Técnicas ancestrales aymara para cuidar la escasa agua de Chile

Técnicas ancestrales aymara para cuidar la escasa agua de Chile

Técnicas ancestrales aymara para cuidar la escasa agua de Chile

La sabiduría de la comunidad indígena del norte de Chile está permitiendo rescatar y compartir diversas formas ancestrales que tienen para cuidar la escasa agua que existe en la región. Mezclando el pasado y el presente el equipo de la Corporación Norte Grande desarrolla un trabajo cargado de emotividad y esperanzas


Gabriela Lucero | Especial para El Ágora
Santiago de Chile | 9 marzo, 2020


Hace aproximadamente 40 años, don Iduardo Esteban Mollo demoraba de dos a tres días su viaje en camión, desde la ciudad de Pozo Almonte a la comuna de Colchane, en el norte de Chile. Hasta ahí llegaba a comprar ganado, propiedad del matrimonio formado por doña Eulogia Quispe y don Gregorio Castro, cuya economía dependía de la venta de estos animales a Esteban y a otro comprador boliviano. Hoy, a más de 20 años de la muerte de don Iduardo, carnicero y dirigente social de Pozo Almonte, su nieto, Diego Aranibar Esteban, de 33 años e Ingeniero Civil Ambiental, recorre en poco más de dos horas y media la misma ruta que su abuelo, pero no buscando animales, sino trabajando junto a la comunidad aymara que vive en la región, de la cual él y su familia también forman parte, con el objetivo de rescatar y poner en valor los trabajo ancestrales que han venido haciendo en cuanto al cuidado, rescate y preservación del agua de bofedales -humedales en altura- del altiplano chileno.

Diego es parte del equipo de la Corporación Norte Grande, una organización de derecho privado fundada en la ciudad de Arica, desde donde encabeza el Proyecto Más Agua. Este ha permitido contribuir a dimensionar y valorar la multiplicidad de beneficios culturales, económicos y ambientales que desencadena la práctica ancestral de la gestión del agua en humedales de la Puna, cuyos impactos positivos se generan en el corto plazo y perduran en el tiempo.

En todo el sector de desarrollo del proyecto, correspondiente a las localidades que se ubican en las comunas de Pica y Colchane, la ganadería sigue siendo el eje principal de la economía, aunque con un impulso mucho menor al que se daba hasta hace algunas décadas. Esto se debe a la escasez de agua que ha traído consigo el cambio climático, pero también a la migración que ha sufrido la comunidad aymara, quienes han visto cómo sus hijos más jóvenes y en edad productiva parten hacia la ciudad, buscando una nueva vida, más cómoda y conectada al mundo moderno.

La escasez de agua, fundamental para alimentar al ganado, ha provocado una merma importante de animales, lo que ha llevado a la corporación a movilizarse y a colaborar con la comunidad, a fin de divulgar y apoyar el conocimiento que los sabios de la comunidad tienen, con respecto al cuidado de bofedales y obtención de agua, para el uso de todos.

La presencia semanal en terreno del equipo del Proyecto Más Agua “busca generar esta resiliencia ecosistémica, que es la capacidad, principalmente, de recuperarse y también de mantener las condiciones, para que conserven la disponibilidad de agua, incluso a compartir con las comunidades en otros temas, más de fomento productivo, siempre buscando optimizar el recurso hídrico, asociado a las técnicas tradicionales y ancestrales de las comunidades aymaras”, explica Diego Aranibar, coordinador del proyecto.

Las vegas y bofedales que existen en las regiones del norte de Chile corresponden a formaciones vegetales que se establecen en ambientes muy delicados y muy húmedos, que presentan una gran diversidad biológica y, al mismo tiempo, son zonas de forrajeo y abrevadero de valiosas especies amenazadas en su conservación. Son ecosistemas únicos, con una alta vulnerabilidad, donde el agua existente en los humedales altiplánicos hace posible el desarrollo de la biota andina en este desierto de altura.

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El coordinador del proyecto Más Agua, Diego Aranibar.

El valor de los conocimiento ancestrales

Desde el año 2013, el Proyecto Más Agua se viene desarrollando en las comunas de Pica y Colchane en la Región de Tarapacá, principalmente en localidades como Laguna del Huasco, Cancosa, Turuna, Villablanca y Huaytane, entre otras, todas habitadas por comunidades indígenas aymaras.

Estas tierras han sido por siglos el hogar de cientos de familias que han vivido de la ganadería y la agricultura, pero que con el paso del tiempo y la llegada de la modernidad, han visto amenazada no solo su economía, sino también su forma de vivir. Hoy en dichas localidades no quedan más que adultos mayores, pues sus hijos y nietos han partido a ciudades cercanas, buscando mejores oportunidades laborales y educativas.

“Una de las grandes complicaciones que tenemos es que varias de estas localidades están tendiendo al despoblamiento. Nosotros trabajamos con más de 40 comuneros, dependiendo de las localidades, y hay sectores donde vive solamente una familia, con dos o tres personas, pese a que las comunidades son mucho más grandes, pero los que están permanentemente en los territorios, son pocas”, nos comenta Diego.

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Diego Aranibar inspecciona el terreno de un bofedal.

Por este motivo, para la Corporación Norte Grande se ha hecho tan importante poner en valor el conocimiento ancestral de estas comunidades, no solo con la intención de preservar los métodos de trabajo que han mantenido tradicionalmente los aymaras, sino sobre todo para no perder el tejido social y comunitario de las localidades altiplánicas.

Y lo han logrado con un trabajo que ya lleva seis años, y que ha permitido no solo aprender y respaldar las técnicas que los sabios aymaras han ido compartiendo con ellos en este proceso de cuidado y rescate de bofedales, sino generando lo que han llamado un “aula viva”, a la cual acuden aquellos familiares que han partido a la ciudad, para aprender de sus ancianos el trabajo en la tierra y el agua.

Pero llegar a este punto, donde la comunidad aymara cada día se hace más partícipe del Proyecto Más Agua, ha sido fruto de un trabajo intenso y respetuoso que el equipo de la Corporación Norte Grande ha venido desarrollando con mucha dedicación y que ha tomado años.

“Cuando partió esta relación lo hizo con mucha desconfianza y esto porque los pueblos indígenas han pasado por varias etapas, por lo menos acá en Tarapacá, donde se dio hace algunas décadas un período llamado la chilenización, en que ser indígena era malo, a mí me tocó vivirlo, tenía 14 años y me daba vergüenza decir que era indígena. Entonces, bajo esa construcción estructural de sacarte la identidad, a las comunidades les fue generando mucha resistencia el tema de la institucionalidad, por lo que nos tocó combatir fuerte con esa realidad, tuvimos que construir confianza y cuesta mucho ganársela, solo se logra estando presente, cumpliendo la palabra”, comenta Diego recordando los inicios del proyecto.

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Equipo trabajando en el bofedal.

Y ese estar presente comenzó dándose en reuniones en las plazas públicas de las localidades, acercándose a la gente, ofreciéndoles hacer un diagnóstico de sus tierras y de sus cursos de agua, estableciendo horas para visitarlos y ya en el terreno, trabajando mano a mano con los comuneros, tomando pala y azadón, y siguiendo las instrucciones de quienes conocen mejor que nadie las técnicas ancestrales.

Fue así como Diego no solo pudo ir entendiendo y aprendiendo, ahora desde la práctica, todo aquello que alguna vez vio en la universidad mientras se preparaba para ser ingeniero civil ambiental, una ingeniería “social” como él la llama, y que le ha permitido tomar un camino muy distinto a lo que los profesionales de su área desarrollan normalmente.

Es, como él lo llama, la ruta de un “indigeniero”, término que conoció hace mucho tiempo atrás, y que es la mezcla entre sus conocimientos técnicos y todo que a diario ha podido aprender con los sabios de su comunidad aymara. “Ha sido súper especial, enriquecedor, me ha reforzado mucho más la visión de reciprocidad de lo que somos como comunidad indígena”, indica Diego, para explicarnos lo que este término significa para él.

Y dentro de las técnicas ancestrales más comunes que han podido conocer, aprender y compartir en las diversas localidades están:

  • El champeo: se sacan pequeños bloques de vegetación del borde del cauce principal y se van reutilizando, permitiendo distribuir el riego a través de diversos brazos, generando una especie de abanico, que va ampliando el río dentro de un bofedal.
  • Limpieza de vertientes y retiro de vegetación que crece alrededor del agua, a fin de evitar la formación de lodo.
  • Construcción de pequeños diques de agua, los cuales permiten llevar agua a zonas más altas y donde ésta ya es escasa.
  • Construcción de canales que permiten llevar de manera definitiva el agua a cotas a más altas.

Cada una de estas técnicas se desarrolla luego de que los comuneros han realizado rogativas al agua, donde piden autorización para realizar el trabajo, pues tienen claro que al generar beneficios para los ecosistemas, también lo están haciendo para su ganado y, por ende, para toda la comunidad.

Recorriendo un camino familiar

Cuando Diego Aranibar Esteban llegó a Huaytane, para realizar una evaluación del bodefal del sector, fue recibido por doña Eulogia Quispe y don Gregorio Castro, quienes lo sorprendieron diciéndole que él era de los “Esteban”. Esto porque reconocían en el nieto los rasgos de su abuelo, el fallecido carnicero de Pozo Almonte que venía un par de veces al año a comprar ganado.

Tras esta emotiva revelación, se generó un lazo de amistad muy fuerte entre el matrimonio y el ingeniero civil ambiental de la Corporación Norte Grande, que nació de la relación que tuvieron con su abuelo, pero también porque son ancianos sabios que han entendido que los conocimientos deben compartirse, pero también el agua, que permite la crianza de animales y la subsistencia de los mayores que ahí quedan.

Además, desde que Diego encabeza este proyecto en la zona, siente que está poniendo en práctica aquel consejo que le dio su abuelo Iduardo Esteban, quien le indicaba que “siempre teníamos que pensar 10 generaciones hacia adelante”. En ese sentido, Aranibar explica emocionado: “La capacidad de pensar de esa forma la he ido aprendiendo, sobre todo del mundo indígena y espero también poder convertirme en un reflejo para 10 generaciones futuras”.

Pero también ha sido fundamental en todo este trabajo con los comuneros enfatizar la importancia de lo que están haciendo, por más local que sea, pues “esto los motiva a seguir, ya que han entendido que al trabajar su bofedal están generando beneficios que disminuyen los efectos del cambio climático, que ellos son parte de la solución a lo que está pasando y que por eso es fundamental que su conocimiento se abra más allá de su comunidad”, nos cuenta Aranibar.

Eulogia Quispe cocinando en la faena.

Sin embargo, el tiempo apremia, y hay algunos aspectos que podrían afectar el buen desarrollo del Proyecto Más Agua. El primero, son los avances que sigue teniendo el cambio climático, el cual podría afectar el manejo de los bofedales en la zona, los que podrían degradarse si las vertientes y los cauces de agua se secan. Y, en segundo lugar, la triste posibilidad de que fallezca alguno de los comuneros mayores que son parte activa de este proyecto.

Por eso el apuro en registrar sus conocimientos, lo cual ya es parte de un primer manual de bofedales, pero también el desarrollo de los talleres transgeneracionales, los cuales han convocado a abuelos, hijos, nietos y bisnietos, con el objetivo de que “vayan a esa sala de clases viva y aprendan directamente con sus indigenieros, que son sus abuelos. Yo les digo a los niños que nunca va a ser lo mismo que les explique yo, a que les explique su abuelo sobre su territorio”, comenta Diego.

“De esta forma la comunidad y sobre todo los niños aprenden haciendo, su abuelo los guía y al meterse al agua lo asocian a juego y se divierten. Esa dinámica es muy linda y tenemos que replicarlo en otras comunidades, eso nos falta aún, es una línea que debemos seguir fortaleciendo con los jóvenes, para que tengan arraigo de identidad, que conozcan el territorio y se reconozcan indígenas y que ese es su territorio” enfatiza el coordinador del Proyecto Más Agua.

Y mientras esa enseñanza y tantas más se desarrollan en el bofedal, entre los abuelos y sus nietos, Diego dice añorando el recuerdo de su abuelo transitando por esas mismas tierras. “Cuando empiezan a contarme sus historias lo siento muy presente y trato de visualizar por dónde caminó mi abuelo y si veo alguna pisada, siento que ha sido de él, yo lo veo, me genera cariño, está presente siempre, pero los que tuvieron ese contacto me generan más cercanía aún” comenta nostálgico.

“Yo no sabía que mi abuelo recorría tanto y que era tan querido hasta que llegué aquí, por eso trato de seguir sus huellas y de pisar donde él piso”.

Diego Aranibar y sus hermanas, de pequeños, junto al abuelo Iduardo Esteban Mollo.


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