El monopolio republicano de Donald Trump - EL ÁGORA DIARIO

El monopolio republicano de Donald Trump

Esta semana se celebra, principalmente por Internet, la Convención Nacional Republicana en la que Trump intentará remontar las encuestas y demostrar su mano de hierro en el partido. Nuestro corresponsal en Nueva York, Argemino Barro, nos lo cuenta


La campaña de Donald Trump tiene en sus manos una valiosa oportunidad para remontar en las encuestas, que de momento lo colocan siete u ocho puntos por detrás de su rival, Joe Biden. La Convención Nacional Republicana, que se celebra en gran parte por internet desde el lunes al jueves, copa la actualidad con sus discursos y referencias, y viene acompañada por un bombardeo masivo de publicidad. Lo que puede dar, a la luz de otros casos históricos, cierto impulso a la causa de Trump.

A la luz de tantos sondeos desventajosos, los republicanos se consuelan mirando al pasado. En concreto a los años 1988 y 2004. Los candidatos republicanos de entonces, George Bush padre y George Bush hijo respectivamente, llegaron a sus convenciones del verano muy dañados en las encuestas. Pero ambos supieron aprovechar esa semana de atención mediática para renovar su discurso, despertar a los electores indiferentes y acabar ganando las presidenciales.

Las condiciones políticas actuales y el escenario de extrema polarización, sin embargo y como apunta el periodista David Leonhardt, pueden amortiguar el antaño palpable impacto de las convenciones. Simplemente ya casi no quedan votantes capaces de cambiar de opinión.

Pero la convención republicana, sobre todo, es el testimonio de cómo el magnate neoyorquino ha pasado a ser un paria, un candidato ninguneado o vilipendiado por el partido que decía representar, a dominar con puño de hierro ese mismo partido. Los días en que sus correligionarios republicanos se reían de él y lo llamaban “demagogo” y decían que no tenía cerebro pasaron rápidamente a la historia, y hace años que no se atreven a morder la mano de la que dependen sus posiciones políticas.

La magia de Trump se reduce a dos palabras: “base electoral”. En Estados Unidos hay un 37% de la población, aproximadamente, que obedece a Trump en todas las situaciones de la vida. Fin de la historia. Esto se refleja en casi cualquier encuesta. Por ejemplo: en la cuestión de si el voto por correo es o no vulnerable al fraude, tal y como alega el presidente sin aportar pruebas, hay un 37% de la población que opina exactamente igual que él: que cree que esta manera de votar “incrementará el fraude”, según la encuesta de Morning Consult.

En otras palabras: lo que digan los periódicos, las televisiones, los expertos y analistas y expresidentes, no tiene ninguna importancia. Esta porción del electorado solo escucha a Trump, y por eso, cuando este posa su dedo acusador sobre algún republicano que le haya sido “desleal”, los votantes toman nota y este republicano díscolo puede perder las siguientes elecciones. Es lo que ha sucedido, entre otros, al exsenador Bob Corker, de Tennessee, o al exsenador Jeff Flake de Arizona. Se opusieron a Trump, este los atacó y sus intenciones de voto se esfumaron.

Más recientemente le ha ocurrido a Jeff Sessions, que fue senador de Alabama durante 20 años y más tarde secretario de Justicia con Donald Trump. Cuando Sessions dejó la Casa Blanca y volvió a su feudo, al escaño político que había ocupado durante dos décadas, el presidente decidió favorecer a otro candidato. Y Sessions perdió las primarias.

“La conquista del partido por parte de Trump ha sucedido no porque él sea ampliamente amado o admirado por los legisladores republicanos, sino porque es temido”, escribe en The Atlantic Peter Wehner, miembro del Ethics & Public Policy Center. “Desde cierta perspectiva, esta timidez es comprensible. Saben que desafiar públicamente a Trump -denunciar sus trangresiones éticas, su crueldad y su indecencia incluso si apoyan sus políticas- provoca ataques apasionados por parte de los seguidores de Trump y, en algunos casos, un desafío en las primarias”.

Al mismo tiempo, estos congresistas que han cerrado filas con el hombre al que decían detestar y cuyo programa político tenía poco que ver con el suyo, suelen criticarlo en privado. Según Wehner, justifican esta doble actitud como el precio a pagar para seguir influyendo en el presidente y en sus políticas, y para seguir teniendo un papel que jugar en el futuro del partido.

EEUU
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump.

Este cambio radical en la cúpula del partido también se proyecta en su ideario. Los republicanos solían ser los garantes del libre comercio y el intervencionismo en política exterior; dos vectores a los que Trump casi ha dado la vuelta. Su evangelio de campaña, “America First”, un eslogan que tenía oscuras resonancias en los años treinta y cuarenta, significa justo lo contrario: medidas proteccionistas en lo comercial y una actitud más hosca hacia los aliados y más reacia a mandar soldados sobre el terreno.

El dominio de Trump no solo se refleja en los intangibles de las ideas y la lealtad; su equipo ha absorbido una parte de la maquinaria recaudatoria del partido y también sus bases de datos. Con vistas a 2020, la campaña del presidente y el aparato nacional republicano han sumado fuerzas: se han colocado a las órdenes de un mando único. Según una investigación del New York Times, entidades como WinRed, que recibe donaciones en pequeñas cantidades, o Data Trust, que reúne cuantiosos datos de los votantes, son controladas por los familiares o aliados más estrechos del presidente.

La línea entre familia, partido y presidencia es muy fina, a veces invisible, como sugiere un vistazo rápido al panel de oradores de la convención. De los 12 discursos más importantes, la mitad van a ser pronunciados por un Trump: el presidente, sus cuatro hijos adultos y su mujer. El magnate, que además ha tenido un rol superior al habitual a la hora redactar el tono de la convención y los temas seleccionados, hablará cada uno de los cuatro días.

Donald Trump junto a su esposa Melania.

Como un río que discurre por un cauce muy estrecho, la campaña republicana es intensa y ruidosa: una campaña vertical, con un jefe claro. Sin embargo, lo que le sobra de potencia le falta de amplitud. Los márgenes de ese 37% del electorado, aunque bien repartido por los estados clave, son escasísimos. En 2016 Trump ganó un estado clave como Wisconsin por 22.000 votos, menos de un 0,9% del total. La diferencia en Michigan fue aún menor: del 0,23%. 10.650 votos. Las encuestas en estos lugares, que necesita para revalidar su cargo, dan ventaja a Joe Biden.

Los alegatos republicanos, de manera simétrica a los de algunos demócratas en su convención de hace una semana, han adoptado un tono oscuro y alarmista. Ambos partidos aseguran que lo que el otro busca es, o bien destruir la democracia, como han alertado los progresistas, o bien destruir los valores nacionales de Estados Unidos, según los republicanos. Dos posturas mutuamente excluyentes, que cuestionan no ya la capacidad del contrario de gobernar bien el país, sino su mismísimo amor hacia este.


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