La fiebre tifoidea, una epidemia del agua que asoló Barcelona en 1914

La fiebre tifoidea, una epidemia del agua que asoló Barcelona en 1914

Con motivo de la crisis del coronavirus, El Ágora inaugura una serie sobre otras grandes pandemias de la historia. En esta primera entrega, el protagonista es la fiebre tifoidea, una enfermedad bacteriana que se trasmite a través de agua y alimentos contaminados


La Barcelona de 1914 tenía muy poco que ver con la actual. Con una población que ya superaba los 600.000 habitantes, la Ciudad Condal era una urbe insalubre y sucia, donde la basura y el detritus se amontonaba en las calles, las ratas campaban a sus anchas y las palomas muertas se amontonaban en las azoteas de los edificios. En los patios se criaban desde cerdos hasta vacas y los establos eran un elemento más del paisaje urbano. Un escenario ideal para que apareciera la fiebre tifoidea.

Por aquel entonces, el agua era un lujo. Aunque seguía siendo vital para los ciudadanos barceloneses, solo algunos privilegiados tenían acceso a un suministro propio, mientras la mayoría de la población se tenía que conformar con fuentes y lavaderos. Atraídos por lo que se percibía como una necesidad básica que no estaba siendo satisfecha, inversores públicos y privados se centraron a principios del siglo XX en dotar a la ciudad de redes de suministro. Para 1914, la competición estaba entre dos operadores: la municipal Aguas de Montcada y la privada Societat General d’Aigües de Barcelona (SGAB).

Ese mismo año arrancaba la Gran Guerra en Europa, que pasará a la historia por ser la primera en la que los muertos en combate superaron a las víctimas de epidemias. Pero en España, país neutral, el foco estaba puesto en otro sitio completamente diferente. Las fiebres tifoideas eran un mal endémico de ciudades como Barcelona, donde se cobraban cerca de 400 víctimas cada año, pero en 1914 el problema se extendió hasta convertirse en una epidemia que diezmó la población local.

La fiebre tifoidea es una enfermedad infecciosa cuyos síntomas más comunes son la fiebre elevada y los dolores abdominales. La causa de estas dolencias es la infección por la bacteria Salmonella typhi, que se trasmite sobre todo a través de alimentos y aguas contaminadas por materias fecales. Es importante distinguirla del tifus, que produce unos síntomas similares pero se contagia a través de una bacteria distinta que se transmite con la mordedura de insectos como las pulgas.

En el mundo desarrollado, gracias a los avances en la sanitización alimentaria, es ahora una enfermedad residual. Sin embargo, se estima que en el planeta se producen 22 millones de casos y 200.000 muertes por fiebre tifoidea al año, sobre todo en países subdesarrollados cuyo sistema de gestión del agua es similar al que tenía España a principios del siglo XX.

La epidemia del 14

Volvamos a Barcelona. Finales de verano de 1914. Aunque la fiebre tifoidea está a la orden del día, los médicos del barrio de Sant Andreu empiezan a detectar un aumento significativo de los contagios, aunque el Gobierno local se resiste a actuar. Entonces, la alarma saltó definitivamente gracias a uno de los competidores por la gestión del agua de Barcelona, la SGAB.

Un abogado de la empresa señaló en un mapa los domicilios de los infectados. Los puntos se arremolinaban alrededor de determinadas fuentes públicas: Barri Vell, Eixample, Consell de Cent, La Barceloneta… Todas bajo la supervisión de la compañía municipal Aguas de Montcada. Esto provoca que, en la prensa de la época, se empiece a denunciar la total ausencia de análisis de control diarios del agua.

Sin embargo, la paralísis política del ayuntamiento siguió siendo total. Tuvo que ser el doctor Ramón Turró, director del Laboratorio Microbiológico Municipal y respetado científico, el que tuviera que tomar medidas drásticas por su propia cuenta. Tras determinar que el foco de la infección tenía que estar en el suministro de Aguas de Montcada, se armó con una brocha y un cubo de pintura y marcó por su cuenta y riesgo con una equis roja todas las fuentes contaminadas.

La epidemia duraría todo el otoño y solo la presión popular logró forzar al ayuntamiento a clausurar todas las fuentes abastecidas por la empresa pública. En apenas tres meses, la epidemia afectaría a 25.000 ciudadanos, de los que fallecieron al menos 2.036 personas.

Bulos y protestas

Aunque haya pasado ya más de un siglo, y entre las condiciones sanitarias de ayer y hoy exista un abismo, hay algunas particularidades que vinculan esta pandemia con otras más actuales como la reciente crisis del coronavirus. Entre ellos, la expansión de bulos y falsos remedios. De hecho, los avispados empresarios y laboratorios de la época corrieron a vender milagrosos remedios contra la enfermedad, entre los que se encontraban productos tan caseros como el zumo de limón y el agua hervida.

Incluso las compañías de bebidas alcohólicas intentaron sacar tajada de la epidemia, promocionando sus productos como única alternativa no contaminada al agua. La cervecera Moritz aseguró en un comunicado que ninguno de sus empleados se había contagiado, gracias a una dieta que incluía su cerveza como único líquido.

Lo que por ahora no ha despertado el coronavirus es la ira ciudadana. En la Barcelona de 1914, la incompetencia percibida del Ayuntamiento fue tal que a finales de noviembre muchos ciudadanos se echaron a la calle a protestar airadamente contra la gestión municipal. Consideraban a los concejales y agentes públicos como responsables de la propagación de la epidemia, por no haber invertido los recursos necesarios en obras de saneamiento y por no haber ejercido un control sanitario real de las aguas.

La protesta popular acabaría con cargas y tiros de las autoridades contra los manifestantes, pero lograría que se procediera al cierre de las aguas de Montcada, lo que a medio plazo supuso que la SGAB se quedara con todo el suministro, que renovó con agua procedente del río Ter. Tan solo unos días después, se daría por cerrada la crisis de la fiebre tifoidea.



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