La polio, una epidemia que ayudó a inventar los cuidados intensivos

La polio, una epidemia que ayudó a inventar los cuidados intensivos

La polio, una epidemia que ayudó a inventar los cuidados intensivos

El sacrificio de los sanitarios y una idea revolucionaria en un hospital de Copenhague fueron claves para acabar con la alta mortalidad de la polio, ayudando a desarrollar los ventiladores y las UCI que hoy en día son imprescindibles para combatir el coronavirus

Verano de 1952. Una epidemia de polio con una mortalidad nunca vista se extiende por Dinamarca. En el hospital Blegdam de la capital, Copenhague, el número de ingresos por esta enfermedad, que afecta sobre todo a niños y adolescentes, está disparado. Decenas de jóvenes mueren cada día por fallo respiratorio, sin que los médicos y enfermeras puedan hacer nada por evitarlo: el material del que disponen es insuficiente y ni siquiera se conoce demasiado bien todavía cómo actúa esta enfermedad, que existe desde siempre pero no fue identificada y bautizada hasta mediados del siglo XIX.

Este oscuro panorama fue clave para comenzar a desarrollar la medicina de cuidados intensivos y el uso de ventilación mecánica fuera del quirófano, dos innovaciones que ahora mismo están de nuevo en el centro de la vida médica debido a la crisis del coronavirus. Para lograr estos avances fue necesaria la gran inventiva de un anestesista danés, pero sobre todo el sentido del sacrificio de los sanitarios del hospital, dispuestos a bombear oxígeno de manera manual durante días para salvar vidas.

Pero no adelantemos acontecimientos. Lo primero, es necesario explicar qué es exactamente la poliomielitis, nombre oficial de la enfermedad que causa el conocido como poliovirus. Se trata de un mal infeccioso muy fácil de contagiar, aunque solo tiene efectos graves en aproximadamente un 5% de los infectados. Afecta sobre todo a niños y adolescentes, produciéndoles una parálisis muscular al atacar su sistema nervioso que, en casos graves, puede ser permanente e incluso provocar la muerte si se bloquea el diafragma.

Actualmente se sabe que la polio, como otras grandes pandemias del siglo XIX y XX, se transmite a través de agua o comida contaminadas por materias fecales. Desde mediados de los años 50, cuando se desarrolló una vacuna, los infectados por poliovirus han descendido drásticamente y solo sigue habiendo poliomielitis en las comunidades más pobres y marginadas de países en desarrollo, donde acecha a los niños más vulnerables.

Las campañas de vacunación contra la polio son imprescindibles para intentar erradicar la enfermedad. En la imagen, un niño pakistaní es vacunado en Lahore.

Pero en el verano 1952, aunque solo faltaba un poco menos de tres de años para que se hicieran públicos los espectaculares resultados de la vacuna para la polio desarrollada en Estados Unidos por el médico Jonas Salk, la enfermedad no distinguía tanto entre niños ricos y pobres. Era un problema médico de primera magnitud. De ahí la importancia de la idea que tuvo el anestesiólogo Bjørn Ibsen.

El ¡Eureka! de Ibsen

A mediados del siglo XX, la única forma de permitir resistir a las personas con problemas graves de respiración era el pulmón de acero. Inventado en los años 20 en Estados Unidos, este sistema utiliza la presión negativa: un sarcófago de metal encierra herméticamente el cuerpo del paciente, creando un vacío alrededor del mismo que obliga a las costillas, y por lo tanto a los pulmones, a expandirse, lo que permite que se vuelvan a llenar de aire.

Sin embargo, el pulmón de acero solo resolvía parcialmente el problema de la parálisis respiratoria. Muchas personas con poliomielitis morían incluso aunque lo utilizaran, ya que podía haber complicaciones en la aspiración al no existir protección de la vía aérea. Además, eran unos aparatos muy complicados y caros, por lo que los hospitales no solían contar con muchas unidades.

El anestesiólogo Bjørn Ibsen. | Wikipedia Commons

Bjørn Ibsen, un anestesiólogo local que acababa de regresar recientemente de un entrenamiento en el Hospital General de Massachusetts en Boston tuvo una idea brillante: soplar aire directamente en los pulmones para expandirlos, dejando luego que el cuerpo se relajase y exhalase pasivamente. Para ello era necesario hacer una traqueotomía y después insertar un tubo en el cuello para que entregara directamente el oxígeno a los pulmones. Es decir, utilizar la ventilación con presión positiva, una técnica que se utilizaba a menudo en cirugías, pero que no tenía aplicación en las salas de hospital.

A Ibsen se le autorizó a probar la técnica en una niña de 12 años, que se llamaba Vivi Ebert y estaba al borde de la muerte por polio paralítica. El resultado fue espectacular: tras una traqueotomía, Ibsen mantuvo viva a la niña apretando una bolsa unida al tubo. Ebert sobreviviría más de 20 años, hasta que en 1971 murió paradójicamente de otra infección vírica en el mismo hospital.

En la época, no existían los ventiladores de presión positiva en la medicina, aunque ya se habían utilizado técnicas similares durante la Segunda Guerra Mundial para ayudar a los pilotos a respirar las presiones disminuidas a gran altura. Por tanto, el hospital tuvo que improvisar para poder generalizar el pionero método de Ibsen: en turnos de seis horas, estudiantes de medicina y odontología de la Universidad de Copenhague se sentaron al lado de la cama de cada persona con parálisis y los ventilaron a mano.

El sistema, aunque profundamente innovador, era rematadamente simple: los estudiantes apretaban una bolsa conectada al tubo de la traqueotomía y así llenaban de aire los pulmones de los pacientes en parálisis respiratoria. Se les indicaba cuántas respiraciones para administrar cada minuto, y, durante semanas, cientos de estudiantes se fueron turnando para sentarse hora tras hora al lado las decenas de niños y adolescentes que estaban muy graves por la polio. Para mediados de septiembre, la mortalidad de estos pacientes se había reducido al 31% y se estima que más de 120 personas salvaron la vida en un mes.

Una lección para el futuro

La epidemia de polio de Copenhague, a pesar de su relativa oscuridad histórica, dejó grandes lecciones para la medicina de los años siguientes e incluso tiene importantes repercusiones para la pandemia de coronavirus que enfrentamos hoy. Desde un punto de vista científico, la experiencia ayudó a entender mejor el porqué de las muertes por polio. Hasta ese momento, se pensaba que la causa era la insuficiencia renal, pero los experimentos de Ibsen demostraban que lo que en realidad ocurría era que la ventilación inadecuada provocaba la acumulación de dióxido de carbono en la sangre, lo que la hacía muy ácida y provocaba el fallo de los órganos.

Por supuesto, la idea de Iben también demostró que era factible mantener a las personas con vida durante semanas y meses con ventilación con presión positiva. A partir de esta experiencia se empezarían a fabricar ventiladores de este tipo a escala industrial, por lo que pronto se convertirían en un equipamiento imprescindible en cualquier hospital

Pero, sobre todo, la experiencia hizo posible el descubrimiento de que, si se reunía en una misma sala a todos los pacientes que luchaban por respirar, era más fácil cuidarlos, ya que se tenía en un mismo lugar el equipamiento necesario y el personal con experiencia en insuficiencia respiratoria y ventilación mecánica. Esto significó el nacimiento del concepto de la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI). Tras instalarse en todos los hospitales de la capital danesa en menos de un año Copenhague al año siguiente, las UCI se extendieron a todo el mundo y el uso de presión positiva se convirtió en la norma.

polio
UCI del hospital del centro médico de Yale-New Haven, inaugurada en 1960. | Yale University

Eso sí, en los primeros años, muchas de las características de seguridad de los ventiladores modernos no existían. Por ejemplo, no había alarmas: si el ventilador se desconectaba accidentalmente y no había personal cerca, el paciente podía fallecer en muy poco tiempo. Además, los primeros ventiladores obligaban a las personas a respirar a un ritmo fijado artificialmente, mientras que ahora estos aparatos están tan avanzados que detectan cuándo necesita respirar un paciente, además de tomar medidas de sus pulmones que permiten elegir cuánto aire dar con cada respiración.

Ahora, los ventiladores y las UCI están más desarrollados que nunca, pero el coronavirus ha demostrado que cualquier pandemia desconocida que ataque los pulmones puede hacer colapsar estos sistemas, ya que no hay suficientes aparatos para cubrir el número de personas que ingresan con parálisis respiratoria. Sin embargo, al igual que pasó en la Copenhague de 1952, la falta de medios puede verse suplida en cierta medida por el coraje y el sacrificio de los trabajadores sanitarios. Por eso aplaudimos todos cada día a las 8 de la tarde.



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