Barómetro de Emergencia: la traición a los valores

Barómetro de emergencia: la traición a los valores

El último barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas ha generado polémica por la inclusión de preguntas dirigidas en las que se plantea a los ciudadanos un debate sobre la libertad de información. En esta tribuna, el experto en demoscopia Yo, Claudio, desmenuza la encuesta y critica sus debilidades tanto de fondo como de forma

El Centro de Investigaciones Sociológicas ha realizado, entre el 30 de marzo y el 7 de abril de 2020, un barómetro excepcional. No vamos a realizar ningún análisis comparativo con resultados de barómetros anteriores hasta que no dispongamos del fichero de microdatos, porque el barómetro está realizado con un método de recogida de datos diferente a los habituales.

En esta ocasión por razones obvias de confinamiento, la recogida de datos se ha realizado por teléfono: la persona encargada de realizar la entrevista ha realizado las llamadas a los entrevistados desde su propio hogar. Este cambio de método de recogida de datos puede tener un impacto en los resultados que conviene estudiar con exquisito cuidado. No vamos a prestar especial atención a ciertas críticas, superficiales, relativas a si el cuestionario es muy largo -que lo es- para un estudio telefónico. Dichas críticas parten de la idea del “negocio como siempre”, o sea, de circunstancias habituales donde las personas no están confinadas en sus casas.

Para sostener, con algún fundamento, este tipo de críticas, habría que conocer los rechazos, el número de entrevistas que no se han podido terminar porque el entrevistado colgó el teléfono sin terminar, los aplazamientos reales, los frustrados y otros detalles técnicos que no me consta que se haya publicado.

Por tanto, algunos expertos deberían contestar “no lo sé”, sin importar el medio de comunicación desde el que se les pregunta. Es sabido, seguramente no por estos expertos, que la seguridad en las propias opiniones ante situaciones de incertidumbre es una función monótonamente creciente de la propia ignorancia. Dicho en palabras menos técnicas, cuanta mayor es la ignorancia del sujeto, mayor es la seguridad en las propias opiniones; o visto a la inversa, cuanta mayor seguridad se tiene en las propias opiniones, mayor es la ignorancia.

Otros han cuestionado la oportunidad de recoger la opinión de los españoles en plena pandemia, con el argumento que no es un servicio esencial. Churchill decidió, desde el principio de la II Guerra Mundial, crear el Home Intelligence, cuyos miembros recorrían todos los días las cervecerías, peluquerías y tiendas de ultramarinos sondando las opiniones y los comentarios de ingleses, galeses, escoceses e irlandeses; para dejarlos plasmados diariamente en un Informe de “estado de la moral” que el Ministerio de Información, al que estaba adscrito el Home Intelligence, usaba para preparar la comunicación diaria.

Los mismos críticos a los que hacíamos referencia anteriormente, ante aquella experiencia implantada por Churchill, habrían opinado que Orwell había llegado y había instalado el Ministerio de la Verdad en la Senate House de la Universidad de Londres (donde se ubicó el Home Intelligence).

“Si la moral forma parte del combate conocer el estado de ánimo de tu población es crítico”

Con esta información diría alguno de estos críticos, “no se combate a los alemanes”. ¿O sí? Si la “moral” forma parte del combate -y cualquier estratega militar sabe que sí- conocer el “estado de ánimo” de tu población es crítico. Aunque, como he dicho en otra ocasión, no creo que utilizar terminología bélica ayude a superar una epidemia, las referencias bélicas son inevitables (y por cierto también se cuelan en este Barómetro del CIS, aunque ese no es el tema que nos ocupa). Simplemente un Gobierno, en una democracia, para “gobernar bien”, que es lo que se espera que haga, debe conocer el punto de vista de los ciudadanos.  La clave está en que sea para “gobernar bien”. Y aquí, sí, empiezan los problemas.

En concreto vamos a hablar de una pregunta que ha provocado una tromba primaveral de críticas.  Es la pregunta 6 y dice así: “¿Cree Ud. que en estos momentos habría que prohibir la difusión de bulos e informaciones engañosas y poco fundamentadas por las redes y los medios de comunicación social, remitiendo toda la información sobre la pandemia a fuentes oficiales, o cree que hay que mantener libertad total para la difusión de noticias e informaciones?”. Y proporciona las siguientes opciones de respuesta, cuyos resultados recogemos a la derecha:

Opciones de Respuestas %
Cree que habría que restringir y controlar las informaciones, estableciendo sólo una fuente oficial de información 66,7
Cree que no debe restringirse ni prohibirse ningún tipo de información 30,8

En la tabla que proporciona el CIS, se registran también los que no saben, pero hay que dar por supuesto que esa respuesta no se lee al entrevistado; en todo caso los que no saben sumados a los que no responden son solamente el 2,5%.

El primer elemento sorprendente, por inusual, es que el director del CIS tenga que manifestar públicamente que asume esa pregunta como propia. Esa competencia se da por descontada, va con el cargo. Pero en este caso, en realidad indica exactamente lo contrario: que la responsabilidad intelectual está en otro sitio. Excusatio non petita acusatio manifesta.

Lo que importa es mostrar qué comunica esa pregunta.  Empecemos por lo técnico. El enunciado de la pregunta no se corresponde con las opciones de respuesta; por tanto, dado que las palabras activan redes semánticas de palabras en la mente del entrevistado, no sabemos a qué responden las personas entrevistadas: si al enunciado o las opciones de respuesta o -lo más probable-, a una mezcla de ambos imposible de reconstruir y por ende de interpretar.

La palabra libertad ha desaparecido de las opciones de respuesta. La palabra prohibirse aparece negada en la más “liberal” de las opciones de respuestas.  La pregunta parece el trabajo de un funcionario del Ministerio del Interior, de aquéllos que aparecían en la serie británica Sí, Ministro, anulando su utilidad práctica para el “buen gobierno”. No hay que haber estudiado las obras completas de Freud para deducir que tras esta acción malograda, rezuma el tufo obsceno del poder y la ineptitud política, en un “cóctel” difícilmente superable.

“Los españoles apuestan por grandes pactos para superar la crisis económica que se derivará de la pandemia”

Vamos con la parte de los principios. La libertad de información es la base de la democracia; sin información no existe democracia. La desinformación se combate con información. La información falsa con información veraz. Otra cosa distinta es la información que, siendo falsa, induce a actos objetivamente lesivos para la seguridad sica de las personas. Para ese tipo de información hay instrumentos que siguen a disposición del Gobierno en el ordenamiento jurídico.

Permítanme que les lleve en una breve excursión por las “primaveras árabes”. Uno de los aprendizajes más importantes de técnica política que hemos obtenido de su estudio es que la disrupción de las comunicaciones realizada por el aparato del Estado al servicio de Mubarak, facilitó, en lugar de restringir, las movilizaciones en su contra y contribuyó  a su caída: contribuyó a propagar los rumores de que la oposición estaba creciendo y el régimen en sus últimos minutos y a reducir la credibilidad de las fuentes de información oficiales. Actuó, paradójicamente, reduciendo la percepción  de riesgo que conlleva participar en revueltas, y multiplicándolas por todo El Cairo.

En España, a día de hoy, no estamos, ni de lejos, en una situación semejante; no existe lo que allí, en Egipto, se ha llamado “liderazgo desde los márgenes”, que han existido en todas las revueltas, pero ahora se han podido rastrear con datos de redes sociales, correos electrónicos y teléfonos. Por tanto los medios de que dispone el Estado son más que suficientes.

Continuando el análisis con lo que el Barómetro aporta de información susceptible de generar conocimiento, sin demasiadas sorpresas, la petición de más información no se distribuye uniformemente entre los votantes de diferentes partidos, indicando claramente que la información, su cantidad y calidad, es solo parte del problema. Según el partido al que cada uno declara haber votado, hay más o menos satisfacción con la información recibida.

Pero no todas las peticiones de información se construyen igual; mientras que la petición de más información por los votantes de Ciudadanos parece tener un origen genuino en su mayor preocupación por la situación del COVID-19, la insuficiente información de la que hablan los votantes de Vox no se compadece bien con su preocupación; los votantes del PP se sitúan entre ambos.


De hecho, si construimos un simple índice que nos dé cuenta de cómo de genuina es la petición de información, la “preocupación” de Vox por la pandemia no explica su percepción de insuficiencia de información. La tentación para “rellenar el hueco” con “otra información” parece grande.

Por otra parte cuando, como es el caso de algunos votantes de Vox (que no la mayoría), no confías en los expertos, que a estos efectos pueden ser considerados como la voz de la ciencia (aunque  no siempre la ciencia hable a través de ellos) solo queda aquello que decía Guimãraes en Gran Sertao: “Ah, estoy vivido, repasado. Me acuerdo de las cosas antes de que sucedan… ¿Clarea con esto mi fama?”

Este “hueco” no será llenado por la charis, el carisma de los líderes políticos, porque ya sabemos que, salvo en algunos períodos puntuales de la historia de nuestra democracia, los líderes nunca han contado con esta gracia (aunque los que todavía siguen entre nosotros, lo olviden cada día que hablan en público, incluso aunque no sepan para que público).

La ausencia de charis no es necesariamente una mala noticia en situaciones normales, porque en competencia pluralista, no suelen emerger líderes que conciten competencia y autoridad y que ambas les sean reconocidas incluso por quienes no parecen compartir su modo de ver el mundo; si De Gaulle cae en esa categoría, es más la excepción que la regla; Churchill perdió las elecciones después de ganar una guerra.

“Se les ha preguntado a los españoles si en este momento procede apoyar o criticar al Gobierno y mayoritariamente se declaran por el apoyo”

Por lo demás el supuesto carisma de autócratas diversos no ha existido casi nunca, fuera de los estrechos márgenes de la propaganda. La cuestión es si los españoles apuestan por una virtud nada cultivada en estos tiempos, pero que fue muy cara en la Roma Republicana, especialmente en sus últimos años y especialmente por los aristócratas, la “concordia” (que no es lo mismo que consenso). Se les ha preguntado a los españoles si en este momento procede apoyar o criticar al Gobierno y mayoritariamente se declaran por el apoyo; solamente entre los votantes de Vox quienes así se manifiestan son menos del 70%.

En esta misma línea de “concordia”, también los españoles apuestan por “grandes pactos” para superar la crisis económica que se derivará de la pandemia. Incluso los votantes de Vox apuestan en más del 80% por intentar llegar a acuerdos.

Ciertamente, parece que algunos o no saben leer o delegan la lectura en otros que cambian las líneas (¿a quién no le ha pasado alguna vez?) o la opinión de sus votantes no les “preocupa” demasiado, porque a la fecha de la encuesta son justamente los votantes de la derecha quienes percibían unas peores consecuencias económicas de la pandemia.

Casi con toda  seguridad, a día de hoy, esta percepción de gravedad se habrá incrementado para todos. Y nos interpela para encontrar la dirección correcta y remar juntos en la misma dirección.



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