La destrucción de ecosistemas aumenta la dispersión de virus

La destrucción de la naturaleza impulsa el contagio de virus al ser humano

La destrucción de la naturaleza impulsa el contagio de virus al ser humano

Los mismos procesos que causan la destrucción del medio ambiente también potencian el contagio de patógenos desde la fauna hasta el ser humano. Un estudio señala que el ganado doméstico ha transmitido históricamente ocho veces más virus que los animales silvestres, pero eso está cambiando por la alteración de los ecosistemas


Pedro Cáceres | Director adjunto
Madrid | 10 abril, 2020


Desde que la epidemia de coronavirus empezó a extenderse por el mundo, planteando todo tipo de incertidumbres, ha habido una cuestión relacionada con el medio ambiente que ha ido tomando fuerza entre epidemiólogos y ecólogos. ¿Tiene algo que ver la dispersión de este tipo de virus con el estado actual del planeta? Un estudio sobre virus de origen animal recién publicado por investigadores de la Universidad de California en Davis afirma rotundamente que sí y explica el porqué.

La clave principal es que ha aumentado la posibilidad de que la fauna silvestre entre en contacto con el ser humano y con su ganado doméstico. La explotación de los animales salvajes por medio de la caza, el comercio de especies y la penetración de las actividades humanas hasta los últimos rincones permite que la cercanía entre las personas y los seres silvestres aumente, al mismo tiempo que rompe el equilibrio dinámico que mantiene la salud general de los ecosistemas y hace que las poblaciones silvestres restantes sean más susceptibles a adquirir enfermedades.

Macacos en un templo de Katmandú (Nepal), una especie silvestre habituada a vivir en entornos humanos y que es un vector de virus. | Foto: Christine K. Johnson, UC Davis

Las actividades humanas que están provocando la extinción masiva de especies en todo el mundo son también, precisamente, las que hacen aumentar el riesgo de contaminación cruzada entre animales y personas, o de zoonosis, afirman los autores del estudio, que se ha publicado en la revista científica Proceedings of the Royal Society B.

“La transmisión de virus desde animales es un resultado directo de los impactos que producimos en la biodiversidad y en los hábitats”, dice la epidemióloga y autora principal de la investigación, Christine Kreuder Johnson, directora de USAID PREDICT un proyecto de la Agencia de EEUU para el Desarrollo y responsable también del One Health Institute, de la Universidad de California Davis.

“La consecuencia es que los animales están compartiendo sus virus con nosotros. A medida que los llevamos a la extinción también incrementamos el riesgo de que nos transmitan patógenos. Es una convergencia de factores que se genera por la situación de desorden en los ecosistemas que estamos generando”, añade.

En el mismo sentido se expresaba estos días la directora ejecutiva del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), Inger Andersen, en un artículo publicado en la web de la ONU. “La salud de nuestro planeta juega un papel importante en la propagación de enfermedades zoonóticas”, escribía.

“A medida que invadimos los frágiles ecosistemas del planeta, los seres humanos entran en mayor contacto con la vida silvestre. Además, el comercio ilegal de vida silvestre y los mercados de animales salvajes vivos son causas frecuentes de tales enfermedades. Alrededor de 75% de las nuevas enfermedades infecciosas son zoonóticas y, de hecho, cerca de 1.000 millones de contagios y millones de muertes ocurren cada año a causa de este tipo de afecciones”, añade la directora del PNUMA.

Los ecosistemas pierden su resistencia natural

Los sistemas naturales inalterados reducen la posible transmisión de enfermedades, al estar “diluidos” los agentes patógenos entre la diversidad de especies, limitando también el contagio y la expansión.

En hábitats bien conservados, con gran variedad de especies y alto número de ejemplares, los virus se distribuyen entre las distintas especies, pero también tienen muchas posibilidades de acabar en alguna que bloquea su dispersión, explica WWF en un informe reciente.

Además, existen predadores que eliminan preferentemente los ejemplares más débiles y enfermos. Todo ello contribuye a mantener controlados los efectos de posibles enfermedades en la propia población y a reducir notablemente el riesgo de transmisión a otras especies, explica Luis Suárez, responsable de conservación de especies de la ONG internacional.

Un repaso a 142 virus

Para llevar a cabo el trabajo recién publicado, los científicos tomaron la base de datos de los 142 virus conocidos que han saltado desde los animales hasta el ser humano y las especies que han estado implicadas como potenciales hospedadores.

Después, emplearon la Lista Roja de Especies Amenazadas de la IUCN para ver los patrones en la abundancia de esas especies, el riesgo de extinción y las causas subyacentes para su declive.

La interacción con animales a lo largo de la historia ha sido una fuente constante de adquisición de virus, afirman los expertos, pero en las últimas décadas la tendencia ha cambiado en diversas y preocupantes direcciones.

Red que muestra que muestra las especies silvestres y domesticadas y sus asociaciones con virus. Las especies huésped que portan los mismos virus aparecen enlazadas por conectores. | Ilustración: Universidad de California Davis

El ganado, fuente histórica de virus

Entre sus conclusiones destacan que los animales domesticados, incluido el ganado, son el grupo de fauna que ha compartido el mayor número de virus con los humanos. Históricamente, ha habido ocho veces más infecciones zoonóticas producidas por ganado que por animales silvestres. Algo lógico si se tiene en cuenta el cercano contacto con los rebaños que hemos tenidos durante milenios.

La viruela, por ejemplo, una de las más terribles plagas que han azotado a la Humanidad, se originó muy probablemente en el ganado bovino. De hecho, el remedio contra la misma fue elaborado por Jenner en el siglo XVIII tomando una variedad menos letal, el virus de la viruela bovina, para crear la primera vacuna. Recordemos que, precisamente, la raíz etimológica de la palabra vacuna proviene de ahí: las vacas ayudaron a crear la primera.

Pero la situación histórica ha cambiado con el cambio global producido por el ser humano en las últimas décadas. La población mundial se ha duplicado en apenas 40 años y eso ha llevado a aumentar nuestra presencia de forma acelerada en todos los territorios, destruyendo hábitats hasta entonces silvestres.

Ha habido una serie de animales generalistas y más adaptables a la degradación de los ecosistemas que han prosperado, porque pueden resistir y habitar en entornos humanizados. Son precisamente los que tienen ahora más capacidad para compartir virus.

Las personas que ordeñaban vacas desarrollaban en ocasiones una enfermedad que se manifestaba con pústulas en las manos debido a la viruela vacuna.

Esto incluye a algunos roedores – recordemos que las ratas eran el principal vector de la peste -, los murciélagos y algunas especies de monos que viven cerca de los hogares o los campos de labor. Esto aumenta el riesgo de transmisión de virus a las personas.

Una situación opuesta es la que atraviesan las especies más singulares, las escasas y amenazadas. Según el estudio hay una serie de animales emblemáticos que han visto perder poblaciones debido a la caza, la captura para el tráfico y venta de ejemplares vivos o el deterioro de sus hábitats.

Estos animales muestran un sistema inmunológico deprimido debido al estrés y muestran una erosión genética en el conjunto de la población por la pérdida rápida de ejemplares. Y debido a ello son más propensos a ser atacados por enfermedades.

Según los expertos de la Universidad de California, las especies escasas sometidas a presión humana tienen dos veces más posibilidades de albergar carga viral zoonótica que aquellas que mantienen poblaciones estables o las tienen reducidas por pautas naturales.

Una cuestión a considerar por gestores de fauna es que las especies amenazadas y en peligro de extinción también tienden a ser muy manejadas y monitoreadas directamente por los equipos de trabajo que intentan conservarlas, lo que también las pone en mayor contacto con las personas.

“Tenemos que estar muy atentos a cómo interactuamos con la vida salvaje y a las actividades que llevan a los seres humanos a entrar en contacto con animales silvestres”, afirma Christine Kreuder Johnson. “No queremos tener pandemias de esta escala. Necesitamos encontrar la forma de coexistir de forma segura con la fauna silvestre y su reservorio de virus”.

Un pensamiento compartido

La idea de que la destrucción de los ecosistemas conlleva una confusión en los equilibrios biológicos y una mayor posibilidad de transmisión de enfermedades desde la fauna a la especie humana es una línea común de trabajo de mucho equipos de investigación, y también un tema de debate que ha ganado peso durante la pandemia en ámbitos expertos.

Ejemplar de chimpancé

Esta misma semana, se daba a conocer un estudio de la Universidad de Stanford, afirmando que los virus que saltan de animales a personas, como el responsable de COVID-19, probablemente se volverán más comunes a medida que las personas continúen transformando hábitats naturales en tierras agrícolas.

El análisis, publicado en Landscape Ecology, revela cómo la pérdida de bosques tropicales en Uganda pone a las personas en mayor riesgo de interacciones físicas con los primates salvajes y los virus que transportan.

“En un momento en el que COVID-19 está causando un nivel sin precedentes de devastación económica, social y de salud, es esencial que pensemos críticamente acerca de cómo los comportamientos humanos aumentan nuestras interacciones con animales infectados por enfermedades”, afirma la autora principal del estudio, Laura Bloomfield.

“La combinación de cambios ambientales importantes, como la deforestación y la pobreza, puede provocar el fuego de una pandemia global”.

La globalización también influye

Para entender el cóctel letal que el ser humano está tejiendo en su relación con la naturaleza hay que tener en cuenta la acumulación de varios factores. Por un lado, el impacto sobre la salud de los ecosistemas. Por influencia directa, como la alteración de hábitats, pero también por otras diferidas, como el cambio climático, que somete a un estrés no previsto a las comunidades biológicas.

Después, hay que sumar la invasión del territorio y la superpoblación, que incrementan el contacto entre fauna silvestre y personas hasta límites nunca vistos antes en la historia de la humanidad.

Además, hay que añadir la globalización, que permite que  los problemas se dispersen a toda velocidad por el globo. En ese sentido, por ejemplo, en las últimas seis décadas, algunos mosquitos han aumentado un 11 % su capacidad vectorial de transmisión de enfermedades, es decir, la eficacia con la que el insecto es infectado por un patógeno y, a su vez, es capaz de transmitirlo a un hospedador.

Mosquito tigre, una de las especies tropicales vector de enfermedades asentada ya en España. (‘Aedes albopictus’)

Hoy en día, algunas infecciones propagadas por mosquitos (u otros vectores como las garrapatas) empiezan a aumentar su incidencia o área de distribución. De hecho, en años recientes ha resurgido la malaria en Grecia o la fiebre del Nilo Occidental en Europa del Este, recuerda la organización SEO/BirdLife, representante en España de BirdLife internacional, la mayor red de entidades de estudio de la avifauna en el mundo.

Algunas especies de mosquitos empiezan a aparecer en lugares donde no se les esperaba. Según un artículo reciente del Grupo de Entomología Médica de Departamento de Respuesta a Emergencias de la sanidad pública inglesa difundido en la revista médica de referencia TheLancet, “estos cambios se deben en parte al aumento de la globalización, con vuelos intercontinentales y el transporte marítimo global creando nuevas oportunidades para los vectores invasores y los patógenos que ellos transmiten”.

La misma información añade que las variaciones en la distribución de vectores están siendo impulsadas por “cambios climáticos y cambios en el uso del suelo, las infraestructuras y el medio ambiente”.

El coronavirus no ha surgido de la nada ni es un arma biológica diseñada por un Estado tramposo o un malvado propio de James Bond. El SARS-CoV-2 lo ha creado la naturaleza, pero lo ha hecho espoleada por la capacidad del ser humano para acelerar los cambios biológicos.

La larga historia de convivencia con los patógenos animales que arrancó en el Neolítico está llegando ahora a un punto insospechado. La dinámica de control sobre la Tierra que el ser humano ha ejercido desde que aprendió a hablar y organizarse nos ha devuelto una bofetada que derrumba nuestra ilusión de control sobre lo vivo.

Como en la premonitoria La Guerra de los Mundos, de H. G. Wells, los invasores, poderosos y armados de tecnología, se derrumban como un castillo de naipes ante la presencia de un enemigo insospechado, invisible, menor pero deletéreo: un virus.

La diferencia respecto al relato de Wells es que los invasores del planeta somos nosotros.

De la gripe a la peste, el origen está en los animales

Las zoonosis conocidas son muy numerosas y entre ellas están la rabia, la leptospirosis, el ántrax, el Síndrome Agudo Respiratorio Severo (SARS), el Síndrome Respiratorio de Medio Oriente (MERS), la fiebre amarilla, el dengue, el SIDA, el ébola, la fiebre Chikungunya y la COVID-19, pero también la gripe común.

El ser humano ya ha tenido que enfrentarse a zoonosis que han determinado el curso de la historia, como la peste bubónica, transmitida a las personas por las pulgas de algunos roedores, como las ratas, y causada por la bacteria Yersinia pestis, que mató a la tercera parte de la población europea en la Edad Media.

Un informe recién publicado por WWF recuerda que más del 70% de las enfermedades humanas en los últimos 40 años han sido transmitidas por animales salvajes.



Se adhiere a los criterios de transparencia de

Archivado en:
Otras noticias destacadas