365 días que vivimos peligrosamente - EL ÁGORA DIARIO

365 días que vivimos peligrosamente

365 días que vivimos peligrosamente

El 5 de junio de 2020 se celebra el Día Mundial del Medio Ambiente. No hay mejor efeméride para celebrar el primer cumpleaños de El Ágora, el diario del agua


El Ágora
Madrid | 5 junio, 2020


Ilustración: Marta Carrión

Hasta hace un año conocíamos el agua en estado sólido, líquido y gaseoso; y a partir de aquel momento y durante los siguientes 365 días también en digital. Y por sus reflejos en toda la vida del planeta.

Doce meses cruciales para el planeta, doce meses que nos han permitido informar cada día de cómo un acontecimiento tras otro nos llevaba a constatar que el cambio de paradigma que marcará el siglo XXI se ha materializado en 2020, convirtiéndolo, sin lugar a duda, en el año que vivimos peligrosamente.

Cuando nació El Ágora ya era una evidencia científica que La Tierra estaba siendo explotada por encima de sus posibilidades.

Los informes del Panel de Expertos de Naciones Unidas advertían pocos meses antes de la necesidad de adoptar cambios drásticos a nivel planetario para salvar, no solamente a La Tierra sino a todos los seres vivos que en ella habitan, porque comenzaba la sexta extinción masiva y porque el cambio climático aceleraba su impacto sobre todos los ecosistemas, también, sobre los que albergan al ser humano.

Este mensaje que hasta ese momento se debatía en las Cumbres de Alto Nivel político de Naciones Unidas y que no pasaba de la agenda teórica mundial, caló por fin en la sociedad y generó el espíritu que impulsó el nacimiento de El Ágora como medio de comunicación ambiental con los Objetivos de Desarrollo Sostenible en nuestro cuore y el agua como la sangre de nuestras venas.

Fue el espíritu de esa Generación Z, encarnada en la figura de la activista sueca Greta Thumberg la que nos convenció de que no había Planeta B y de que los líderes mundiales tienen la oportunidad y la obligación de adoptar las acciones pertinentes que reviertan la situación de sobreexplotación e insostenibilidad para dar paso a un nuevo paradigma en el que todos los aspectos de nuestra vida cambien lo suficiente para hacerla compatible con la de la madre Tierra.

Y para ello no basta la protesta y exigencia a nuestros responsables políticos, sino que también necesita nuestro compromiso y responsabilidad personal.

Lo cierto es que la humanidad no está en la senda para cumplir las metas fijadas para 2030 y 2050 en los distintos acuerdos internacionales sobre cambio climático, desarrollo sostenible y protección ambiental.

La ciencia nos brinda las medidas a adoptar y que ya estaban recogidas en tratados internacionales como el Acuerdo de París o los llamados Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), con el objetivo de frenar la pérdida de biodiversidad y la contaminación del aire, mejorar la gestión del agua y de los recursos, mitigar el cambio climático y adaptarse a él, usar los recursos con eficiencia…

Según Naciones Unidas, el problema del cambio climático, el gran reto de la humanidad para este siglo, es que altera los patrones meteorológicos, lo que a su vez produce un efecto amplio y profundo sobre el medio ambiente, la economía y la sociedad, que pone en peligro los medios de subsistencia, la salud, el agua, la seguridad alimentaria y energética de las poblaciones. Y esto, a su vez, “agudiza la pobreza, la migración, el desplazamiento forzado y el conflicto”.

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Abastecimiento de agua en una localidad africana.

Desde 1880 la temperatura media de la superficie mundial ha aumentado entre 0,8 y 1,2 grados Celsius aproximadamente.

En el último decenio se han producido ocho de los 10 años más cálidos de los que se tiene constancia. Los expertos del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), en línea con lo que ya señaló el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), advierten: “De persistir las emisiones de gases de efecto invernadero, la temperatura media mundial seguirá aumentando al ritmo actual y superará entre 2030 y 2052 la meta del Acuerdo de París“, es decir, se superará los 1,5 grados de incremento medio.

Para cumplir los acuerdos de París es necesario que las emisiones de gases de efecto invernadero se reduzcan entre un 40% y un 70% entre 2010 y 2050. Para 2070 deberían ser cero.

La contaminación del aire es el principal factor ambiental que contribuye a la carga mundial de morbilidad, ocasiona entre seis y siete millones de muertes prematuras al año, además de pérdidas anuales en materia de bienestar estimadas en cinco  billones de dólares (4,4 billones de euros).

Tigre de Bengala, en los humedales de los Sundarbans, en Bangladés. | Foto: Oficina de Turismo de Bangladés

La biodiversidad se enfrenta a una lucha desigual en la que domina la transformación del suelo, la pérdida y degradación de hábitats, prácticas agrícolas insostenibles, propagación de especies invasoras, contaminación y sobreexplotación.

En la actualidad, se considera que el 42% de los invertebrados terrestres, el 34% de los de agua dulce y el 25% de los marinos se encuentran en riesgo de extinción.

A los vertebrados terrestres no les va mucho mejor: entre 1970 y 2014 la abundancia de sus poblaciones mundiales se redujo en un promedio del 60%.

La diversidad genética, imprescindible para mantener tanto la vida salvaje como la variedad de granos y razas de animales, apunta a la baja y amenaza la seguridad alimentaria, dado que este escenario afecta “de manera desproporcionada” a las personas más pobres, las mujeres y los niños. “Los medios de subsistencia del 70% de las personas que viven en situación de pobreza dependen directamente de los recursos naturales”, señala la ONU.

Déficit hídrico

Una de cada cuatro personas habita en países en los que se vive al límite de sus recursos hídricos, con un consumo por encima del 80% de la disponibilidad de agua. Algunas regiones españolas también están cerca de lo que ahora se conoce como “Día Cero”, el día en que los grifos se secan y que ya ha amenazado a ciudades de 17 países desde Ciudad del Cabo hasta São Paolo o Chennai, o la propia Dublín, porque el agua además de existir tiene que estar “tecnológicamente disponible”.

Según el último informe del Instituto de Recursos Mundiales (WRI, por sus siglas en inglés) en 17 estados, donde reside ese 25% de la población del planeta, la agricultura de regadío, la industria y las ciudades consumen el 80% o más del agua dulce superficial y subterránea disponible cada año de media, una situación de extremo estrés hídrico. Literalmente insostenible.

Cuando la demanda compite por la oferta, incluso los pequeños fenómenos de sequía, que aumentarán debido al cambio climático, pueden producir graves consecuencias en las personas, los medios de vida y las empresas de todo el mundo, afirma el informe del WRI.

Esta era la radiografía del planeta cuando en junio de 2019 nació El Ágora, dispuesto a informarles de cada uno de los pasos a dar en los cambios que se advertían más que necesarios y que de manera trasversal habrán de afectar a todas las generaciones y a todos los ámbitos de la actividad: un auténtico cambio de cultura vital.

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Un logotipo de la COP25 en el recinto de Ifema que acogió la cumbre del clima celebrada en Madrid. | Foto: Hansley

La oportunidad llegaba en noviembre. Chile programaba con enorme expectación la Conferencia de las Partes de Naciones Unidas para el Cambio Climático, la COP 25 donde todos los países habían de concretar sus medidas para hacer frente a los objetivos marcados en el acuerdo de París.

Treinta años de evidencias científicas y el grito de las nuevas generaciones que encarnó la joven Greta ante todos los líderes en la cumbre preparatoria de la ONU en septiembre 2019, con un discurso histórico que sonrojó a toda la comunidad internacional, a toda menos al presidente de los Estados Unidos, Donald Trump que, coherente con su carácter y su posición negacionista, se mofó de la activista, de su mensaje y del cambio climático.

Ella confiaba, como casi todos, en esa COP25 de Chile. Sin embargo, el destino quiso que la violencia en las calles del país obligara a buscar un nuevo emplazamiento para la COP25, que finalmente Madrid organizó de forma ejemplar en un tiempo récord de apenas un mes.

Sin duda un gesto del azar quiso que Europa, que se ha erigido en adalid de la lucha contra el cambio climático, con un Ejecutivo renovado y una apuesta clara, con su Green Deal o Pacto Verde Europeo, para liderar los avances hacia los objetivos marcados en el Acuerdo de París, debilitado tras el abandono de Estados Unidos de esta lucha.

La cumbre de la ONU, en la que participaron primeros ministros y grandes expertos en la lucha contra el cambio climático, apenas tuvo eco en comparación con el periplo de la joven sueca, que logró su propósito a bordo de un catamarán: tres semanas de la costa de Virginia (Estados Unidos) a Lisboa. Una vez más marketing vacío frente al trabajo serio y los hechos.

Fridays for future España
Un joven manifestante durante las movilizaciones por el clima en Madrid.

En la gran manifestación en Madrid por el clima celebrada esos días se constató que la lucha contra el cambio climático había conquistado la calle. El futuro dirá si también el compromiso de la sociedad. En cualquier caso no terminó de avanzar posiciones a nivel político, que más allá del postureo se dio una tregua de un año para cerrar en Glasgow las acciones reales que cada país adoptará para frenar las emisiones en 2030.

No supimos leer los síntomas

Quizá piensen que el relato de estos primeros meses en El Ágora ya era en sí lo suficientemente peligroso, pero la naturaleza, exhausta de gritar su desacuerdo, dio un golpe encima de la mesa que nos hizo parar en seco, pero hasta ese momento la vida siguió como de costumbre.

En un contexto de agitación política y económica global, con los analistas anunciando una recesión económica, apenas 11 años después de la Gran Recesión de 2008, hablar de cambios verdes que primen el respeto por el medio ambiente frente a la rentabilidad de la economía generó fricciones comerciales entre bloques.

Estados Unidos y China y Rusia enfrentados, por un lado, la Unión Europea y Estados Unidos por otro, inestabilidad social en Iberoamérica y un mensaje populista cada vez más alejado del progreso y de la sostenibilidad ambiental, económica y social.

La explotación sin límite en la Amazonía, el pulmón verde del planeta provocó en el otoño de 2019 incendios devastadores, de los llamados de sexta generación que también arrasaron Australia con daños inenarrables en la flora y la fauna; el norte de Europa con temperaturas récord jamás alcanzadas también se exponía a incendios que hasta ese momento sólo sufrían los países del sur, especialmente Portugal, y que este año también arrasaron uno de los bosques más ricos del archipiélago canario, Tamadaba. Un gravísimo incendio inextinguible que consumió un bosque de pino autóctono de la isla de Gran Canaria que aún hoy trata de recuperarse.

fuego, incendios, canarias
Casco de Tejeda, en Gran Canaria, cercado por las llamas. | Foto: Ayuntamiento de Tejeda

La Antártida vivió su segundo verano más cálido desde el 2005, con una temperatura media de 3.5°C y una anomalía de 1.3°C respecto al promedio de los últimos 15 años.

En España al igual que Europa y el resto del mundo las temperaturas de récord llevaron a la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET) a declarar el 2019 como el sexto más cálido desde el comienzo de la serie en 1965, con temperaturas máximas diarias que se situaron en promedio +1,2 ºC por encima del valor normal.

Los océanos en 2019 han registrado las mayores temperaturas jamás vistas, con 0,75 grados Celsius por encima del promedio de 1981-2010.

Los polos se derriten dos veces más rápido de lo pronosticado y es posible que en 2050 no haya hielo en el Ártico durante el verano.

Europa también se seca y en 2019 registró los menores niveles de humedad en su suelo y una gran sequía. Como al otro lado del océano donde Chile sufre la peor sequía de su historia.

Con este cuadro clínico llegamos a 2020

Con este cuadro clínico llegamos a 2020, con un nuevo gobierno europeo y un ejecutivo en España que se renovaba con el firme compromiso de apostar por la Transición Ecológica, la energía renovable, la movilidad sostenible, la descarbonización, la mitigación y la adaptación al cambio climático, la digitalización al servicio de esta lucha, la economía circular, la mejora de la gobernanza y la gestión de los recursos hídricos…..

Muchos planes teóricos y ambiciosos, que empiezan a tener iniciativas legislativas, pero que de partida no han contado con el debido respaldo presupuestario para convertir las listas de deseos en una realidad mejor para todos.

Así, pese a la intención de dar cumplimiento a la Directiva Marco del Agua España no ha sido capaz de cubrir las necesarias inversiones para garantizar el saneamiento obligatorio en todos los núcleos poblacionales y sigue pagando una cuantiosa multa a Bruselas cada semestre.

Ello a pesar de contar con los recursos técnicos, económicos y humanos para hacerlo a través de la colaboración público-privada.

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El municipio de Torre Pacheco, junto al Mar Menor, inundado tras el paso de la DANA por Murcia en septiembre de 2019. | Foto: Efe

Y en estos últimos 12 meses hemos podido comprobar cómo efectivamente España es uno de los países europeos más expuestos al impacto del cambio climático.

Si hasta ahora cada cinco años sufríamos un fenómeno meteorológico extremo como los medicanes o las DANAS (conocidas antes como gota fría) han sido cinco los episodios vividos en apenas ocho meses, con inundaciones inéditas en la cuenca del Segura y el resto de la vertiente mediterránea que han puesto a prueba la resistencia de las infraestructuras y la resiliencia de las ciudades.

Y han evidenciado que una prioridad para las ciudades españolas debe ser la apuesta por la resiliencia y la mitigación, así infraestructuras como el Parque Inundable de la Marjal, tanques de tormentas y anticontaminación, nuevos drenajes urbanos, la digitalización de las redes y su gestión, y un enfoque a partir del estudio del riesgo que pone sobre la mesa la necesidad de poner el conocimiento y la tecnología al servicio de la previsión y las alertas tempranas, porque si algo hemos aprendido es que detrás de estas catástrofes naturales hacer bien las cosas salva vidas.

También para el agua hace falta presupuesto: conocimos el Pacto Nacional del Agua alcanzado en Francia para adaptar la gestión del ciclo integral del agua al cambio climático. Un plan que, tras ser debatido por todos los agentes sectoriales y sociopolíticos implicados en la gestión de los recursos hídricos galos, se centra en 23 medidas concretas de adaptación con una partida presupuestaria de 5.100 millones de euros.

Para España las necesidades de inversión total anual para renovación de redes e infraestructuras del ciclo urbano del agua en España se sitúan entre los 2.221 y los 3.858 millones de euros anuales; una cantidad a la que habría que sumar la renovación de infraestructuras de agua en alta y la obra nueva.

Esto implica que se está generando un déficit de entre un 70% y un 80% sobre las necesidades calculadas en los estudios de inversión infraestructural realizados por AEAS.

El agua: maestra de ceremonias

Y mientras todo esto pasaba, el agua, ese elemento vital sin el que todo es nada, ha protagonizado cada uno de los momentos de la vida y ha formado parte de cada uno de los acontecimientos que les contábamos.

En forma de sequía, de inundación o de anomalía oceánica, como secundaria y protagonista indiscutible para lograr una correcta higiene y erradicar definitivamente al coronavirus.

No han sido pocos los avances de este año en materia hidráulica, desde la apuesta comunitaria por mantener y reforzar la Directiva Marco del Agua, el compromiso español por mejorar el saneamiento, ese mismo saneamiento que nos da la oportunidad de que nuestras aguas residuales sean parte del sistema de alerta temprana sanitaria, por su capacidad, como Gran Hermano’ de las alcantarillas de detectar la presencia de patógenos emergentes o tipificar la evolución del consumo de estupefacientes.

Mucha tecnología acuática y digital de la mano de los centros de investigación y las empresas, que han logrado cerrar el círculo de la economía del agua, haciendo de las depuradoras auténticas biofactorías o minas urbanas donde se aprovecha todo. Empezando por el agua.

Y gran ejemplo el del sector del ciclo urbano del agua, comprometido durante la peor pandemia de los últimos 100 años, garantizando siempre el acceso a ese derecho universal (y esa necesidad ineludible) que es el agua potable y el saneamiento, a salvo del coronavirus, con sistemas de presencia continua (confinamiento) en las instalaciones esenciales para seguridad de todos.

Porque cuando apenas estábamos planificando el último año de la segunda década del siglo XXI la naturaleza, harta de que no sepamos reaccionar a su sintomatología, congeló la actividad humana con un virus letal procedente de China que en pocos meses ha mantenido confinada a dos tercios de la población global ha provocado más de seis millones de personas infectadas y 373.000 muertes en todo el mundo. Y no ha acabado.

Un parón económico sin precedentes en la historia de la humanidad que nos obliga a reinventarnos y a replantearnos todo cuanto les hemos venido contando.

Llega el nuevo coronavirus

Ni los peores presagios para el futuro de la humanidad en la Tierra que vocearon durante años los científicos consiguieron que el hombre diese un drástico frenazo a su actividad, tomara conciencia de su vulnerabilidad y mirase al futuro con ojos más humildes.

En apenas tres meses una pandemia procedente de China de un virus desconocido y astuto llamado SARS-CoV-2 , causante de una tremenda enfermedad, la COVID-19 ha cambiado todas las prioridades, o al menos las formas de lograr las metas.

La crisis sanitaria global ha aparcado durante meses la agenda climática y en algunos casos relegado los objetivos ambientales en aras a una reconstrucción económica rápida, olvidando que esta pandemia, probablemente, según afirma la comunidad científica sea un síntoma más de esa enfermedad que nuestra actividad provoca en la Tierra. Y es que la pérdida de biodiversidad es un factor determinante en la aparición de nuevos patógenos emergentes que amenazan la propia supervivencia de la especie.

Una lección de humildad que supondrá un antes y un después, porque en los dos meses de confinamiento obligatorio de la especie humana el planeta se ha tomado un respiro, la naturaleza se ha abierto paso y la biodiversidad ha retornado a espacios colonizados por el hombre.

Ahora que empezamos nuestro segundo año, esperamos que la información esté protagonizada por la manera de reconstruir la actividad hacia una forma de vida más respetuosa con el entorno, más comprometida con el uso sostenible de los recursos, convencidos, por fin, de que el cambio climático es el que marca el ritmo y de que la economía debe encontrar su cauce a través del conocimiento y la tecnología, para alcanzar un futuro sostenible ambiental, social y económicamente, y para seguir avanzando, sin dejar a nadie atrás, sobre la idea de la cooperación que ha traído a nuestra especie hasta aquí, y de las alianzas entre todos que preconiza el ODS 17, para lograr sobrevivir en armonía con el planeta y desarrollar una civilización de desarrollo humano y dignidad.

Tenemos que dejar de vivir tan peligrosamente, porque el futuro es verde o no será, no seremos, y esa es la lección que deberíamos haber aprendido este año.



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