La biodiversidad, el escudo necesario para evitar futuros COVID-19

La biodiversidad, el escudo necesario para evitar futuros COVID-19

La pérdida de la biodiversidad aumenta la probabilidad de que se generen epidemias como el coronavirus. Los virus más facilidad para saltar entre especies y hasta al ser humano si el ecosistema está alterado y hay menos mecanismos biológicos de autocontrol


En la pequeña aldea de Meliandou, en Guinea, vivió en el año 2013 un niño risueño de dos años llamado Emile Ouamouno. Con toda la vida por delante, la única preocupación que rondaba su cabeza en ese momento era pasárselo bien con su hermana Philomène, hasta que un cierto día su sonrisa característica desapareció por completo.

Eso ocurrió el dos de diciembre de ese año. Aquel día, el niño comenzó a sufrir fiebre y a secretar heces de color negro y vómitos. A los cuatro días falleció, pero no él solo, ya que arrastró a la muerte a su hermana y a su madre, que padecieron los mismos síntomas que Emile.

En aquel instante no se supo, pero con total probabilidad aquel niño encendió la llama del peor brote de Ébola de nuestra reciente historia, que se llevó por delante a unas 11.300 personas entre el 2014 y el 2016, según la Organización Mundial de la Salud. Se desconoce cómo pudo infectarse el niño, pero todo apunta a que entró en contacto con un animal contaminado que utilizó posiblemente como fuente de alimento.

Aquel suceso ocurrió hace casi seis años y, a pesar de haber puesto en jaque al mundo, parece que tanto el virus como todo lo que aprendimos con él quedó en el olvido. La prueba fehaciente de ello queda reflejada en la actual crisis del coronavirus, donde solo hay que fijarse en su origen para comprender que hemos vuelto a caer en la misma cadena de errores que con el Ébola.

No obstante, cabe destacar que, cuando nos referimos al origen, no solo nos remitimos al comercio y consumo de animales exóticos o de dudosa calidad, sino al problema de fondo. En concreto, la raíz se encuentra en las importantes alteraciones que las personas hemos realizado en la biodiversidad y en el entorno y que, entre otras cosas, han favorecido el traspaso de patógenos nocivos hacia las personas. Tan solo hay que fijarse en la enorme cantidad de nuevos virus que han aparecido en los últimos años.

Menos biodiversidad, más patógenos

Según un estudio publicado en la revista Nature, más del 70% de las infecciones ocurridas en las últimas cuatro décadas han sido zoonosis, es decir, enfermedades propias de los animales que se han sido transmitidas a humanos.

En teoría, ese procedimiento incluye un único huésped y un único agente infeccioso, sin embargo, en muchas ocasiones se da el caso de que existen varias especies de animales que portan un mismo virus potencialmente peligroso para los humanos.

Por tanto, según los expertos del Institut de recherche pour le développement (IRD), se podría pensar que la biodiversidad representa una amenaza, ya que, al albergar numerosos patógenos peligrosos en sus innumerables especies, podría aumentar el riesgo de aparición de nuevas enfermedades en los humanos.

La ONU quiere lograr la protección del 30% de la biodiversidad en 2030

Rana, Costa Rica

De hecho, si todas las especies tuvieran el mismo efecto en la transmisión de los agentes infecciosos, “podría esperarse que una reducción de la biodiversidad conllevara, de forma similar, un descenso en la transmisión de los agentes patógenos”. No obstante, la realidad es totalmente distinta.

“El hecho de que exista un ecosistema más complejo, con más especies intermediarias entre los patógenos y nosotros, es más beneficioso para los humanos debido a dos mecanismos que posee la naturaleza para conseguirlo”, explica Fernando Valladares, profesor de investigación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), a El Ágora.

El primero de esos efectos se conoce como amortiguamiento. Según el experto español, este ocurre cuando el virus llega a huéspedes intermedios con una diversidad genética muy marcada que les permite adaptarse y volverse resistentes al virus.

“Nosotros podemos luchar contra los virus, ya sea por adaptación o mediante fármacos. Pero si esa carrera la hacen otros seres vivos, resulta un beneficio paran nosotros ya que podremos ganar tiempo para hacer frente al virus o, directamente no contagiarnos con él”, declara Fernando Valladares.

“Si la diversidad genética se reduce porque las poblaciones disminuyen, la probabilidad de que aparezcan resistencias es menor, aumentando así nuestra exposición a los patógenos”, añade.

El otro gran mecanismo de la naturaleza reside en el llamado efecto de dilución. Este se da cuando el virus alcanza un huésped intermedio inadecuado que no permite al patógeno alcanzar unas concentraciones óptimas como lo haría en un huésped adecuado. Esto provoca que su presencia en el medio y, por tanto, las probabilidades de que siga contagiando o expandiendo disminuyan en enorme medida.

“Por ejemplo, en una comunidad más diversa, el gusano parasitario responsable de la esquistosomiasis tiene más posibilidades de alojarse en un huésped intermedio inadecuado, lo que puede reducir la probabilidad de transmisión futura a un humano de un 25 % a un 99 %”, comentan los científicos del IRD.

El caso de España

El coronavirus y el Ébola se gestaron en unas regiones muy alejadas de la nuestra, pudiendo sugerir que nuestro país está exento de poder ser una posible cuna de enfermedades potencialmente peligrosas para el ser humano. Sin embargo, en España existen ciertos animales capaces de producir una posible pandemia.

Para Fernando Valladares, el peligro reside en los mosquitos y en las garrapatas, que están proliferando por el aumento de las temperaturas. Estos insectos pueden transmitir enfermedades tan peligrosas como el zika o la fiebre hemorrágica de Crimea-Congo, sin embargo, casi no se han dado casos importantes en nuestro país.

Una de las razones por la cual aún no hemos padecido masivamente esas enfermedades se encuentra en que España cuenta con una rica biodiversidad que controla la población de esos dos vectores. Sin embargo, dada la tendencia que estamos sufriendo, es posible que en un futuro no podamos contar con esta protección.

Siempre queda algún riesgo

A pesar de los beneficios que representa la naturaleza a la hora de frenar las enfermedades, nunca podremos estar a salvo del todo. Los expertos del IDR comentan que las poblaciones humanas pueden encontrarse en contacto con un animal portador de un virus capaz de contaminarlas directamente, lo que puede poner en marcha un ciclo de infecciones.

No obstante, que estemos expuestos permanentemente a correr un riesgo no elimina la oportunidad de poder evitarlo en la medida de lo posible. En este aspecto, Fernando Valladares destaca el papel de la ecología, la parte de la ciencia que estudia las relaciones de los seres vivos entre sí y con el medio en el que viven, como la mejor herramienta que tenemos para conocer la naturaleza.

Gracias a ella, se podrían comprender perfectamente las interacciones entre el reservorio natural, el agente patógeno y el huésped o los huéspedes intermedios y, por lo tanto, sacar el máximo partido de los dos mecanismos naturales que posee el ambiente para detener a las enfermedades.

El problema es que se trata de una ciencia de resultados lentos, dada la complejidad del medio que deben estudiar. La prueba de ello reside en el coronavirus, que, tras varios meses en escena, aún se desconoce, ya no solo quien nos lo ha transmitido, sino los diversos eslabones animales de la cadena de transmisión.

Una apuesta que se tambalea

De acuerdo con la revisión anual de enfermedades prioritarias de la OMS, en la actualidad existen siete enfermedades potencialmente dañinas para el ser humano, como la fiebre hemorrágica de Crimea-Congo o la enfermedad del Ébola.

Lo llamativo de esa lista es que hay una octava enfermedad, denominada como enfermedad X, la cual representa “el conocimiento de que una epidemia internacional grave podría ser causada por un patógeno actualmente desconocido”, según la OMS.

La existencia de una enfermedad X pone de manifiesto que incluso los principales organismos de la salud son conscientes del riesgo actual que existe por ser contagiados por un ente desconocido y la urgencia por intentar evitarlo a toda costa. Sin embargo, aquí es donde está el problema.

Las recomendaciones dadas por los expertos para evitar esa hipotética enfermedad pasan, sobre todo, por evitar el contagio una vez que haya surgido y no por la prevención. Solo se menciona en unas líneas la necesidad de investigar sobre rutas de transmisión y la medición de posibles impactos de los problemas ambientales, pero es necesario.

Este enfoque en el que se prioriza la cura y no la prevención es, para Fernando Valladares, “un auténtico fracaso”.

“Planear extinguir, por ejemplo, un incendio forestal es un fracaso, porque en lo que deberíamos trabajar es en evitar que se produzca ese incendio. Con las enfermedades pasa lo mismo”, aclara el experto español.

En un entorno de enormes cambios como el que constituye la crisis climática, esta afirmación de Valladares cobra aún más sentido debido a que no solo están apareciendo con más frecuencia nuevos virus, sino que otros se están desplazando a latitudes más templadas.

La velocidad de la transformación acabará por sobrepasar los esfuerzos de la medicina, que llegará tarde. Al final, siempre habrá víctimas antes de que la medicina pueda solventar el problema, poniendo de manifiesto un necesario cambio en la visión con la que afrontamos estos problemas.

Es el momento dejar de simplificar los ecosistemas y apostar por el impulso de unos más diversos que podamos conocer a fondo gracias a la apartada ecología. Hoy es el coronavirus, pero al año que viene podrá ser la enfermedad X. Obviamente ahora hay que atajar el problema sanitario. Sin embargo, cabe recordar que una mascarilla no va a ser siempre la solución de nuestros problemas. La biodiversidad, en cambio, probablemente lo sea.



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