Las aves también tienen dialectos ... y modas musicales

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Por Antonio Sandoval Rey

Un estudio realizado en Canadá muestra que las poblaciones de aves varían su canto a lo largo del tiempo y que las innovaciones de un grupo se transmiten a otros como si se tratara de tendencias musicales. El ornitólogo Antonio Sandoval explica este caso y otros pasados para ofrecernos un fascinante artículo sobre la cultura canora de las aves

Es como estar en una enorme sala de conciertos. El arquitecto ha elegido para su bóveda una niebla opaca, estática, solemne. El escenógrafo, para la función de hoy, un seto oscuro, un pequeño prado y un carrizal tan inmóvil que parece una ilusión visual: es como si, al cambiar mi perspectiva, descubriese tras cada caña una pequeña tramoya de alambre.

Pasa un insecto de zumbido excesivo, igual que un timbre de aviso al público que aún queda en los pasillos: “¡Se acaba el descanso! ¡La función se reiniciará en unos segundos!” Así es: tras enfatizar su importancia con unos instantes de protocolario suspense, el tiempo se retira. Y deja paso a la música, esa otra dimensión. La intérprete es una curruca capirotada. Poco a poco, su voz va llenando el cosmos de algo que se parece mucho a las verdades más hermosas. Según la escucho, es como si me descifrara. ¿Qué dice de mí?

Ejemplar de ruiseñor europeo (‘Luscinia megarhynchos’). | Foto: Shutterstock

¿Qué dicen de cada uno de nosotros las voces de según qué pájaros y de según qué paisajes, cuando las escuchamos? ¿Cuáles, de entre todas ellas, nos definen de manera más nítida a cada uno, a cada una, a cada pueblo, a cada época?

Pienso, cómo no, en la alondra de Lorca (Y aunque no me quisieras / te querría por tu mirar sombrío, / como quiere la alondra al nuevo día, / sólo por el rocío) y en la que resultaba mucho más grata a Shelley que cualquier humana elocuencia. También en los ruiseñores de Keats, de Heine, del Marqués de Santillana, de QuevedoJohn Clare consideró a la curruca capirotada “El ruiseñor del norte”: a los paisajes británicos que describía en sus poemas no llegaba en primavera este otro pájaro. Donde yo vivo, en A Coruña, tampoco. Para oír no ya uno, sino varios ruiseñores a la vez, procuro viajar cada mes de mayo hasta el sur de Ourense. Mi lugar favorito es una ribera cerca de Verín. La mejor hora, de madrugada. Cuando esperábamos a nuestro hijo, mi mujer y yo acudimos allí a que también él los escuchara desde su vientre. ¿Sería así?

Este año no pudimos ir. En cambio, durante varias semanas nuestra ciudad sonó, mucho más que nunca, a melodías de aves. Apenas podíamos salir de casa, pero sí abrir las ventanas y escucharlas. Sólo entraban ellas, la brisa y el sonido de la fuente de nuestra plaza. Cada poco me llamaba un amigo, un familiar, un periodista: “¿Hay más pájaros ahora, o sólo me lo parece?”.

“Para oír no ya uno, sino varios ruiseñores a la vez, procuro viajar cada mes de mayo hasta el sur de Ourense. Mi lugar favorito es una ribera cerca de Verín”

En varios de los baúles de los colonos británicos que acudieron a establecerse en Nueva Zelanda en el siglo XIX iban, sin duda, los versos de Keats, Clare, Shelley y tantos otros. Era una manera más de no olvidar su origen. Su identidad. Otra fue liberar, en los nuevos jardines de aquella isla perdida en el sur del Pacífico (por entonces no existía en concepto de especie exótica invasora), algunas de las especies de aves típicas de las campiñas inglesas, galesas o escocesas, transportadas hasta allí en jaulas. Su música, al abrir las ventanas cada mañana, les hacían sentir más cerca de aquellas antípodas de las que habían partido en busca de fortuna. Una de ellas era la del escribano cerillo, un pequeño granívoro de colores amarillos y tostados.

Ejemplar de escribano cerillo (‘Emberiza_citrinella’) fotografiado en Nueva Zelanda. | Foto: Alan Vernon

Siglo y medio después, la ciencia hizo un llamativo descubrimiento. El análisis sonoro de las melodías de los descendientes de aquellos cerillos reveló que cantaban de forma algo diferente a sus poblaciones británicas actuales. Pero esto no era todo. Según los autores de este hallazgo, su distinto acento no era fruto de una evolución, sino de la fidelidad. Aquel canto era el original de los escribanos cerillos de una población hoy extinta en Reino Unido, donde esta especie ha sufrido un acusado declive: un dialecto que, perdido donde había brotado, se había conservado sin embargo en el otro extremo del mundo.

“Los pájaros tienen dialectos. E incluso tendencias. O si se prefiere, modas”

Sí, también los pájaros tienen dialectos. E incluso tendencias. O si se prefiere, modas. En otro estudio, este reciente, la cooperación de una larga lista de voluntarios pertrechados de grabadoras digitales ha hecho posible cartografiar cómo una variación en el final de sus melodías (concluir con dos notas en lugar de tres) se ha ido haciendo popular, de este a oeste, entre los chingolos gorgiblancos de Canadá. En cuanto al motivo, son aún todo especulaciones.

Esta curruca capirotada que escucho ahora, ¿habrá incorporado algún ritmo o melodía más actuales a su repertorio? ¿O será la suya una canción fiel a la tradición, desdeñosa de cualquier novedad?

Ejemplar de curruca capirotada (‘Sylvia atricapilla’). | Foto: SEO/BirdLife

Antes no me detenía tanto a escuchar a las aves más comunes. Me bastaba con identificarlas, apuntarlas en mi cuaderno y continuar en busca de otras. Ahora, cada vez más, me detengo como hoy a regalarme ratos así.

“Las cañas de carrizo han comenzado a bailar. La brisa que ahora las acaricia tararea en susurros, como en secreto, que la niebla se levantará en breve”

¿Cómo describe nuestra experiencia, la de cada uno de nosotros, y a lo largo de nuestra vida, la evolución de nuestra forma de escuchar? ¿Y la de los pueblos? Según el grado de honesta atención que prestamos a nuestros semejantes (concuerden o no sus opiniones con las nuestras), así somos. También según el interés que dediquemos a lo que canta y dice, cada día y cada noche, el resto de lo vivo. Su música, que acaso convierte este planeta en el más sinfónico de cuantos existen, es también la nuestra. Cada vez que un trozo de ella se pierde, con cada hectárea de selva o cada especie desaparecidas, es como si olvidásemos un poco más nuestros orígenes. Nuestra identidad.

Las cañas de carrizo han comenzado a bailar. La brisa que ahora las acaricia tararea en susurros, como en secreto, que la niebla se levantará en breve. La curruca capirotada calla. Espero. Pero no parece que, por el momento, vaya a cantar más. Así que echo a andar. Y, sin darme cuenta, también a silbar.



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