El coronavirus vacía el Everest de escaladores por primera vez

El coronavirus deja vacía la cumbre del Everest por primera vez en años

El coronavirus deja vacía la cumbre del Everest por primera vez en años

Nepal y China no concederán este año permisos de escalada al Everest, lo que frena todas las expediciones de la época alta de primavera, a punto de empezar. Durante años se ha denunciado la masificación del techo del mundo, que el año pasado vio a más de 800 occidentales coronar su cumbre. La epidemia lo deja vacío por primera vez en décadas. La medida tendrá un fuerte efecto sobre la economía nepalí

 


Pedro Cáceres | Director Adjunto
Madrid | 19 marzo, 2020


La cumbre más alta del planeta estará este año, por primera vez en décadas, vacía de seres humanos. Nadie hollará esta temporada de primavera de 2020 la cima del Everest, el Chomolungma, la madre del mundo en la lengua local.

Este el momento clave del año en el que decenas de expediciones deportivas y cientos de aventuras comerciales mueven a occidentales hacia el Himalaya y dinamizan la economía de una de las regiones más pobres del planeta, que tiene ingresos per cápita de 1.000 dólares al año. Por contraste, escalar el Everest supone un gasto de entre 30.000 y 100.00 dólares por persona. Cada alpinista puede dar de comer a 100 nepalíes anualmente.

El Gobierno nepalí, y el de Tíbet, es decir, China, comparten las laderas de acceso al techo del mundo. Ambos acaban de anunciar que debido a la epidemia mundial de coronavirus no habrá escalada este año. El motivo es el el temor a que el movimiento de personas introduzca la enfermedad en las altas regiones del Himalaya. Nepal solo ha reportado hasta ahora un caso de infección por coronavirus, pero China e Italia, focos principales del coronavirus con permiso de España, son respectivamente su primera y tercera fuente de llegada de turistas.

Tiendas de campaña en el campo base del Everest. | Foto: R.M. Nunes

Lo que no han conseguido los hielos eternos ni las continuas protestas por la masificación del Everest lo consigue ahora un enemigo invisible, el coronavirus.

La temporada alta para escalar la cima más alta del mundo -8.848 metros- comienza justo ahora, entre marzo y mayo, una ventana de oportunidad para atacar la cumbre después de los rigores invernales y antes de que la llegada del monzón haga las condiciones meteorológicas imprevisibles. Por eso, es en primavera cuando se agolpan todos los equipos de escaladores del mundo y los buscadores de emociones intensas a golpe de talonario sobre la montaña más codiciada del planeta.

La decisión es un duro golpe, en primer lugar, para Nepal. Una de las naciones más pobres del mundo que ha convertido la explotación turística y deportiva del Everest en una de sus fuentes de divisas esenciales.

El 7% del PIB de Nepal es el Everest

El sector generó en 2018 unos 2.000 millones en ingresos y más de un millón de empleos directa e indirectamente, según el informe anual de investigación del Consejo Mundial de Viajes y Turismo, con una contribución del 7,9 % al PIB de Nepal.

La restricción llega además cuando habían transcurrido solo unos meses desde que el país lanzara la campaña Visita Nepal 2020, una iniciativa para revitalizar la industria turística después del terremoto de 2015, que destruyó el país y causó 9.000 muertos. El plan del gobierno nepalí era recibir este año dos millones de visitas, informa Efe, pero la situación ha cambiado radicalmente.

El único aeropuerto internacional de Nepal, el Tribhuvan, está desierto. La pista de Lukla, situada al pie de del pico más alto del mundo y que es el destino de las conexiones locales, también está en stand by. A principios de marzo suele tener 160 despegues y aterrizajes diarios, pero esta semana sólo tuvo 12, y la mayoría vuelos de carga y no de turistas.

Aeropuerto de Lukla, última pista de acceso al Everest desde Nepal.

Las estadísticas del Ministerio de Turismo nepalí indican que hay 16.248 guías certificados de excursión y montañismo, además de otros 4.126 guías turísticos. En total 138.148 personas se dedican al sector turístico en Nepal. Porteadores, cocineros, responsables de alojamiento y toda la cadena de suministro local se queda sin clientes que atender. Y especialmente los sherpas, los mejor pagados, guías de alta montaña con formación y experiencia en el terreno y en las técnicas de escalada.

Cerrojazo a una cumbre masificada

El cierre de puertas de acceso al Everest es un cambio radical en la dinámica de vulgarización que ha sufrido la montaña. Durante siglos, nadie se atrevió a escalarla. No solo por las condiciones objetivas de intentarlo, sino por las creencias locales que la consideraban inaccesible y sagrada.

En el siglo XIX, los británicos, viniendo desde la India, la cartografiaron. El general Andrew Waugh, topógrafo de Su Majestad, hizo una medición muy exacta de su altitud y la nombró en honor de su predecesor, el coronel George Everest, que nunca pisó sus nieves.

George Mallory fue uno de los primeros europeos en intentar hacerlo en los años 20 y pagó con su vida el intento. No fue hasta pasada la Segunda Guerra Mundial y con el resurgir del alpinismo deportivo, heroico y político, que diversas naciones trataron de sacar pecho plantando su huella sobre su cumbre pobre en oxígeno.

Sello de correos emitido en Gran Bretaña recordando la primera ascensión al Everest por Hillary y Tenzing.

En una carrera similar a la de la llegada a la Luna, se sucedieron diversas expediciones de Estado para hollar la cumbre. Se impuso Gran Bretaña, quizá en uno de los últimos logros de un imperio senescente.

El equipo militar dirigido por el general de brigada John Hunt incluía a 400 personas de apoyo que arropaban a una decena de los mejores atletas reclutados entre toda la Commonwealth. La industria y el Ejército británico se esmeraron en todos los detalles, desde el diseño de las botas y los abrigos hasta la comida de campaña, como narró Hunt en su antológico relato de la expedición.

Al neozelandés Hillary, que partía como reserva de los reservas de la elite de la escalada de su graciosa majestad y que era el último de la lista elegido para el éxito, fue a quien le tocó atacar finalmente e intentar hacerlo a la desesperada antes de que llegaran las lluvias.

Edmun Hillary y Tenzing Norgay posan sonrientes tras bajar del Everest en 1953.

Cuando llegó el día, Hillary, que no era más que un gregario en términos ciclistas, era el único del elenco internacional desplazado al Himalaya por Gran Bretaña que estaba en condiciones de intentar ascender desde el último campo de altura. Los demás estaban fuera de combate por el mal de montaña o los accidentes.

Le acompañó el sherpa Tenzing Norgay y lo consiguieron, salvando cerca de los 8.800 metros un escalón de nieve y roca muy exigente técnicamente que aún lleva el nombre de Hillary. Su foto dio la vuelta al mundo y marcó una época en la que Google Maps no estaba aún a mano de todos y lo imposible todavía existía. Era el 29 de mayo de 1953. Apenas seis años después, el norteamericano Neil Armstrong pisaba la Luna. Y un año después, en 1960, el belga Jacques Piccard descendía en un batiscafo a la Fosa de las Marianas, el fondo del mar. Terminaba así, en una década, la conquista de lo inalcanzable.

Conservación del Everest

Durante el resto de su vida, Hillary no hizo otra cosa que arrepentirse de lo que había provocado. Lamentó profundamente la banalización del alpinismo que vino después y la forma en la que la masificación del reto de los Himalayas estaba alterando la vida de los nepalíes.

Antes de morir, creó una fundación para construir escuelas y hospitales para la población local organizó campañas para limpiar las laderas del Everest de todos los restos que dejaban los montañeros. En la montaña sagrada se acumulan toneladas de tiendas de campaña, cuerdas, pertrechos, botellas de aire y los residuos orgánicos petrificados de más de 1.500 personas que se hacinan anualmente al pie del glaciar del Khumbu.

Mercado en Namche Bazaar, Nepal. | Foto: Petr Podrouzek

Una ley nepalí obliga desde hace poco a cada escalador a bajar al menos con ocho kilos de basura cada vez que asciende. Pero cada uno de ellos sube más de lo que baja. Diversas campañas de limpieza se han llevado a cabo, impulsadas por la Fundación Hillary y otras entidades, para limpiar las laderas del Himalaya de la basura de los montañeros de aluvión. Una de las últimas ha bajado con 11.000 kilos de material de montaña y basura variada.

El sumun ocurrió el año pasado. La foto dio la vuelta al mundo. Fue tanta la masificación en primavera que hubo cola para hacer cumbre, hacer la foto y subirla a las redes. En un solo día hubo 200 personas en la cima, haciendo cola literalmente para poder llegar. En pocos días hubo 825 personas en lo más alto. En la cumbre se agolpaban, haciendo turno, alpinistas de alcurnia y aventureros con dinero suficiente para pedir que alguien les llevara hasta allí.

Atasco en la cima del Everest en primavera de 2019, cuando más de 200 personas subieron en un solo día la cumbre

La aglomeración causó muertes. Fallecieron 11 personas, de ellas una decena de occidentales y un porteador local. Las condiciones de la montaña eran óptimas. Los profesionales dijeron que, en condiciones normales, deportistas profesionales hubieran salido vivos de allí. Hubo severas críticas hacia las agencias que se atreven a subir a gente no preparada a la cima.

Sebastián Álvaro, director durante 27 años del programa Al filo de lo imposible de TVE lo definía con claridad el año pasado en declaraciones a ABC. “El alpinismo ha muerto en la montaña más alta de la Tierra. De las 1.500 personas que han estado en el campo base, apenas un par podrían considerarse alpinistas de verdad, el resto son turistas que ponen una gran cantidad de dinero», afirmaba.

Este año no pasará. La razón se llama coronavirus. La cima del Chomolungma estará tan vacía como en 1952, un año antes de que el nepalí Tenzing abriera a Hillary la puerta de la montaña sagrada.

Hasta 60.000 euros por subir al Everest

Escalar el Everest es una continua suma de gastos. Los gastos de vuelos internacionales y locales suman miles de euros por persona, para empezar. Después viene el permiso por escalador. Es de 11.000 dólares por persona desde Nepal y entre 10.000 y 20.000 dólares desde China, pero es solo un parte del importe. Este pago solo es un trámite para permitir la práctica deportiva.

Nepal también exige que una empresa local organice la expedición a un coste de 2.500 dólares por equipo y que un funcionario se encargue de la coordinación del grupo por 3.000 dólares por expedición.

También es obligatorio contratar un sherpa o guía por 4.000 o 5.000 dólares al mes. No hay que confundir al sherpa con el porteador. El sherpa es un escalador consumado, un guía. El porteador es un mozo de carga que está al mismo nivel que el cocinero, otro hombre fundamental y que también hay que contratar.

China no tiene buenos guías o sherpas. Si encaras la cima desde el lado tibetano y quieres traer contigo un nepalí que sepa ascender hasta lo más alto -muchos de ellos tienen más cumbres que algunas celebridades occidentales- tienes que pagar su sueldo y otros 4.000 por dejarle trabajar en China.

A eso hay que sumar el seguro obligatorio de evacuación, cuya cobertura mínima es de miles de dólares y puede llegar a 20.000 si se asegura una evacuación en helicóptero.

Sin en lugar de diseñar el viaje de forma personal se prefiere contratar el paquete, las agencias internacionales han estado pidiendo entre 40.000 y 65.000 euros por persona. En los últimos años ha ido surgiendo una competencia local, de agencias nepalíes, que rebajan el precio a 30.000 dólares por escalador.



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