Líquenes, un gran ejemplo de colaboración en la naturaleza

Graphis scripta

Por Fernando Fueyo y Bernabé Moya

No hay mejor ejemplo de colaboración en la naturaleza y de éxito en el diseño adaptado al entorno que el de los líquenes. Formados por la fusión de un alga y un hongo, colonizan los ambientes más diversos y resisten las condiciones de temperatura o humedad más variadas empleando las capacidades de cada uno. El botánico Bernabé Moya explica la fascinante biología de estos tenaces organismos en un texto plagado de referencias literarias que ilustra el pintor de naturaleza Fernando Fueyo con un maravilloso trabajo

 

“…En la oscuridad translúcida

entre los árboles se movía

con paso francamente flotante

sobre un colchón de musgo de un pie de grueso.

 (…)

El resto del verano

Steller colecciona material botánico,

llena bolsitas con semillas secas,

describe, clasifica, dibuja,

se sienta en su tienda de campaña negra,

feliz por primera vez en su vida”

G. Sebald (1944 – 2001)

 

Aquel que tiene la suerte de aprender a leer el siempre inacabado libro de la naturaleza ha encontrado la forma de percibir algunas de las manifestaciones más delicadas, tenues y hermosas de la vida. Un mundo infinito de lenguajes, formas y tonos se abren a la mirada de aquellos que prestan atención a los sutiles tapices que llenan de vida las regiones más ignoradas y exigentes del planeta. Líquenes y musgos crecen lenta, muy lenta y delicadamente, tal y como lo hace una deslumbrante obra escultórica, un ilusionante proyecto personal o un buen libro. A primera vista pueden resultarnos insignificantes, nimios, pero no hay que dejarse engañar por las apariencias. Son exigentes y sienten debilidad por el agua prístina, el aire más puro y los cálidos rayos de sol. Nada mejor que una pintura o un bello poema para acercarse a conocerlos.

“Líquenes y musgos crecen lenta y delicadamente, como lo hace una obra escultórica, un proyecto personal o un buen libro”

A veces, llaman nuestra atención los líquenes que crecen sobre las rocas, sobre todo si tienen algún significado especial para nosotros. Pensemos en el campo de menhires de basalto de Zorats Kaer, en Armenia, datados con 7.500 años de antigüedad, llamados localmente  carahunges o las “piedras que hablan”; están dispuestos de forma tan estratégica en el paisaje que les permite emitir una variada gama de silbidos al circular el viento entre los diferentes agujeros tallados. En el monumento megalítico, tipo crómlech, de Stonehenge, con una antigüedad de más de 4.500 años, erigido con grandes bloques de rocas sedimentarias e ígneas. En las esculturas monolíticas o moáis, que levantó la etnia rapanui en la isla de Pascua, labrados en toba volcánica, y cuya datación histórica se sitúa entre 1.300 y 400 años atrás. O en las litoesculturas antropomórficas del período precolombino en América… No sabemos mucho de sus pobladores y menos aún de sus bosques, pero los líquenes están ahí recubriéndolas.

El poeta y ensayista alemán Hans Magnus Enzensberger les dedicó el poema Flechtenkunde:

…que hablen las piedras

sucede, se dice

¿pero los líquenes?…

Durante siglos se consideró a los líquenes como un tipo particular de plantas dentro del grupo de los musgos, y aunque estos últimos son algo más elevados en talla, los líquenes resultaron ser más modernos. El gran avance evolutivo consistió en asociar amigablemente dos especies muy alejadas: un alga y un hongo. Su presencia en la naturaleza puede parecernos intrascendente, pero la alianza ha resultado tan exitosa que, por sí sola, hace palidecer la creencia de quienes sostienen que el impulso principal que mueve la evolución es la lucha despiadada entre especies.

“El gran avance evolutivo consistió en asociar amigablemente dos especies muy alejadas: un alga y un hongo, para crear los líquenes”

Los líquenes han optado por una asociación beneficiosa recíproca. Y aunque el hongo participa con más sustancia en la feliz unión, es el alga, sea esta verde o azulada, la que aporta el milagro de la fotosíntesis. El caso es que acabaron formando un dueto perfecto, aunque al parecer habría que ir pensando en incorporar otras voces hasta ahora desconocidas, sean de levaduras o bacterias. Tiempo al tiempo. Lo cierto es que los delicados filamentos del hongo se esfuerzan en crear acogedores hogares para las algas: disponiendo cómodas estancias en las que resguardarse de los rayos más perniciosos del sol, tratando de retener el agua vital el máximo tiempo posible reduciendo la deshidratación, capturando la materia mineral disponible en el sustrato y en el aire, y también secretando sustancias con las que repeler a cuantos aspiran a devorarlos. La verdad última es que esas pocas especies de algas microscópicas que han decidido vivir en comunidad podrían hacerlo libremente, sin el hongo, pero no al revés, ya que necesitan imperiosamente los compuestos carbonatados que las algas les facilitan con placidez.

Los líquenes crecen muy lentamente –de una décima parte de un milímetro a un centímetro al año–, su actividad depende de que la disponibilidad de agua sea la suficiente para activar la fotosíntesis, provenga esta de la humedad edáfica o ambiental. El resto del tiempo es pervivir. El reto es elevado, hay que saber combinar las necesidades de luz que requiere el alga, a la vez que el hongo conserva el agua el tiempo suficiente para mantenerlos turgentes. No se sabe muy bien cómo, pero encontraron la solución, y desde entonces no han parado de graficar la Tierra.

“No se sabe muy bien cómo, pero los líquenes encontraron la solución y, desde entonces, no han parado de graficar la Tierra”

Se conocen miles de especies de líquenes en su empeño de revestir el mundo: unas viven en los desiertos de roca a gran altura, otras sobre las partes leñosas y las hojas de los árboles, algunas directamente sobre el suelo, y por supuesto también en los viejos vidrios y en los raíles abandonados. Pero, si necesitamos algo aún más espectacular que llame nuestra atención también crecen sobre los animales, sea en las conchas inmóviles de los moluscos marinos aferrados a los acantilados o sobre los huesos calcinados bajo el sol del desierto. Los hay que mientras son infantes necesitan crecer al abrigo de otros líquenes adultos, para una vez alcanzada la madurez volverse independientes. Otros no tienen problemas para fundirse con los vecinos. Y también están los que prefieren renunciar al centro del sustrato, al origen en el que dio comienzo su vida, y formar anillos perfectos.

Si hay una capacidad que asombra en los líquenes y musgos es la reviviscencia. En especial, la de los líquenes gelatinosos que pueden aumentar su peso hasta varios miles de veces cuando disponen de agua a voluntad. Auténticas esponjas. Las temperaturas extremas no les hacen retroceder; en el continente antártico aportan más alimento al ecosistema que ningún otro organismo. Y en el otro polo, los llamados “bosques árticos en miniatura” lo atestiguan. Lo saben bien los rebaños de renos y las manadas de caribús que andan combinando su lento pacer de líquenes y musgos, entre la tundra y la taiga, con la rumia de las hojas del sauce enano y las del abedul, las hierbas de las praderas y los ranúnculos de los glaciares.

El escritor alemán W.G. Sebald dio cabida a estas regiones, y a sus discretos pobladores, en la obra Del Natural, poema rudimentario. En ella narra el aciago viaje de exploración que inició en 1740, el botánico, zoólogo, médico y explorador alemán G. W. Steller. Quien formó parte de la segunda expedición rusa a Kamchatka, dirigida por el marino y explorador danés Vitus Jonassen Bering, con la misión de cartografiar la costa ártica de Siberia, buscar un paso hacia al Este que permitiera abrir rutas comerciales directas con América del Norte, y por supuesto estudiar la flora, la fauna y la etnografía de aquellos pueblos remotos.

En mitad del océano la expedición se disgrega, las naves se distancian, el mal tiempo y la espesa niebla ártica impiden que los barcos puedan verse… Finalmente, el buque en el que navega Steller toca tierra en la isla de Kayak, en Alaska, paran a recoger agua fresca:

Steller bajó a tierra. Diez horas

le había concedido Bering, en cuyo rostro

estaba escrito el espanto,

para una expedición científica

Las duras condiciones del viaje y el infortunio obligan a abortar la expedición, pero el retorno va a ser aún más duro si cabe. Tormentas y naufragios acosan a los desvalidos marinos hasta la extenuación. La isla de Bering se convierte en tabla de salvación para el botánico, y en frío sepulcro para el capitán. Tras construir un nuevo barco con los restos y maderos de su propio naufragio, y sobrevivir al gélido frío invernal, se lanzan de nuevo al océano tratando de alcanzar el continente. Al arribar a la costa de la península volcánica de Kamchatka, Steller parte a pie, junto a su amigo y compañero de aventuras, el cosaco Thoma Lepejin, al interior de aquellas tierras inexploradas. Allí pasarán dos años estudiando la tundra, las turberas y la fauna, y enseñando en una escuela de madera a los hijos de los koryaks… Finalmente Steller es llamado a retornar al otro extremo del mundo, pero no volverá a ver sus luces:

“Manuscritos al final de su vida,

escritos en una isla del Ártico

con una pluma de ganso que rasca y tinta biliosa,

listas de doscientas once plantas diferentes,

historias de cuervos blancos, raros cormoranes y vacas marinas…”

Y ahí siguen ellos. Exhibiendo sus cuerpos al sol e incrustándose tan firmemente entre las minúsculas fisuras de las rocas, que resulta imposible separarlos. Crean aréolas perfectas, discos completos y todo tipo de formas irregulares en infinidad de tamaños y tonos. En los versos luminosos de Enzensberger:

“…pulmones herrumbrosos y exangües,

naranja, azafrán, coral

persio, escarlata, orcina”

Asoman entre grietas mínimas, en ocasiones apenas esbozados, imprecisos, otras con los bordes engrosados. Se dirían delicados tapices con los que arropar la Tierra. También los hay foliosos y lobulados, que se asemejan tanto a las hojas de los grandes árboles que más parece que hubieran tomado la decisión de desprenderse de las ramas para iniciar una nueva vida en solitario. Los hay que crecen en el corazón del desierto, enrollándose y desenrollándose como viejos papiros. Pictogramas indescifrables. Y no faltan los alargados, cilíndricos y muy delgados, que a modo de finas cabelleras y luengas barbas cuelgan de las ramas de los árboles en los bosques antiguos, otorgándoles pureza, conocimiento y sabiduría.

Están en todo lugar en donde haya algo que poblar. La frugalidad es su estandarte. Únicamente empiezan a retirase donde el agua y el aire puro escasean… Y esta es la gran lección de estas humildes plantas sin flores: son extremadamente sensibles a los cambios ambientales y a la contaminación. Es decir, nos informan generosamente de la calidad del aire, del agua y del medio en el que nos encontramos. Así que cuando salgas a pasear, sea en la ciudad o en el campo, no dudes en ir a su encuentro con la mirada, unas veces son la sombra gris o parduzca en un muro, en otras la mancha multicolor delicadamente estampada en los troncos de los árboles… Graphis scripta.



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