El doble filo de la esperanza

El doble filo de la esperanza

Si algo nos ha demostrado esta crisis sanitaria es la profunda interdependencia de la humanidad. Es hora de que reconozcamos el principio de la ciudadanía mundial como ese valor compartido que puede dar sentido a nuestros monumentales desafíos.  Es lo que defiende Farshad Arjomandi en esta tribuna en las que recuerda tres claves de la ‘buena vida”: afrontar la existencia teniendo control, propósito y comunidad

Farshad Arjomandi Consultor y coach de organizaciones. Director de Cuántica Consulting


Hace unos días leí algo estremecedor. Según un estudio realizado en 2014 sobre los efectos de la Gran Recesión en la tasa de suicidios, en Europa y EEUU por cada 1% de aumento de desempleo aumentaba un 1% los suicidios. El suicidio es la máxima expresión de la desesperación a la que puede llegar un ser humano en momentos de gran tensión emocional. Desafortunadamente, disponemos ya de estudios fehacientes que ponen de manifiesto la rápida propagación de los efectos nocivos de la pandemia en la salud mental y familiar.

Dicen que la esperanza es lo último que se pierde. Los seres humanos tenemos una extraordinaria capacidad para encontrar la luz en medio de la oscuridad (por eso hemos llegado hasta aquí como especie). También nos fascina lo mágico. Por ello, cuando nos encontramos ante dificultades podemos caer en la tentación de encomendamos a la suerte y esperar que las cosas cambien por arte de magia.

Según Nietzsche, la esperanza es el peor de los males. Esta afirmación del filósofo alemán denuncia el peligro que subyace en esa vertiente ilusoria de la esperanza, que -dice Nietzsche- prolonga el tormento del hombre.

Según la RAE la esperanza es el “estado de ánimo que surge cuando se presenta como alcanzable lo que se desea”.

El caos que ha creado la pandemia ha generado miedo, depresión, ira… ¿Sería posible cambiar este desasosiego por un estado de ánimo de esperanza? ¿Sería alcanzable o estaríamos ante un brindis al sol?

“La esperanza se sostiene sobre tres elementos: control, propósito y comunidad”

La esperanza se sostiene sobre tres elementos: control, propósito y comunidad.

El control nos da seguridad. Sin este sentimiento, difícilmente veríamos alcanzable nuestros objetivos. Sin embargo, en momentos de gran incertidumbre hablar de control resulta cuanto menos contradictorio. Todo indica que en esta nueva era de emergentes cambios, el lugar del control como impulsor de la esperanza ha de tomarlo la confianza. La confianza también genera seguridad; pero desde una perspectiva muy diferente.

El propósito es el origen de cualquier decisión. Si no tienes un propósito que te motive a actuar no tiene sentido hablar de esperanza. Viktor Frankl nos demostró, con su propio ejemplo, que el hombre puede salir del laberinto de la desesperanza dándole sentido a las azarosas circunstancias de su vida. Este principio rige también en el sentido contrario: la falta de sentido en la vida nos conduce al desánimo. Muchos autores señalan que los valores personales constituyen palancas poderosas para superar las pruebas de la vida. El propio Frankl escribió: “La posesión de valores alivia al hombre en su búsqueda de sentido”.

“Todo indica que en esta nueva era de emergentes cambios, el lugar del control como impulsor de la esperanza ha de tomarlo la confianza”

Sin embargo, tenemos la necesidad de compartir nuestros valores con otros. Necesitamos sentirnos parte de una comunidad que se afana por los mismos propósitos. El sentido de pertenencia a una comunidad nos mantiene motivados y sostiene nuestros esfuerzos en el tiempo.

Recapitulando: para tener una esperanza sólida (no ilusoria) necesitamos generar confianza, tener un sentido de propósito y trabajar en comunidad con unos valores compartidos.

Uno de los aspectos esenciales para hacer posible la confianza es saber que el objetivo se puede lograr. En este sentido, no hay nada más verosímil que lo que ya se ha conseguido. Si en el pasado hemos sido capaces de superar retos similares a los actuales, este hecho nos da confianza en que podemos superar los nuevos desafíos.

En los últimos 100 años, la humanidad ha conseguido avances espectaculares, a pesar de haber vivido dos cruentas guerras mundiales, una guerra fría, dos recesiones económicas de magnitudes formidables y un gran número de intrincados conflictos regionales. En este sentido, los trabajos de Hans Rosling y Steven Pinker nos demuestran, con datos, que el mundo está mucho mejor de lo que pensamos. Esto, sin duda, da mucha confianza. Hemos sabido llegar hasta aquí, que no es poco.

“Para tener una esperanza sólida (no ilusoria) necesitamos generar confianza, tener un sentido de propósito y trabajar en comunidad con unos valores compartidos”

No obstante, también existen numerosos estudios acreditados sobre salud mental que ponen de manifiesto el gran descontento que sienten un considerable número de personas. Por citar un ejemplo, el informe Gallup Global Emotions, que publica anualmente la consultora estadounidense, analiza un gran número de indicadores del estado emocional de la población mundial. Datos que son poco halagüeños.

Esto nos conduce a nuestro segundo constructor de la esperanza: el sentido de propósito. Parece evidente que si queremos encontrar una coherencia entre el progreso material (esencial para el avance de la humanidad como civilización) y el bienestar psicológico (imprescindible para la felicidad de las personas), es indispensable cambiar nuestro enfoque sobre la prosperidad.

La competencia feroz, la lucha por sobresalir, la imperiosa necesidad de poseer y consumir, son ejemplos de las presiones a las que nos somete a diario el modelo socioeconómico que ha echado raíces en todo el planeta. Un modelo que crea bienestar material y -al mismo tiempo- genera graves trastornos ambientales, así como vacío, descontento y desesperanza en muchos corazones.

“Los trabajos de Hans Rosling y Steven Pinker, previos a la pandemia, nos demuestran, con datos, que el mundo está mucho mejor de lo que pensamos”

Este punto nos conduce al último constructor: la necesidad de tener unos valores que confieran a nuestras vidas un sentido más amplio, un propósito que vaya más allá de la materialidad. Unos valores que podamos ejercer en cooperación con otros.

Si algo nos ha demostrado esta crisis sanitaria es la profunda interdependencia de la humanidad. Es hora de que reconozcamos el principio de la ciudadanía mundial como ese valor compartido que puede dar sentido a nuestros monumentales desafíos.

“El propósito es el origen de cualquier decisión. Si no tienes un propósito que te motive a actuar no tiene sentido hablar de esperanza”

Existen razones de peso para tener confianza. Disponemos de nuevos valores para dotar de sentido a estas crisis recurrentes; pero hace falta comprometerse con ellos a nivel personal y colectivo. Y, especialmente, hace falta crear comunidades pujantes que promuevan no solo el progreso material, sino también el bienestar psicológico de las personas. Por tanto, hay lugar para la esperanza.

Depende de nosotros escoger trabajar para construir un nuevo contrato social, fruto del consenso y de la experiencia, o dejar nuestros asuntos en manos de la suerte, mientras seguimos haciendo las mismas cosas que nos producen desesperanza. De otra forma, podemos crear una sólida esperanza como consecuencia de renovadas acciones que estén en armonía con los nuevos valores y nuevas formas de relacionarnos.



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