pero hay mucho más, las construcciones subterráneas suponían más de un ochenta por ciento del total del recorrido del agua. Obras de una complejidad asombrosa y de un control de las técnicas hidráulicas revolucionario. Los acueductos, denominados Aqua, comenzaban su recorrido con la captación del agua en manantiales para asegurar su buen estado. La mentalidad práctica de la civilización romana llevó a normalizar todo el sistema del suministro hídrico para garantizar su calidad. Era de obligado cumplimiento al proyectar un nuevo acueducto que el agua debía fluir constantemente, a una velocidad suave, con poca exposición a la luz y, siempre que fuera posible, en canales subterráneos. Por ello, el gran desafío de la ingeniería fue el soterramiento de la mayoría del itinerario.
La captación podía ser en altura aprovechando el desnivel del terreno, o de pozos subterráneos, para lo que utilizaron la influencia de los qanats egipcios técnicamente mejorados. A partir de ahí, comenzaban las monstruosas obras de los canales, casi siempre subterráneos, que evitaban la contaminación del agua y los posibles ataques enemigos para robar el agua. El estudio topográfico era crucial para llevar el agua siempre utilizando la gravedad. Para salvar ocasionalmente los valles se construían puentes con pendientes pronunciadas para elevar el agua con una técnica nueva, los sifones. A este esquema principal, los proyectos se completaban con una multitud de sistemas de seguridad que garantizaban el buen discurrir del agua y su distribución a las ciudades. Aliviaderos para disminuir el flujo, resaltos para regular el caudal y oxigenar el recurso, o decantadores para limpiar y filtrar las impurezas. Un complejo sistema que fue perfeccionándose a través de los años magistralmente, siendo el vehículo crucial del progreso romano.
Entre el acueducto Aqua Appia, el primero de todos, y Aqua Alexandrina, el último, pasaron más de cinco siglos. La perseverancia y confianza en las estrategias hidráulicas queda demostrada, y los resultados de la evolución del pueblo romano son innegables. Se calcula que en el siglo III d.c. Roma llegó a recibir un millón y medio de metros cúbicos al día de agua potable.
Revolución pública y doméstica
La sociedad romana asistió al avance más importante de la humanidad con respecto al agua. Amén de superar con creces los usos elementales para el riego de los cultivos, y los puntos de suministro comunales de sospechosa calidad, la civilización romana dio un salto de gigante a un desarrollo integral de los recursos hídricos en todas las direcciones posibles, y quizá, en la más importante hasta ahora no desarrollada. El sofisticado abastecimiento que se creó para Roma proporcionaba, en su máximo esplendor, a cada romano 370 litros para su consumo diariamente.
La exigencia por la calidad regularizó infinitas medidas para el correcto abastecimiento en todos los órdenes de las civitas. Un organismo público gestionaba todos los suministros con sus respectivas reglamentaciones. Una estimación del siglo I d.c. aseguraba más de un cincuenta por ciento del agua para uso público. Antropológicamente es un dato crucial para determinar la consumación del uso particular del agua. Se han contabilizado 900 baños públicos y más de 1.200 fuentes en la capital del imperio.


Una vez que el agua terminaba su complejo recorrido por los acueductos no era menos sofisticado su entrada y distribución a las ciudades. El final del camino desembocaba en la piscina limaria, un enorme depósito donde filtrar de impurezas el agua. De ahí pasaba a uno de los grandes inventos romanos, el castellum aquae, un redistribuidor de agua desde donde salían todas las tuberías que llevaban en agua a la ciudad. Este edificio permitía gestionar y economizar el consumo, pudiéndose cortar el suministro de determinadas zonas. En épocas de sequía se priorizaba el flujo para las fuentes públicas, donde los ciudadanos recogían el agua para su consumo.
Las tuberías, normalmente de cerámica, se dirigían a todos los rincones de la ciudad en una red de suministros asombrosa. La quinaria fue la unidad de medida que idearon para determinar el diámetro de la tubería, y así controlar el reparto. Incluso, se ideó un sistema para evitar el fraude llamado calix, un artilugio con una decoración difícil de falsificar sellando la tubería a la pared,


La industria del agua creció tanto que de ella surgieron nuevos oficios necesarios para su mantenimiento. Además, de los conocidos arquitectos y topógrafos que ponían en marcha los proyectos, aparecieron profesiones específicas de revisión de los canales. Los aquarii quizás fueran los más destacados. Fontaneros, tal y como en la actualidad, que se encargaban de reparar las averías de la red hidrológica.
Una vez distribuida el agua con normalidad había que resolver el problema de la evacuación de la misma tras su uso. La cloaca máxima fue la solución revolucionaria que los romanos idearon para el saneamiento de las ciudades. Una red de alcantarillado que recogía el agua residual en unos canales que derivaban en galerías subterráneas, Este sistema permitió instalar aseos públicos por toda la ciudad. Las letrinas estaban comunicadas con las alcantarillas que recogían los residuos directamente. La limpieza e higiene de las ciudades era básico para los romanos, hasta tal punto que reservaron un espacio para una diosa de las cloacas, la Venus Cloacina.
Otros usos del agua en Roma
Asentado el sistema hidrológico y garantizado el abastecimiento con normalidad, los usos del agua derivaron en muy diversas utilidades. El ocio relacionado con el agua se convirtió en un éxito para la ciudadanía, y en un nuevo negocio para la ciudad. Las termas fueron los centros sociales más admirados por los romanos. Allí se relajaban y cuidaban con baños termales a diferentes temperaturas, investigando en los beneficios saludables del agua. Las termas tenían un coste asequible, por lo que prácticamente todos los ciudadanos podían acudir. Un centro social donde los patricios cerraban los grandes negocios que enriquecían a Roma.
La ingeniería hidrológica con la curia romana como respaldo absoluto exprimieron al máximo los recursos del agua, ideando nuevas actividades y disciplinas. Las fullonicaes fueron las primeras lavanderías de la historia con el objetivo de emprender un negocio que cubriera una necesidad existente. Las telas se lavaban en una gran pila con un sucedáneo de jabón hecho con arcilla y orina. Se estiraba y se planchaba antes de su entrega. Un trabajo muy profesional, que incluso ofrecían servicio de blanqueamiento utilizando el humo de quemar azufre.


También utilizaron de manera excepcional la fuerza motora del agua para la extracción de minerales. Las Médulas en Hispania es el mayor ejemplo: la explotación más grande de todo el Imperio de búsqueda de oro.
En definitiva, son infinitas las consecuencias de la evolución del abastecimiento en las ciudades romanas. La creación de nuevas actividades, nuevas profesiones y una revolución para la ciudadanía. La civilización romana asumió la higiene global y el saneamiento de las ciudades como parte fundamental del progreso. Salvo algunas modificaciones obvias, el perfecto sistema de gestión y distribución del agua romana es el que seguimos aplicando hoy en día.
