Nueva York: que venga la siguiente plaga - EL ÁGORA DIARIO

Nueva York: que venga la siguiente plaga

Nueva York: que venga la siguiente plaga

Nuestro corresponsal en Estados Unidos nos ofrece un retrato admirable de la tensión que vive el país. La mezcla de crisis sanitaria y conflictos sociales espoleados por la muerte a mano de la Policía de un varón negro en una brutal detención han encendido los disturbios y las reivindaciones raciales. Martin Luther King, Malcolm X y Rosa Parks vuelven a estar en boca de todos con un Donald Trump sentado en la Casa Blanca


Argemino Barro | Especial para El Ágora
Nueva York | 12 junio, 2020


A veces miro al cielo esperando ver una nube oscura. Una mancha vibrante que suba y luego descienda sobre nosotros como las flechas del ejército persa. Primero, unas pocas langostas caerían a nuestro alrededor, haciendo plop en los coches y rozando las hojas de los árboles, una se posaría sobre nuestra nariz, otra treparía por las costuras de nuestra ropa, y luego vendría el resto: la marabunta. Decenas de millones de langostas cubrirían Nueva York como una alfombra zumbante.

O eso, o una tormenta solar. Nuestros aparatos electrónicos y redes energéticas serían inutilizados, el suministro de agua y comida se detendría, las comunicaciones globales quedarían a oscuras y volveríamos de golpe al siglo XVIII. De manera natural, formaríamos tribus y saldríamos a recolectar o incluso a cazar. Nuestros mecanismos lógicos se harían a un lado para dejar paso a los instintos.

“Ninguna otra población del planeta, estadísticamente, ha sufrido tanto como la de Nueva York. Solo la ciudad concentró 200.000 casos confirmados y más de 20.000 muertos”

Cientos de personas marchan en apoyo a la causa de mujeres de raza negra este viernes en Nueva York. | Efe

Una lluvia de meteoritos también es una opción. Un destello en el horizonte. Un racimo de truenos y cráteres humeantes en Wall Street y en el Upper East Side.

Estas son las imágenes que ahora mismo acechan a los neoyorquinos. A mediados de marzo sus vidas fueron congeladas por el virus. Unos bebieron la cicuta del paro, otros la de la enfermedad y la muerte. Ninguna otra población del planeta, estadísticamente, ha sufrido tanto como la de Nueva York. Solo la ciudad concentró 200.000 casos confirmados y más de 20.000 muertos.

La ordalía fue larga, pero a finales de mayo el vendaval aminoró y las autoridades cantaron victoria. “No solo hemos aplanado la curva”, dijo el gobernador del estado, Andrew Cuomo. “La hemos pulverizado”.

Cuando estábamos a punto de salir a celebrar el desconfinamiento, un policía racista asesinaba a George Floyd en Mineápolis. Decenas de miles de americanos salieron a las calles como un resorte: propulsados por tres meses de inactividad y frustración.

“A mediados de marzo sus vidas fueron congeladas por el virus. Unos bebieron la cicuta del paro, otros la de la enfermedad y la muerte”

Ilustración alegórica de Martin Luther King, figura pionera de la lucha por los derechos raciales en Estados Unidos. | Crédito: Irina Qiwi

Las marchas pacíficas fueron espolvoreadas de disturbios. En un fin de semana, aquí en Nueva York, los agitadores destrozaron 47 coches de policía y hubo centenares de detenidos. Los policías más jóvenes y musculosos, muchos de ellos vestidos de paisano, se despacharon a gusto con los manifestantes, violentos o no. Por todos los barrios desfilaron las caras hinchadas de gas lacrimógeno y espray de pimienta, los arroyos de sangre, las falanges rotas.

Como los dependientes y vigilantes de las tiendas seguían confinados y la policía estaba desbordada, los oportunistas hicieron cálculos. Unieron el punto A con el punto B, y se lanzaron a saquear. Fueron a por todas: grandes almacenes, joyerías, casas de empeño, badulaques, cadenas de farmacias, las tiendas de Chanel, Prada, Rayban. Coporaciones y pequeñas empresas por igual.

Ahora, el centro de Nueva York parece un gueto venido a menos. La parte baja de los edificios continúa totalmente tapiada, como si dentro no hubiera más que maleza y escombros. En las calles hay más policías que civiles y todo el mundo se pregunta qué vendrá a continuación.

“Ahora, el centro de Nueva York parece un gueto venido a menos. La parte baja de los edificios continúa totalmente tapiada, como si dentro no hubiera más que maleza y escombros”

“Nosotros nos libramos, gracias a Dios”, dice el dependiente de Forbidden Planet, una tienda de cómics de la 12 con Broadway. Está quitando los paneles de madera de las ventanas. “Vamos a empezar a vender en la puerta, por encargo previo, y las planchas de madera dan mala imagen”. La vecina Zumiez, una tienda de zapatillas y equipos deportivos no tuvo tanta suerte.

Los vándalos se concentraron en las calles comerciales. Debían de tener una ruta preparada. Una parte de ellos distraía a la policía, moviéndose en pequeñas scooters, y otra limpiaba las tiendas. Tenían las herramientas adecuadas. Arrancaban los tablones de las ventanas y sacaban las existencias como un reguero de hormigas. El SoHo, Broadway y la Quinta Avenida fueron especialmente castigadas, pero episodios así se dieron por toda la ciudad: desde el Bronx hasta los barrios sureños de Brooklyn.

Malcolm X, malogrado luchador por los derechos raciales en Estados Unidos. | Ilustración: Muhammedadige

“Por todos los barrios desfilaron las caras hinchadas de gas lacrimógeno y espray de pimienta, los arroyos de sangre, las falanges rotas”

En Union Square hay una mezcolanza de mundos. El mercadillo de por la mañana está activo. Los clientes examinan las manzanas y miran la etiqueta de los tarros de compota. Es un jirón de normalidad, del mundo pre-pandemia. Mezclados entre los puestos hay merodeadores; gente que no tiene ningún otro lugar en el que estar.

“¿Te gustan los acertijos?”, dice un tipo sin camiseta, con la cabeza afeitada y el cuerpo cubierto de garabatos. El enigma, escrito en un pedazo de cartón, tiene faltas de ortografía. La gente le escribe las respuestas en el cuerpo. Alguien le ha pintado el símbolo de la anarquía en la espalda, rojo y chorreante, como si se lo hubieran grabado con un cuchillo.

Una joven afroamericana, Graceland Valdes, custodia la llama de las protestas. Valdes sostiene un cartel en memoria de Emmett Till, una de las grandes víctimas simbólicas de la violencia racista contra los negros. El George Floyd de 1955.

Rosa Parks, la mujer que en 1955 se negó a bajar de un autobús y generó una revolución por los derechos en Estados Unidos. | Crédito: Green Studio

El pequeño Till, original de Chicago, fue a pasar el verano con sus familiares en Misisipi. Un día tuvo la osadía de dirigirse a una mujer blanca, Carolyn Bryant, de 24 años, en una tienda. No está claro cómo fue la rápida interacción. Un piropo, quizás un silbido. Sea como fuere, la mujer se sintió ofendida. Cuatro días más tarde, el marido de Bryant y su hermanastro fueron a buscar a Till a casa del tío abuelo de este. Lo secuestraron y le obligaron a transportar, hasta el río Tallahatchie, una rueca de algodón de 34 kilos. Una vez allí, le obligaron a desnudarse, le dieron una paliza, le arrancaron un ojo y le dispararon en la cabeza. Luego arrojaron su cuerpo al agua.

Tres días, cuando lo reflotaron, el cadáver de Emmett Till estaba tan desfigurado que su tío abuelo solo pudo reconocerlo por las iniciales de su anillo.

El terrorismo racista era moneda corriente en el Sur de aquellos años. Los blancos pobres tenían miedo de que los negros les quitaran sus precarios empleos y hacían lo posibles por mantenerlos marginados. Los blancos ricos, desde las instituciones, les concedieron este deseo con las leyes segregacionistas. Confinar a los afroamericanos en una sociedad separada y paupérrima, decían como justificación, era una manera de protegerlos de la ira de los blancos.

Pero el caso de Emmett Till, que acababa de cumplir 14 años, fue diferente de los otros linchamientos al menos en una cosa. Las autoridades querían enterrar el cadáver lo más rápido posible para evitar tumultos. La madre de Till, sin embargo, se negó: quiso que el cuerpo fuera devuelto a Chicago. No solo eso: una vez allí, de manera revolucionaria, hizo que durante el funeral el ataúd de Till se quedase abierto. El país tenía que ver, en la piel y las carnes de su único hijo, la desgraciada virulencia del racismo.

“La clave es que su madre se negó a cerrar el ataúd”, dice Valdes. “Esa acción inspiró a Martin Luther King, a Malcolm X y a otros líderes de los derechos civiles, después de ver aquello”.

Una mujer con máscara y guantes pasa junto a un graffiti de George Floyd en el Lower East Side. | Foto: Efe

“El juicio del caso Emmett Till, que inspiró a Martin Luther King y Malcolm X duró menos de una hora. Los asesinos fueron considerados inocentes. Ni siquiera se habían presentado cargos de secuestro”

La foto del cadáver de Emmett Till salió en el semanario afroamericano Jet, desde donde dio el salto a los grandes medios de comunicación nacionales. Esta fue la semilla del debate nacional sobre el apartheid vigente en 16 estados sureños. Una semilla que enraizó todavía más a las dos semanas, cuando los asesinos del adolescente fueron sometidos a juicio por un tribunal segregado. Todos los miembros del jurado eran blancos. El juicio duró menos de una hora. Los asesinos fueron considerados inocentes. Ni siquiera se habían presentado cargos de secuestro.

El linchamiento y la posterior absolución de los criminales hizo despegar el movimiento que transformaría Estados Unidos. Till fue arrojado al río el 28 de agosto de 1955. Tres meses después, los activistas de los derechos civiles iniciaron el boicot de los autobuses en Montgomery, Alabama. Rosa Parks fue arrestada el 1 de diciembre de ese año.

Las protestas actuales se consideran una prolongación de aquella lucha. Una nueva ola de movilización que sigue tratando de limpiar aquellas manchas, la grasa del racismo, hasta que por fin salgan del tejido social americano. Este es el vector central: forzar una reforma policial y hacer que los políticos y las corporaciones reconozcan dónde está la discriminación y hagan algo para eliminarla.

Y parece que lo están consiguiendo. Las protestas, que van camino de las tres semanas, han sido tan denodadas y fuertes que los líderes demócratas, y algunos republicanos, han abrazado causas que hace solo cinco años eran marginales, como la de Black Lives Matter. Hemos visto letanías y promesas y a varios jefes de policía hincar la rodilla frente a los manifestantes.

“Las protestas, que van camino de las tres semanas, han sido tan denodadas y fuertes que los líderes demócratas, y algunos republicanos, han abrazado causas que hace solo cinco años eran marginales”

Marcha en Manhattan en protesta por la muerte de George Floyd. | Foto: Efe

Pero, cuando una emoción sale disparada, arrastra consigo a todas las demás. Cada persona que sale a protestar es como un cóctel bien cargado: contiene de todo. Ira, esperanza, miedo, camaradería, agresividad. Los manifestantes presionan para conseguir una sociedad más justa, pero la rabia se les atraviesa en la garganta y a veces les impide hablar.

Se nota en las conversaciones. Los militantes belicosos sacan la raza a pasear en cada momento. Colocan mensajes iracundos en las redes sociales, denuncian y exigen y dan puñetazos en la mesa. Decenas de personas los apoyan casi a gritos, con emoticonos y letras mayúsculas. Dicen que esto es la democracia: el calor del debate, las ideas a pecho descubierto.

Pero la raza es una caja de los truenos. Es como la nación. Un elemento que flota a nuestro alrededor, descriptivo, a tener en cuenta, pero que cuando se inocula en la sangre nos produce una fiebre muy difícil de erradicar. Una posesión que distorsiona el universo y lo estruja hasta que pasa por un filtro muy estrecho: el filtro del color de la piel, dejando fuera cualquier otro detalle o punto de vista.

El autobús original de Rosa Parks, restaurado y expuesto en Washington 50 años después de los sucesos. | Crédito. Joseph Sohm
El autobús original de Rosa Parks, restaurado y expuesto en Washington 50 años después de los sucesos. | Crédito. Joseph Sohm

“Cada persona que sale a protestar es como un cóctel bien cargado: contiene de todo. Ira, esperanza, miedo, camaradería, agresividad”

Algunas conversaciones raciales, como sucede con el nacionalismo, están hirviendo y desbordándose por los lados. Se ve en los casos de censura y exigencias redentoras que destruyen carreras y decapitan instituciones, y se ve en el día a día.

“Durante los meses de junio y julio, ¡por favor disfrutad de los fuegos artificiales constantes en las calles y en las azoteas de nuestro querido vecindario!”, dijo, en una página vecinal de Facebook, una chica blanca de un barrio negro de Brooklyn. “¡Estamos celebrando la vida, el amor y la libertad!”.

Es un mensaje, en principio, inocente. Como si dijera “feliz verano a todos”. Lo que pasa es que esos fuegos artificiales son un peligro. Las explosiones se suceden hasta altas horas de la madrugada, haciendo vibrar las ventanas y aterrorizando a las familias. En Estados Unidos, además, los fuegos artificiales provocan una media de 13.000 accidentes al año.

“Debes odiar a los perros”, le respondió, públicamente, una vecina. “También debes de odiar el medio ambiente”.

“Amo a los perros”, replicó la vecina original. “Y amo el medio ambiente. Soy una activista. Pero ¿sabes lo que amo más que a nada? La gente. Amo a mis vecinos y su cultura y sus tradiciones. Y jamás las pisaría”. Añade un símbolo de corazón.

La segunda vecina vuelve a la carga. La vecina original trata de callarla para siempre: “Creo que deberías de ver a un psicólogo para tus problemas personales”, dice. “Tú te mudaste a ESTE vecindario. Tenle un poco de respeto. No seas una colonialista”. Punto y aparte. “Y eres totalmente inhumana por tener un perro en Nueva York. Háztelo mirar, Karen”.

El organizador de la página de Facebook tuvo que cerrar los comentarios.

 

Esta discusión dice mucho de Estados Unidos. El barrio afroamericano en cuestión es cada vez menos afroamericano. Los profesionales blancos, como estas vecinas, acuden en cada vez mayores números. Les atraen los alquileres baratos y el ambiente de barrio. Las tiendas pequeñas, los restaurantes étnicos, el “carácter”. Su presencia, sin embargo, hará que suban los alquileres y que muchas de las familias que llevan allí 30 o 40 años tengan que mudarse a barrios aún más lejanos.

Algunos blancos, como la segunda vecina, han hecho las paces con este hecho. La vida es así. Unas veces se sube y otras se baja. Otros, como la vecina original, tienen sentimientos de culpa. Saben que su presencia destruirá el espíritu del barrio que dicen amar. Y colocan mensajes animando a disfrutar del bombardeo indiscriminado de fuegos artificiales, un rasgo distintivo del vecindario, por miedo a ser tildados de “colonialistas”. Así es como la vecina original insulta a la otra: la llama colonialista y luego la llama “Karen”, que es como se conoce a las mujeres blancas racistas de Estados Unidos.

Las protestas continúan, los políticos escuchan y prometen, y las sensibilidades raciales calientan el ambiente. Mientras, una pequeña parte de nosotros, acostumbrada ya a las sorpresas, incluso un poco adicta a ellas, espera que aparezca una nube negra zumbante y nos caiga sobre la nariz una langosta.



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