Nueva York: El crimen no respeta la cuarentena

Nueva York: El crimen no respeta la cuarentena

En esta septima entrega de sus crónicas, nuestro corresponsal en Nueva York, Argemino Barro, relata una extraña paradoja sobre el crimen, ese “animal salvaje” que no descansa ni durante la pandemia: los asesinatos han subido aunque la policía no se explica el porqué


La violencia es como un animal salvaje. Uno escucha hablar de ella, la ve en los libros y en las noticias, pero rara vez se la cruza de frente. Uno puede vivir durante décadas en un barrio conflictivo, por ejemplo, y ver poca o ninguna violencia. El día tiene 24 horas y los tiroteos solo duran unos segundos. La probabilidad de padecerlos, por suerte, es magra. Pero la violencia y el crimen están ahí. Como también está la falsa sensación de seguridad.

A veces el animal salvaje, que vive en la oscuridad del bosque, sale a husmear y te pasa cerca.

Una vez me fui a comprar una tabla de planchar. Salí de mi piso de Harlem sobre las cinco de la tarde y a las siete ya estaba de vuelta. En ese intervalo, Malcolm Smith, de 19 años, y Francis Norman, de 51, se miraron mal en una acera de la calle 139. Discutieron. Smith sacó su 9 milímetros y le pegó dos tiros a Norman. Uno en el abdomen y otro en las nalgas. Una tercera bala se perdió en dirección a Mildred Mahazu, de 76 años.

La señora, que había salido un momento a comprar el pan, caminando con su bastón, presenció el tiroteo y trató de huir. Pero la bala fue más rápida: le rasgó el cuello y la mejilla, penetró la ventana de Key Foods y acabó dentro de un pollo de la sección de congelados.

Cuando salí de la boca del metro, con la tabla de planchar en vertical para no golpear a nadie, la policía ya estaba allí. El cordón amarillo tremolaba en la brisa y los agentes tomaban notas. En la acera había un charco de sangre del tamaño de una camiseta.

Antes, el animal salvaje salía más a menudo. Había más posibilidades de verlo. El Nueva York de los años setenta y ochenta era un lugar muy distinto. Las lunas de los coches amanecían reventadas y Bryant Park, donde hoy se dan clases masivas de Pilates, era un mercado de la droga. 40.000 prostitutas patrullaban las calles y más de 5.000 bandas competían por el territorio. Solo en la red de metro se registraban unos 250 delitos semanales.

Hasta que un día la ciudad se cansó del miedo, de la lotería de la violencia. El alcalde David Dinkins invirtió 1.800 millones de dólares en un plan contra el crimen y contrató a 8.000 policías. Su sucesor, Rudy Giuliani, llevó a los agentes al límite de los derechos individuales, al umbral mismo de la dictadura policial.

Giuliani adoptó la “teoría de las ventanas rotas”. El crimen, decía, empieza con un graffiti, un gramo de marihuana en el bolsillo o una pedrada en una ventana. Las gamberradas son la semilla de la delincuencia. Si estas se cortan de raíz, la ciudad se ahorrará grandes problemas en el futuro. Muchos neoyorquinos recuerdan a los agentes de Giuliani como un “ejército de ocupación”. Aparecían con su uniforme azul y su amplia autoridad para detener a cualquiera en cualquier momento. Los grafiteros pintaron en los muros la crónica visual de sus excesos.

El entonces alcalde de Nueva York, Rudy Giuliani, acude al estreno de una película en 2002 con su entonces esposa, Judi Nathan.

La mayor presencia policial vino aparejada con un cambio de ciclo. Recodo a recodo Nueva York se arrastraba fuera del pozo financiero. Los mayores ingresos fiscales y el empleo mejoraron el nivel de vida, y el animal salvaje se fue quedando sin espacio, sin coto de caza.

El año pasado hubo 300 homicidios, siete veces y media menos que en 1990.

El animal salvaje, sin embargo, no ha desaparecido. Solo se ha retirado a un puñado de barrios donde todavía sale a husmear. Continúa agazapado en las zonas más pobres, en South Bronx, Brownsville, Crown Heights o Vinegar Hill, y hace expediciones a otros vecindarios. El animal salvaje ha probado ser terco. Mucho más terco que la pandemia de coronavirus.

“Uno pensaría que, en este momento, la gente estaría centrada en sobrevivir. Uno pensaría que el último lugar adonde quieren ir los malos es la cárcel”, decía un incrédulo Eugene O’Donnell, profesor de justicia penal en la Universidad de CUNY. “Pero el impulso de ajustar las cuentas es demasiado grande. En este punto hay mucho miedo y angustia. Hay un ambiente muy caldeado en toda la ciudad”.

Según el jefe de policía de Nueva York, Terence Monahan, los homicidios han aumentado un 20% interanual desde mediados de marzo.

Las razones no están claras. Otro tipo de crimen, el asalto de propiedad, se ha triplicado por un motivo a todas luces evidente: miles de negocios se han quedado vacíos y las verjas o los cartones en las ventanas no disuaden a los ladrones. Los homicidios, en cambio, se han producido por los móviles más variados: peleas callejeras, rivalidades románticas, problemas de drogas.

La menor presencia policial tampoco es una explicación. A principios de abril, uno de cada cinco policías neoyorquinos estaba enfermo de COVID-19, lo que pudo limitar la capacidad operativa del cuerpo para combatir el crimen. Sin embargo, el confinamiento y la ausencia de eventos públicos les ha dejado las manos libres para otros menesteres.

Muchos agentes del cuerpo de policía de Nueva York se han visto afectados por el coronavirus, lo que ha podido mermar su capacidad de respuesta.

El hecho de que el tiempo se haya detenido y millones de personas permanezcan en sus casas no ha logrado enfriar la vertiente humana más oscura. Además de los asesinatos han aumentado los suicidios. En solo un mes, en Queens, se han quitado la vida más personas que en los primeros cuatro meses de 2019.

Un estudio del Journal of the American Medical Association alertaba sobre los efectos psicológicos del distanciamiento social y la falta de contacto humano. Si bien limitan las infecciones, pueden provocar un fuerte nivel de estrés. Millones de personas, además de haber podido perder el empleo o el negocio, se han quedado desconectadas de sus amigos y familiares, de sus iglesias, de sus psiquiatras, como si los hubieran arrojado a un desierto.

Así que el animal salvaje anda suelto, buscando sus víctimas en la ciudad vacía, durmiente. Sus dentelladas, los episodios de violencia y crimen, siguen dejando un reguero de dolor y de luto.

El pasado 10 de abril, en lo más difícil de la pandemia, un hombre celoso, Sterling Stewart, se aproximó por la espalda a la mujer que codiciaba y al novio de esta, Darnell Brown, de 23 años. Stewart abrió fuego contra Brown. Sucedió a las ocho de la tarde en la calle 101 con la Primera Avenida, en East Harlem.

Al día siguiente, los familiares de la víctima habían erigido un pequeño altar callejero en memoria de Brown. Varios vecinos se acercaron a presentar sus respetos. Un coche pasó por al lado y disparó una ráfaga, matando a dos de ellos y dejando herido grave a un tercero. La policía no ha detenido a ningún sospechoso por este crimen.

La ciudad, mientras tanto, vuelve a la vida.

Desde este viernes 15 de mayo el estado de Nueva York empieza a reabrir. Cuatro de sus diez regiones cumplen los siete requisitos fijados por el gobernador, Andrew Cuomo, para inciar la fase uno del desconfinamiento: la vuelta de la actividad parcial en los sectores manufacturero, de construcción y minorista.

La ciudad de Nueva York está a la cola de las regiones: es el epicentro del epicentro. Pero sus indicadores no dejan de mejorar. Las hospitalizaciones diarias se han reducido a una quinta parte de las marcadas a principios de abril y también han bajado los fallecimientos: del millar diario a menos de 200.

La reapertura llega junto a la consagración de la primavera. Las autoridades, que nunca pusieron pegas a dar paseos o hacer deporte en los parques, saben que el buen tiempo arrastrará a las masas al aire libre, y han hecho peatonales 16 kilómetros de calles. Una invitación a disfrutar de algo parecido a la normalidad.



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