El "bosque esponja" amenazado de Gran Canaria - EL ÁGORA DIARIO

El “bosque esponja” amenazado de Gran Canaria

El “bosque esponja” amenazado de Gran Canaria

El reciente incendio forestal en Gran Canaria ha supuesto una catástrofe ambiental sin precedentes en la isla que ha impactado directamente en la rica biodiversidad de la superficie afectada. El fuego ha arrasado el 32% del Parque Natural de Tamadaba y ha puesto en grave peligro especies únicas en el mundo


César-Javier Palacios | Especial para El Ágora
Madrid | 14 septiembre, 2019


En una sociedad hidráulica como la de Canarias, donde la supervivencia de los seres humanos siempre estuvo ligada a la gestión inteligente del agua y ésta a la de los bosques, el reciente incendio forestal en Gran Canaria supone una catástrofe ambiental por cuanto afecta directamente al mantenimiento de tan vital recurso. Porque allí el bosque funciona como una auténtica esponja, capaz de ordeñar las nubes que traen desde el norte de Europa los vientos alisios en lo que se denomina lluvia horizontal.

Cerca de una tercera parte del agua que reciben las montañas canarias son captadas directamente por los árboles gracias a la condensación. Son ellos los que atrapan esa humedad volátil, la concentran en sus ramas y desde ellas la dejan caer al suelo para empapar sus raíces. El bosque funciona como una especie de esponja donde a cada árbol le acaba correspondiendo una nube que es saboreada con paciencia por sus ramas. Los acuíferos renovados con tan peculiar lluvia invisible se convierten así en la fuente de la vida isleña. El fuego, además de calcinar el monte canario, seca y empobrece manantiales.

Si conociéramos la singularidad de estos bosques, y supiéramos apreciarla en su justo valor, entenderíamos mejor lo que se pierde en Canarias con los grandes incendios forestales. Porque las habituales informaciones con cifras de hectáreas quemadas y medios de extinción nunca nos servirán para explicar lo que realmente está allí en peligro.

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El viaje que Darwin nunca hizo

En un territorio insular frágil y aislado donde a lo largo de los últimos 23 millones de años la vida ha evolucionado de manera muy diferente a como lo hace en los continentes, el incendio de casi 10.000 hectáreas forestales registrado en Gran Canaria el pasado mes de agosto pone en peligro especies únicas en el mundo, algunas con una distribución mínima cercana a la extinción. También hace tambalearse a un extraordinario laboratorio natural sobre la evolución biológica. Un paraíso natural que, de no ser por una infortunada alerta sanitaria, podría haber hecho innecesario el extraordinario viaje de Charles Darwin a bordo del Beagle. Porque mucho de lo que el científico inglés descubrió en las islas Galápagos lo podría haber estudiado en las islas Canarias. Incluida la espectacular radiación evolutiva, a golpe de mutaciones y suerte, de sus extrañas plantas, insectos, reptiles y sí, también pinzones.

En el archipiélago canario hay un total de 17.893 especies y 999 subespecies, más de 4.000 endémicas. En las Galápagos hay identificadas 3.429 especies, muchas de ellas introducidas

Puede parecer una exageración, pero no lo es. Según la información obtenida en el Banco de Datos de Biodiversidad de Canarias, hasta el momento se conocen en el archipiélago un total de 17.893 especies y 999 subespecies, de las que más de 4.000 son exclusivas, una especie endémica por cada 2 kilómetros cuadrados de superficie. En Galápagos hay identificadas 3.429 especies, muchas de ellas introducidas.

Influido por los escritos de Humboldt, Darwin estaba obsesionado por conocer el archipiélago canario. Así lo reconoce en el diario de su viaje: “En la actualidad, hablo, pienso y sueño con ir a las Islas Canarias; ya estoy aprendiendo español y estoy seguro de que nadie nos impedirá ver el árbol del Gran Dragón”. Se lo impidieron las autoridades españolas, como explicará a renglón seguido. “El 6 de enero [de 1832] llegamos a Tenerife, pero se nos prohibió desembarcar por temor a que lleváramos el cólera; a la mañana siguiente vimos salir el Sol tras el escarpado perfil de la isla de Gran Canaria e iluminar súbitamente el pico de Tenerife, en tanto las regiones más bajas aparecían veladas en nubes aborregadas”.

Mar de nubes sobre Tamadaba, en la isla de Gran Canaria.

Lo que describe el famoso naturalista es el conocido como “mar de nubes”, una acumulación horizontal de estratocúmulos en las laderas orientadas al norte causada por los vientos alisios cargados de humedad que detienen las montañas pero, sobre todo, los bosques canarios. Bosques de niebla que protagonizan un milagro natural único: crear un agradable clima subtropical frente a uno de los desiertos más duros del planeta, el Sahara.

Reducto de biodiversidad

Esa climatología tan excepcional, unida al aislamiento de un territorio volcánico a más de cien kilómetros de distancia de un continente africano al que nunca estuvo conectado, explica la singularidad del territorio insular. Espacio fragmentado en islas que, a su vez, se han comportado como aislados continentes en miniatura donde la vida ha ido evolucionando de forma diferente, exclusiva, a lo largo de millones de años. Paralelamente, algunos macizos montañosos especialmente abruptos, o rodeados de terrenos muy bajos, se convierten en aisladas islas dentro de las ya de por sí incomunicadas islas.

En Canarias se localizan unos bosques únicos, como los húmedos de la laurisilva canaria, reductos fósiles (pero vivos) de los que cubrían Europa en la época de los dinosaurios. También se refugian aquí los pinares del endémico pino canario. Y el casi desconocido y muy raro bosque termófilo, tan mediterráneo que se compone de acebuches, sabinas, almácigos, y muy canario, pues es el ecosistema propio de dragos y palmeras.

Superficie quemada en el Parque Natural de Tamadaba.

Por todo ello, los incendios de este verano en Gran Canaria son calificados por los expertos en biodiversidad como “una calamidad”. Así lo valora el doctor en biología José Luis Martín Esquivel, coordinador de Conservación en el Parque Nacional del Teide y un gran especialista en cambio climático en Canarias. En su opinión, harán falta como mínimo diez años para que el monte pueda recuperarse de tal embate. Quizás 20 años, aventura algo más pesimista Águedo Marrero, investigador y responsable del Departamento de Sistemática Vegetal del Jardín Botánico Canario Viera y Clavijo, pues el sotobosque del pinar canario, advierte, es un ecosistema natural muy complejo.

Más allá de playas y hoteles, la riqueza natural de esa isla es extraordinaria pero también extremadamente frágil. Algunas especies extremadamente raras están acantonadas en reducidos refugios donde un solo fuego puede suponer la extinción de taxones endémicos únicos en el mundo. Y no es una exageración.

Comparando con la biodiversidad de un país europeo cualquiera, la riqueza de Gran Canaria resulta sorprendente. Cuenta con 4.823 especies terrestres nativas de las que 1.320 son endemismos canarios y 694 endemismos insulares, algunos recluidos en espacios diminutos. Como recoge la publicación oficial “Especies silvestres de las islas Canarias”, 88 endemismos grancanarios tienen una distribución mundial inferior a los 2,5 kilómetros cuadrados. En la isla hay identificadas ocho celdas de 500 metros de lado, nunca mejor empleado ese nombre, consideradas por los científicos como “irreemplazables”, pues albergan hasta 9 especies extremadamente raras cuyo rango de distribución planetaria se circunscribe a una sola de dichas celdas.

Tamadaba, el pulmón verde de Gran Canaria

Los incendios de Gran Canaria han estado a punto de ser una auténtica hecatombe. Han ardido más de 10.000 hectáreas de bosque, especialmente el valioso pino canario. Pero podía haber sido peor, pues el fuego estuvo a punto de entrar en Inagua, Tasarte, Tasartico y Llanos de la Pez, lo que habría mucho más catastrófico. Habría devastado la isla. Desgraciadamente, las llamas sí que entraron en el Parque Natural de Tamadaba, en el extremo noroeste de Gran Canaria, donde se llevaron por delante el 32% de las más de 7.500 hectáreas del Parque Natural.

Allí crece uno de los pinares naturales mejor conservados de la isla. Es un macizo aislado donde el bosque húmedo tapiza barrancos imposibles, con verticales laderas como los riscos de Guayedra y Andén Verde. También es una isla de biodiversidad.

Muestra de la flora en el Parque Natural de Tamadaba.

Entre las 214 especies de flora inventariadas en este paisaje volcánico hay identificados 122 endemismos: 22 taxones que sólo habitan en la Macaronesia, 63 especies únicas de Canarias, 33 que sólo pueden hallarse en la isla de Gran Canaria … ¡y cuatro únicas en el mundo, que sólo prosperan en Tamadaba! Son el tomillo de Tamadaba (Micromeria pineolens), la magarza de Lid (Argyranthemum lidii), los apenas 50 ejemplares que quedan, o quedaban, de magarza de Guayedra (Gonospermum oshanahanii) y la conocida como hija de Don Enrique (Sventenia bupleuroides), única tanto en su género como en especie.

En cuanto al impacto en la avifauna de Gran Canaria, solo en la zona afectada por el fuego de este verano habitan unas 50 especies diferentes de aves vinculadas a distintos ecosistemas. Muchas de ellas son especies o subespecies endémicas tanto a nivel insular como canario o macaronésico. Como el gavilán canario (Accipiter nisus granti), el pico picapinos grancanario (Dendrocopos major thanneri), el herrerillo de Gran Canaria (Cyanistes teneriffae hedwigae) o los pinzones comunes de Gran Canaria (Fringilla coelebs bakeri).

Yarci Acosta, delegado de SEO/BirdLife en Canarias, considera que “más que por el impacto directo del fuego, del que las aves suelen escapar, deberíamos preocuparnos por el impacto indirecto producido por la pérdida de hábitats, lugares de nidificación y recursos tróficos (alimentos), así como un previsible aumento de la depredación por especies exóticas invasoras ante la pérdida de lugares de refugio y descanso”.

El fantasma azul

Una de las especies bandera que más preocupa es el pinzón azul de Gran Canaria (Fringilla polatzeki). Esta ave, un endemismo exclusivo de la isla, tiene las densidades más bajas entre los paseriformes de todo el paleártico occidental, una región amplísima que va desde los Urales en Rusia hasta el Sahara. A ello se une una reducida población de tan solo unos 280-300 ejemplares, que no parejas. Solo ocupa bosques de pino canario maduros donde abundan los piñones de los que principalmente se alimenta.

Pinzón azul (Fringilla polatzeki).

Afortunadamente, y como destaca SEO/BirdLife, su principal refugio se encuentra en la Reserva Integral de Inagua, espacio que no se ha visto afectado en esta ocasión por el fuego. Sí parece que se han visto dañados parte de los hábitats que ocupa en La Cumbre. Puesto que se está trabajando en la recuperación de sus efectivos poblacionales y en frenar la fragmentación de sus zonas de distribución para mejorar la conectividad de los pinares donde habita, estos incendios son una mala noticia.

Extinguido hace algunos años del pinar de Tamadaba, ese bosque constituía un enclave potencial para su recuperación. Pero el incendio de este verano ha dado al traste con esta posible ampliación de su reducida área de distribución, al menos en las próximas décadas.

Cambio climático y abandono rural

El cambio climático podría estar detrás de este tipo de incendios devastadores que, como señalan los expertos, cumplen la regla del 30: temperaturas superiores a los 30 grados, rachas de vientos del orden o superiores a 30 kilómetros por hora y una humedad relativa del aire inferior al 30%.

Así lo sospecha el experto canario José Luis Martín Esquivel, que trabaja en varios proyectos científicos de seguimiento en las islas y próximamente presentará una publicación donde se analizan los primeros impactos detectados. En su opinión, “la conexión de estos incendios con el cambio climático es todavía muy difícil de asegurar, pero sí detectamos un cambio en el régimen de los vientos”.

Como señala Martín Esquivel, estas condiciones de la regla del 30 antes eran muy raras en Canarias, pues en verano los vientos alisios son más fuertes y traen más nubes y humedad que en otros meses. Sin embargo, desde hace unos años las condiciones climáticas están cambiando. “Cada vez es más frecuente que la entrada de viento africano del Este bloquee la llegada de los vientos alisios más veces y durante más tiempo”, afirma. Paralelamente, estos fenómenos de olas de calor, antes limitados a unos pocos días del verano, se han ido intensificando y alargando en el calendario, de tal forma que el periodo de vigilancia de incendios ya no puede circunscribirse del 15 de julio al 15 de septiembre, como hasta ahora. Debería estar activo prácticamente todo el año.

También hay que tener en cuenta que los incendios forestales evolucionan al mismo ritmo que lo hace la sociedad y el territorio. El campo está cada vez más abandonado. Se ha convertido en poco más que una postal. Nos duele que el paisaje se haya quemado, sin ser conscientes de toda la riqueza natural, pero también económica (madera, pastos, resinas, pinocha, setas) que se pierde. El famoso “piroturismo” detectado en Gran Canaria días después de apagado el incendio es clara muestra de este cambio de paradigma.

¿Y cómo podemos evitarlo? En esto los ecologistas y conservacionistas son unánimes: usando la principal arma que tenemos, la del consumo. Habría que volver a apostar por lo rural, por la silvicultura, por la ganadería y la agricultura tradicional, de cercanía, que vuelva a dar utilidad al monte. Con gentes que vivan junto a él y de él, que lo cuiden, en lugar de usarlo tan solo para ir de barbacoas o construir en su entorno cientos de urbanizaciones donde se producen la mayor parte de los descuidos e imprudencias que acaban provocando trágicos incendios.

También, y como recomienda el biólogo José Luis Martín Esquivel, volviendo a plantar árboles masivamente como se hizo hacia 1970. “La principal medida de adaptación al cambio climático de Canarias es emprender una reforestación urgente”, recomienda el experto.

Por su parte, el investigador del Jardín Botánico Canario Viera y Clavijo Águedo Marrero hace hincapié en la importancia de mantener esos bosques naturales, alejados de las visiones antrópicas y muchas veces interesadas de quienes lanzan falsas noticias sobre que el fuego no es tan malo y que lo importante es tener el bosque limpio. “¿Desde cuándo se limpian los ecosistemas maduros?”, se pregunta Marrero. “Promover ecosistemas productivos que solo piensen en una especie es lo más sencillo, pero también lo más pobre en cuanto a biodiversidad. También se dice que los incendios vienen bien de vez en cuando porque limpian y renuevan el bosque. Son afirmaciones de una gran simplicidad basadas en la experiencia de los árboles frutales, que se podan cada año para que produzcan más fruta, pero en lo referente a bosques naturales está muy lejos de la realidad científica”.

El pino que vence al fuego y rebrota tras las llamas
Ramas y acículas de pino canario.

El pino canario (Pinus canariensis) es un superviviente del Terciario. Una de las pocas coníferas capaz de resistir el fuego y rebrotar de sus cenizas. En un par de años, muchos de los pinos ahora quemados volverán a reverdecer, aunque no todos. Los más jóvenes, o lo más viejos, es probable que no lo logren.

Esto le ocurrió al pino de Pilancones, el árbol más famoso de Gran Canaria. Tenía 550 años, una altura de 42 metros, aproximadamente 35.000 kilogramos de peso y se necesitaban cinco personas para poder abrazarlo por completo.

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