El mundo se sienta en el diván por la crisis climática - EL ÁGORA DIARIO

El mundo se sienta en el diván por la crisis climática

El mundo se sienta en el diván por la crisis climática

La angustia por el deterioro imparable de la naturaleza, o ecoansiedad, emerge entre los científicos y la población. Terminada la COP25 con un resultado desesperanzador, hablamos con científicos y psicólogos enfrentados a una nueva pandemia: la tristeza global por déficit de futuro.


Mercedes Ibaibarriaga | Especial para El Ágora
Madrid | 26 diciembre, 2019


“La preservación del mundo radica en la naturaleza salvaje”, escribió el ensayista y lúcido disidente social Henry David Thoreau en su libro Caminar (1862). Solo un siglo y medio después, nos sentamos a cuestionar la supervivencia misma del ser humano en un planeta –nuestro hogar- al que hemos agredido, despojado de su equilibrio natural y  transformado en amenazante para la vida humana. Ante esta paradoja, finalizada la COP25 sin avances efectivos –y tras 40 años de debates sobre nuestra autodestrucción, contando la Primera Conferencia Mundial sobre el Clima de 1979-, cabe indicar que la humanidad necesita un buen psicoanálisis.

Cualquiera que lea los últimos informes científicos del IPCC (El Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático de la ONU), el de octubre de 2018 y los especiales de 2019 sobre  océanos y desertificación, asumirá que la situación medioambiental es crítica. Según sus datos, el margen de actuación es de sólo 11 años para reducir a la mitad las emisiones globales de CO2, metano y dióxido de nitrógeno si queremos retrasar –no evitar- el drama humano y ecológico que generará el aumento de la temperatura planetaria por encima de 2 grados.

¿Sientes angustia por el cambio climático?

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Es obvio que la falta de tiempo para afrontar una gran amenaza genera angustia y ansiedad. La Asociación Psicológica Americana (APA) usa el término ecoansiedad en un informe de 2017, para definir el “miedo crónico a la destrucción medioambiental” que los especialistas intentan paliar, cada vez con más frecuencia, en sus consultas. El informe enumera graves y variados daños a nuestra salud mental y física, consecuencia del temor por la crisis climática, y aporta estrategias para afrontar el estrés crónico.

El término ecoansiedad no es nuevo: en un ensayo de 2011, el activista y filósofo medioambiental Glenn Albrecht describía los efectos negativos del cambio climático en la salud física y mental. Reunía las expresiones estrés ecológico, ecoansiedad, ecoangustia (Goleman, 2009) y dolor ecológico; y aportaba el concepto solastalgia (que acuñó en 2005), en relación al “duelo ligado al deterioro del medioambiente cotidiano”. La palabra mezcla los conceptos de nostalgia y solaz -del latin solatium, regocijo, alivio, consuelo- para expresar una especie de tristeza o melancolía por la pérdida de un ambiente que ofrecía seguridad, belleza y sensación de hogar a sus habitantes. Albrecht insiste en el dolor y la desolación que el ser humano sufre, al contemplar la degradación del paisaje natural con el que se identifica y que considera parte de su identidad y su vida.

Esto es lo que experimentan hoy, masivamente, los habitantes de Groenlandia, los inuit del Ártico, las comunidades indígenas de la Amazonía o los afectados por fenómenos extremos de devastación ambiental. Según la Encuesta de Perspectivas de Groenlandia (2018-2019), los niveles de miedo, tristeza, disgusto, culpabilidad y falta de esperanza a causa de la crisis climática, alcanzan niveles sin precedentes entre los isleños, que ven su forma de vida directamente amenazada por el deshielo.

Joven inuit en un pequeño poblado de Gorenlandia. | Foto: Kertu

El 92% de los groenlandeses reconoce que el cambio climático está ocurriendo, y el 82% afirma que les importa. El 73% piensa frecuentemente en la crisis del clima. El 67% constata que el cambio climático dañará a sus perros de trineos -se han visto obligados a sacrificar algunos por razones económicas, debido a los inviernos más cortos-,  y el 50% afirma que el calentamiento dañará su propia vida. De hecho, el 76% indica que la crisis climática ha afectado directamente su modo de vida: amenaza su alimentación (el 51% de la población vive, en parte, de lo que caza o pesca) y su transporte (el 79% se ha enfrentado a más peligros en sus viajes marítimos) puesto que, en los últimos diez años, las banquisas de hielo se han multiplicado.

Groenlandia es uno de los ejemplos claros de poblaciones profundamente estresadas, por su fuerte dependencia y conexión con su medio natural. Pero en países como Francia, cuyos habitantes no dependen estrictamente del mar para sobrevivir, los niveles de pesadumbre por la crisis climática son muy elevados. Según una encuesta nacional del instituto IFOP de octubre de 2018, el 85% de los franceses están “preocupados” por el calentamiento global, y la cifra sube al 93% entre la población de 18 a 24 años. Más aún: una encuesta de la empresa Yougov para el Huffington Post, revela que el calentamiento global es una fuente de ansiedad para el 51% de los franceses consultados. Esta cifra se eleva al 72% entre los jóvenes de 18 a 24 años. Sus emociones respecto a la crisis ambiental varían entre la cólera -39%-, el miedo -34%- y la tristeza-14%-.

Partiendo de la anterior consulta, es sencillo deducir el estado de ánimo de los habitantes de Maldivas -el 80% de su territorio se eleva menos de un metro sobre el nivel del mar- o de la población de Kiribati, cuyas 21 islas habitadas se elevan sólo dos metros por encima del agua. Ambas acabarán probablemente sumergidas a finales de este siglo, según las estimaciones científicas.

Déficit de futuro 

Para el catedrático en Psicología Ambiental de la Universidad Autónoma de Madrid, José Antonio Corraliza, “nos enfrentamos a una angustia global por déficit de futuro”. Y matiza: “La corriente general de angustia ante esta amenaza colectiva, deriva de la sensación de indefensión e impotencia por la magnitud del problema. La gente percibe que sus acciones individuales para proteger el medioambiente no son suficientes, y que quienes deben tomar medidas drásticas, los gobiernos y las empresas, no están abordando el problema con la urgencia necesaria”. 

Precisamente, una encuesta sobre la percepción del cambio climático entre los españoles -elaborada para EL PAIS por la empresa 40dB entre el 29 de noviembre y el 4 de diciembre-, revela que el 59,5% considera “muy urgente” tomar medidas para frenar el cambio climático, y un 31% lo considera “bastante urgente”. Es decir, 9 de cada 10 españoles siente que el planeta se encuentra ante una emergencia.

¿Cómo actúa la mente humana ante tamaña crisis? Para el psicólogo Corraliza, “dado que nadie puede aguantar una preocupación o dolor irresoluble mucho tiempo, al cerebro le quedan dos caminos: afrontar activamente lo que le preocupa o, por el contrario, ignorarlo como mecanismo de defensa. Pero lo sano, terapéutico y coherente, es actuar”.

Greta Thumberg en una protesta en Estocolmo.

Y continúa: “Defiendo la importancia de implicarse personalmente en las medidas para frenar el cambio climático. Es el camino más inteligente. Se trata de dar salida a la angustia o preocupación, a través de la acción comprometida y coherente de cada uno. De hecho, esta es la posición de Greta Thumberg: ya que los gobernantes no están haciendo lo que deben, yo no me quedo callada, actúo y denuncio la pasividad de los políticos”.

“Lo más preocupante para la humanidad -advierte Corraliza-, es que el individuo opte por tomar actitudes de ecofatiga, ecosaturacion, ecofatalismo o ecoindefensión. Todas son expresiones de negación, al valorar el problema climático como aplastante o abrumador”. Y define los términos anteriores así:  “la sensación de ecoindefensión aparece por la valoración de que la acción individual es de escaso impacto, respecto a la magnitud del problema. El ecofatalismo considera que el problema es tan gigantesco, que la solución no depende de las acciones particulares. La actitud de ecofatiga implica atribuir la responsabilidad a otros: estados o empresas, generando un peligroso acto de negación de la importancia de nuestras propias decisiones. La ecosaturación lleva a la actitud de no quiero ver, ni oír, ni hablar de ello”, concluye Corraliza.

Derecho a llorar

Ahora bien: si el estado anímico planetario es medible y observable a escala, ¿cómo afronta un científico de campo el deterioro y extinción de la vida salvaje ante sus ojos? El caso de Timothy Gordon, un joven biólogo marino británico que estudia la degradación de la Gran Barrera de Coral (en estado crítico y en riesgo de desaparecer hacia 2050, según informa el gobierno australiano) ha dado la vuelta al mundo en titulares, gracias a la breve y directa carta que envió a la revista Science, y escribió junto a sus colegas británicos Steve Simpson–también biólogo marino- y Andy Radford –profesor de ecología conductual- .

Thimoty Gordon
Thimoty Gordon, biólogo marino británico que estudia la degradación de la Gran Barrera de Coral australiana.

En el texto hablan abiertamente de emociones y dolor, iniciativa nada habitual en el mundo científico. Es un mensaje en una botella, al resto de la comunidad profesional. Podría resumirse en una pregunta y una sugerencia: ¿os sentís tan tristes como nosotros al ver cómo los ecosistemas que estudiamos se desmoronan? Deberíamos poder hablar de nuestro dolor con expertos y recibir apoyo, para transformar el dolor en acción creativa.

En la carta, leemos: “la pérdida de especies, ecosistemas y paisajes, genera gran tristeza entre quienes se sienten conectados a la naturaleza. Sin embargo, los científicos medioambientales tienen pocas oportunidades de encauzar su tristeza con el apoyo de especialistas, y suelen responder a la degradación del medio natural ignorando, suprimiendo o negando las emociones de sufrimiento que surgen en el trabajo. Los riesgos que esto entraña son profundos. El trauma emocional puede afectar seriamente la capacidad de atención, la imaginación y la habilidad de pensar con coherencia”.

Los firmantes son aún más claros. Reclaman su derecho a desahogarse, como respuesta sana para después abordar su labor con más creatividad y ánimo: “Tanto el dolor como la recuperación post trauma pueden fortalecer, resolver e inspirar la creatividad científica. Para encontrar soluciones a nuestros ecosistemas cada vez más dañados, a los científicos se les debe permitir llorar”.

Dejar salir las lágrimas es lo que hizo el coautor de la carta, Timothy Gordon, al contemplar el estado de la Gran Barrera de Coral australiana tras un masivo episodio de blanqueamiento, en 2016. El ecosistema que amaba y que debería –según sus palabras- “ser un mundo de brillantes colores, movimiento y vida, era un fantasma blanco, muerto”.

En conversación telefónica desde Cairns (Australia) con El Ágora, Timothy Gordon aclara: “Es importante no confundir dolor con riesgo de salud mental. Creo que probablemente hay un riesgo de salud mental en no canalizar el dolor, o no expresar esos sentimientos. Así que considero fundamental que los científicos medioambientales sean capaces de reconocer y expresar su tristeza, para que llegue a ser algo normalizado y aceptado”. 

Precisamente, el motivo por el que Gordon tuvo la iniciativa de redactar la carta, fue poner el asunto sobre la mesa. Así lo explica: “Este es un fenómeno generalizado. Muchos científicos están sintiendo gran dolor por la degradación de distintos ecosistemas en todo el planeta, pero pocos hablan de ello abiertamente. Y quisimos escribir la carta para empezar la conversación pública sobre el tema. Como biólogos, escribir sobre emociones, sobre nuestros sentimientos o sobre cómo reaccionamos a la tristeza, no es algo que forme parte de nuestro trabajo. Tenemos que permanecer distantes de las circunstancias, e informar objetivamente. Así que el dolor, la preocupación, la angustia, son emociones que hemos acallado durante muchos años. Por eso, nos llevó bastante tiempo resolver cómo podríamos ponerlo en palabras, y transmitir la esencia de lo que sentíamos. Los tres pensamos que era importante debatir el tema en el círculo académico, es decir, en un medio de comunicación como Science, que leen los profesionales”.

Para emoción de Gordon y sus colegas, la respuesta de los lectores fue de empatía mayoritaria: “La reacción fue positiva y realmente nos animó. Nos escribieron científicos de todo el mundo que no conocíamos, diciendo que se sentían identificados. Incluso nos agradecían la iniciativa y algunos expresaban su alivio, al ver que no estaban solos en su dolor. Para nosotros fue alentador recibir esta reacción del ámbito académico. Pero incluso recibimos las mismas reacciones de personas que, sin ser científicos, trabajan con el medio ambiente: miembros de ONG’s, periodistas especializados, negociadores políticos…  Al mismo tiempo, también tuvimos reacciones críticas. Algunos científicos contestaron que estaban en desacuerdo. Decían que, como profesionales, los científicos debían de ser desapasionados y desapegados. No apoyaban una carta donde las emociones se cruzaban en el camino. Personalmente, este no es mi punto de vista, pero entiendo absolutamente a los colegas que rechazan las implicaciones emocionales.  Y precisamente, el hecho de que haya dos puntos de vista tan distintos sobre el tema, significa que deberíamos debatir cómo comunicamos y qué debemos o no cambiar”.

Durante la conversación telefónica, Gordon insiste en que para él es muy importante ser consciente de su grado de dolor, canalizarlo y enfocarlo en soluciones creativas: “Si yo mismo ignoro, o suprimo, mis sentimientos de pena al contemplar la destrucción medioambiental, pierdo foco e imaginación; mientras que si acepto mis sentimientos estresantes como el sufrimiento y el dolor, los proceso y los uso como motivación para encontrar soluciones esperanzadoras, entonces todo va mucho mejor”.

Y continúa: “la clave para mí es mantenerme positivo. Para ser capaz de continuar las investigaciones, a pesar de toda la degradación que veo, la clave es recordarme que todavía existe un potencial de mejora. Aunque hemos visto mucha degradación y nos espera aún más, también hemos visto razones para ser optimistas sobre el futuro; queda mucho por lograr y todavía hay ecosistemas que se pueden salvar”.

Andy Radford | Foto: Matthew Bell
Andy Radford, profesor de la Universidad de Bristol. | Foto: Matthew Bell

Tras terminar la charla telefónica con Gordon, contactamos también con los dos coautores de la carta. Desde la Universidad de Bristol, el profesor Andy Radford añade: “cada vez más, en la universidad organizamos sesiones de debate para valorar cómo nos afectan, a nosotros y a otros, nuestro trabajo y hallazgos. Antes, cuando alguien regresaba de una temporada de investigación de campo, lo habitual era compartir cómo había ido la labor; es decir, cuales fueron los descubrimientos clave y cual sería el siguiente paso científico. Pero ahora, también exploramos el impacto personal del tiempo que pasamos lejos de casa, en áreas que están siendo medioambientalmente devastadas. Con esta red de acogida y apoyo, no sólo ayudamos a nuestros equipos de investigación a recuperarse y desarrollar estrategias de choque, sino que alentamos la habilidad de pensar en las soluciones potenciales, en la restauración de ecosistemas y las estrategias de conservación”.

Steve Simpson, Universidad de Exeter. | Foto: Blue Panel II / Roger Munns

Y el tercer coautor de la carta, el doctor Steve Simpson, de la Universidad de Exeter, concluye: “al darnos cuenta del peaje emocional y psicológico que nos supone trabajar en hábitats que se están degradando velozmente, estamos incluyendo estrategias de autoayuda en nuestros propios horarios laborales. Mientras hacemos trabajo de campo, tenemos sesiones de yoga grupales, vamos a correr o caminar en equipo, organizamos viajes de camping y surfing, donde podemos conectar con el océano, recargarnos de energía y hablar sobre nuestra investigación, proyectos y sentimientos. Estas sesiones nos dan espacio para apoyarnos en pleno dolor sobre las tragedias medioambientales de las que somos testigos. Pero incluso algunas veces, nos han llevado a la siguiente propuesta de investigación más ambiciosa, o a un experimento más ilusionante”.

Una reacción normal

La carta que enviaron a Science estos tres científicos, refleja una fuerte necesidad de expresar sentimientos sobre la crisis medioambiental que ya detectó, en 2015, el divulgador científico australiano Joe Duggan, cuando lanzó un proyecto, blog y página web con la pregunta Is this how do you feel? –¿te sientes así?–. En su momento, reunió 43 cartas escritas a mano de científicos de ocho países, que expresaban su frustración, disgusto, enfado, ansiedad o estrés ante la crisis climática. En una de las misivas más directas, el profesor de la Universidad de Queensland, Anthony J. Richardson, reúne todos esos términos, y escribe “Me siento dentro de un torbellino emocional. Estoy exasperado, porque nadie está escuchando; perplejo porque la urgencia no se valora”.

Precisamente, la certeza científica de que la crisis es ya una emergencia absoluta, ha llevado a 11.000 científicos de todo el mundo a firmar y declarar rotundamente, en una carta publicada en BioScience el pasado noviembre, lo siguiente: “Los científicos tienen la obligación moral de advertir de cualquier amenaza catastrófica con toda claridad, contando las cosas como son. Debido a esta obligación, y a los datos que presentamos, declaramos que el planeta se enfrenta a una emergencia climática”. Los firmantes subrayan que después de 40 años de advertencias de toda la comunidad científica, la humanidad está a las puertas del punto de no retorno y lo que queda por llegar, de no actuar ya, es “un sufrimiento inimaginable”.

Dado que la ciencia avala con miles de datos que el motivo de alarma es real, la Asociación de Psicología Americana no ha incluido –de momento- la ansiedad por el clima como enfermedad, en su Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-5), de referencia en psiquiatría. Sin embargo, la profesora en psicología conservacionista Susan Clayton, del Colegio de Wooster, establece en su Informe sobre Salud Mental y Nuestro Cambiante clima, lo siguiente: “La habilidad de procesar información y tomar decisiones sin estar discapacitado por respuestas emocionales extremas, está amenazada por el cambio climático”.

Más aún, la doctora de emergencias Courtney Howard, presidente de la Asociación Canadiense de Médicos para el Medio Ambiente, que trabaja en zonas del Ártico, tiene una clara visión a futuro: “La intersección entre la emergencia climática y la salud mental y física, se convertirá en uno de los mayores problemas mundiales. No hay duda de que la población del Ártico está mostrando síntomas de ansiedad, dolor por el medioambiente e incluso estrés postraumático. Queremos desafiar a la profesión médica, a que reconozca el mundo que heredamos. Ahora ni las escuelas, ni las universidades, valoran cómo va a afectar a la gente el cambio climático, desde una perspectiva de salud física y psicológica. Así que no estamos entrenando una nueva generación de profesionales médicos para ayudar a la gente en un planeta en transformación veloz, y esto es intolerable. Nos estamos moviendo demasiado lento en este asunto”.

Y enfatiza: “durante demasiado tiempo, hemos puesto la salud y el medioambiente en cajas diferentes. El trabajo de nuestra generación es hacer un puente entre las dos y entender que, de hecho, están en la misma caja. Es decir: la salud del planeta define la salud humana y por tanto, sólo en un planeta sano puede haber gente sana”.

Comenzamos este texto con una cita de Henry David Thoreau, y concluimos con una reflexión que escribió en Los bosques de Maine (1864, póstuma): “¡Las hileras mismas de sauces podados cada tres años para obtener combustible o pólvora, y todo gran pino y roble, u otro árbol del bosque, talado de la memoria del hombre! Como si se fuera a permitir a los especuladores que exporten las nubes del cielo, o las estrellas del firmamento, una a una. Nos veremos reducidos a roer la corteza misma de la Tierra para alimentarnos.”

Nuestra obligación moral: el deber de avisar y actuar

Carta de la psiquiatra norteamericana Lise Van Susteren

Soy doctora. Psiquiatra. Durante años, he visto algunas de las partes más tenebrosas de la condición humana. Nada me ha preparado para lo que estoy viendo ahora. Cada día, nuestro mundo degenera más rápidamente por el cambio climático. Las noticias llegan de todos lados: las emisiones de CO2 aumentan, records de altas temperaturas, océanos acidificándose, arrecifes de coral muriendo, los polos derritiéndose, desplazamientos masivos de personas. Los menos responsables de la crisis serán los más afectados: los pobres, los mayores, los inválidos, los vulnerables emocionalmente. El costo psicológico cada vez es más claro, pero se está pasando por alto. Veo un creciente número de síndrome de Casandra climático, personas paralizadas por pensamientos de daños futuros, sufriendo de respuestas pre-traumáticas, porque saben que el mundo no está escuchando las advertencias con la responsabilidad suficiente.

¿Qué podemos hacer? Los profesionales de la salud mental ayudan a la gente a enfrentar la realidad, porque sabemos que vivir en la negación puede arruinar la vida de una persona. Mientras se revela la crisis climática, vemos a personas cuya rabia, ansiedad y depresión –causada por los errores de la generación previa- les impiden desarrollar sus vidas productivamente. Conocemos el trauma, porque nos hemos expuesto a eventos terribles. Estamos entrenados y éticamente comprometidos a responder a las emergencias. ¿Por qué, entonces, algunos profesionales de la salud tardan en responder a este problema? ¿Estamos nosotros mismos negándolo? Con seguridad respetamos lo suficiente a la ciencia, como para no discutir los datos del 97% de los expertos en el clima. Con seguridad, no creemos que destruir la vida “no es nuestro problema”. Sabemos que el cambio puede ser un desafío, pero los esfuerzos decididos para llamar la atención sobre lo que ocurre no son suficientes. La acción crece, pero frente al peligro, inestabilidad e impactos en aumento, se necesita más. ¿Dónde están los artículos periodísticos, declaraciones, cartas al editor, inundación de llamadas al Congreso que muestren la completa gravedad de la crisis? ¿Dónde está el esfuerzo colectivo para acabar con la negación y hacer que la gente cambie, rápidamente?

Nuestro canon de ética dice que tenemos el deber de proteger la salud pública y participar en actividades que contribuyan a ello. En los 50 estados –de Estados Unidos- los profesionales son requeridos para informar del abuso a niños. Es una obligación legal, pero también moral. ¿Es que es menos obligación moral informar que estamos a punto de legar un planeta destruido, a la generaciones futuras? En este tiempo de crisis, como profesionales de la salud mental, buscadores de la verdad y sanadores, queremos actuar. ¿A qué estamos esperando?

*Escrito para el informe Salud Mental y nuestro cambiante clima 

 



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