Bielorrusia: cómo funciona una dictadura

Desde las elecciones presidenciales del pasado 9 de agosto en Bielorrusia, que mantienen en el poder al líder Aleksandr Lukashenko, presidente desde 1994, el país se ha levantado contra el régimen, el sistema soviético que se resiste a morir. Nuestro corresponsal Argemino Barro analiza, desde su experiencia sobre el terreno, las claves de este jirón del siglo XX


Las dictaduras son como las empresas o los ejércitos: si quieren sobrevivir, tienen que volverse más sofisticadas. Aprender a vigilar mejor, a tender nudos más firmes en torno a los derechos y las libertades, y a descabezar a los opositores (siguiendo la metáfora de Trasíbulo) como si fueran espigas de maíz que sobresalen del resto. Este ha sido el caso de la dictadura bielorrusa, vigente desde hace un cuarto de siglo. En cierto modo, una rareza política. Un jirón de siglo XX que se resiste a morir. Por eso se compara al dictador, Aleksandr Lukashenko, con un bisonte: una especie que antes estaba por toda Europa y que ahora solo queda en Bielorrusia.

Entre 2012 y 2014 viajé varias veces a Bielorrusia para hacer reportajes. Quería ver con mis propios ojos aquello que llevaba tiempo estudiando: el comunismo soviético. Hacía tiempo que Lenin y Stalin eran estatuas olvidadas, y Gorbachov llevaba dos décadas vagando por el limbo de los perdedores. El imperio había muerto. Pero ahí seguía Bielorrusia: con su economía estatal, su KGB, su bandera soviética y, por supuesto, su Gran Timonel.

La primera vez que lo vi, Minsk me produjo la misma impresión que a la mayoría de los viajeros: la sorpresa de ver una capital limpia y moderna, con sus hileras de negocios bien surtidos, sus coches europeos y su McDonald’s en pleno centro. Nada que ver con esa imagen desportillada que solían presentar algunas ciudades post-soviéticas.

Plaza de la Independencia en Minsk, Bielorrusia | Foto: Shutterstock
Plaza de la Independencia en Minsk, Bielorrusia | Foto: Shutterstock

Enseguida me enamoré del café Tsentralnyi. En sus paredes había murales estalinistas, con obreras y campesinas levantando el socialismo. Debajo, acodados en su larga barra, se veía un poco de cada cosa: estudiantes, jubilados, alcohólicos, señoras con las bolsas la compra. Las clases profesionales de Minsk se detenían a tomarse un cappucino con un chorrito de coñac y luego se iban a trabajar en los conglomerados estatales.

La vida, a primera vista, no era tan mala. Y eso me confirmaban algunos de sus habitantes. El paro, según las cifras oficiales, era anecdótico; los trenes, como se dice en las dictaduras, llegaban puntuales, y uno no tenía que preocuparse de que le robaran o secuestraran en la noche. El propio Lukashenko había liquidado a las mafias al principio de su régimen. “A veces los matábamos en el acto”, reconoció una vez, hablando de las redadas a los contrabandistas. Sin mafioso no hay mafia. Así de simple.

Pero hubiera sido un error dejarse llevar por esta imagen relativamente “bucólica” del centro de Minsk. A pocos bloques del McDonald’s y del Tsentralnyi, en la avenida principal, se encuentra la sede columnada del KGB: la única policía secreta de la región que ha conservado su nombre tras la caída de la URSS. Enfrente, una estatua de su fundador, el chekista Félix Dzerzhinsky, y en los alrededores furgonetas con hombres malhumorados en su interior, vestidos de paisano y con un pinganillo en la oreja. Son los siloviki, las fuerzas de seguridad. La hoja afilada que desde 1994 cercena los conatos de resistencia.

Aleksandr Lukashenko, presidente de Bielorrusia desde 1994, | Imagen: BBC

Su vigilancia es extraordinaria. La primera vez que bajé a coger el metro, el mismo día que llegué, me paró la policía. Me pidieron el pasaporte y el certificado con los sellos correspondientes del Estado. Si uno viaja a Bielorrusia (al menos en 2012: en 2014, con motivo del Mundial de Hockey, relajaron estas reglas) tiene que reportar ante las autoridades una vez cada tres días, como sucedía en la Unión Soviética. Hay hoteles que te ponen el sello. Si no, hay que presentarse, como un corderito, en comisaría.

Esto es solo para los inofensivos turistas. La vigilancia del bielorruso es mucho más estrecha. Para empezar, en torno al 60% o el 70% de la economía está controlada por el Estado, de manera que el principal empleador del país, en la práctica, es Aleksandr Lukashenko. Los contratos públicos están sujetos a revisión cada dos años. Si un trabajador, por ejemplo, no participa en las manifestaciones oficiales, o escribe un blog crítico, o denuncia fraude electoral, se puede quedar sin empleo.

Aquellos que van más allá y se atreven a desplegar una pancarta o a montar una pequeña protesta, se encuentran de golpe con los siloviki. Estos bajan del cielo como un halcón, prenden al manifestante con sus garras y lo meten, por la fuerza, en una furgoneta. Así de simple.

Mujeres formando una cadena humana en Minsk, con las manos atadas, como protesta contra los resultados de las elecciones de principios de agosto, en las que volvió a ganar Lukashenko. | Foto: EFE/EPA/TATYANA ZENKOVICH

Pero el régimen ha aprendido con los años y se ha vuelto, como decía al principio, más sofisticado. Entre otras cosas, ha construido una pantalla para limitar las acusaciones de que es una dictadura. Una especie de teatro para agradar a una parte de la izquierda europea que quiere ver en Lukashenko un bastión anti-OTAN. Un líder amado por su pueblo, y que por supuesto gana las elecciones regularmente con un 80% de los votos (y un 90% de participación) desde hace más de veinte años.

En Bielorrusia es perfectamente legal crear un partido político, por ejemplo. Solo faltaría. Lo que sucede es que la burocracia es compleja y, sobre todo, caprichosa. A veces las solicitudes son rechazadas por el color de la tinta en la que se han rellenado, o porque falta algún detalle imposible, o porque no está claro de dónde va a venir el dinero. Si el Gobierno, al final, da permiso para crear un partido, este tiene que tener una sede oficial. Pero resulta que nadie quiere, o se atreve, a alquilarle un espacio. Y si por fin lo consigue, el espacio es un bajo miserable con manchas de moho en las paredes, en algún lugar de la periferia de Minsk.

Los opositores de Bielorrusia son muy leales: tan leales que aprueban al unísono todo lo que les llega del Palacio Presidencial

Aún así, si uno mira a la Asamblea Nacional de Bielorrusia, verá un abanico de partidos políticos similar al de los parlamentos de España o de Francia. Tenemos un partido comunista, uno liberal, uno socialista y uno agrario. Pluralismo. Normalidad democrática. De hecho, es incluso mejor que en España o Francia, porque los opositores de Bielorrusia son muy leales: tan leales que aprueban al unísono todo lo que les llega del Palacio Presidencial. Allí comunistas y liberales están de acuerdo en todo. Por eso las televisiones hablan de “oposición constructiva”.

Estos partidos, naturalmente, son zombis. Los verdaderos líderes comunistas, conservadores, socialistas y liberales fueron encarcelados o exiliados hace mucho tiempo. Sus partidos fueron disueltos de las maneras más variadas, y reemplazados por otros con nombres muy parecidos. Los bielorrusos saben que estos partidos no sirven para nada y ni siquiera se molestan en retener los nombres de sus líderes.

Digamos que el régimen de Lukashenko, por tanto, es un estalinismo suave. En lugar de ser un bloque de hormigón, es un conjunto de bloques con espacio en las junturas, de manera que pueden encogerse o expandirse según el momento. A veces se encogen y los opositores pueden respirar. Se les deja hacer alguna manifestación, los siloviki se tranquilizan y los periodistas independientes pueden hacer su trabajo. En Minsk hay una asociación de periodistas independientes y también algunas redacciones libres, como las de los periódicos Nasha Niva y Narodnaya Volia. No es Moscú en 1937. La gente bromea y despotrica en su vida privada, pero sabe dónde está la línea roja.

El equilibrio va oscilando cada dos o tres años, el palo y la zanahoria

Otras veces, sin embargo, los bloques se expanden y estos vericuetos de libertad entre sus junturas son asfixiados. Los opositores acaban en la cárcel y también los periodistas. El KGB se presenta en sus casas, las registra de forma violenta y se llevan los ordenadores. Y por supuesto no hay manifestaciones que valgan. Es una especie de equilibrio que va oscilando cada dos o tres años, el palo y la zanahoria, como también oscila el régimen entre Rusia y la Unión Europea. A veces parece que se abre en dirección a Bruselas, pero, cuando da la impresión de que van a fundirse en un abrazo, se vuelve hacia Moscú, y luego al revés, y así sucesivamente.

En resumidas cuentas, si uno quiere vivir una vida tranquila en Bielorrusia, lo único que tiene que hacer es mantenerse alejado de la política. Si no critica ni se niega a participar en las marchas o trabajos “voluntarios” que manda el jefe de la fábrica, puede marcharse tranquilo, el fin de semana, a su dacha de las afueras, donde cultiva sus hortalizas y disfruta de la sauna en invierno. He visitado muchas de estas dachas en la región de Hrodna, o Grodno, al oeste del país. No estaban nada mal. Eran pequeñas y confortables y estaban rodeadas de campo y de amables vecinos. En una de ellas ondeaba una roja bandera soviética.

Los horrores de la Historia

Pero no sería justo hablar de la dictadura bielorrusa sin analizar sus raíces históricas. Y digo “justo” no en un afán de simetría, de querer echarle un cable a Lukashenko solo para compensar lo que se ha dicho hasta ahora; digo “justo” en el sentido de la comprensión de un problema. Justo en el sentido de que, por ejemplo, no se puede comprender la Revolución Rusa sin analizar la Primera Guerra Mundial, o el ascenso de Hitler sin estudiar la derrota alemana y la Gran Depresión.

El elemento definitorio de Bielorrusia es la Segunda Guerra Mundial, que allí llaman “Gran Guerra Patria”. Es su Ilíada, su fuente de orgullo y cantares épicos. Porque, de todas las naciones europeas que sufrieron la ocupación nazi, Bielorrusia fue quizás la más castigada. El país donde el horror alcanzó las mayores proporciones.

El ejército del Centro Alemán capturó Minsk en 1941 en la Operación Barbarossa | Foto: Shutterstock
El ejército del Centro Alemán capturó Minsk en 1941 en la Operación Barbarossa | Foto: Shutterstock

En 1941, Adolf Hitler planeaba convertir la URSS en una inmensa plantación de esclavos. Un territorio destinado al esparcimiento de los granjeros alemanes, que tendrían a su cargo fragmentos de población autóctona domesticada. Los soldados nazis desplegados allí tenían luz verde para perpetrar las mayores atrocidades. Incluso tenían “cupos” de destrucción. Porcentajes de muerte que se habían puesto como objetivo, como quien escribe en un papel las tareas a realizar ese día. El cupo de exterminio en Bielorrusia era del 75%. Sus primeras víctimas fueron los judíos.

Pero la república les presentaba un problema: los judíos bielorrusos, gracias a las políticas de asimilación bolchevique, habían sido rusificados. Sus apellidos sonaban a ruso, en los pasaportes no figuraba su religión y además casi no podían practicarla. En otras palabras: era muy difícil reconocerlos.

Había, además, otro detalle: el grueso del Ejército nazi rodaba hacia Moscú, Leningrado y los campos de petróleo del Cáucaso, de manera que solo podía mandar a Bielorrusia relativamente pocos efectivos. Un detalle más: este país eslavo es una llanura repleta de pantanos y de bosques, una extensión vegetal que los bielorrusos conocen bien y en la que llevaban siglos refugiándose de los distintos ocupantes.

Los nazis tomaron como rehén a la población civil y aplicaron un terror masivo en los pueblos

Así que los invasores se frustran. No saben a quién detener y, para colmo, los soldados y campesinos soviéticos van formando guerrillas en los bosques. Los alemanes, desesperados porque no van a poder cumplir su maldito cupo, deciden tomar como rehén a la población civil y aplicar un terror masivo en los pueblos.

Uno de los mayores criminales de guerra, Oskar Dirlewanger, es despachado a Bielorrusia. Sus hombres encierran a aldeas enteras en graneros a los que prenden fuego. Los nazis esperan fuera y ametrallan a quienes tratan de escapar por las ventanas. Los nazis violan y matan y torturan, y asesinan a los niños frente a sus madres, exigiéndoles que delaten a los partisanos.

Mientras tanto, la guerrilla crece en los bosques, tiende emboscadas a los alemanes, corta sus líneas de comunicación y golpea para luego desaparecer como un fantasma. A mediados de 1944, los partisanos suman 370.000 miembros y controlan dos tercios del territorio de la república. Se trata del mayor ejército irregular de la historia. El Ejército Rojo, al mismo tiempo, inicia su contraofensiva y juntos expulsan a los derrotados fascistas.

El resultado, tras la guerra, es un paisaje apocalíptico. 9 de cada 10 judíos bielorrusos han sido asesinados y más de 3.000 pueblos han sido pasto de las llamas. Bielorrusia ha perdido, entre exilio y muerte, la mitad de su población. Un récord en Europa.

Obelisco en el Museo Bielorruso de la Gran Guerra Patriótica en Minsk, Bielorrusia | Foto: Shutterstock
Obelisco en el Museo Bielorruso de la Gran Guerra Patriótica en Minsk, Bielorrusia | Foto: Shutterstock

(A los horrores de la ocupación hay que sumar los horrores de los años previos: la represión estalinista. La policía secreta de Bielorrusia, como sucedió en las otras repúblicas, lanzó una campaña de detenciones y asesinatos de las capas intelectuales. En Kurapaty, un bosque al norte de Minsk, hay por los menos 30.000 cadáveres en fosas comunes cavadas en los años treinta).

Tras la guerra, Moscú se dispone a reconstruir su imperio, y decide bendecir a Bielorrusia con una relativa prosperidad económica. Por un lado, se trata de una de las repúblicas más occidentales, de manera que tiene que actuar como escaparate para el resto de Europa. Y por otro, su terrible sacrificio tiene que ser premiado de alguna manera: con uno de los tejidos industriales más activos de la URSS.

Pese a representar únicamente el 1% del territorio soviético, Bielorrusia llega a producir el 20% de las motos de la Unión, el 14% de los tractores y el 23% de la ropa sintética. Es la “cadena de montaje” del imperio. En 1971 ha recuperado población de preguerra y tiene el mayor nivel de vida de las 15 repúblicas, solo después de Rusia.

En el referéndum de marzo de 1991, el 83% de los bielorrusos apostó por la continuidad de la Unión Soviética

Así que el periodo soviético es sinónimo de tranquilidad, bienestar, orgullo y, sobre todo, de paz. Un contraste con los horrores vividos y recordados por todas las familias de este país.

Cuando los soviéticos votan en el referéndum de marzo de 1991, el 83% de los bielorrusos apuesta por la continuidad de la Unión Soviética. Pocos meses después, en agosto, el comité central de su partido apoya el golpe de Estado contra las reformas de Mijaíl Gorbachov.

Pero el comunismo se deshace y Bielorrusia se queda como los demás países: a la intemperie y con una crisis económica salvaje. Las economías de las 15 repúblicas, desde hace décadas, han sido como las tuercas de una gran maquinaria, unas economías que solo tenían sentido en conjunto. Cuando el imperio se hunde, como se hunde su gasto militar y su poder adquisitivo, economías como la de Bielorrusia se quedan sin mercado y estalla una fuerte crisis.

Lukashenko

Y es aquí, apenas tres años después de la independencia, cuando entra en escena un político de 39 años llamado Aleksandr Lukashenko. Viene de la zona de Mogiliov, al este del país, donde dirige una granja colectiva, e irrumpe en el parlamento como un vecino enfadado, con el lenguaje directo y rudo que se escucharía en un bar o en una serrería. Lukashenko es un populista, y desde su puesto en el comité anticorrupción del Congreso promete meter en vereda a los capitalistas y gánsteres que saquean el país, restablecer el poder del Estado y devolver el orgullo nacional a sus conciudadanos. En 1994 los bielorrusos lo eligen en los primeros comicios libres de su historia. Que, desde entonces, también han sido los últimos.

Lukashenko parece conectar con una especie de légamo psicológico; la necesidad inconfesable de tener una mano fuerte en las riendas del Gobierno, como si la alternativa, el ruido y las opciones que da la democracia, fuera demasiado peligrosa. Una invitación a la anarquía y el caos que la posguerra soviética había logrado evitar.

Como decía, aún en medio de las recientes protestas, un habitante de Brest a la periodista Nataliya Vasilyeva: “Las elecciones van y vienen, pero comer hay que hacerlo todos los días”.

Aleksandr Lukashenko, presidente de Bielorrusia.

El presidente, además de anular el parlamento y hacerle uno nuevo a sus aliados, perseguir a la oposición y concentrar más recursos en manos del Gobierno, celebra un referéndum para restaurar los símbolos de la Bielorrusia soviética. La Gran Guerra Patria es la médula ideológica del régimen; su imaginario de dolor, sacrificio y muerte. Una cruzada que se honra en los monumentos y la propaganda, y que detiene la vida en el país cada nueve de mayo, Día de la Victoria sobre el nazismo.

Muchos bielorrusos han parecido tolerar, de alguna manera, a Lukashenko. Diversas encuestas han ido reflejando un apoyo moderado al dictador y prueban también que la mayoría de los habitantes no se creen la pantomima del pluralismo político. El respaldo se daría sobre todo en el campo y entre los empleados de los importantes sectores agrícola y manufacturero. La empresa estatal Belaruskali, por ejemplo, produce la quinta parte de la producción mundial de fertilizantes potásicos, que Rusia le compra a precios muy generosos. La fabricación de camiones, coches y tractores es otro de los músculos de la economía.

Aires de libertad

El tiempo pasa, sin embargo, y las personas capaces de recordar los horrores de la Gran Guerra Patria van desapareciendo. Ya no cuentan batallitas en las comidas familiares del domingo ni pueden ser honradas, en persona, el Día de la Victoria. Los jóvenes se asoman a internet desde hace años y se las apañan para aprender idiomas y viajar a ver qué sucede en los países vecinos.

Bielorrusia apuesta por el sector de la tecnología desde la niñez. El talento local para las matemáticas ha sido una imán para empresas extranjeras | Foto: Shutterstock
Bielorrusia apuesta por el sector de la tecnología desde la niñez. El talento local para las matemáticas ha sido una imán para empresas extranjeras | Foto: Shutterstock

Bielorrusia, además, ha apostado en la última década por el sector de la tecnología, que representa un 6,8% del PIB. El talento local para las matemáticas ha sido una imán para empresas extranjeras, que viajan allí a pagar pocos impuestos y a reclutar informáticos asequibles. Estos trabajadores, que ganan bien, pueden viajar y conocen a gente extranjera, están siendo uno de los puntales de las protestas de las últimas semanas. Una fuente de saber y de capital.

Las movilizaciones, estimuladas por la crisis económica y una pandemia que, según Lukashenko, se cura con un régimen de sauna y vodka, no solo son cosa de los jóvenes cosmopolitas de un par de ciudades. Estos días se han registrado huelgas en empresas del Estado y ha habido una sonora renuncia de periodistas de canales públicos, que han sido sustituidos en gran medida por periodistas de Rusia. Los gritos de “márchate” se escuchan por doquier; hasta se espetan a Lukashenko en su cara.

Protestas en Minsk contra Lukashenko. | Foto: EFE/EPA/TATYANA ZENKOVICH

El dictador, al que se apoda batka, o “papá”, dado su estilo paternalista, denuncia una conspiración extranjera y se refiere a los manifestantes como a un puñado de vagos y drogadictos. Respecto a los intelectuales que le dan la espalda, empezando por la Premio Nobel Svetlana Aleksiévich, batka se lamenta: “Los alimenté con mi teta izquierda”, dijo recientemente.

La Premio Nobel de Literatura y opositora Svetlana Aleksiévich ente los medios después de comparecer como testigo en el caso penal abierto contra el consejo coordinador opositor para el traspaso de poder en Bielorrusia, el 26 de agosto de 2020.Foto: EFE/EPA/TATYANA ZENKOVICH

El tirano sale ahora vestido de SWAT, empuñando un Kaláshnikov y dando órdenes a los señores malhumorados con un pinganillo en la oreja. Desde las elecciones presidenciales del 9 de agosto, en las que, una vez más, Lukashenko habría ganado el 80% de los votos con un 90% de participación, los siloviki han arrestado a unas 6.000 personas. La inmensa mayoría son detenidas durante 10 días sin que nadie sepa dónde están. 10 días en los que son metidas en celdas atestadas, sin apenas comida ni agua ni posibilidad de dormir. De los detenidos, al menos 450 han sufrido palizas y torturas, y a algunos se les ha obligado a pedir perdón en la televisión pública (5). Una confesión clásica del estalinismo, con el terror en los ojos, las magulladuras y las piernas temblequeantes.

Protestas en Minsk contra Lukashenko. | Foto: EFE/EPA/TATYANA ZENKOVICH

Otros siguen encerrados en condiciones desconocidas y, ahora mismo, hay unos 60 desaparecidos. Uno de ellos, Nikita Krivtsov, de 28 años, ya ha sido hallado: apaleado y ahorcado en un bosque. Los siloviki detienen, interrogan, torturan, arrojan en celdas y amenazan a las familias y amigos de los opositores, que simplemente han tenido que marcharse al extranjero.

La autoconsiderada “presidenta electa” y exiliada, Svetlana Tijanóvskaya, cuyo marido está en alguna celda desde hace tres meses, ha dicho en El Mundo que Lukahsenko está desesperado y que no sabe cómo salir de esta. Su dictadura ya no se puede refinar más. Los acontecimientos parecen desbordarlo. La disidencia no quiere ni oír hablar de si van estar con Rusia o con la OTAN o al revés. Lo único que quieren, por una vez, son unas elecciones limpias. Así de simple.


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