Conspiración y coronavirus - EL ÁGORA DIARIO

Conspiración y coronavirus

Nuestro corresponsal en Nueva York, Argemino Barro, analiza las teorías de la conspiración surgidas en torno a la pandemia del coronavirus que se han extendido como la pólvora por todo el planeta. Y plantea una explicación para este fenómeno: luchar contra un enemigo, aunque sea imaginario, reconforta a muchos en épocas de miedo e incertidumbre


Hace tiempo que el debate público, antaño controlado por un puñado de instituciones y medios de comunicación, carece de puertas. La información más detallada nos llega a la palma de la mano en segundos, como también lo hacen las teorías conspirativas más locas e improbables. Sobre todo en época de incertidumbre.

“Solo habrá supervivientes solitarios”, dijo Mike Adams, un conocido conspirativo que desde la web Natural News ha diseminado todo tipo de afirmaciones espúreas acerca de las vacunas o la lucha contra el cáncer. En el caso del coronavirus, su reacción fue muy rápida. Ya a mediados de enero, cuando apenas recibíamos informaciones de China, Adams aseguraba que se trataba de un plan del estado profundo para despoblar la Tierra. “Usted puede ser un superviviente. Podemos ayudarle a sobrevivir”.

Solo era el principio. La multitud de teorías infundadas sobre el origen del virus, o sobre las presuntas intenciones de quienes lo habrían creado, han ido apilándose en el ciberespacio, superándose las unas a las otras en dramatismo y alcance.

La desprestigiada doctora Judy Mikovits, autora de informes retractados y acusada de robar materiales del laboratorio donde trabajaba, consiguió llegar a millones de personas con su vídeo Plandemic: una serie de acusaciones infundadas sobre cómo los poderes ocultos, una “cábala circular” que incluiría a Bill Gates, la OMS y las grandes farmacéuticas, se beneficiarían del coronavirus para enriquecerse y consolidar sus sistemas de control político.

El vídeo sumó 7 millones de visitas en Youtube antes de ser retirado, y desde entonces ha estado circulando por los recovecos de internet. Plandemic ha sido capaz de generar 175.000 interacciones en las redes sociales en un solo día. Primero se reprodujo por Estados Unidos y luego se extendió a otros países e idiomas, sobre todo el español. Otro indicio de la popularidad de estas teorías refutadas es que el libro de Mikovits, Plague of Corruption, estuvo entre los diez más vendidos de Amazon durante varias semanas.

La mayoría de estas conjuras pasan por una figura concreta, un señor que reúne los elementos ideales de villano global, la mano negra que movería los hilos de la pandemia: Bill Gates.

“Si algo puede matar a 10 millones de personas en las próximas décadas, probablemente será un virus altamente infeccioso antes que una guerra”, declaró el fundador de Microsoft y filántropo, durante una charla TED, en 2015. Sus palabras proféticas hacen de él una de estas dos cosas: o bien una persona informada, puesta al día de las amenazas víricas a la humanidad, dada su implicación, por ejemplo, en la lucha contra el ébola y otras enfermedades infecciosas en varios países de África, o bien un malvado conspirador que ya nos había dado pistas de sus planes. Bastante gente parece haber elegido la segunda opción.

Bill Gates, en una imgen de archivo. | Foto: J. Stone

“Hay una miríada de conspiraciones en torno a Bill Gates”, declaró a la BBC Rory Smith, del portal de verificación de noticias First Draft News. “Es una especie de muñeco de vudú al que todas estas comunidades están pinchando con sus propias conspiraciones. Y no es sorprendente que él se haya convertido en el muñeco de vudú, porque siempre ha sido el rostro de la salud pública”.

La conspiración de Bill Gates también ha desembarcado en España, donde famosos como Enrique Bunbury o Miguel Bosé le han dado pábulo. Según el cantante de Seré tu amante bandido, las vacunas que financia en parte la fundación de Gates iban a “portar micro chips o nano bots, para obtener todo tipo de información de la población mundial con el solo fin de controlarla”. Esta idea infundada llegó a ser motivo de una protesta en Madrid, al grito de “Gates a prisión”. El presidente de la Universidad Católica de Murcia ha relacionado a Bill Gates y a George Soros (el otro gran demonio global de los conspirativos) con el Anticristo.

Las conspiraciones de la vacuna, Gates y el microchip han sido desmontadas varias veces. Aquí por la agencia Reuters, aquí por USA Today y aquí por Factcheck.org, un proyecto de verificación informativa de la Universidad de Pensilvania; también la desmiente Snopes.com, una página web dedicada a refutar leyendas urbanas, ampliamente referenciada por medios como The New York Times (9), Forbes o Fortune.

Aún así, la conspiración está logrando echar raíces. Un estudio conjunto del New York Times y Zignal Labs descubrió que, entre febrero y abril, las teorías que ligaban a Gates con el coronavirus de manera espúrea fueron mencionadas 1,2 millones de veces en las redes sociales. Y una buena porción de la opinión pública se las cree. El 44% de los votantes republicanos piensa que Gates está planeando usar la vacuna para insertar microchips en miles de millones de personas y así vigilar sus movimientos, como ha recogido una encuesta de Yahoo News y YouGov.

Las grandes conjuras arraigan mejor en tiempos de desasosiego y medio. Históricos traumas sociales como el asesinato del presidente John F. Kennedy o los atentados del 11 de septiembre de 2001 han sido un territorio fértil para narrativas que no pueden ser corroboradas; lo mismo sucedería con la pandemia de coronavirus. Una relación, la que une al trauma y la obsesión por complots ocultos, que la ciencia ha tratado de desentramar.

Atentado del 11 de septiembre de 2001 sobre las Torres Gemelas en Nueva York.

Algunos estudios han encontrado un vínculo entre los niveles de dopamina en el cerebro y la propensión a aceptar teorías poco creíbles. A mayor dopamina, mayor sensación tiene el individuo de que todo es importante: cada elemento sería parte de un patrón, un esquema de las cosas. Los altos niveles de dopamina aumentarían, por tanto, la receptividad a este tipo de teorías.

Este conexión tendría su reflejo en las experiencias íntimas. Las personas que, en su vida privada, pasan por momentos de miedo y trauma también pueden ser presa fácil de los argumentos conspirativos.

“En condiciones de incertidumbre, la información que nos ayude a dirigir nuestras emociones negativas contra una diana es psicológicamente reconfortante”, escribe en Vox.com Dannagal G. Young (13), profesora de la Universidad de Delaware. “Cuando nos sentimos impotentes en una situación que es a la vez compleja y apabullante, la identificación de gente e instituciones a las que culpar nos hace sentir bien”.

La profesora Young cuenta que a su marido le diagnosticaron un tumor cerebral en 2005. Según su testimonio, la ira le servía para mantener a raya la tristeza y la desesperación, para levantarse cada mañana y seguir luchando contra una serie de enemigos probablemente imaginarios, como las incompetencia médica o la contaminación en el lugar de trabajo de su esposo. “Cada vez que encontraba un posible culpable”, continúa, “el enfado me daba energías”.

La revista Nature describe una “batalla épica” contra la diseminación de teorías sin comprobar. Una confabulación que, de repente y sin pruebas, aparece en una web marginal como Biohackinfo.com, de repente salta a otros canales conspirativos, sus afirmaciones rocambolescas se propagan por internet, algún medio o perfil conocido le da visibilidad, y ya está: la corriente se suma a un “océano de desinformación”. Una mentira engordada que, si permanece lo suficiente en el debate público, acaba siendo parte del paisaje: creando registro indeleble en la mente de millones de personas.


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