Elecciones de EEUU: una receta para el desastre - EL ÁGORA DIARIO

Elecciones de EEUU: una receta para el desastre

La demonización por parte de Trump del voto por correo, su advertencia de no reconocer el resultado si no obtiene la victoria y el caos que puede ser el recuento en medio de la pandemia son el caldo de cultivo de una de las elecciones más azarosas de las últimas décadas. Nuestro corresponsal Argemino Barro nos lo cuenta desde Nueva York


El show de la presidencia estadounidense, en el que Donald Trump es el protagonista y nosotros los figurantes, aún no ha terminado. De hecho nos queda por ver su capítulo final: no sabemos si de la serie o solo de la temporada. La noche del 3 de noviembre el republicano tratará de revalidar el cargo, al precio que sea: con los instrumentos que permiten las reglas del juego y puede que también con aquellos que no están permitidos.

“La única forma en la que perderemos las elecciones es si están amañadas”, declaró Donald Trump esta semana, durante un mitin en Wisconsin. No hacía otra cosa que reiterar su mensaje de esta campaña y de la anterior: diseminar el miedo, sin pruebas y mediante afirmaciones muchas veces falsas, a un presunto fraude electoral. Como si preparase a la opinión pública para un escenario de pesadilla: la posibilidad de que, en caso de perder frente a Joe Biden, Trump alegue tongo y no reconozca el resultado. Un derecho que ya se ha reservado públicamente, como reconoció ante el periodista Chris Wallace y como ha recordado su portavoz, Kayleigh McEnany.

EEUU
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump.

Porque Donald Trump, ahora mismo, tiene las posibilidades en contra. Los diez sondeos nacionales de referencia, incluido el del canal conservador Fox News, dan la victoria al demócrata Biden con una media de 7,6 puntos de ventaja. Lo primero que se nos viene a la cabeza al decir esto es que, hace cuatro años, Hillary Clinton también lideraba en los sondeos. A lo que tenemos que replicar: cierto, pero la ventaja de Biden es bastante mayor, y hay otras diferencias. El candidato demócrata tiene más tirón que Clinton en el electorado que importa: los votantes blancos. Aquellos que apoyaron masivamente a Trump en 2016 y que están repartidos por los estados clave. Biden, además, es menos odiado que Trump, de manera que puede sacarle ventaja, también, entre los indecisos. Dado que el republicano venció entonces con un margen finísimo de votos en tres estados importantes, cualquiera de estas variables predice su derrota.

En 2016, Trump alertaba sobre los millones de inmigrantes indocumentados que supuestamente iban a votar en las elecciones, y pidió a sus seguidores que vigilasen los colegios electorales. En esta ocasión, durante una pandemia que ha generado todo tipo de miedos y restricciones y que impulsará el voto por correo, el presidente no deja de advertir sobre los presuntos peligros de esta manera de votar.

“No queremos tener unas elecciones amañadas”, declaró Trump recientemente, frente a un grupo de periodistas. “Y tenéis que tener mucho cuidado cuando mencionáis, como hacéis constantemente, a Rusia, o cuando mencionáis a China o a Irán o a otros que atacan nuestro sistema electoral. Y cuando tenemos voto por correo, [el sistema electoral] es muy susceptible”.

Sobre de voto por correo.

El presidente (que como tal vota por correo) libra una campaña diaria, en Twitter y en sus comparecencias, contra este método de votación, que ha retratado como si fuera relativamente nuevo, experimental y muy vulnerable al fraude. Afirmaciones que no acaban de coincidir con la realidad.

El voto por correo en Estados Unidos tiene más de un siglo y medio de historia. Con los soldados norteños desperdigados por los campos de batalla del Sur en 1864, las autoridades establecieron un sistema para que los soldados pudieran votar, desde la lejanía, a uno de los dos contendientes: el republicano Abraham Lincoln, que buscaba la reelección, y el demócrata George McClellan. El Ejército aportó los observadores y presidentes de mesa y así comenzó el voto por correo.

Desde entonces, esta manera de ejercer el voto se ha ido extendiendo: en algunos casos ha servido como herramienta para aquellas personas que no pueden votar en persona, y en otros se ha consolidado como único método de votación. Hace 20 años Oregon se convirtió en el primer estado donde todos los votos se depositan correo; a día de hoy son cinco, y en otros, como Arizona, más del 80% de los ciudadanos manda su papeleta en un sobre.

El voto postal, por tanto, no es nuevo. Y tampoco es mucho más vulnerable al tongo que el voto en persona.

Votación en Fairfax Conty, Virginia (Estados Unidos) en las elecciones presidenciales de 2016. | Foto: Rob Crandall

En Colorado, que también ha adoptado este método, se han detectado 14 casos de fraude entre 2003 y 2018: 14 casos de los casi 16 millones de papeletas depositadas en década y media de ciclos electorales. Los datos de Oregon, el estado de Washington y Hawai son igualmente anecdóticos, según un estudio del think tank conservador Heritage Foundation.

Sin embargo, el voto por correo tiene sus desventajas. Estados Unidos es un inmenso país en el que conviven actitudes y culturas políticas distintas, y donde cada uno de los 50 estados tiene mucho margen para definir su propias reglas cívicas, incluida la manera de votar. Por eso, lo que funciona en Hawai y Oregon, en otros lugares como Nueva York puede ser una pesadilla, y viceversa. En el caso del voto por correo, no todos los estados han desarrollado la misma tradición e infraestructura logística.

Las recientes primarias de Nueva York, celebradas con un 40% de voto por correo, dadas las restricciones de salud pública, pueden ser un adelanto de lo que nos espera en noviembre. La jornada electoral, en la que los militantes de ambos partidos votaron a quienes serían los candidatos en noviembre, fue el pasado 23 de junio. Pero el resultado final no se conoció hasta el 5 de agosto, seis semanas después. El recuento del voto por correo, dada la falta de experiencia, fue largo y agónico: las autoridades tuvieron que adaptarse a este método, para ellas, nuevo, y los votantes también. Muchos de ellos no cumplieron todas las normas y más de cien mil papeletas tuvieron que ser invalidadas. Una de cada cinco. Y solo eran unas primarias.

Trabajadora electoral con mascarilla en las elecciones primarias de junio de 2020 en Nevada. | Foto: Trevor Bexon

La mayoría de los estados solo permiten votar por correo a quienes aporten un justificante: una carta oficial que arguya, por algún motivo de peso, que el votante no puede acudir a las urnas. Dadas las circunstancias actuales, 30 estados han quitado este requerimiento y en ellos ya no hará falta probar una excusa. Pero luego están los otros 20, cada uno con sus propias reglas y afinidades políticas.

Como escribe Edward Isaac Dovere, en The Atlantic: “El caos en Nueva York es una advertencia sobre las elecciones de noviembre. El voto está siendo transformado por la pandemia. Pero ningún estado ha construido una nueva infraestructura electoral. Ningún estado tiene el tiempo ni el dinero para asegurarse de que el recuento de votos transcurra suavemente en noviembre. Y casi cada estado está a punto de ser golpeado por un aumento masivo de votos en ausencia”.

 La noche del 3 de noviembre no conoceremos el resultado de las elecciones presidenciales

Esta situación garantiza, al menos, una cosa: que la noche del 3 de noviembre no conoceremos el resultado de las elecciones presidenciales. Habrá que esperar días, quizás semanas, y, como apunta Dovere, es más que probable que haya todo tipo de quejas y denuncias relacionadas con el voto o el recuento. Hace 20 años sucedió algo similar en Florida, cuando George W. Bush y Al Gore se denunciaron mutuamente y desplegaron ejércitos de abogados para tratar de arañar ese 0,01% de las papeletas que los separaba y que decidiría la victoria. Fue el Tribunal Supremo, finalmente y con el país en vilo, quien otorgó la presidencia a Bush. Este año puede haber diez, veinte, muchas Floridas. Y con Donald Trump en la Casa Blanca.

El Partido Demócrata, que suele salir beneficiado cuando la participación electoral es alta, intenta solucionar estas carencias aportando dinero para los comicios. Como parte del nuevo plan de estímulo económico, que sigue siendo negociado en el Congreso, los progresistas piden 3.600 millones de dólares para que los estados engrasen su maquinaria electoral y 25.000 millones más para el servicio de correos, de manera que pueda gestionar todos esos votos. Unas partidas que los republicanos, sin embargo, no están dispuestos a aceptar.

El pasado mayo Trump nombró a uno de sus más generosos donantes director de la servicio nacional de correos

El peso de las palabras del presidente es grande, pero más grande es el peso de sus acciones. El pasado mayo Trump nombró a uno de sus más generosos donantes, el empresario Louis DeJoy, director de la servicio nacional de correos. DeJoy, que, a diferencia de la mayoría de sus antecesores, no había ocupado ningún cargo en esta agencia pública, lanzó un programa de recorte de costes: desde entonces ha cerrado oficinas de correos, ha desmantelado máquinas de recuento de cartas y ha reducido los horarios de miles de trabajadores, además de la congelación del presupuesto implementada por la Casa Blanca. El resultado de estas medidas, como ha reconocido el propio DeJoy, es una ralentización del servicio postal.

Mientras tanto, la campaña de Trump ha denunciado a algunos estados que tratan de facilitar el voto a distancia. El gobernador de Nueva Jersey, Phil Murphy, ha decretado que todos los ciudadanos reciban una papeleta por correo, de manera que el día de la votación puedan elegir de qué manera votar, en función del contexto de salud pública. Los republicanos también han denunciado, por motivos similares, a Nevada y a Pensilvania, donde quieren que se prohíba la recolección de votos por parte de terceros. Cuando el juez de este último estado les pidió que probaran la relación de esta manera de votar y el fraude, la campaña republicana, según el documento judicial revisado por The Intercept, no pudo aportar ningún ejemplo.

Los políticos y medios conservadores acusan a los demócratas de hipócritas; les recuerdan que llevan meses apoyando las protestas en las calles por el asesinato de George Floyd, pero ahora tienen reparos a que la gente salga a votar en persona.

Pese a ser la patria de la democracia moderna, las elecciones en Estados Unidos suelen ser más aparatosas y frustrantes que en otras economías industrializadas. Para empezar, no se celebran en domingo, sino en martes, de manera que la inmensa mayoría de los votantes tiene que escaparse o pedir permiso en el trabajo, que a veces les queda lejos del colegio electoral. Los requisitos para votar difieren según el estado: algunos exigen una identificación con fotografía, otros no; algunos permiten que un familiar traslade el voto, otros no; en algunos solo se puede votar por correo, a veces con justificante, a veces sin él, y las maneras y plazos de registrarse también difieren. Los recursos, además, son más escasos: es muy habitual ver colas de votantes dando la vuelta a la manzana. Como consecuencia: la participación es mucho menor que en Francia o España, por ejemplo, y aún más baja entre los grupos desfavorecidos.

Estas circunstancias, en tiempos de pandemia y con una posible segunda ola de contagios en época de frío, preocupan a los organizadores. También el hecho de que los voluntarios que vigilan el voto suelen tener una edad relativamente avanzada y por tanto serían más vulnerables al virus. En las últimas elecciones, las legislativas de 2018, más del 60% de los voluntarios tenían más de 60 años.

Sean cuales sean las intenciones reales del presidente, que, según el departamento de verificación del Washington Post, cuenta una media de 23,3 falsedades al día, un récord desde todos los puntos de vista, comparado con cualquier presidente anterior, la realidad más palpable es lo dañada que se encuentra la convivencia en Estados Unidos. En todas sus vertientes: desde la confianza en las instituciones al respeto mutuo que debería sostener a un sistema pluralista.

En la tercera noche de la Convención Nacional Demócrata, que coronó a Joe Biden como nominado oficial a la Casa Blanca, el expresidente Barack Obama rompió su discreción de los últimos cuatro años para alertar sobre el peligro que, en su opinión, corría la democracia estadounidense. “Donald Trump no se ha adaptado al puesto porque no puede”, declaró, desde el museo de la Guerra de la Independencia en Filadelfia, y acusó a los republicanos de querer subvertir el elemental derecho al voto. “No dejéis que os arrebaten ese poder. No dejéis que os arrebaten la democracia”. Las palabras de Obama han sido una clara ruptura con la tradición de los expresidentes de no meterse con quienquiera que ostente el cargo. Otro signo más del enrarecido clima político; de la recta final hacia este final de serie o de temporada que nos espera en noviembre.


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